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De Gran Hermano a Los Juegos del Hambre
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El género ciencia ficción plantea un análisis profundo de las estructuras sociales mostrando debilidades y fortalezas del ser humano. Revista El Sur continua su recorrido con “1984”, de George Orwell, y una obra moderna que apunta a convertirse en clásico: la trilogía “Los juegos del hambre”, de Suzanne Collins.
Publicada el en Libros

En la obra “1984”, Eric Arthur Blair, más conocido por el seudónimo de George Orwell pone en escena una sociedad organizada bajo el más estricto control, donde el Hermano Grande vigila hasta el más pequeño y recóndito rincón. La observación constante remite al temor del dios todopoderoso que está en todo momento y lugar. Allí no sólo está prohibido interesarse por la lectura, sino por cualquier cosa que pueda dar pistas de cómo era el mundo antes del establecimiento del hermano grande como gobernante y protector divino.

El protagonista, como en otras clásicas historias, empieza a cuestionarse las bases más profundas del dogma impuesto, tiene algunos recuerdos de su infancia, de su madre y hermana detenida por los organismos de control y desaparecidas o “esfumadas” como se le llama en el libro. Uno de los mecanismos más importantes de este nuevo sistema es el control de la información de los hechos que llega a las personas. El mismo protagonista trabaja en eso, se modifica todo escrito, discurso o entrevista a favor del dogma y de la superioridad del Hermano Grande, de manera que todo lo escrito se ve alterado constantemente a favor de los intereses de los poderosos.

No existe la documentación histórica, ni registros de lo que fue la vida antes de la revolución que estableció el sistema vigente, ya que el mecanismo más importante de sometimiento es el control del pasado y de la información que llega al pueblo.

El Hermano Grande los vigila

Pese al supuesto bienestar, las personas son muy pobres, se alimentan mal y no son felices. La sociedad se divide en los que están dentro del sistema (los afiliados al partido) y aquellos que quedaron al margen, llamados plebeyos, que llevan vidas más comunes pero extremadamente pobres y hasta bombardeados por los enemigos del país donde viven.

El protagonista se cuestiona el sistema, pero se cuida de expresar su descontento. La chispa brota cuando se compra un diario y una pluma para escribir sus memorias y consigue un pequeño espacio de su casa donde la telepantalla -un artefacto que muestra imágenes pero que también puede observar lo que pasa del otro lado y graba todo lo que hacen los ciudadanos- no alcanza. Sabe que este pequeño acto puede llevarlo a manifestarse en contra del sistema y que el precio es alto: la policía del pensamiento -organismo de control dedicado a captar hasta el más leve gesto de inconformidad con el dogma- puede evaporarlo en cualquier momento y en ese caso la muerte no sería el castigo, sino un largo tiempo de torturas y vejaciones antes de llegar a la ejecución liberadora.

El temor es grande y generalizado, pero no puede contener sus pensamientos porque en el primer trazo del  diario que escribe desafiando a las reglamentaciones, encuentra su libertad y su plenitud. Allí, ante la emoción de descubrirse cada día más consciente de sí mismo y de los demás, aparece en escena el amor, tan desvalorizado en este mundo como en todos los que prevalece la dominación. El protagonista se debate entre olvidar todo y seguir siendo un esclavo del Hermano Grande o arriesgarse hasta la muerte por la libertad, desafiando el determinismo.

En la novela se destaca un profundo estudio de los mecanismos de control y de las herramientas  que favorecen el pensamiento crítico. Hay un novedoso análisis del lenguaje como herramienta para la liberación, para la expresión personal y el conocimiento. La instauración de la neohabla dejaría a las personas con los símbolos básicos para poder comunicarse de la manera más sencilla, pero imposibilitaría la expresión más profunda del ser.

Otro tópico muy tratado es el de la capacidad de las personas para amar, para brindar afecto aún cuando saben que ese gesto de cariño o esas palabras de aliento no significarán ningún cambio material en la vida del otro. Se plantea una visión sensible y profunda de la espiritualidad como un bastión en apariencia inútil pero que sirve para mantener vivos los aspectos que nos convierten en humanos.

Al igual que lo  que observamos en el artículo anterior, los autores crearon un mundo en el que nuestros aciertos más grandes como seres humanos, el amor, la empatía, el arte, la expresión, fueron suprimidos en pos de una supuesta mejora en la organización de los recursos que en realidad oculta la necesidad de poder y ambición de unos pocos.

¡Felices Juegos del Hambre!   

La trilogía “Los Juegos del Hambre” –Los juegos de hambre, En llamas, Sinsajo-  de la escritora norteamericana Suzanne Collins, muestra un mundo del futuro donde todo lo que conocemos fue destruido por guerras entre países. Mucho tiempo después la humanidad resurgió con un nuevo tipo de organización, basada en la dominación y la riqueza de unos pocos, hacia una mayoría empobrecida y sacrificada. Luego de apagar una rebelión producida para derrocar el poder del Capitolio, se establecen como escarmiento para las futuras generaciones Los juegos del hambre, que consisten en enfrentar a jóvenes de los distintos distritos en una batalla a muerte, donde el premio es sobrevivir pero continuar como esclavos de los poderosos, ya que en este nuevo país la libertad no existe, siempre está cortada por el hambre, las enfermedades o los castigos de la clase dominante.

