Crónicas
Entrevistas
Actualidad
El Kiosco virtual
Reflexiones
Cultura
Música
Cine
Libros
Galería Magalú
Galerías multimedia
La Revista
Revista El Sur
Staff
Ediciones en papel
Murió Héctor Jouvé
El último guevarista
Foto: Héctor Jouvé, el \"teniente cordobés\" que participó de la guerrilla guevarista en Salta.
El reconocido médico psiquiatra integró la guerrilla del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP) en la década del ´60. Tenía a su cargo las comunicaciones con el Che Guevara desde las montañas de Orán, en Salta. Sus declaraciones periodísticas sobre el fusilamiento de dos guerrilleros desataron un profundo debate sobre la violencia.
Publicada el en Entrevistas

El viernes 20 de noviembre, tras resistir una larga enfermedad, murió Héctor Jouvé, el “teniente cordobés” del Ejército Guerrillero del Pueblo (EGP). En los primeros años de la década del ´60, cuando la revolución cubana irradiaba su magnetismo a los jóvenes de toda América, fue uno de los primeros en enrolarse bajo el mando del periodista Jorge Ricardo Masetti -el “Comandante Segundo”- con la misión de crear un foco guerrillero en las montañas de Orán, Salta. La consigna era crear las bases para preparar la llegada del “Comandante Primero”, que no era otro que el Che Guevara.

Jouvé se destacó en el grupo guerrillero por sus convicciones y fue uno de los primeros “promocionados”, primero de aspirante a combatiente y luego a teniente. Su carácter, fortaleza y habilidad para desplazarse en el monte sólo era equiparable a la destreza demostrada por el capitán Hermes Peña, un guajiro cubano que conocía la Sierra Maestra como la palma de su mano y había sido enviado por el Che –de quien era uno de sus escoltas- para acompañar a Masetti en Argentina. Hermes morirá combatiendo a la Gendarmería Nacional tras caer en una emboscada, en tanto que Jouvé será apresado por los gendarmes sin oponer resistencia: cuando lo encontraron, yacía casi inerme junto al cadáver de Jorge Paul, otro combatiente que se había desbarrancado y al que había acompañado en su agonía hasta la muerte.

Condenado a cadena perpetua por su supuesta participación en el fusilamiento de los guerrilleros “Pupi” Roblat y “Nardo” Grosswald -sometidos a juicio revolucionario en el campamento del EGP y sentenciados a muerte-, Jouvé fue condenado a prisión perpetua. Desde la cárcel polemizó públicamente con el intelectual Ricardo Rojo, a quien acusó de haber desnaturalizado la lucha del EGP en su libro “Mi amigo el Che”.

La coherencia, dignidad y las profundas reflexiones de Jouvé durante los años que pasó en prisión fueron documentadas por los periodistas Eduardo Anguita y Martín Caparrós en los tres tomos de su obra “La Voluntad”, donde contaron la historia de la militancia revolucionaria desde los años ´60 hasta la última dictadura cívico militar.

Casi diez años después de caer preso, Jouvé recuperó su libertad gracias a la amnistía decretada por el gobierno popular de Héctor Cámpora, pero tuvo que exiliarse en Europa para salvar su vida y la de su familia tras el cruento golpe de Estado del 24 de marzo de 1976. Regresó a Córdoba con la vuelta de la democracia y se dedicó a atender su consultorio psiquiátrico. En los años ´80 concedió un reportaje al periodista Luis Rodeiro para la revista cordobesa La Intemperie, donde contó cómo fueron los fusilamientos de “Pupi” y “Nardo”. El reportaje disparó un apasionado debate sobre la violencia política, del que participaron filósofos como Oscar Del Barco y León Rozitchner, entre muchos otros, y que luego fue compilado en formato de libro con el título “No matarás” por la editorial de la Universidad Nacional de Córdoba.  

El periodista Jorge Lanata visitó a Jouvé en los años ’90. Fue una mañana, en su consultorio, pero el psiquiatra le pidió que volviera a la tarde porque estaba atendiendo a un paciente. Lanata nunca regresó, pero igual publicó su libro “Muertos de amor”, una pésima versión novelada sobre la experiencia del EGP en Salta, totalmente descontextualizada y carente de rigor histórico. Cuando leyó el libro, además de indignarse, Jouvé se alegró de que la entrevista con Lanata finalmente no se hubiera concretado.

