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La norma social como matriz ideológica del poder
El poder de la palabra
Por | Fotografía: Nerina Bertola
Foto: Hugo Aguilar, José Sagarraga y Hernán Vaca Narvaja durante la presentación del libro \"La norma social como matriz ideológica del poder\".
La compilación de Hugo Aguilar y Marisa Moyano, profesores de la Universidad Nacional de Río Cuarto, indaga en los pliegues del poder desde una perspectiva semiótica.
Publicada el en Libros

SENTIDO Y PERFORMATIVIDAD V: LA NORMA SOCIAL COMO MATRIZ IDEOLÓGIA DEL PODER es, en apariencia, una compilación de textos académicos vinculados a la disciplina de la Lingüística y la Semiótica. Pero apenas uno comienza a adentrarse en sus páginas vislumbra un campo de acción mucho más amplio. En definitiva el libro, sus jugosos artículos académicos –rigurosos, bien escritos y citando extensa bibliografía- abren una serie de interrogantes que invitan a la reflexión. Pero no sólo a la reflexión teórica, académica, sino fundamentalmente a la reflexión política.

El grupo de investigadores que participa de este libro ha tomado una decisión política clara: salir de la burbuja académica para convertirse en eslabones de un pensamiento crítico que permita preguntarnos sobre los mecanismos profundos de la construcción social, la implicancia que el lenguaje tiene en esa construcción compleja y, sobre todo, la capacidad performativa que la palabra tiene en la arquitectura misma del poder.  

Si el poder es una construcción simbólica –como se presume lo es toda manifestación social-, se trata de desentrañar sus mecanismos más profundos de edificación. Para decirlo en términos gramscianos, si el poder se asienta en la hegemonía, hay que averiguar cómo se configura esa hegemonía. Analizar sus representaciones simbólicas (su cultura, sus instituciones, sus reglas de juego, sus leyes, etc.) para develar la génesis de la normatividad (social y positiva) que apuntala el statu quo al punto de convencernos de que no hay otro sistema posible, naturalizando una situación de desigualdad escandalosa.

El poder es plausible, palpable, mutable, perenne, cruel, autoritario, consensuado. Es como la leyenda de Medusa: todos le temen, pero nadie resiste mirarlo a los ojos. El poder, esa entelequia inasible, es ejercido por personas concretas, de carne y hueso. Y ese ejercicio de poder se instrumenta a través de una normatividad determinada que se derrama en instituciones concretas como gobiernos, parlamentos, municipios, tribunales, centros vecinales, etcétera. Esas instituciones de poder tienen objetivos predeterminados: el Gobierno ejecuta, el Congreso legisla, los Tribunales juzgan. Las universidades producen y distribuyen conocimiento.  Por eso hablar de poder y normatividad es hablar de nosotros, de nuestra resignación e incapacidad para alterar esas normas, de nuestra vulnerabilidad y sumisión, debilidad y resignación, humillación e impotencia. Pero también de nuestra resistencia y capacidad de cambio.

El poder consolida prácticas sociales, políticas y culturales que nos moldean como sociedad. El lenguaje del poder es el lenguaje de lo permitido, de lo tolerado, incluso de lo diferente, siempre y cuando esa diferencia no atente contra la esencia de ese poder. Porque somos hijos del poder, nos sometemos a su lógica y nos resignamos a vivir bajo sus normas, a preservar el statu quo aunque sepamos –incluso denunciemos- que ese orden social es injusto, desigual y por momentos intolerable.

En ese horizonte gris, este libro aparece como un destello en la oscuridad, un grito de rebeldía. Porque se propone cuestionar al poder desde la teoría del lenguaje, la semiosis social y la performatividad de la palabra. Si decir es hacer, “La norma social como matriz ideológica del poder” hace más de lo que dice: plantea interrogantes, cuestiona, interpela, propone. El libro, en palabras de Hugo Aguilar, “reúne el trabajo colectivo de docentes, becarios e investigadores preocupados por la evanescencia del sentido en sociedad, preocupados por la facilidad pasmosa con que los discursos sociales mudan de parecer con respecto a la verdad o insisten en errores de juicio escandalosos, preocupados por la persistencia de normas sociales perversas que naturalizan procedimientos jurídicos aberrantes y principios éticos deleznables, preocupados por la frágil naturaleza de la ley ante el subterfugio de clase, preocupados por la expansión de la impostura como un vicio institucional, preocupados por el fenómeno de la verdad enunciativa en el que la única condición para la verdad es la existencia de una expresión lingüística , preocupados, en fin, por la palabra y la inabarcable impunidad de su uso”.

La respuesta a esas preocupaciones vitales permiten entender, comprender y, sobre todo, aprehender de una rica variedad de temáticas, autores y análisis compilados de tal forma que se integran en una unidad original y valiosa. En un libro que se presenta a sí mismo como una usina de sentido.

