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Las bases filosóficas del macrismo
¿Qué hay de nuevo en la derecha?
Foto: Macri y Vidal encarnan una superación de la vieja derecha de Martínez de Hoz, pero arrastran los mismos vicios totalitarios.
La pontificación del gobierno realizada por algunos politólogos encandilados con el “no triunfo” de Cambiemos en las PASO cae en la trampa de asumir como verdades reveladas los lugares comunes irradiados por la maquinaria marketinera de Durán Barba
Publicada el en Reflexiones

El estado de derecha es el estado de la despolitización

expuesta y reivindicable en nombre de la política.

Nicolás Casullo, 2007.

El ascenso electoral de nuevas coaliciones de derecha en Sudamérica, después del ciclo de gobiernos populares de la última década, parece sorprender a propios y extraños en países donde esas corrientes estuvieron asociadas mayormente en el pasado al ciclo de las dictaduras cívico militares. Politólogos como José Natanson, por ejemplo, se ven virtualmente fascinados por las cualidades innovadoras de las “nuevas derechas democráticas”, cómo se apresuró en llamarlas, luego del “no triunfo” de Cambiemos en Provincia de Buenos Aires en las últimas PASO. Otros analistas, haciendo uso (¿y abuso?) de la etnografía, entienden que estas formaciones políticas son el efecto de un agotamiento de la capacidad de los gobiernos populares para escuchar las demandas efectivas de sus propios representados. Finalmente, hay quienes describen el proceso en términos de una habilidad técnica para lidiar con la fragmentación social e incluso celebrarla como novedad en términos de posverdad, por el despliegue de aparatos ideológico técnicos inusitados hasta ahora en estas latitudes.  

                Lo cierto es que un análisis estructural de las políticas del gobierno de Cambiemos ofrece saldos más modestos en materia de novedad, que hunden sus raíces decisorias en lo que podríamos denominar “historia forcluida” de los vaivenes del sujeto político en nuestro país. En efecto ¿quién no recuerda haber tenido que lidiar en estos años de democracia ininterrumpida con elogios a los militares, nostalgias por su regreso o, más recientemente, con la consabida consigna despolitizadora de que todo es igual, siempre igual, todo lo mismo? Sí: eso que el Indio Solari llama pendejada.

Muchos de aquellos descolocados por el pensamiento políticamente correcto de nuestra abrupta apertura democrática—con la democracia, se come, se cura y se educa, al decir de Alfonsín—hoy se sienten legitimados en sus nostalgias derechosas por el triunfo de Cambiemos. Recuerdo que, por esos días de 2015, mientras daba una vuelta en bicicleta por Tres Acequias, escuché a Pablo Sirvén por la radio decir que estaba contento porque era la primera vez en la historia de nuestro país que la derecha llegaba al poder por elecciones libres, dado que siempre lo había hecho a través de golpes de estado. El razonamiento atado silenciosamente a esa afirmación es que el viejo espectro de una derecha antidemocrática hasta el genocidio, por todos conocida, ha conseguido el apoyo suficiente para constituirse en primera minoría democrática. Pero ese apoyo no vuelve inexistente al espectro sedimentado de aquella vieja derecha ni lo conjura como tal. A dos años del triunfo de Cambiemos en las elecciones presidenciales de 2015, el argumento de una derecha democrática se ha refinado oponiendo derechos políticos a derechos sociales, reduciendo los primeros al voto y al reconocimiento del mérito individual.

Como nos dijera Jacques Derrida, habría que desarrollar una Hauntology: una ontología de lo fantasmal (1), de lo que ronda, de lo que no está enterrado aunque creamos haberlo sepultado para siempre. O, en todo caso, de eso que retorna, en forma espectral, que no está y sin embargo está, de manera fragmentaria o no del todo determinada. Por caso,  en el retorno de la teoría de los dos demonios, en el negacionismo recurrente en materia de Derechos Humanos y crímenes de lesa humanidad, en la represión y criminalización de la protesta social, en la prisión política de Milagros Sala, en la desaparición forzada de Santiago Maldonado, en la denuncia a los docentes que tratan el tema en las aulas, en la continuidad de un plan económico de exclusión.