Visité a Héctor Jouvé en su casa de barrio de la ciudad de Córdoba el 17 de septiembre de 2011. Me acompañó mi gran amigo Gustavo Coria, que fue quien hizo las gestiones para que yo pudiera acceder a ese valioso testimonio. Alto, imponente, de movimientos lentos, siempre calmo, Jouvé hablaba bajito y pausado, sin disimular su inconfundible tonada cordobesa. Me sorprendió su humildad y la precisión de sus recuerdos.

-¿Cómo fue su incorporación al EGP?

-En ese tiempo estábamos organizando algo acá en Córdoba, éramos un grupo sobre todo de disidentes del Partido Comunista. Habíamos empezado a tener reuniones, organizar algunas cosas, juntar fondos, algún fierro. Había un chango que tenía un jeep de la Segunda Guerra Mundial y me regaló un laboratorio fotográfico. Yo estaba estudiando quinto año de Medicina, estamos hablando del año 1963, en la Universidad Nacional de Córdoba. Pensábamos que el norte era el eslabón más débil de la cadena del capitalismo en Argentina.

- ¿Eran un grupo inorgánico o tenían algún referente nacional?

-Éramos disidentes de la Fede (Federacón Juvenil Comunista) había estudiantes y otros que no eran estudiantes. El grupo se fue formando a partir de las discusiones que había dentro de la Juventud Comunista y de lo que pasaba en el mundo, sobre todo a partir de la Revolución Cubana. El proyecto nuestro era irnos al norte con ese jeep. Yo pensaba que teníamos que ir no más de dos para hacer un relevamiento de gente y organizaciones políticas en el norte. Teníamos una excusa magnífica que era ir con la cámara de fotos, sacarles fotos a la gente, regalárselas o cobrarles un precio íntimo y así poder charlar con ellos. El objetivo era Salta y Jujuy. Estábamos buscando financiamiento. Las fotos nos iban a permitir tener algún ingreso como para desplazarnos y así contactar organizaciones que ni sabíamos que existían. En eso estábamos, yo trabajaba en la escuela Sagrada Familia como preceptor, cuando Ciro Bustos se puso en contacto con un bioquímico de Bell Ville que era del PC y que yo conocía.

- Hubo varias personas de Bell Ville que se incorporaron a la guerrilla

- Si, algunos subieron, pero bajaron al poco tiempo, eran muy jovencitos. Uno ya murió. El “chiquito” Sosa. Los otros eran el colorado Clerk y el “fatiga” Moyano. Ciro Bustos hace este contacto y le dice que si estábamos interesados fuéramos a ver a la gente de la revista Pasado y Presente. Yo estaba muy cerca del Pancho Aricó y Oscar Del Barco. Armamos una reunión con Ciro, que estaba apurado porque había un grupo chico en Bolivia y quería incorporar gente rápido. Preguntó “quién sube” y le dije que yo, los otros no quisieron. Fui el único que decidió subir (al monte) en esa reunión.

- ¿Cómo presentaban Bustos el proyecto? ¿Decía que detrás estaba el Che Guevara?

- Sí, lo presentaba como un proyecto del Che. Y nos contó del armamento que tenían, las bazookas chinas, esas livianitas que parecen cañas de bambú.

-¿Usted tenía instrucción militar?

-Yo había hecho la colimba. Tiraba bien.

- ¿Se sabía que Masetti estaba al frente del grupo?

- Yo no lo sabía.

- ¿Masetti era conocido en Argentina?

- Sí, porque había hecho el famoso reportaje a Fidel y al Che en Sierra Maestra y había publicado el libro “Los que luchan y los que lloran”. Masetti estaba en Bolivia con Furry (Colomé Ibarra), venía “Papi” (Serguera) muy seguido. Con él coincidíamos en casi todo e hicimos muy buenas migas.

- ¿Usted fue uno de los primeros en sumarse al grupo que venía de Argelia?

