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Donald Trump, un jugador todoterreno
La desesperanza blanca
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El flamante Presidente de Estados Unidos incursionó en el boxeo como promotor y asesor financiero del ex campeón mundial Mike Tyson, y también intentó sin demasiado éxito hacer negocios en el fútbol americano, el automovilismo y el ciclismo. En los ’90 compartió con Mauricio Macri animados desafíos de golf, su deporte favorito, y el año pasado se lo nombró como posible comprador de San Lorenzo de Almagro.
Publicada el en Crónicas

Donald Trump acaba de dar el gran golpe. Es el nuevo presidente de Estados Unidos, algo así como el campeón mundial de los pesos pesados. No era el favorito de las apuestas, pero impensadamente muchos de sus compatriotas le terminaron jugando un boleto seguramente para castigar a Barack Obama y “borrarle la sonrisa a ese negro”, como alguna vez manifestó el célebre escritor Jack London en alusión a Jack Johnson, el primer boxeador de raza negra que reinó en la máxima categoría y cuya caída en desgracia se convirtió en una obsesión para el racismo imperante.

Fue en aquellos tiempos, principios del Siglo 20, cuando la sociedad estadounidense empezó a acuñar el sueño de “la Gran Esperanza Blanca”, que encarnaron desde Tommy Burns, Jim Jeffries y Jess Willard, nombres con cierta “chapa” de la prehistoria pugilística, hasta Gerry Cooney y Tommy Morrison, combatientes de escasa monta (y excesivo marketing) de las más recientes décadas. Sin olvidar que las expectativas de personificar el restablecimiento de la superioridad blanca en el boxeo también se posaron alguna vez en la grotesca figura de Primo Carnera, el gigante que llegó desde Italia y que las mafias apuntalaron en base a “tongos” y otras maniobras oscuras que le valieron el célebre lugar de contrafigura del General San Martín en el tango “Cambalache”. Más vigente que nunca la pluma y letra de Enrique Santos Discépolo, en un siglo tanto o más “problemático y febril” que el que le sirvió de inspiración.

Precisamente fue un ex campeón mundial de peso pesado, Mike Tyson, uno de los que más festejó la victoria del magnate inmobiliario en las urnas en la noche del martes. “Donald Trump debería ser presidente, para gobernar a Estados Unidos como una empresa”, manifestó “Iron Mike” desde el mismísimo arranque de las primarias del Partido Repúblicano. Más que convicción, sonó siempre a devolución de gentilezas: Trump fue promotor y asesor financiero de Tyson en sus inicios en el pugilismo rentado, lo que le permitió recaudar por dos ventanillas diferentes. El 27 de junio de 1988, cuando “el Hombre de Hierro” destronó a Michael Spinks en Atlantic City, el empresario le pagó al nuevo campeón una bolsa record de 20 millones de dólares. No fue por amor al deporte, y mucho menos filantropía: Trump programó la velada para un inusual lunes a la noche y el fin de semana previo al combate sus casinos se llenaron de apostadores. Es más: con lo que recaudó por venta de fichas el mismo día de la pelea amortizó el monto que le había pagado al veinteañero desafiante, quien estuvo apenas 91 segundos arriba del ring antes de colocarse el cinturón.

Visionario para los negocios, Trump no dudó en apoyar a este morocho de Nueva York y tampoco a otra gran estrella de los rings de los ’90, el mejicano Julio César Chávez, un pasajero frecuente de su helicóptero personal. Por entonces, quien desde el 20 de enero próximo será el 45º Presidente de los Estados Unidos no hacía distinción de nacionalidades. Durante su reciente campaña proselitista tildaría de "violadores", "asesinos" y "narcotraficantes" –en ese orden- a los ciudadanos del país azteca.

Paradojas de la vida: en 1992, el mismísimo Trump había pedido que Tyson, luego de ser condenado a prisión  por violar a una participante de un concurso de belleza, no fuera a la cárcel, sino que expiara sus culpas con el pago de una multa.

Su desembarco en el mundo del boxeo le valió las amistades del polémico promotor Don King y de los ex campeones Muhamad Alí y Roberto “Mano de Piedra” Durán, aunque estos últimos tomaron prudente distancia luego de las declaraciones de tono xenófobo y discriminatorio que el ahora político repartió sin contemplaciones para nadie, y de las que no estuvieron exentos ni musulmanes ni latinos. "Hoy en día, así como estoy, me gustaría meterme en un ring con Trump para ver si aguanta de verdad y para ver cuántos latinos va a deportar después de un nocaut", señaló el panameño, de 65 años.

Aunque alejado de los cuadriláteros (más bien de los ring sides) desde hace tiempo, el nombre de Trump volvió a figurar en las crónicas de pugilismo de los medios de comunicación a mediados de 2015. Aquella vez, el boxeador mexicano Jessie Vargas, que había perdido ante el norteamericano Timothy Bradley en la pelea por el título interino Welter de la Organización Mundial de Boxeo (OMB), levantó una queja ante la Comisión de Boxeo de California y ante la OMB, exigiendo que se revocara la decisión del árbitro y se concediera el inmediato desquite, acusando un posible fraude. "Estamos sospechando que posiblemente los intereses de los casinos de las Vegas de Donald Trump tuvieron algo que ver en el resultado, las imágenes del combate son claras", declaró uno de los promotores del púgil azteca.