Retorna también en un fragmento central de la vieja Doctrina de la Seguridad Nacional, aquella que alerta sobre el “enemigo interno” y pone a perseguirlo a las mismas fuerzas de seguridad que deberían custodiar las fronteras y protegernos de enemigos externos. La peligrosa resurrección del hostis interno—mapuches terroristas, trabajadores que toman fábricas, estudiantes que toman escuelas, docentes que hacen paro, científicos que toman ministerios, dirigentes sindicales, jueces laborales, o mujeres que se manifiestan en una marcha contra los femicidios—es quizá el síntoma más perturbador de esos retornos espectrales. Todo esto ¿debe ser añadido a la novedad de la “derecha democrática” o, ha de ser puesto en el saldo de aquello que la vieja derecha repite en su diferir?

El discurso conservador que hace de la ley una instancia cuasi divina en la tierra no se amilanó a la hora de suspender derechos, derogar leyes con alto consenso social por decreto, tener presos políticos e instrumentar medios y poder judicial para perseguir opositores con la intención de borrarlos del mapa político. La pregunta que se impone es ¿por qué hasta bien entrado este siglo no hubo un partido político que reivindicara para sí estos fantasmas, siendo que esa derecha fue un actor fundamental del corto siglo XX argentino? Silvia Schwarböck en Los espantos, estética y posdictadura (2), ofrece algunos elementos para una posible respuesta: el éxito de la dictadura fue la instauración de un plan económico—del cual el genocidio fue su condición—del que nuestra democracia no pudo salir, a lo sumo—y esto corre por cuenta propia—morigerar sus efectos, intentando un giro keynesiano capaz de encender una contra tendencia a la política de endeudamiento y fuga de capitales, en la década pasada. La dictadura logró instaurar como normal y deseable la “vida de derecha” y tornar irrepresentable la vida de izquierda. La dictadura ganó al imponer su plan económico y la forma de vida que implica. Y los vencedores no hablan hasta que no ven amenazadas sus conquistas.

Lo cierto es que el kirchnerismo tuvo también sus propios espectros, alimentó decididamente su propio fantasma.  El más emblemático, aquél que Nicolás Casullo identificara como Izquierda peronista, hecho recontra maldito del país burgués en más de un sentido, incluso trágico como adelanta el propio Casullo (3).  El retorno espectral de la izquierda peronista conjuró en su contra todo tipo de “santas alianzas”: desde el repliegue de muchos intelectuales progresistas hacia un conservadurismo insípido y renegador, hasta las fuerzas más concentradas y permanentes de la reacción vernácula, incluidas algunas del propio peronismo, cuya historia de defecciones desde 1955, como supo decir Horacio González, casi se asimila con su historia real.

Es la economía…libidinal.

En términos de política económica este gobierno repite la fórmula de la primarización de la economía con la variante que sustituye al “granero”—poco cool para un tiempo con vida rural en extinción—por el supermercado. Estaríamos destinados a ser los repositores del mundo. El proyecto de José Alfredo Martínez de Hoz, no era muy diferente: exportadores de granos y de carne, e importadores de todo lo demás en atención a las reglas básicas de la acumulación capitalista. Claro, hay diferencias, porque toda repetición conlleva constitutivamente su propia diferencia. Esta fue pensada por el marxismo clásico como mera “farsa” a partir de El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte (4). Pero si algo nos puede enseñar el pensamiento postfundacional contemporáneo es que la diferencia no tiene nada de falso. Aquello que difiere puede ser entendido como lo que no se ajusta sin más a la mera repetición de lo mismo en otra temporalidad, pero también como aquello que no pudo realizarse en el pasado y espera su consumación diferida en el futuro. Si algo sabe la derecha, es trabajar a largo plazo. Si el proyecto económico de Cambiemos tiene diferencias con el de Martínez de Hoz es porque el actual gobierno espera realizarlo mucho más acabadamente de lo que pudo su antecesor.  Espera saldar el diferimiento entre el proyecto económico de la dictadura y los tiempos contemporáneos de la razón neoliberal; dicho en otros términos: se propone ser su actualización de acuerdo a los estrictos dictados de los grandes centros del poder financiero mundial.  En economía, el macrismo asume la cuenta pendiente de la derecha neoliberal: más endeudamiento, más ajuste estructural, más debilitamiento de las clases trabajadoras y mayor transferencia de recursos al poder financiero global. Cuando digo mayor, digo total. Total quiere decir: fragmentación y atomización social a través de un tipo de interpelación dirigida sólo al individuo en tanto empresario de sí, emprendedor, portador de mérito, al menos del suficiente para que una biopolítica cínica lo haga vivir y no lo deje morir; para el resto: la debacle de la exclusión.

