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Córdoba militarizada
Caranchos en el Imperio
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En lugar de los prometidos brotes verdes, desde mediados del 2016 lo único que aumenta en las rutas de Córdoba son los gendarmes. El control de pasajeros se hace bajo las premisas de “portación de rostro” y “tonada extranjera”.
Publicada el en Crónicas

Las botas retumban por el estrecho pasillo de un colectivo de larga distancia, detenido sobre la banquina de la ruta 8, a la salida de Río Cuarto. Vestidos con traje verde oliva, tres personas caminan a paso lento entre las butacas mientras eligen a qué pasajeros pedirles el DNI y obligarlos a mostrar sus pertenencias para verificar que no trasladen sustancias ilegales. El método de selección es tan arbitrario como previsible: “portación de rostro”.

Las requisas a colectivos se incrementaron desde el segundo semestre del año pasado. Lejos de la prometida reactivación económica, lo único que creció a la vera de la ruta fue gente con uniforme verde oliva. Me tocó presenciar varias requisas, pero la última me provocó verdadera indignación.

Como tantas otras veces, el micro en el que viajo es detenido en la ruta y ascienden tres gendarmes. Tras esbozar un amargo saludo, comienzan a recorrer el pasillo del micro observando a derecha e izquierda con actitud prepotente. Algunos no nos inmutamos ante el show autoritario; otros, menos acostumbrados, parecen alarmados. Los elegidos son dos jóvenes jujeños que ocupan las butacas 1 y 2. Lejos de mi ubicación -el asiento 21-, alcanzo a escuchar pasajes del interrogatorio: ¿de dónde vienen? ¿dónde se dirigen? ¿a qué se dedican?. Los hacen descender del micro para revisar sus valijas. Avergonzados y temerosos, acatan la orden. Otro gendarme avanza sobre el pasillo. Saca pecho mientras relojea al resto de los pasajeros. Se detiene en la butaca 19, justo al frente mío. Con tono prepotente, regodeándose de la autoridad que le otorga el uniforme, le exige a un muchacho que le muestre su DNI y le diga de donde viene. El joven escarba en su bolso de mano, saca su documento y se lo entrega. El oficial lo observa, lo da vuelta de arriba abajo y le pregunta: “¿Sos chileno?”. El pasajero asiente. “Bajá y abrime tus cosas por favor”, ordena. Otro pasajero que desciende del micro. Ya son tres y dos gendarmes.

El tercer gendarme busca sin éxito otro rostro que amerite un nuevo interrogatorio. Intenta abrir la puerta del mueble en el que se guardan los cubiertos para la cena, pero tras empujarla dos veces deja de insistir. La prioridad no parece ser tanto encontrar armas o drogas como generar temor entre los pasajeros. Una mujer mayor lo intercepta para mostrarle su DNI, pero el gendarme le dice que no hace falta y desciende del micro. La mujer igual le dedica una sonrisa de admiración y consentimiento al procedimiento contra los tres sospechosos que aún permanecen fuera del colectivo. Al cabo de 10 minutos, otra mujer mayor le comenta a viva voz a su compañera de viaje: “Están tardando demasiado, se ve que algo raro llevaban al final”. Impulsada por sus prejuicios, se pone la campera y baja a verificar su corazonada.  

El sol de la tarde invade el colectivo y el calor, impropio del invierno, molesta a los pasajeros, que quieren seguir viaje. Con un gesto de fastidio, los sospechosos vuelven a ocupar las butacas 1 y 2.  El joven chileno es el último en subir, visiblemente nervioso. El reflejo del sol resalta las gotas de sudor que resbalan en su frente. Mientras hace gestos negativos con la cabeza y se muerde el labio inferior, me cuenta que tiene 29 años, es veterinario y es la primera vez que viaja por esta zona. Lleva entre sus pertenencias medicamentos en polvo para animales, que los gendarmes confundieron con droga hasta que logró persuadirlos de la verdad. “Te eligen por la cara o por ser chileno”, me dice, impotente.        

La estigmatización está a las puertas de Río Cuarto y se plasma en la conducta de los gendarmes. Usar ropa deportiva, tener piel oscura o hablar con tonada extranjera puede determinar la interrupción de un viaje en colectivo.

Los caranchos, enjaulados largo tiempo y con abstinencia de carroña, ahora sobrevuelan el Imperio. ¿El Estado? Su garante. ¿El laboratorio? Córdoba y Río Cuarto, bastiones macristas.

No alcanza el endeudamiento feroz. No basta con cercenar derechos. Ni siquiera es suficiente la represión. Es necesario el miedo y el control social. Y la complicidad de los medios de comunicación, verdaderas usinas de prejuicios: “Se ve que algo raro llevaban”.

La televisión enfoca al joven morocho que acaba de ser arrestado mientras la radio sentencia que el 30 por ciento de los recursos de los hospitales se despilfarran en atender a los extranjeros. En este contexto, la Gendarmería actúa como el brazo armado de un gobierno que azuza a los medios adictos para reconfigurar subjetividades y consolidar prejuicios.

Como está ocurriendo en las rutas del “imperio”.

Esteban Viu
- Estudiante de Comunicación Social -