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Entrevista a Daniel Olartecoechea
“Los exiliados somos personas partidas”
Foto: Daniel Olartecoechea pasó casi cuatro décadas exiliado en España.
Hace 45 años fue detenido por primera vez, en coincidencia con la masacre de Trelew. Se exilió en Barcelona en 1975, después de que una bomba estallara en su casa. Acusado por el copamiento a una fábrica militar del que no participó, regresó a vivir al país 38 años después. Hoy preside la Asociación de Ex Presos Políticos de Río Cuarto
Publicada el en Entrevistas

En la espesa noche del 10 de agosto de 1974, el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) tomó una fábrica militar en Villa María, de donde sustrajo 200 armas de fuego. Para entonces, Daniel Olartecoechea (66) daba sus primeros pasos como abogado en Río Cuarto y frecuentaba la Unidad Regional N° 9 (UR9) de la Policía de Córdoba -ubicada ya en Belgrano 53- para atender a los presos que caían por delitos comunes. A fines de noviembre trabajaba en el caso de un acusado de homicidio y llegó a la comisaria para realizar los trámites de rutina. Para su sorpresa, sin razones aparentes, fue arrestado. El fundamento de su detención –se enteró después- era una lista de nombres que había sido publicada en un diario provincial como responsables del copamiento a la fábrica militar de Villa María. Entre los supuestos autores de la logística de la operación aparecía un tal “David Olartecoechea”.

“Yo fui un activista universitario relativamente conocido en Córdoba. El 22 agosto de 1972, junto a otros 700 estudiantes, me detuvieron en el marco de los hechos de Trelew. Y ahí nos ficharon a todos. Entonces pienso que de ahí se relaciona mi nombre con lo que pasó en Villa María, los tipos tiraron nombres que tenían en el archivo. Y por algún error apareció David en lugar de Daniel, porque en la provincia somos los únicos con ese apellido”, asegura, cuatro décadas y media después, el abogado Daniel Olartecoechea -que por entonces no pertenecía a ninguna organización política- en la pequeña oficina de su estudio jurídico, que comparte con otros abogados en pleno centro de la ciudad de Río Cuarto.  

Después de su arresto en la UR9, lo trasladaron al D2, el Centro Clandestino de Detención y Tortura ubicado en el Cabildo de la ciudad de Córdoba. La fecha exacta es difusa en su recuerdo, pero eran los primeros días de diciembre de 1974. Daniel era tan ajeno al enfrentamiento entre grupos guerrilleros y fuerzas paraestatales que –asegura- desconocía la  existencia de centros ilegales de detención, donde el ablande -la tortura como método para sustraer información- era la común bienvenida que le daban a los detenidos.  

En ese centro del terror permaneció durante casi todo el mes de diciembre. Vendado, esposado junto a otras personas en un patio de 25 m2 que eran torturadas todas las noches. “Fue una situación espantosa, salí muy mal de ahí adentro. Incluso no me acuerdo los nombres de los tipos que estaban al lado mío, con los que hablaba más seguido”, afirma.

En vísperas de las fiestas de fin de año fue guiado hasta una habitación donde solo había un oficial con una Olivetti. Imaginó que iba a ser torturado, pero el oficial le comunicó que ese día recuperaría su libertad. Su primera reacción sería insólita: “Lo primero que me salió fue pedirle un comprobante de que me habían tenido ahí en averiguación de antecedentes, lo que era una total locura. Lo hice porque tenía 23 años y estaba cargado de bronca, no lo pensé. Pero insólitamente me dieron un comprobante”, recuerda. Se convirtió así en uno de los pocos -si no el único- presos políticos con una constancia policial que certifica que estuvieron detenidos de manera arbitraria. Por “averiguación de antecedentes”, y certificado policial certifica que estuvo 12 horas detenidos, aunque en verdad fue casi un mes.

"Volví a Río Cuarto espantado de lo que había vivido ahí adentro. Fue una tragedia para mí. En cuanto llegué a la ciudad les plantee a mis amigos y familiares que me quería ir del país. Me dijeron que ya estaba, que me habían largado y que no iba a pasar de ahí. Tomé la decisión de quedarme. A los tres meses, en abril de 1975, la Triple A colocó una bomba en mi casa”, recuerda serio y compungido. Luego de la explosión apareció el comunicado de la Triple A: además de adjudicarse el atentado, le anunciaba que estaba condenado a muerte. Aunque hoy parezca increíble, esos comunicados eran reproducidos habitualmente por radios y canales de televisión. Pero a éste no lo difundieron, sino que le llegó a su padre, director de Turismo de la Municipalidad de Río Cuarto en la gestión de Julio Humberto Mugnaini. El escueto comunicado informaba que Daniel Olartecoechea había estado involucrado en el copamiento militar de Villa María y por tanto había sido condenado a muerte a menos que abandonara el país en los próximos siete días.

“En un primer momento no quería irme, fue lo primero que pensé. Después me calmé y mi papá me presionó para que me fuera. El primero de mayo de 1975 me fui a Barcelona, donde estaba mi hermano. La despedida con mi familia fue muy dura, fueron a Ezeiza. Yo tenía apenas 23 años. Llegar a España fue un shock. Era un país distinto, una cultura distinta. Yo me había criado en Río Cuarto, que era una ciudad más chica y nos conocíamos más. Allá era un número. Y llegué con el billete de avión y 500 pesetas, que no tenía idea si eran mucho o poco”, rememora.

Daniel se hospedó en una pensión de Barcelona donde estaba su hermano junto a otras dos personas. Ellos trabajaban haciendo plomería y electricidad y sumaron al joven exiliado para que pudiera pagar su comida y alojamiento. Esos vínculos amortiguaron su brusca salida del país que, sin embargo, no dejaba de ser un zarpazo en su vida. Recién en 1978 convalidaron su título de abogado y pudo colegiarse para comenzar, a paso lento pero decidido, una carrera que hoy define como muy buena y enriquecedora en España.  

