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El Club de la Serpiente: una mirada al género policial
El mayordomo no siempre es el asesino
Foto: Escena de El secreto de sus ojos, la novela de Eduardo Sacheri llevada al cine por Campanella.
Un género que surge con el crecimiento de las ciudades buscando dar sensación de seguridad ante el aumento de los crímenes, pero que a la vez muestra cómo reacciona la mente humana ante las presiones sociales y cómo funciona la inteligencia y espíritu crítico en la resolución de los más retorcidos y macabros delitos.
Publicada el en Libros

Cuando leemos ciencia ficción sentimos la necesidad de investigar más sobre los avances científicos y tecnológicos, deseamos saber qué se oculta en las profundidades del mar o cómo podemos llegar al centro de la tierra. Cuando leemos una novela romántica nos enamoramos de la vida e ilusionamos con encontrar ese amor desenfadado y tormentoso que termina en final feliz. Y cuando leemos policiales, imaginamos que somos ingeniosos detectives que pueden resolver los misterios más complicados. Pero no sólo eso, con el paso del tiempo, nuestro papel va mutando y así podemos sentirnos no sólo como Sherlock Holmes con una lupa en la mano, sino también como las aterrorizadas víctimas y hasta los asesinos que un día revelan su verdadera personalidad.

El origen del género policial se sitúa en 1840, de la mano del escritor estadounidense Edgar Allan Poe, con sus tres cuentos “Los crímenes de la calle Morgue”, “El misterio de Mary Roget” y “La carta robada” –aunque pueden encontrarse rasgos del género en escritos anteriores-. Sociológicamente inicia con el surgimiento de las grandes ciudades, de la inseguridad que acecha en las calles abarrotadas de gente, con el incremento de las injusticias y la desigualdad social, con el cambio de hábito de las personas que pasan de vivir en campos, amparados por la amistad de los demás habitantes de la zona, a vivir en edificaciones llenas de personas, con actividades diurnas y nocturnas. Estas ciudades, donde conviven miles de personalidades distintas, con aspiraciones y necesidades diferentes, son escenarios perfectos para el crimen, la venganza, el desempleo, el aburrimiento. Frente a este hecho, surgen los cuerpos policiales que otorgan seguridad y confianza a los ciudadanos.

El policial clásico

La literatura como arte inseparable de los aspectos políticos e históricos, observa y analiza las necesidades de las personas en distintos momentos. Así podemos encontrar una primera versión del género policial, al que se llama “clásico”. Surgen las primeras obras respondiendo al miedo que reina en las calles, al dolor de las primeras noticias que se transmiten de boca en boca, y luego a través de la prensa escrita, sobre atroces asesinatos, robos, secuestros, que ocurren a la vuelta de la esquina. El escritor entonces, empieza a trabajar sobre estructuras fijas que se pueden reducir a nudos básicos en la narración: crimen, investigación, resolución del misterio, restablecimiento de la ley, castigo del culpable. En ese instante el lector juega con su inteligencia e intuición para terminar satisfecho porque el misterio fue resuelto y el culpable castigado, el horror del crimen se desdibuja detrás del deseo de que la justicia sea ese ámbito en el que las personas son incorrompibles, honestas y llenas de sensibilidad humana.

Para el público actual esta manera de mostrar al policial puede resultar demasiado irreal, pero estamos hablando de textos de más de 150 años creados en contextos totalmente diferentes. Nadie puede negar la genialidad de los cuentos policiales de Allan Poe, ni la increíble creatividad de las novelas de Agatha Christie o Arthur Conan Doyle. Pero, aunque existen todavía fanáticos de los clásicos, hoy en día no logran atrapar a muchos lectores, porque las personas queremos la realidad, así esté disfrazada de fantasía, queremos vernos reflejados en las líneas, queremos sentir que somos capaces de reconocer los escenarios y las acciones de los personajes porque están basados en nuestro entorno próximo, porque podríamos ser nosotros mismos.

No hay nada más atractivo que la adrenalina de sentirse uno con el libro que escogimos, de saber que a pesar de que es una historia de ficción podría pasarle a mi vecino, a mi compañera de trabajo o a mi amigo de la infancia, si hasta podríamos nosotros convertirnos en asesinos si se dieran las circunstancias. Cuántas veces nos gusta jugar con preguntas del tipo ¿matarías por x suma de dinero? Y es que realmente no nos interesa saber por cuánto dinero nos venderíamos, sino el hecho de si somos capaces de matar. El arte lo sabe, conoce las pasiones ocultas, los deseos reprimidos por las normas sociales y de convivencia, porque el artista que ha desarrollado la capacidad de “ver más allá” es el que verdaderamente puede triunfar.