En el libro compilado por Aguilar y Marisa Moyano hay mucho más que ambición académica o necesidad de engordar currículos para subir algún escalón en la burocracia institucional. Hay un decidido esfuerzo militante: ha sido concebido con rigor académico, pero también con la decisión política de aplicar ese rigor a la construcción de un discurso crítico que trascienda los límites del campus. Aspira, legítimamente, a no ser condenado a la inmovilidad en las frías y solitarias habitaciones de la “Academia”, sino a convertirse en herramienta potente de cambio y construcción social. “Producir, pero también poner en circulación el conocimiento producido”, propone Aguilar, a modo de consigna. Y predica con el ejemplo al poner en circulación un valioso material de producción intelectual a costa del enorme esfuerzo personal, familiar y económico que presupone la creación de un sello editorial independiente como es  “Ediciones Cántaro de piedra”.

Aguilar asume el desafío militante desde el primer artículo del libro, al poner en tela de juicio la propia normativa del lugar donde trabaja, al indagar sobre “las reglas no escritas que gobiernan la construcción de la legitimidad académica en el marco de la universidad”. Esa legitimidad, afirma, opera poniendo un coto a lo que se puede decir –y sobre todo, a lo que no se puede decir- en el campus. Y no sólo en términos académicos sino, sobre todo, en términos jurídicos y políticos. “La norma social en silencio –dice Aguilar en su artículo “La semiosis del silencio”-  se retroalimenta de la norma escrita que es la ley positiva y es a la vez el origen semántico y semiótico de la misma. La ley positiva no es otra cosa que la cristalización de una norma emergente anterior, que se ha vuelto hegemónica y ha abandonado el silencio de la tradición y del sentido común para convertirse en una instancia explícita de regulación social” (12).

HECHA LA LEY

No todos conocemos las leyes, pero la mayoría de nosotros cedemos ante el peso de las normas sociales. La sanción social no es menos rigurosa que la sanción legal. “La diferencia entre una norma social  y una ley –explica Aguilar- es la misma que entre el silencio y la palabra. La ley es palabra. Ley positiva. La norma es silencio. Ejerce su poder performativo que es coerción social y cultural, desde el silencio perverso de la tradición y de las buenas costumbres. Es el recoveco donde la hipocresía adquiere su función social y su imperio” (15).  “La norma social –agrega- es el instrumento que el sentido común utiliza para mantener el orden social. Silenciosamente”. Ya advertía Mario Benedetti que el sentido común no es el más común de los sentidos. Y por tanto lo preestablecido, lo instituido como “normal” –lo normado-, no necesariamente es lo correcto, mucho menos lo más beneficioso, muchísimo menos lo justo y equitativo.

La norma social se alimenta del imaginario colectivo y puede hasta convertirse en norma positiva. En el crimen más mediatizado que tuvo Río Cuarto en toda su historia, el rumor generó una imputación legal tan descabellada que un fiscal acusó a un abogado –centro del rumor popular- de haber sido “amante” de una víctima de femicidio sin mencionar siquiera que, además, la había asesinado.  “La norma mata callando –advierte Aguilar- Determina juicios, visiones de mundo, actitudes y decisiones. Y cuando se hace palabra, desnuda la crudeza de un funcionamiento institucional que se autolegitima desde los rituales propios de una casta, como cualquier academia, como cualquier tribu, como cualquier organización social” (26). Parece increíble, pero una jueza y tres camaristas condenaron a un periodista por su cobertura del caso Dalmasso sin mencionar siquiera que el hijo de la víctima estuvo imputado en el caso y que el marido es el portador excluyente del ADN hallado en el cuerpo de la víctima y la escena del crimen. En el lenguaje de la Justicia civil de Río Cuarto –asentada en dos sentencias condenatoria, de primera y segunda instancia- Nora Dalmasso no fue asesinada, sino que falleció de “muerte dudosa”.  Parafraseando a Aguilar, el silencio –o la negación de la realidad- ejerce su poder performativo de coerción social y cultural “desde el silencio perverso de la tradición y de las buenas costumbres. Es el recoveco donde la hipocresía adquiere su función social y su imperio”.

EL PODER DE LA PALABRA

En su artículo “el discurso social como discurso esotérico”, Paola Calderón analiza el  discurso místico del ex presidente Carlos Menem. Discurso que le permitió legitimar, desde un movimiento social de masas como el peronismo, el mayor ajuste neoliberal de la historia reciente del país. Su análisis cobra rigurosa actualidad en momentos en que los argentinos decidiremos quién nos gobernará los próximos cuatro años. La autora sabe que su análisis “no colaborará a remediar las consecuencias de la implantación de ese modelo (neoliberal), pero sí a reflexionar y hacer evidentes operaciones discursivas de manipulación política” que, en su momento, legitimaron a Menem y cuyo mecanismo manipulador bien podría estar repitiéndose en estos días con otros candidatos.

