Crónicas
Entrevistas
Actualidad
El Kiosco virtual
Reflexiones
Cultura
Música
Cine
Libros
Galería Magalú
Galerías multimedia
La Revista
Revista El Sur
Staff
Ediciones en papel
Notable biografía política de Gustavo Roca
De la Reforma a la Revolución
Foto: Gustavo Roca, emblemático abogado de los años más convulsionados del país.
El periodista Juan Cruz Taborda traza un vívido retrato del emblemático abogado cordobés que defendió a los primeros guerrilleros argentinos y participó de las reuniones previas al Cordobazo. Un fresco que marca las tensiones de una época signada por la violencia y la utopía revolucionaria
Publicada el en Libros

Un francotirador sin armas. Así define el periodista cordobés Juan Cruz Taborda a su biografiado Gustavo Roca, el emblemático abogado de la izquierda mediterránea, hijo de Deodoro Roca, el mítico protagonista de la Reforma Universitaria de 1918. En un apasionante relato que atrapa desde el primer párrafo, apelando a técnicas del periodismo narrativo y un riguroso trabajo de investigación y archivo, “La Ley de la revolución” traza un apasionante recorrido por la Córdoba revolucionaria de los años ´60 y ´70, se sumerge en el tenebroso túnel del terrorismo de Estado y culmina con el despertar democrático de los años ´80.

Dividido en nueve fragmentos o “trazos dispersos, huellas pocas veces registradas de un hombre de otro siglo, que nació en un sótano de la Córdoba de la Reforma , el de su padre, y que heredó, en ese parto, en ese sótano, la Córdoba de la Revolución”, el libro recrea una semblanza biográfica que comienza con la vuelta de Gustavo Roca al país tras su largo exilio español para adentrarse luego en su formación, la herencia política de su padre y sus denodados esfuerzos para trazar su propia identidad política, la militancia universitaria, la abnegada defensa de presos políticos, el ejercicio apasionado del periodismo y hasta su pasión por el club Belgrano de Córdoba y sus estadías en su casa de campo de Ongamira, su lugar en el mundo.

Miembro de una de las familias más tradicionales de la Córdoba aristócrata y clerical, descendiente de los Roca que combatieron la Revolución de Mayo y de otros que, por su pertinaz oposición al liberalismo sesgado de Juárez Celman, se aliaron coyunturalmente a la revolución radical de Leandro Alem, Los Roca se criaroán en una vieja casona colonial de 36 habitaciones ubicada sobre la calle Rivera Indarte 544, en pleno centro de La Docta. “Esa Córdoba, la que combatía Deodoro, era, a su vez, la misma Córdoba en la que estaba inmerso por apellido y abolengo. De ese Roca Allende y de Maruca Deheza, la hija del Rector destituido, llegaron los hijos Marcelo (1922) y Gustavo (1924). En esa misma casa, en la misma habitación, cuando Deodoro tenía 34 años, nacía su segundo hijo. Entre esas mismas paredes, diecisiete años después, moría el padre y nacía el mito del verbo más incendiario de Córdoba. Moría atravesado por cierta calma. Dejaba un heredero para mantener el fuego”, reseña el autor.

El heredero no será otro que el biografiado, Gustavo Roca, que estudiará en el tradicional Colegio Monserrat y cursará, por tradición familiar, su carrera de grado en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Córdoba, imbuido en las acaloradas discusiones entre republicanos y franquistas de una España que se desangraba mientras otras potencias extranjeras se enfrentaban, encarnizadas, en la Segunda Guerra Mundial. En esos tiempos de militancia universitaria Roca conocerá a un joven estudiante del colegio Deán Funes, que además era su vecino, y que tendrá una incidencia decisiva en su futuro: el adolescente Ernesto Guevara De la Serna, que  con los años y su decisiva participación en la revolución cubana transmutará en el Che.