- Claro. Estaba el flaco Méndez, Ciro Bustos, Hermes Peña, un médico que después dijo que no podía seguir porque tenía una enfermedad, Leonardo Werstein, aunque no parecía tener nada. Estaba el “surubí” Stachiotti, que era mecánico. Al día siguiente establecimos una contraseña: me dijo lo que esperaba que me dijera y partimos. Pasamos a Bermejo.

- ¿Su hermano Emilio estaba en el mismo grupo?

- Sí. De ahí conseguí un camión para viajar al día siguiente y venían tres muchachos de Buenos Aires con el uniforme. Como el chofer desvió para ir a Tarija y la gente quería ir a Chaguaya, el tipo agarró para el otro lado. Nos bajamos y quedamos varados. Conseguimos un vehículo y seguimos viaje. Pasamos por unos precipicios tremendos hasta llegar. Bordeábamos el Bermejo y no veíamos el borde, porque la rueda pasaba justo por el borde. Llegamos a Palcai y desde ahí viajamos  a Tarija. Estuvimos como tres días en distintos hoteles el “petiso” Bellomo, “Pupi”, Bengoechea y Stachiolli. Vino Hermes y nos buscó, subimos a una Toyota y el flaco Méndez iba manejando. Y así fuimos a Aguas Blancas, que estaba a unos 20 kilómetros de Tarija, a la finca que había alquilado la gente del PC.

-¿Cómo fue el recibimiento en la finca?

- Empezamos a charlar. Contamos un poco la historia de cada uno, cómo veíamos la cosa. No se planteaban muchas discusiones, aunque algunas hubo. Con Masetti tuvimos diferencias porque yo apoyaba el movimiento de curas del Tercer Mundo y él les tenía desconfianza. Me acuerdo que yo plantee el tema de la coexistencia pacífica y él me dijo que me callara la boca porque estaba alentando posiciones estratégicas de los otros. “Pero entonces vos no sabés lo que son los curas del Tercer Mundo”, le dije. “Sin son curas son de otro mundo, no del tercer mundo”, me contestó. Y no discutimos más. Todos estaban de acuerdo con Masetti. Después tuvimos otras diferencias, pero no me acuerdo por qué tema era… Era raro Masetti en algunos casos…

- Hay muchos retratos de Masetti: que era autoritario, carismático, temperamental, ciclotímico, inteligente, caprichoso…

- Era ciclotímico, sí. Y era muy inteligente. Tenía muchas relaciones en Argentina, sobre todo en los medios (de comunicación), porque había trabajado en radio El Mundo. Pero sí, era ciclotímico: de pronto estaba eufórico y era bárbaro y podías hablar en serio de todos los temas, y de pronto estaba ensimismado o discutía en malos términos.

-¿Cuánto tiempo estuvo en la hacienda de Aguas Blancas?

-Yo salí de Córdoba el 21 de agosto y el 23 o 24 ya estaba en la hacienda. Empezamos haciendo guardias. Éramos cuatro que llegamos, había un boliviano, los cinco que venían de Argelia y de vez en cuando llegaban “Papi” y “Furry”.

- ¿A Masetti se lo presentan como Masetti o como el Comandante Segundo?

- Como Segundo.

- ¿Y cuándo se enteró que era Masetti?

- Al poco tiempo. Escuchaba las noticias de radio El Mundo.

- ¿Usted se encargaba de las comunicaciones con el Che?

- Cuando Ciro Bustos baja a la ciudad, me transfieren la función de claves para comunicarme con Cuba. Era con sobres cifrados, una técnica soviética que no la habían descubierto ellos. Estos sobres viajaban con emisarios. Eran más del Che que de Barbarroja, que mandó algunos, pero sobre todo eran del Che.

- ¿Con que periodicidad llegaban?

- No eran tan seguidos.

- ¿Qué contenido tenían?

- Había pedidos de informes, dónde estábamos, cómo estábamos…el Che empieza a apurar un poco las cosas en sus últimas cartas, pero no habíamos hecho nada como para estar en condiciones de apurar tanto. Habíamos andado, habíamos permanecido. Si vos lees el libro del Che “Guerra de guerrillas”, nada que ver con lo que estábamos haciendo nosotros. Íbamos a lugares imposibles. Los voluntarios que llegaban de Buenos Aires esperaban en el hotel vestidos de guerrilleros a que los fuéramos a buscar.

