Crónicas
Entrevistas
Actualidad
El Kiosco virtual
Reflexiones
Cultura
Música
Cine
Libros
Galería Magalú
Galerías multimedia
La Revista
Revista El Sur
Staff
Ediciones en papel
Crónicas en claroscuro
Las torpes excusas del General Milani
Foto:
El ex jefe del Ejército estaría comprometido en la causa por la desaparición del soldado Ledo. Hasta ahora, sus excusas resultan inverosímiles.
Publicada el en Reflexiones

El teniente general César Santos Gerardo del Corazón de Jesús Milani, se siente detractado y difamado por quienes vinculan su nombre con el enriquecimiento ilícito y el terrorismo de Estado. Salió de tribunales porteños y, con gestos alterados, atribuyó el cargo de delictiva prosperidad económica a una conspiración mediática, motivada por su actual definición política-partidaria. Cuando le preguntaron por el caso Ledo, aseguró: no torturé ni maté. Menos categórico se mostró ante el interrogante acerca de quién confeccionó el acta que acusó de desertor al soldado riojano desaparecido en Tucumán: no recuerdo si hice o no hice ese documento.

Por si el desmentido sonara a precario, Milani volvió a recurrir a las excusas habituales en él, consistentes en refugiarse en lo poco más de 20 años de edad, que acumulaba en 1976, y el bajo grado de subteniente que portaba por entonces. Sin ánimo de ser agorero, entiendo que le será difícil obtener impunidad o ganar el fallo de inocencia, con el justificativo de la edad y el de la obediencia debida. Tampoco merece el menor análisis el pretexto de, en su momento, no haberse enterado de la sistemática represión nutrida de acciones de lesa humanidad.

Milani ingresó en el Colegio Militar de la Nación en 1972 y egresó en 1975. Se supone que su vocación era firme, con espíritu templado para la profesión y caudal intelectual para cursar con éxito la carrera. Sabría que el III Cuerpo de Ejército, al que fue asignado, estaba comandado por un jefe “duro”, el general Luciano Benjamín Menéndez, y que la inestabilidad institucional prologaba un nuevo golpe castrense. En cuanto a su destino, el Batallón de Ingenieros 141, en La Rioja, le permitía ser camarada de 30 oficiales y 200 suboficiales, con una tropa de 600 soldados. La dimensión urbana y escasos 70 mil habitantes, permitían la inserción en las relaciones sociales, en un tramado que facilitaba la circulación de las novedades más o menos notables que se producían.

La Rioja no fue invadida por fuerzas de ocupación el 24 de marzo de 1976. Las allí asentadas, con Milani incluido, desplegaron la represión inmediata, en base al espionaje previo. El primer centro de detención clandestino fue el gimnasio del Batallón 141. Los capturados eran vigilados, desde la galería alta, por conscriptos armados. ¿Dónde estaría Milani? En el juzgado federal de La Rioja hay testimonios que lo ubican como integrante de grupo de tareas, en variedad de funciones.

Hace unos días, Milani dijo que en el Ejército se hablaba de la vinculación del presidente de facto, Jorge Rafael Videla, con Héctor Magnetto, ejecutivo del grupo Clarín. Corre por su cuenta la aseveración, que abre el interrogante de si había ámbito para abordar ese tema, ¿nada se comentaba del asesinato, el 18 de julio de 1976, de dos sacerdotes en Chamical, luego de ser secuestrados y atormentados? La confesión de ignorancia es una torpeza en la provincia en la que se mató al Obispo y se registró el más alto índice de detenciones en comparación con el dato demográfico, hechos que motivaron recientes juicios conmovedores por delitos de lesa humanidad.

En cuanto a la edad como disculpa, hubo otra vara para medir a víctimas menores que Milani; encarcelados y torturados, exiliados a la fuerza y sometidos a la ausencia de padres y madres, sin derecho a la defensa en un debido proceso. Milani nació en Cosquín (Córdoba), el 30 de noviembre de 1954. No le daría trabajo, pero sí vergüenza, constatar la cantidad y calidad de personas más jóvenes que el subteniente Milani, con las que la represión no tuvo clemencia. Una de ellas Alberto Ledo.

En el libro “Lo que no dije en Recuerdo de la Muerte”, Miguel Bonasso cita el testimonio de Ricardo Lardone, civil adscripto a Inteligencia del Ejército, tomado por Eduardo Luis Duhalde, autor de “El Estado terrorista Argentino” y secretario de Derechos Humanos de los gobiernos de Néstor y Cristina Kirchner, fallecido el 3 de abril de 2012. El texto dice: “Aquellos detenidos que estaban cumpliendo el servicio militar obligatorio, como soldados rasos, eran fusilados previa ceremonia. Luego, los cuerpos acribillados a balazos, ya en los pozos, eran cubiertos con alquitrán e incinerados. En los fusilamientos participaban oficiales de todas las unidades del III Cuerpo de Ejército, desde los subtenientes hasta los generales (…) Todos están por igual comprometidos con la dictadura (…) Todos los oficiales, desde subtenientes recién incorporados, han fusilado a prisioneros inermes, vendados, amordazados, maniatados, torturados”.

Alberto Ledo estaba marcado por los espías cuando entró al servicio militar obligatorio, en La Rioja. Fue parte de un grupo de soldados trasladados a Tucumán, al mando del capitán Esteban Sanguinetti, acompañado por el subteniente César Milani.

Ledo desapareció el 17 de junio de 1976. El certificado del parte oficial, firmado por Milani, lo catalogó de desertor, que hurtó los baratos cubiertos de fajina. En cambio, dejó sus anteojos recetados. Un camarada de colimba se los entregó a la Madre de Plaza de Mayo Marcela Brizuela de Ledo.

En octubre de 2016, el fiscal del juzgado federal de Tucumán insistió en el pedido de indagatoria al teniente general César Milani.

Guillermo Alfieri
- Periodista -