Serán aquella vieja relación adolescente, su compromiso político y su sensibilidad social los que llevarán a Gustavo a convertirse en el abogado de los sobrevivientes del Ejército Guerrilero del Pueblo (EGP), la vanguardia guevarista en las montañas de Orán, Salta, que comandara el periodista Jorge Ricardo Masetti –el Comandante Segundo- a la espera del desembarco del propio Guevara. “Lo conocí personalmente en el Cuartel N° 20 de Gendarmería Nacional de Orán. Sólo había escuchado hablar de él a la sombra de su padre Deodoro Roca, prócer de la Reforma Universitaria del ´18 (…) Su figura me chocó. No era para menos. Nosotros constituíamos un extraño grupo de esqueléticos guerrilleros zaparrastrosos y él, un señor impecablemente trajeado, con una pajarita o moñito azul con lunares blancos”, evocará Henry Lerner, uno de los sobrevivientes del EGP.

Así era Gustavo Roca. Burgués y revolucionario al mismo tiempo, dueño de una independencia política que  no resignará ni aún en los momentos más comprometidos de proceso político nacional, donde se codeará con dirigentes de la talla de John William Cook, Agustín Tosco y Fidel Castro. Al estudio jurídico que Gustavo Roca compartía con el abogado laboralista Lucio Garzón Maceda lo frecuentarán sindicalistas como Agustín Tosco y Atilio López, quienes tendrán una participación decisiva en el Cordobazo, la revuelta popular que en 1969 marcaría el principio del fin del dictador Juan Carlos Onganía. Roca seguirá de cerca aquél levantamiento popular y se convertiría en el abogado defensor de su socio Garzón Maceda.

Desde el estrado, hará una férrea defensa del derecho a la rebelión y cuestionará la idiosincrasia de la Justicia burguesa representada por la sagrada familia cordobesa. “La vida circula penetrada de contenidos sociales. Y el derecho está escrito, formalmente escrito. Cristalizado en fórmulas visibles en un complicado sistema de canales y compuertas cuya maniobra y cuya dirección está siempre oculta. Las luchas sociales se reflejan no sólo en el Derecho, en su evolución, sino también en los “estrados del tribunal”. Las barandillas del tribunal son los puntos de confluencia donde la guerra social cobra mayor dramatismo. La guerra y la guerrilla. Se cree que el hábito de aplicar la ley profesionalmente es una garantía de imparcialidad. ¡Falso! Lo será para lo puramente jurídico, si es que alguna vez se ventila ante algún tribunal un interés puramente jurídico. Pero  nunca puede valer para lo político. Ni para lo social”, le dirá, sin eufemismos, a la pacata Asociación de Magistrados de Córdoba.

Periodista por vocación, además de sus pasionales defensas de presos políticos en los tribunales, Gustavo Roca participará del periódico Liberación, donde compartirá staff con Vicente Zito Lema, Julio Cortázar, el padre Carlos Mujica, Rodolfo Walsh, Rodolfo Ortega Peña, Eduardo Luis Duhalde y Agustín Tosco, entre otros. Sin amedrentarse ante lo que ya era un importante medio de comunicación, Gustavo Roca defenderá en los tribunales porteños a la hija de la primera esposa de Roberto Noble, Guadalupe, a quien la segunda mujer del fundador de Clarín despojará de su herencia. El inefable Augusto Bellushio –el mismo al que Horacio Verbitsky inmortalizara como el “asqueroso”-, miembro de la Corte Suprema alfonsinista, avalará el despojo al anular el primer matrimonio de Noble y legalizar el segundo, pese a que no se había concretado en el país.

Roca acusará a la revista Gente, de la poderosa Editorial Atlántida, de haber sido “cómplice, promotora y apologista” de la dictadura cívico militar, desoyendo los consejos del por entonces joven dirigente José Manuel De la Sota de no pelearse con la prensa. También fundará en Córdoba el diario El País, de vida efímera en los primeros años del alfonsinismo.

La defensa de Obregón Cano

Perseguido por La Hiena Menéndez –quien no se privó de definirlo como un peligroso “aristócrata marxista”-, Gustavo Roca partirá rumbo al exilio, donde tendrá una destacada actuación en los organismos de Derechos Humanos junto a Eduardo Luis Duhalde, Juan Gelman, Garzón Maceda y otros, en la incesante denuncia internacional de los crímenes de lesa humanidad cometidos por el Estado terrorista argentino. Su intervención en el Congreso norteamericano, invitado por el senador Edward Kennedy, le valdrá una increíble detención en los albores democráticos del alfonsinismo bajo la infame acusación de “traición a la patria”.