-¿Cuándo deciden entrar a la Argentina?

- El 21 de septiembre. Entramos y empezamos a buscar la zona del ingenio  tabacal, que era la más promisoria para hacer algo. El “pelado” Bustos había trabajado en esa empresa. Era una zona de difícil acceso que estaba cerca de Salta y Jujuy. No estaba mal la elección de la zona, pero todo se hacía de un modo incorrecto. Un campamento duró tres meses, en un lugar donde no había nada, “la pista de pruebas” le llamábamos.

- No cumplir con la movilidad exigida por la guerrilla, ¿era decisión de Masetti?

- Hablaba mucho con Hermes. Yo le decía que había que ayudar a los chicos a que pisaran las piedras, no el barro, porque el barro deja huellas. “Si, si, pero vamos a explorar”, me decía Hermes. Así que en el campamento estábamos muy poco. Hermes era muy rápido, muy tenaz. Era muy buen tipo. Pero tenía toda esa formación verticalista y el Comandante era el Comandante.

- ¿Serguera discutió con Masetti por la posibilidad de abrir un frente guerrillero en Tucumán?

- Si, Papi había entrenado a la gente del vasco Bengoechea, que después les explotó una bomba en un departamento de Buenos Aires. Papi le dijo a Masetti que él iría como jefe del grupo y me ofreció a mí ir como responsable político. “Acá el único comandante soy yo”, le contestó Masetti. Eso sucedió cuando estábamos en Colonia Santa Rosa, más o menos el 20 de octubre, que ya estábamos en la zona de Aguas Negras.

- ¿Cuál era el plan de operaciones de la guerrilla?

- No había un plan concreto, había que hacer contacto con la gente del lugar para facilitar el aprovisionamiento de víveres.

- ¿Cómo era el aprovisionamiento?

- Llevábamos cosas en la mochila. Latas, granos. Hicimos un pozo en el primer campamento y ahí dejamos víveres y fierros (armas). También venía la camioneta de la ciudad con víveres. Teníamos puntos de contacto que siempre eran extraordinariamente fáciles de detectar por cualquiera.

- ¿Cómo era la convivencia del grupo en el monte?

- En general era buena. Cuando alguno se caía un poco yo me acercaba a hablar con él, a levantarle el ánimo.

- ¿Qué funciones cumplía cada uno?

- Yo era el comisario político. Traducía y emitía mensajes, hablaba con los compañeros. Era de alguna forma el nexo de Masetti con el resto. Él se enamoraba de alguno y lo tenía en lo más alto. Y yo que bajé 20 veces del monte, con 40 grados de calor, era el que me iba a escapar en cualquier momento, el posible desertor. En cambio el “Pirincho” (Bengochea), como el padre tenía un velero en Buenos Aires y había un depósito de armas en Uruguay, dijo que lo iría a buscar y aprovechó el viaje para irse a la mierda, para desertar.

- ¿Preveían acciones coordinadas entre el monte y las ciudades?

- Había relaciones, no sé hasta qué punto coordinadas. Pero lo nuestro era el inicio. Si eso se asentaba podría haber sido el inicio de algo importante, sobre todo porque era un período de crisis.

- ¿Dónde eran los contactos urbanos?

- Básicamente en Córdoba y en Mendoza. Y en Orán tuvimos uno con un escribano, pero se pudo hacer poco. Y en Buenos Aires, de gente que se había abierto del PC.

- ¿El contacto más fuerte era la gente de Pasado y Presente en Córdoba?

- Sí.

- Eran intelectuales. No hubo contacto con dirigentes obreros.

- Con Armando Coria hubo contactos. Eran las cosas que yo cuestionaba. Yo le dije a Masetti que podía cumplir una función muy importante en la ciudad por sus contactos políticos y me contestó “ah lo que pasa es que vos te querés rajar”. Era muy terco. Y no escuchaba a nadie. A la sierra subió Del Barco y Pancho Aricó y discutieron con Masetti.  Esto fue antes de diciembre, estábamos todavía en la “pista de pruebas”. Yo le plantee a Masetti que bajara y que nosotros haríamos cosas como civiles para relacionarnos con la gente. Yo veía que lo que estábamos haciendo era absolutamente inviable. No habíamos hecho prácticamente nada en la zona. El único tipo al que le dimos un revolver, Wenceslao, tenía ascendiente sobre la gente de esa pequeña comunidad. Fue un contacto importante, pero era minúsculo. Con eso no se podía hacer nada. No había un trabajo previo para vincularse con grupos más numerosos para hacer cosas.