La tecnología y la ciencia, además de estar al servicio de los poderosos para hacer sus vidas más cómodas, se utilizan también para que los mencionados juegos sean inexplicablemente macabros y logren sorprender a una audiencia asqueada de estímulos constantes.

El libro muestra a una protagonista femenina que destaca por su fortaleza interior, su inteligencia y su bondad. Una joven que nos recuerda las mejores cualidades del ser humano en su moralidad, en su amor por el prójimo, en la defensa de sus ideales. Katniss Everdeen transforma Los Juegos del Hambre en la semilla de la rebelión, el castigo hacia los rebeldes se convierte en el inicio del levantamiento que pretende terminar con el orden existente. Pero no hay utopías ni fantasías en esta obra, los personajes son tan realistas que podemos encontrarlos por donde miremos.

Tal como otros escritores de ciencia ficción, Suzanne Collins supo observar la sociedad y sus vicios, las personas más tóxicas y destructivas y también los pocos rezagados que sólo desean el bien, aunque a veces se les dificulte tomar la decisión correcta. Claro está que el ser humano es dual, bondad y maldad en su interior, la clave está en qué prevalece en cada uno, tema central en la mayoría de los clásicos de la ciencia ficción.

Asistimos a la destrucción de un mundo absolutamente injusto y dictatorial, en donde el miedo domina la escena. El pueblo oprimido se levanta para pelear por sus derechos, hay miles de muertes, destrucción y tristeza como consecuencia, ¿pero acaso no lo hay en cada enfrentamiento por el poder?

La obra también nos permite reflexionar sobre las verdaderas intenciones de las personas y la falta de análisis crítico que muchas veces lleva a los pueblos a confiar su destino a seres despreciables envueltos en mantos de generosidad fingida. Se cuestiona la esencia del ser humano, su incapacidad para la justicia, la falta de empatía, el miedo y la tristeza inundándolo todo. Nos deja ante una sociedad que bien puede ser la nuestra, minada de pobreza y esclavitudes de distintos tipos, absorbida por los avances tecnológicos y las frivolidades más absurdas, cada uno sumergido en su pequeña burbuja, cada uno más solo que el otro, persiguiendo los bienes materiales como único objetivo, las comodidades, las facilidades; ya hartos de embellecer el cuerpo con abalorios y operaciones porque parece ser que adentro no queda nada más que tristeza y soledad, estupidez, credulidad e ignorancia. Muestra la búsqueda desesperada del poder, las ansias de reconocimiento, la loca carrera que realizamos para que nos reconozcan como superiores o al menos aceptables.

En este escenario tan macabro, el amor aparece como otra frivolidad, un juego para mirar en una pantalla, una especie en extinción, perdida por las conveniencias, por la fugacidad de las relaciones humanas, por la imposibilidad del compromiso con el otro. Porque si existe el compromiso con alguien fuera de mi mismo, existe la comunidad y existe la rebelión, y eso no le agrada a los dictadores. Frente a esto, la autora nos muestra amores reales, minados por las dudas, enloquecidos por la ausencia del otro, amores sacrificados y profundos como solo pueden surgir en las peores circunstancias.

La narración en primera persona nos invita a conocer las sensaciones y emociones que puede experimentar la líder de una revolución. Se introduce un concepto que hasta ahora no se había visto, la igualdad de género. No existen distinciones en esta sociedad, todos son igualmente infelices y cualquiera de ellos puede pelear por liberar a los pueblos de la opresión, aunque no es casual que el símbolo de la lucha sea una joven mujer. La narración nos permite comprender que aun en las dominaciones más fuertes, hay un bastión impenetrable, nuestra conciencia, nuestro corazón, nuestras mentes. Sin libertad de pensamiento y sentimiento estamos muertos por dentro.

Los Juegos del Hambre se constituyeron no sólo en escarmiento para los rebeldes sino también en una distracción para que la gente olvide cual es el verdadero problema: la desigualdad, la injusticia social, la miseria, la dominación absoluta. Con sólo pensarlo un momento ¿cuántos juegos del hambre distractores y absorbentes nos enganchan por día? En una sociedad en donde el otro no importa, en donde se promueve el individualismo, el supuesto mérito personal, la traición y el poco compromiso, las distracciones abundan. Hoy en día, muchas personas manifiestan que cuando los trabajadores hacen huelga no les permiten llegar a tiempo a sus puestos de trabajo, de manera que en vez de indignarse con el maltrato del otro, en vez de solidarizarse y acompañarlo en su lucha se lo demoniza y coloca en una humillación mayor que sólo conduce a ser serviles con un sistema opresor. Así es la gente del Capitolio, la única diferencia es que acá no usamos maquillajes estrafalarios ni trajes que parecen disfraces, por lo menos no todavía.

Pero además de su parte social, la ciencia ficción tiene un aspecto profundamente explorado por sus autores, el terreno de la ciencia, que es lo que diferencia a este género de otros. El estudio de las posibilidades científicas del hombre muchas veces ha llevado a los grandes escritores a predecir avances de los que hoy disfrutamos. Cierto es que todas las cosas que poseemos salieron de la cabeza del ser humano, con más razón deberíamos interpretar las advertencias de los autores para no caer en las redes de nuestras propias debilidades.

Danisa Andrea Pérez
- Profesora de Lengua y Literatura -