Una vez roto el hechizo inicial sobre las posibilidades de la justicia, los lectores comenzaron a aburrirse con las historias que se resolvían a partir de la inteligencia y la deducción lógica. El género entonces debió incursionar por escenarios menos pulcros y más cargados de violencia. Cuando los asesinos empezaron a ser los mismos policías y jueces, cuando la coima y el mal paso se volvieron moneda corriente, los lectores dejaron de interesarse por el clásico y así las narraciones se tiñeron con una sangre espesa y brillante, palpable.

Utilizando técnicas propias del naturalismo, se mostró el crimen sin escrúpulos, la corrupción, la ambición, la violencia y se hizo visible el hecho de que todas las personas poseemos tanto bondad como maldad y actuamos de acuerdo a las circunstancias. Claro está que no se intenta justificar el crimen sino explicar que el asesino podría ser cualquiera, aun esa persona que aparenta pura bondad, aun esa persona que es pura bondad.

 “La pregunta de sus ojos”

En Argentina el policial llegó de manera tardía y tuvo su momento de “clásico”, pero pronto empezó a adquirir características propias de nuestra cultura y de nuestros modos. Así surgen policiales totalmente descontracturados, opuestos por completo al clásico neoyorkino, pero también muy distintos del policial negro de Dashiell Hammett. Además de adaptarse a los cambios sociales y políticos de los contextos de producción, el género lo hace también en cuanto a la temporalidad, es un género absolutamente cambiante, lleno de espejos donde observarse, por eso no pierde vigencia, se amolda a las necesidades de un público sumamente activo que exige no sólo entretenimiento sino también asombro y hasta morbo.

Uno de los libros más representativos del género policial argentino en la actualidad es “La pregunta de sus ojos” -publicada en el 2005- del escritor argentino Eduardo Sacheri. La obra profundiza desde sus comienzos las injusticias sociales de nuestro país, desde las más pequeñas hasta las más grandes y absurdas. De la mano de personajes increíblemente construidos, fuertes, definidos, con defectos comunes pero también con enormes virtudes que los hacen memorables.

Benjamín Chaparro, jubilado del juzgado de instrucción donde trabajó toda su vida, decide ocupar su retiro con una tarea tan ardua y placentera como la literatura. Para eso toma un caso policial en el que trabajó durante muchos años y que ocupó un lugar trascendental en su vida. La novela plantea el trabajo de la metaliteratura, trata sobre la escritura literaria dentro de una obra literaria, así como las inquietudes y certezas que viven los escritores al completar su obra. Dentro de ella se encuentra la historia de Benjamín como protagonista, con un narrador omnisciente que nos permite conocer hasta el último detalle de sus pensamientos, el deseo de justicia y verdad, su nobleza con las personas y la profesión, y su amor por Irene, la muchacha que se convierte en jueza y con la que tiene una relación muy particular y hermosa.

Además, encontramos la obra literaria escrita por el protagonista, diferenciada con números de capítulos, narrada en primera persona para permitirnos observar las percepciones del personaje principal ante los hechos ocurridos. Las dos historias se mezclan y entrelazan, son indivisibles. De esta manera el autor nos muestra una trama policial, pero a la vez habla sobre el amor, amor del bueno, ese amor que nos hace encender los ojos y nos da ganas de vivir eternamente, un amor fuerte, basado en el conocimiento y aprecio del otro, que parte de la posibilidad de compartir, hablar, sentir en la misma sintonía. También habla sobre el desprecio, sobre el odio, la envidia y la maldad, sobre la incapacidad del ser humano de tomar decisiones acertadas en momentos de angustia. También podemos observar dentro de sus páginas el desafío del artista de plasmar sus palabras y sentimientos en una obra que lo libere, que le dé sentido a lo que vivió. Ese difícil y valiente paso de dar forma a los pensamientos a través de las palabras y conseguir asombrar y conmover, aun contando hechos tan repetidos.

La novela cuenta el asesinato de Liliana Colotto y la posterior investigación. Benjamín Chaparro, junto a su compañero Pablo Sandoval, intentan esclarecer el delito porque sienten que se lo deben al viudo de la víctima, Ricardo Agustín Morales, un personaje que se destaca por su carácter amable, inteligente y perspicaz, y por la creciente tristeza que lo consume por dentro debido al fallecimiento de su joven esposa, el amor de su vida. En esta búsqueda de la justicia, los personajes arriesgan su propia vida ya que se adentran en la corrupción y las peores bajezas de la convulsionada Argentina de los años 60 y 70, con la inminencia de un golpe de estado y sus consecuencias en lo social.