-¿Por qué siguió si veía que la guerrilla no iba a funcionar?

- ¿Y qué otra cosa podía hacer? Yo había asumido una responsabilidad y la tenía que cumplir hasta el final.

- Cuando cae el grupo, ¿estaban próximos a entrar en combate?

- El 18 de marzo, a un año de que Framini ganara las elecciones en la provincia de Buenos Aires y se las robaran, íbamos a hacer una operación militar en Yuto, que era una población chica pero que seguramente iba a tener repercusión nacional. Pero no se pudo.

- ¿Qué cree que pasó con Masetti?

- Masetti tenía una lesión en la columna lumbar, creo que producto de un rebote de bala en Argelia. Y quedó medio jodido. Por eso llevaba una mochila mucho más liviana. Y se empezó a poner mal. Por eso nos mandó a bajar a nosotros y él se quedó con el chico Altamira, que también estaba muy mal. Mirá, Masetti estaba tan mal que cuando íbamos subiendo sentimos que había dos pavas del monte en un árbol. Las fuimos siguiendo. Masetti le erró dos tiros. Las seguimos a otro árbol y volvió a errar. “Dejame que le tiro yo”, le dije. “No, no, no, yo les tiro”, insistió. Era así Masetti. Era un tipo brillante, pero tenía sus momentos. Brillante en el sentido de sus discursos políticos, contaba anécdotas, cantaba tangos. Por momentos era fantástico, era un jefe en serio. Pero por momentos se le salía la cadena y era otra cosa.

- ¿Tenía una buena formación militar?

- No. A tal punto que yo no lo vi nunca como comandante. Aceptó por ejemplo que no hubiera disciplina para caminar en lugares donde no hay que dejar huella.

- ¿Por qué era tan estricto el código militar del EGP?

- Porque en Cuba decían que había que galvanizar a los combatientes. Si había algún homosexual creo que también había que fusilarlo. Era calcado del código que usaba la guerrilla en Cuba. Camilos Cienfuegos y el Che fusilaron a unos cuantos.

- ¿Qué cambió después del fusilamiento de “Pupi”?

- Yo me opuse. Estaban mi hermano y el Gringo Canelo. Yo no participé del tribunal y me negué a darle el tiro de gracia. “Si desobedecés te voy a fusilar a vos también”, me dijo Masetti. “Hacé lo que quieras”, le contesté.

- ¿Hubo un pacto de silencio en torno a los fusilamientos?

- Yo no vi ninguna mejora en el grupo. Eso llevó a “Pirincho” también a desertar. Los que estábamos sabíamos lo que había pasado. Igual que en el segundo fusilamiento, donde yo oficio de defensor de Grosswald. Lo matan al pedo, porque no había ningún elemento para fusilarlo. Se masturbaba y hacía retrasar la columna. Es cierto que la elección de ese muchacho fue una estupidez supina. Un chango que era miope, ¡pero miope miope! Y que tenía pie plano.

- ¿Quién seleccionaba la gente que subía al monte?

- Canelo, Bustos…, mi hermano era uno de los que seleccionaban y lo llevó a Grosswald. Casi lo mandan al rengo (Benjamín) Elkin. Hacían subir gente al pedo.

- ¿Después de los fusilamientos cambió el criterio?

- Dejaron ir mucha gente.

- ¿Por qué entonces fueron tan rigurosos con “Pupi” y “Nardo”?

- Fue caprichoso. Era como que si hacías eso el grupo iba a funcionar mejor. No porque el otro afectara al grupo, sino porque había que cuidarse de eso también. Era mandar un mensaje para un lado y para el otro, se tenía la idea de que si fusilabas a uno, el resto cambiaría y le pondría más pilas a la cosa. Ninguno de los que fusilaron era combatiente, eran aspirantes. Y tenían dificultades físicas para desplazarse al ritmo de la columna.