El Trump Tour

Así como en la política llegó a apoyar indistintamente las carreras presidenciales de los republicanos Ronald Reagan y Mutt Romney, y del demócrata Bill Clinton -con quien acostumbraba a protagonizar animados desafíos en los campos de golf-, las oscilaciones también fueron una constante de Trump en el mundo de los deportes, donde mostró más voracidad por los negocios que el característico “cholulismo” de quienes buscan inmiscuirse en ámbitos populares para transparentar su imagen.

En los ’80, el magnate incursionó en la United States Football League (USFL), una liga paralela de fútbol americano, con Los Generales de Nueva Jersey. Desde allí se animó a discutirle la supremacía a la todopoderosa y millonaria National Football League (NFL), a la que demandó argumentando que monopolizaba los contratos de TV. Un fallo adverso de la Justicia fue el principio del fin de esta experiencia en un ámbito diferente al de los negocios inmobiliarios, que le ocasionó pérdidas millonarias a su bolsillo. En tribunales entendieron que Trump había usado a la USFL como extorsión para llevar a su equipo a la NFL. Ahí fue cuando decidió imprimirle más velocidad a sus emprendimientos deportivos e incursionar en la NASCAR, la categoría más comercial del automovilismo estadounidense. La relación entre las partes se deterioró cuando, por pedido de uno de los principales patrocinadores, que no quiso quedar pegado a los discriminatorios dichos de Trump sobre los latinos, la NASCAR cambió la sede de su última cena anual, que habitualmente se realizaba en un lujoso hotel de Miami, propiedad del ahora mandatario estadounidense.

No es todo: entre 1989 y 1990, una competencia ciclística que recorría gran parte de la geografía de Estados Unidos llevó el nombre de su principal patrocinador. Se trató del Tour de Trump, que surgió a partir de la fantasía de desplazar del principal foco de atención al afamado Tour de Francia.

El golf es, sin dudas, el deporte que lidera las preferencias de Trump. El empresario es dueño de 18 canchas en Estados Unidos –muchas de ellas albergan importantes torneos de los circuitos masculino y femenino- y también tiene un campo propio en Escocia. De todos modos, también recibió varios palazos de la PGA (Asociación de Profesionales de Golf), que el año pasado cambió la sede del Grand Slam que debía jugarse en octubre en el Trump National Golf Club de Los Ángeles, donde también se cancelaron dos torneos benéficos, uno promocionado por la cadena televisiva ESPN y otro para estudiantes hijos de inmigrantes. Uno de los más conocidos jugadores del circuito profesional, el estadounidense Jim Herman lució la leyenda "Trump" en sus remeras, en agradecimiento a quien lo impulsó para que pasara de caddie a jugador y fue su benefactor. En los años ’90 eran frecuentes sus duelos en los greens con un joven empresario argentino que solía frecuentarlo con el objetivo de abrochar los negocios que le encomendaba su padre: un tal Mauricio Macri.

Menos conocida por el público es la afición de Trump por las artes marciales y la lucha libre. Ambas disciplinas incluyen al magnate en sus respectivos Salones de la Fama. En el de las Artes Marciales del Estado de Nueva Jersey, Trump está al lado de grandes figuras de ese deporte, y en el cartel que justifica su presencia figura la palabra "Visionario".

Las millonarias ganancias que genera el mundo del fútbol tampoco pasaron inadvertidas para un hombre de negocios como Trump. Un par de años atrás, el empresario estuvo coqueteando con la posibilidad de desembolsar 100 millones de dólares para comprar a Nacional de Medellín, el club colombiano que alguna vez manejó el narcotraficante Pablo Escobar.

El año pasado, el diario “New York Post” publicó del interés de Trump de comprar un club de fútbol argentino, haciendo alusión a San Lorenzo, pero la desmentida de los directivos azulgranas no se hizo esperar. El presidente Matías Lammens le escribió por medio de Twitter al periodista Brian Lewis, quien se había hecho cargo de la información: "¡Jajajajajaja! Querido Brian, tú deberías cambiar tus fuentes. Saludos". El empresario y animador televisivo Marcelo Tinelli, segundo en la jerarquía dirigencial de la institución porteña, fue más allá y dijo: “Pobre Donald. Me quedo con el Pato, que es más serio”.

No le fue mejor al hombre durante la disputa de la final de la Copa de Oro de la Concacaf,  el año pasado en Estados Unidos, donde el seleccionado de México le ganó 5-0 al representativo local. No fueron pocos los que aquella vez se acordaron de la madre del entonces polémico y verborrágico candidato. De todos modos, el mundo del fútbol no le ha dado completamente la espalda al flamante Presidente de Estados Unidos. El portugués Cristiano Ronaldo, la estrella del Real Madrid de España y último Balón de Oro de la Fifa, se aseguró, a cambio de la “módica suma” de 18 millones de dólares, un departamento en el “Trump Tower”, el exclusivo rascacielos de 58 pisos que el magnate construyó en Nueva York. Antes de que el veredicto de las urnas y el epidérmico e irreflexivo afán de cambiar por cambiar, lo pusieran a mirar al mundo desde bien arriba.

Hugo Caric
- Periodista -