Los dos personajes pueden remitirnos un poco a los míticos detectives de los primeros policiales debido a que desean esclarecer los hechos y recurren a su inteligencia y pensamiento crítico en cada acción. Sin embargo, los escenarios en los que trabajan no son lujosas mansiones, ni clubes de campo, tampoco pasan su tiempo jugando al golf y debatiendo sobre quien posee mayor capacidad deductiva. Muy por el contrario, deben salir de sus aburridas oficinas llenas de papeles y enfrentarse al delito, buscar fallas en los informes policiales y las declaraciones y trabajar a partir de ellas; empatizar con la víctima y llegar a detestar al victimario. Pero además de sus tareas profesionales, los personajes libran batallas en la intimidad de sus hogares, interminables batallas consigo mismos, tan difíciles de resolver como el mismo asesinato, y esto los convierte en humanos, en seres tan próximos a nosotros que casi podemos palpar su desdicha y oler su decepción. Decididamente son muy distintos de August Dupin y su ayudante, pero conservan en su interior la misma llama de la justicia, de la verdad que debe ser puesta sobre la mesa como si de eso dependiera la continuidad de los planetas. Porque la resolución de ese crimen significaría ganar una inmensa batalla personal reflejada en los ojos de las víctimas. 

El asesinato es cruel y despiadado, violación seguido de ahorcamiento, un hecho que hoy se calificaría como femicidio y que muestra el machismo desbordante de nuestra sociedad desde aquellas épocas. La obra incursiona en esta problemática tan actual y pone en evidencia la violencia de género y las conductas machistas más reprochables que llevan a que miles de mujeres pierdan la vida. Se visibiliza la idea patriarcal de que los hombres tienen derecho sobre la vida y la muerte de las mujeres, amparados bajo el ala de una educación conservadora y antigua. De manera que la posibilidad de que una mujer decida por sí misma con quien pasar sus días, no entra en la cabeza del asesino que va a tomar lo que cree que le corresponde por un derecho divino, enseñado desde su más tierna infancia. El patriarcado más rígido combinado con un desorden en el comportamiento da como resultado la violación y muerte de una mujer joven, hermosa, trabajadora, soñadora y destruye así también la vida de su marido, un hombre que muestra la otra cara del machismo social.

Frente a esta violencia, el autor nos muestra hombres honestos y respetuosos del género. No es casual que la protagonista femenina, Irene, sea una mujer independiente, inteligente, con una profesión, respetada y valorada, con capacidad de tomar sus propias decisiones y amada infinitamente por el protagonista masculino. El mensaje es claro, existen en nuestra sociedad personajes oscuros, con mentes contaminadas de prejuicios e ideas impuestas, con patrones de conducta destructivos y misóginos, pero también existen personajes de pensamiento crítico, con una sensibilidad especial, sin prejuicios y que creen firmemente en las relaciones humanas igualitarias. El punto está en a qué personajes decidimos valorar como sociedad, a quiénes premiamos y a quiénes castigamos de acuerdo a nuestra evolución como comunidad.

El autor muestra la corrupción en los juzgados, en las cárceles, y sobre todo en la Policía y el Ejército. En la obra podemos observar persecuciones, encarcelamiento y liberación, pasiones profundas y oscuras, pasiones nobles como la amistad y el amor, intriga y resolución de los hechos a partir de la inteligencia pero también del conocimiento práctico y el compromiso con la verdad. Una obra increíblemente construida, con un profundo manejo de los recursos literarios y una sensibilidad para mostrar las bajezas de nuestra sociedad desde adentro, pero también para dejarnos con la idea de que así como existe la corrupción y la maldad, existe la nobleza, el dar la vida por la verdad. El amor como último bastión y esperanza de todas las sociedades, el verdadero amor, el que se tiene por un buen amigo, por un hijo, por una compañera de vida, el amor de pareja, el amor a la patria, todo lo sana.

Del libro al cine

Esta obra literaria fue llevada al cine de manera magistral con el nombre de “El secreto de sus ojos” –en el año 2009-  dirigida por Juan José Campanella. La película se destaca no sólo por el guión, construido con la destreza que caracteriza al director en conjunto con el escritor, sino también por las actuaciones inigualables de cada uno de los personajes, y por supuesto por la trama obtenida del libro de base. El cine se constituye en nuestros días como un modo fundamental de expresión literaria, sin embargo, en este caso, la lectura de la obra de base es absolutamente recomendable debido a que en ella podemos apreciar la enorme capacidad del escritor en cuanto al manejo de los recursos y el conocimiento de la sociedad en la que vive, además de su sensibilidad frente a las problemáticas cotidianas de los argentinos.

Podemos decir sin temor a equivocarnos que es una de las mejores novelas policiales de este último tiempo, una novela y un escritor que a nuestra fortuna nos representan ante el resto del mundo. Eso si, queridos amigos del Club de la Serpiente, para saber quién es el asesino y cómo se resuelven todos los misterios de estas páginas deben leer la novela. Les aseguro que se sentirán atrapados desde la primera página. Los espero en el próximo artículo para seguir pensando el género policial, esta vez desde una autora femenina, la británica Paula Hawkins.                    

Danisa Andrea Pérez
- Profesora de Lengua y Literatura -