- ¿Masetti escribía en el monte?

- Si, cartas. Y creo que tenía un diario.

EL GENERAL EN SU LABERINTO

Martín Malharro, mi entrañable profesor de Periodismo de Investigación en la Maestría de la Universidad Nacional de La Plata, me comentó que había escuchado una anécdota impresionante sobre una conversación entre Jouvé y el General Julio Alsogaray, que era una metáfora anticipatoria de lo que después ocurriría en el país. El hijo del General Julio Alsogaray, Juan Carlos, sería asesinado tiempo después en Tucumán por los militares del mal llamado “Proceso de Reorganización Nacional”. Jouvé se acordaba perfectamente de aquella conversación.

- ¿Cómo fue su encuentro con el General Alsogaray?

- Fue entre el 12 y el 14 de abril. Unos quince días antes que nos trasladaran a Tucumán. Cuando llegó yo estaba descalzo, en calzoncillos. El General dice “traigan rápido pantalón, calzado y una camisa”. Era en un despacho. Se presenta: “soy el general Alsogaray y quiero hablar con usted”.

- Hay una denuncia por apremios ilegales. ¿A usted lo han tratado mal?-, preguntó.

- Y… mire como estoy.

- Eso no es nada…

- Tómelo como quiera. Yo lo veo como apremios ilegales.

- Pero no es por eso que vine a hablar con usted. Conozco todo sobre usted y no vengo a hacer un nuevo sumario, porque para eso está el sumariante. ¿Qué toma usted?

- Agua

- ¿No quiere un cognac, un whisky?

- Primero me trae ropa, después me quiere comprar cigarrillos. Si yo le convido después un cigarrillo a uno de mis compañeros me los van a quitar porque no nos dejan fumar.

- Yo voy a dar la orden de que lo dejen fumar.

“Empezamos a hablar y él me contó todo lo que había averiguado de mí, de mis compañeros de la Facultad, de algunos profesores, del director de la escuela de Bell Ville. Realmente tenía muy buena información”, recordaba Jouvé.

-Todo el mundo habla muy bien de usted. Pero su perfil me recuerda mucho a uno de mis hijos.

- No sé cómo es su hijo.

- Se parece mucho a usted en lo que estamos hablando. Yo quiero saber por qué usted se metió en esto. No me diga que su mamá lavaba ropa para otra gente, etétera, etcétera, porque todo eso lo sé.

- Me metí porque creo que la Constitución dice que el gobierno debe ser elegido por el pueblo, habla de los derechos civiles de la gente, habla del derecho a vivir un poco mejor, y como no se cumple nada dije “bueno, algo tenemos que hacer”. Cuando voltearon al gobierno de Perón, era un gobierno constitucional, elegido por la mayoría de la gente, que lo siguió apoyando incluso estando fuera del país. Y me parece que eso no forma parte ni de la libertad ni de la democracia.

- Bueno, veo que usted opina como mi hijo.

- Puede ser… pero eso es lo que yo pienso.

- ¿Y qué puedo hacer para que mi hijo no haga lo mismo que usted?

- No lo mande a la escuela, porque ahí enseñan educación cívica y por ahí se entera de lo que es un gobierno constitucional.

“Hizo cuatro o cinco preguntas más, me agradeció y me mandó al calabozo. Y fíjate lo que le pasó al hijo después: lo reventó Videla”, recordaba Jouvé.

- Usted quiso hablar con él mucho tiempo después.

- Sí, cuando volví del exilio en Francia, pero no pude.

- ¿Y por qué quería hablar con él?

- Para revivir ese momento, donde tuvimos esa charla, para que tomara nota de lo que él me había dicho y de las semejanzas. Lo que pasa es que cuando caímos nosotros estaba Illia en el gobierno y no nos amasijaron a todos. Pero bueno, cuando gobernó otro comandante del Ejército le mataron a su hijo.  Siempre me acuerdo de lo que le dije: “No lo mande a la escuela”.