 ***

En 1981 quiso regresar a Argentina porque su padre sufrió un derrame cerebral. Le pidió a su hermana que averiguara cuál era su situación. La atendió el General Vaquero, en Buenos Aires. Fue muy amable, le convidó una taza de café y le dijo: “Su hermano está en una lista donde aparece como jefe del ERP de la zona sur de Córdoba. Si aparece, así como llega, lo agarramos y se va adentro”. El retorno de Daniel era inviable.

Un año más tarde el horizonte comenzó a cambiar. "Yo me di cuenta que la dictadura terminaba cuando anunciaron la guerra de Malvinas. Los cartuchos que le quedaban los quemaron ahí. Lo único que restaba saber era cuánto tiempo más les quedaba a los militares. Me invadió una mezcla de tristeza y felicidad. Tristeza por los muertos que ocasiona la guerra y sus traumas posteriores. Y felicidad porque sabía que era el final de la dictadura e implicaba una nueva etapa para el país, con el llamado a elecciones ", recuerda Daniel, que se ilusionaba con una transición democrática que le permitiera volver al país.

El 10 de diciembre de 1983 el radical Raúl Alfonsín asumió la presidencia. "El triunfo de Alfonsín fue una alegría por lo que significaba para el país. Yo vengo del peronismo, pero lo conocía. Aunque no acordaba en ciertas cosas, Alfonsín parecía socialdemócrata y lo consideraba una persona honesta, que había peleado por la democracia”, recuerda Daniel, que volvió a Argentina cuatro días después: “Cuando regresé venía vestido de traje. Estaba tan asustado que no sabía cómo hacer para disimular. Era consciente que estábamos en democracia, pero aun así sentía el miedo de volver. Fue muy fuerte, no paré de llorar desde que bajé del avión hasta que entré al aeropuerto, me removió todo. De alguna manera, salió todo lo que había acumulado en el exilio”, rememora.

Su primer retorno al país no sería definitivo. Fue más bien una visita a su familia y, sobre todo, poder abrazar a su padre, que había quedado hemipléjico a causa del ACV. Para entonces Daniel estaba en pareja con una mujer española y esperaba por el nacimiento de su primera hija. Su vuelta a España era inexorable.

Con la vuelta al país y la democracia también afloraron las marcas del terror, siempre presentes: “Suelo despertarme por pesadillas donde me peleo con alguien, nunca pude identificar con quién, pero me despierto a las patadas, tirando trompadas. También sueño que aparece humo de abajo de la puerta. Daniel analizó esos sueños recurrentes con una psicóloga cordobesa, que también estuvo exiliada. Descubrieron que la detención en la D2 y la bomba que lo obligó a salir del país le generaron un shock post-traumático, del que todavía sufre algunas consecuencias.

Durante el gobierno de Alfonsín surgieron infinidad de problemas y condicionamientos a la democracia. Los levantamientos carapintadas, el “felices pascuas” y las leyes de Obediencia Debida y Punto Final implicaron el final de los juicios a los represores. Cuando asumió Carlos Menem, consagró la impunidad con los indultos a genocidas y guerrilleros. “Fue tremendo, un golpe durísimo. Yo estaba en mi casa de Barcelona, y ya había nacido mi segunda hija. Era de noche, estaba viendo la televisión y un telediario español estaba pasando la noticia del indulto en Argentina. Me agarró una tristeza terrible, me encerré en mi habitación tratando de resguardar a mis hijas, porque eran chicas y todavía no les había explicado bien toda mi situación por su edad. Una vez que crecieron les conté todo, pero en ese momento eran chiquitas. No podía creer lo que estaba haciendo Menem. Es cierto que indultó a Firmenich, pero no era ninguna compensación. Estaba elevando la teoría de los dos demonios a la máxima potencia”, asegura Olartecoechea procurando sacudir de su recuerdo esa palpable frustración.

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En 2003 la situación de los derechos humanos cambió en Argentina. La democracia, tambaleante por momentos, aparecía fortalecida por el paso de los años. Con la llegada de Néstor Kirchner a la presidencia se dictó el decreto de adhesión a la Convención de la ONU contra los delitos de lesa humanidad y su imprescriptibilidad. “Ese decreto implicó que otra vez se iniciaran los juicios y a su vez dio lugar a la Memoria, Verdad y Justicia. Se llenó de contenido ese eslogan, y con Justicia sobre todo, porque no se utilizó la venganza. Los represores y genocidas tuvieron todas las herramientas para defenderse, al punto que no sólo hay condenas, también hubo absoluciones”, argumenta Daniel. Y advierte que mientras no existan impedimentos como vergonzoso fallo del 2 x 1 de la Corte Suprema de Justicia, los juicios pendientes se seguirán realizando.

A pesar de la cárcel y el exilio, Daniel no tiene cuentas pendientes con su vida. “Pude vivir la política de España, el fin del franquismo y Europa inmersa en la guerra fría, con la Unión Soviética por un lado y Estados Unidos por el otro. En ese contexto interpretaba la política de nuestro país”. Pero Argentina siempre le rondaba, como un fantasma. “Una vez que mis hijas tuvieron su autonomía económica, decidí volver”, admite. Su despedida de España, 38 años después, no fue tan traumática como esperaba. Lo más doloroso fue separarse de sus hijas. “Me hizo acordar a la despedida de mi papá en Ezeiza –rememora-. Fueron despedidas tristes, pero son las hipotecas del exilio: los exiliados somos personas partidas”.

Esteban Viu
- Estudiante de Comunicación Social -