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Variaciones sobre la corrupción
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Fenómeno universal, la corrupción tiene profundas raíces culturales. Chorros, coimeros, todos mezclados en el contexto de un mal endémico que parece inherente a la condición humana.
Publicada el en Reflexiones

La corrupción es un fenómeno, manifestado en todas las épocas y todos los sistemas, sin que se descubra cómo evitarla. Más grave aún es que se ejerza con impunidad, cierto grado de institucionalidad, penetración en usos y costumbres y aceptación popular. Por perdurable, extendida y variada, la corrupción merece lugar en el laboratorio socio-político-cultural, como elemento de estudio, no sólo en términos de legalidad e ilegalidad. Lo moral, inmoral y amoral también cuentan en el antiguo y vigente calamidad, en el ámbito de lo público y lo privado.

Hay formas clásicas de corrupción. El cohecho consiste en pagar una suma de dinero u otros bienes materiales, para que un funcionario adopte decisiones a favor del corruptor. El peculado es la acción de hurtar fondos del Estado, en exclusivo provecho personal. En el detalle de las tipificaciones penales, se inscriben: enriquecimiento ilícito, incumplimiento de deberes del cargo asumido, lavado de dinero, tráfico de influencias, malversación y soborno.

Es voluminoso el registro histórico de la corrupción. En sus páginas hay episodios de coimas y coimeros; de licitaciones amañadas; de falsas declaraciones juradas; de negocios truchos; de controles omitidos; de nuevos ricos sospechosos y así de seguido. Incluso, en el espacio religioso se denominó simonía el otorgamiento de concesiones espirituales a cambio de plata y la venta de jerarquías eclesiásticas.

En la metáfora creativa, es corrupto el que mete la mano en la lata. En el lenguaje lunfardo es cosa de “chorros”, a veces con guante blanco y dedos sucios. El arte universal abordó y aborda la corrupción. Sin ir más lejos, el escritor Ítalo Calvino (123-1985) resaltó su estilo en Oveja Negra, cuento en el que un hombre honesto altera la armonía de los habitantes de un pueblo, que practican el robo generalizado y naturalizado. En la reciente película francesa La Mentira, empresarios de servicios tercerizados abonan “retornos”, para participar en una obra vial. Los magníficos Les Luthiers mantienen, en su actual gira internacional, el sketch acerca de la corrupción, de larga data y sostenido impacto.

La actitud social hacia la corrupción es fluctuante. En 1929, Roberto Arlt redactó una incisiva Aguafuerte, publicada en un diario de gran tirada, en la que un candidato a diputado basaba su campaña proselitista en el hecho de ser un corrupto integral, capaz de dar razón a la cínica conclusión de que “roba pero hace”. La parodia podría extenderse a las opiniones sesgadas, condicionadas por pertenencias partidarias o ideológicas, sin advertir que el corrupto siempre acaba siendo un lastre, que daña a las mejores causas y desmiente que el fin justifica los medios. Quizá, habría que analizar la función psicológica de la corrupción, así como hace más de medio siglo Stanley Milgram estudió la función psicológica de la obediencia.

Existen, por aquí y por allá, denuncias de megacorrupción, con cifras multimillonarias en danza. Donde la Justicia funciona, el debido proceso arriba a la determinación de inocencias y culpabilidades. Donde hay magistrados que carecen de prestigio, las trabas prosperan, la desconfianza prevalece y en el río revuelto, la impunidad eclipsa el trámite de expedientes y sortea las definiciones.

También hay corrupción de menor dimensión, pero igualmente repudiable. Como la del guarda-fauna patagónico que organizaba las excursiones de caza prohibida. Para medir la diversidad del fenómeno, debe conocerse que entre las acepciones de corromper se encuentra la que significa la acción de echar a perder. Literalmente: pudrir, causar impaciencia, molestar, fastidiar. Lo podrido tiene mal olor. Por ejemplo, precisa desodorante que ANSés realice mal y a sabiendas la liquidación de haberes y obligue al jubilado a demandar el reajuste, condenándolo a una espera sin plazo.

La megacorrupción está en el podio de la atención de buena parte del mundo, en este tramo del siglo XXI. Con la misma intensidad habría que preocuparse por lo que ocurre en nuestros usos y costumbres, los del día a día, que no tienen prensa. Quizá el momento es propicio para preguntarnos: ¿y por casa, cómo andamos?

Guillermo Alfieri
- Periodista -