EL FUSILADO QUE VIVE

 “A Miguel, que estuvo con Hermes y (Federico) Méndez en Argelia, lo dejaron preso para que después lo fusilaran por orden de Masetti. Los argelinos lo tuvieron en una cárcel subterránea, porque viven debajo de la arena. Cuando caemos nosotros lo sacan de la cárcel y él pide volver a Cuba, donde se entrenó en el manejo de helicópteros y avionetas, porque el Che quería que nos escapáramos para ir con él a Bolivia. Habíamos quedado presos solamente el flaco y yo, que teníamos las condenas más gravosas por el fusilamiento de Nardo y la supuesta asociación ilícita. Miguel nos visitó en la cárcel y nos dijo que el Che nos quería con él. Esbozó un plan de fuga y yo le dije que no, porque tenía la seguridad de que habría elecciones y nos iban a dejar libres.

-¿Tenías ganas de incorporarte a la guerrilla del Che?

-Con el Che a lo mejor habría ido.

- ¿Tuvo algún contacto con el Che, además de las cartas que tenía que traducir?

- No lo conocí al Che.

- ¿Fue a Cuba?

- “Barbarroja” Piñeyro nos había invitado, a mí y a Henry Lerner, pero se murió antes de que pudiéramos ir.

- ¿La experiencia del EGP fue borrada de la historia?

- A veces aparece algún flash en algún programa periodístico o está mencionada en algún libro de historia. Tampoco fue una experiencia tan trascendente. No creo que haya sido borrada.

-Pero sí distorsionada. La primera versión de los hechos fue la de Rojo…

- Lo de Rojo fue muy idiota, imbécil.

- ¿Cuánto se le puede atribuir a Masetti la responsabilidad del fracaso del EGP?

- Yo le decía: a vos te necesitan en la ciudad, porque tenía un buen discurso y tenía ideas claras respecto de un montón de cosas. Y dejanos a nosotros acá que vamos haciendo las cosas.

- ¿Masetti estaba convencido de lo que estaba haciendo o no quería contradecir al Che?

- No sé si era por no contradecirlo al Che. Pero le costaba dar marcha atrás. No tenía sentido.

-¿Cuál era el Masetti real? ¿El que hacía bromas porque Alberto Castellanos traía agua sucia del río o el que fusilaba gente y desconfiaba de todos?

- Yo creo que era muy contradictorio y ciclotímico. Tenía cosas muy lindas, era capaz de levantarle el ánimo a un muerto si él estaba bien. La otra parte no me gustaba, porque era una imitación grotesca de lo que pasó en Cuba. Pero yo lo respeto mucho porque fue leal a sí mismo. No quiso bajar. Un tipo que fue un combatiente en serio fue Hermes. Herido en la rodilla y hambriento se cargó un gendarme e hirió a otro antes de morir. Era un tipo espectacular, que me producía una gran ternura, yo charlaba mucho con él. Era un enamorado de la revolución cubana. Él vivía en un bohío y de pronto su hija estaba en la universidad. Fue el jefe de la escolta del Che, viajó por China, Egipto…Y el Che lo quiso muchísimo, lo alfabetizó. Entonces era un devoto del Che. Hermes era un tipo tan simple pero al mismo tiempo tan profundo, de un compromiso claro, transparente.

- En algún momento fueron más de 30 combatientes y tenían redes urbanas. ¿Esperaban la llegada de más combatientes que se estaban entrenando en Cuba?

- Si, eran 20 o 30 combatientes. Y el Che iba a quedar al frente, por supuesto. El nombre del Comandante Segundo tenía que ver con el Comandante Primero, que era el Che.

- Durante mucho tiempo Ciro Bustos fue una especie de Judas, acusado injustamente de haber traicionado al Che en Bolivia. Que haya salido a hablar ¿lo reivindica a él o a la experiencia del EGP?

- Reivindica las dos.

- ¿Cree que la figura de Masetti debería ser rescatada por su experiencia guerrillera o por su labor periodística?

- Yo lo rescataría más por su experiencia periodística, porque lo de Salta fue un sacrificio inútil.

- ¿Pero el fracaso del EGP eclipsa la importancia del Masetti periodista?

- Es probable. Y es una pena, porque su experiencia en Cuba fue espectacular.

- De todas formas, hoy parece indiscutido que la experiencia del EGP fue el preámbulo del fracaso del Che en Bolivia.

- Sin duda.

Hernán Vaca Narvaja
- Director -