Inflexible en sus principios, sin ser peronista, publicará una carta en el diario La Voz de Buenos Aires –del por entonces gobernador catamarqueño Vicente Saadi- dirigida al presidente Raúl Alfonsín reprochándole otro encarcelamiento brutal: el del ex gobernador de Córdoba Ricardo Obregón Cano, sido destituido en 1974 por el “Navarrazo” con el aval del presidente Juan Domingo Perón, dando inicio al período más sombrío de la historia provincial y nacional.  “No comprendo cómo nuestro último gobernador constitucional, derribado por un alzamiento policíaco militar y forzoso ausente del país durante casi diez años, puede estar hoy encarcelado como presunto autor de delitos que habría cometido desde el exilio y a distancia, mientras al propio tiempo están en libertad, transitan por las calles y conspiran contra la legalidad democrática decenas y decenas de militares y no pocos civiles que fueron sus cómplices”, escribirá Roca con punzante lucidez.

En esa nota, trazará las luces y sombras de la Córdoba dual de aquéllos tiempos de vértigo y  utopía: “Una vez la Córdoba alegre y revolucionaria, irreverente y mágica, la que deslumbró en plena noche colonial la Reforma Universitaria del 18, la que abrió nuevos cauces y esperanzas y rompió los viejos odres con gobernantes de sangre e ideas jóvenes y renovadoras –Sabattini, Del Castillo, Zanichelli, entre otros-; la que produjo la insurrección clasista y popular que fue el Cordobazo, la que albergó a poetas y pintores, a bohemios, locos y románticos, la del punzante y crítico humor popular, la de la limpia gracia y sana ironía. Y otra Córdoba muy diferente, de reboticas y campanarios, “sin ángel, sin aire celeste, sin palomas, sin grillos, sin delicada brisa, sin magia y sin colores”, la de los contrarrevolucionarios de Mayo, de la Corda Frates y la Contrarreforma, la “de los cielos traspasados por estanques”, la del pequeño burgués filofascista, la del “cretino importante” y los “doctores engolados e ignorantes”; la de la mano alegre destrozando los senos perfectos de la belleza; la misma que abandonó a Zanichelli y traicionó a Obregón Cano, la que permitió que tribunales militares “de guerra” condenaran a obreros y estudiantes protagonistas del Cordobazo; la que persiguió a Agustín Tosco y persiguió también su muerte, la que facilitó el asesinato impune de Atilio López, la que consintió que los militares instalaran campos de concentración y exterminio y “desaparecieran” miles de hombres y mujeres”.

Gustavo Roca amó la primera, pero sucumbió a la segunda. La indiferencia, la soledad y la distancia impuesta por la oportunista clase política mediterránea lo arrojarán a una inexplicable relación con Julio César Aráoz, el dirigente peronista que fue copropietario de un inmueble en la calle Humberto Primo junto al tenebroso capitán Héctor Pedro Vergéz, denunciados por la presunta venta de muebles de los desaparecidos. Tal vez la única mancha en el legajo de un soñador que entregó su vida a la utopía y la defensa de quienes arriesgaron su vida por alcanzarla.

Libro imprescindible para comprender la historia reciente de Córdoba, “La Ley de la Revolución” constituye un aporte invalorable en la recuperación de la memoria colectiva. Y una justa reivindicación de un hombre íntegro, apasionado, multifacético y talentoso, que parecía condenado al ostracismo, como tantos otros, por el cordobesismo restaurador y oportunista de Eduardo Angeloz y José Manuel De la Sota.

FICHA TECNICA:

“La Ley de la Revolución. Biografía política de Gustavo Roca”, de Juan Cruz Taborda Varela. Ediciones Recovecos, Córdoba, 2016.

Hernán Vaca Narvaja
- Director -