Dante Palma, el panelista de “6,7,8”, aporta un texto de fuerte densidad teórica que aborda la obra de Judith Butler en torno a los cuerpos abyectos y la noción de performatividad.  De la puja entre la norma social y la norma legal, Palma rescata la sanción de la Ley de Matrimonio Igualitario, que modificó la cláusula “hombre y mujer” por “contrayente”, logrando flexibilizar el rígido sistema legal que imperaba en el país.

Los artículos que integran el libro van de los rígidos escenarios institucionales donde la palabra pugna por romper la dicotomía norma social/norma legal a la consolidación de normas sociales que condenan a la mujer a la marginalidad. En su artículo “Performatividad de los cuerpos feminizados: consideraciones entre el ser y el decir”, Eugenia Álvarez muestra los mecanismos ocultos de imposición de la figura femenina ideal, sustentada en una ideología machista, racista y negadora de las características físicas de la mujer latinoamericana, que naturaliza su supuesta inferioridad racial al punto de intentar “borrar las marcas que indican su propio origen, sus propias características anatómicas” (89).  

Como contracara de la resignación, Marisa Moyano describe la resistencia de la mujer palestina a través del análisis de un conmovedor poema de Rafeef Ziadah. “Yo soy una mujer árabe de color, y nosotras venimos en todas las tonalidades de la ira”, escribirá la poetisa al confrontar con un soldado Israelí que teme que el hijo que lleva en su vientre sea un futuro rebelde palestino. Para Moyano, contrariamente a los prejuicios que impone la cultura occidental, Ziadah reivindica en su poesía al género femenino en una lucha inescindible del protagonismo de la mujer palestina, que refuerza su identidad “desde la palabra poética y la palabra política: mujer palestina que habla al Poder con el poder de su palabra, sujeto ya no subalterno a partir de la performance poética, del uso de la lengua como arma de combate, de la fuerza declarativa como ejercicio del derecho a la libertad” (117).

Un texto de Eduardo Ovidio Romero analiza la construcción del campo político desde la crítica a las teorías de Dussel y Habermas. Ese campo ideológico, esa cartografía histórica, es analizada también por Rodrigo Baudagna, Juan Manuel Borgatello y Guillermo Chacón, investigadores que auscultan el legado ideológico de Domingo Faustino Sarmiento, su concepción dual de la territorialidad (“Civilizacion o barbarie”) y su proyección inmanente en la construcción de la cultura política y académica de nuestros días.

Un artículo de María Florencia Quiroga y Paola Guzmán aborda desde la Teoría de la Argumentación de la Lengua la célebre entrevista que el periodista de la CNN Ismael Cala le hizo a su colega Víctor Hugo Morales, en un ejemplo de estrategias discursivas que permiten desnudar la falacia de la “objetividad periodística” y la “teoría de las dos campanas” que enarbola como bandera profesional el periodista de la CNN.

Completan el libro otros seis artículos que conforman una apasionante cartografía académica donde la tensión entre las normas sociales y la estructura jurídica se refleja en análisis sobre la polémica en torno al cambio de nombre de la Plaza Roca; la problemática del tiempo en “El Eternauta”, de Oesterheld; una aproximación a la obra de Rodolfo Kusch; una mirada de Julio Cortázar desde Walter Benjamín; el análisis de las metáforas en la obra de Pierce y el texto que cierra el libro, “El lenguaje y los límites de la experiencia individual y colectiva”, de Hugo Aguilar, Marisa Moyano y Darío Gramajo.

Obra múltiple, viva, mordaz, provocadora y provocativa, “la norma social como matriz ideológica del poder” comienza a ganar la calle con la certeza de transportar en su interior un pensamiento crítico imprescindible en estos tiempos y la esperanza de que su circulación no se restrinja al campus universitario, sino que lo trascienda y actúe como disparador de acciones que mejoren nuestra capacidad de articular socialmente como seres humanos y sujetos pensantes. En definitiva, se trata de sumar voluntades para cuestionar las estructuras de poder apelando a la herramienta más efectiva y certera con que cuenta el ser humano: la palabra. Porque la palabra expresa, explica, interpreta, pero en su acción performativa también actúa y es capaz de transformar la realidad.

 

Hugo Aguilar y Marisa Moyano (comp). Sentido y performatividad V.

La norma social como matriz ideológica del poder.

Ediciones Cántaro de Piedra. 350 ps. Río Cuarto, Córdoba, 2015.

Hernán Vaca Narvaja
- Director -