De ahí la estrategia del timbreo que a muchos politólogos progresistas les resulta una novedad democrática, cuando en realidad, al ser individualizante y despolitizadora—ya no ciudadanos, sino vecinos--, es resueltamente antidemocrática. El único medio universalizable para zanjar el constitutivo agonismo de las relaciones sociales en una sociedad atravesada por intereses antagónicos es la política; esto es, la emergencia de un demos, de la parte de los sin parte, como dice Jacques Ranciére, capaz de instaurar democráticamente demandas comunes frente a quienes le niegan el derecho a ser, hablar y decidir. Si el timbreo fuera la gran novedad de la interpelación política, como dice un amigo, los Testigos de Jehová dominarían el mundo.  De ahí también que aquello que los cultores de la novedad llaman posverdad—eufemismo que encubre el engaño y la perfección en el arte de prometer ilusiones—pobreza cero, revolución de la alegría, lluvia de inversiones, etc., por la intensificación del marketing político en la llamada minería de datos (Big Data), pueda ajustarse a la vieja definición de ideología mentada por Louis Althusser: la relación imaginaria que entablamos con nuestras condiciones reales de existencia.

También encaja a la perfección en este combo el desprecio de los ministros de gobierno por el viejo y feo pensamiento crítico, es decir, por la actitud, el ethos propio de quienes apuntan no a disolver, sino a sustituir esas fantasías propias de la superstición neoliberal, por otras más acordes con la instancia trans individual, intersubjetiva, que nos constituye como tales en tanto sujetos de una política de emancipación.

Interpelar a la clase dominada para que deje de ser…una clase.

Si el plan económico actual intensifica la economía libidinal del individualismo meritocrático y emprendedor, esto se deja ver también en el carácter no economicista de la interpelación de clase. Hoy para sentirse pertenecer a la clase media en Argentina, suerte de aspiración mayoritaria que bien podría ser un índice de nuestros trágicos equívocos, no es necesario ser parte de un percentil determinado de ingresos; basta con participar de las mismas afecciones que la caracterizan: desprecio racista por los trabajadores y por sus formas de goce, identificación con los valores de la media blanca y reaccionaria, rechazo de lo público y de lo común, especialmente sindicatos, formas de agremiación y subsidios estatales a sectores vulnerables (5). La retórica de la pobreza como un asunto filantrópico que podría resolverse por la gestión de la caridad y no por políticas tendientes a crear mayor igualdad, es otro tópico de la interpelación macrista: la ilusión de acabar con la pobreza sin afectar aquellos intereses que la producen como tal en el marco de las relaciones estructurales de clase; es decir, sin afectar sus propios intereses en tanto clase dominante.

Estas economías libidinales también incluyen una suerte de porno honestismo para incautos: el que muestra a Macri en un colectivo falso (y parado) con pasajeros falsos, la contratación de actores para la inauguración de obra pública, el decreto corrigiendo la ley de blanqueo para que la misma permita blanquear plata negra a familiares y funcionarios del presidente o el mismísimo Boletín Oficial que, junto a las declaraciones juradas de bienes que exhiben como los gestores del mayor endeudamiento externo en la historia del país están a ambos lados del mostrador: emitiendo títulos de deuda y comprándolos al día siguiente. Hay una dimensión pastoral en ese porno honestismo que todo lo exhibe: desde la farsa del viaje en bondi hasta las fotos de familia blanca de clase media con Antonia en el centro y el ocultamiento estricto del pasado, hasta familiar del propio presidente (ni hablar de su pasado empresario, puntillosamente reconstruido por Alcira Argumedo en una intervención reciente en la Cámara de Diputados). Se persigue allí una suerte de resignación fatalista del espectador que se complace en ese espectáculo de vacuidades, mientras un plan sistemático de transferencia de recursos, el mismo de todas las derechas conocidas hasta ahora, avanza a pasos agigantados.

Es interesante recordar aquí una consideración de Cristian Ferrer respecto al porno. Este no sería sino un síntoma de una obsesión que atraviesa al ensueño capitalista: el de una vida sin sufrimiento. Dice Ferrer: “la esencia de la pornografía no se evidencia en el primer plano anatómico como en su promesa de felicidad perfecta” (6). Esa promesa, desde siempre imposible, encubre su quebranto en la exhibición de su propio mecanismo; la nueva política exhibe sin pudor su propio backstage, su propia condición de armado, de artificio. Su mensaje encriptado es que no hay que tomarse en serio lo que sucede allí. Lo verdaderamente importante sucede en el plano individual e íntimo de cada uno en el cual no hay backstage: esa es la revolución de la alegría. El porno honestismo cierrra así el círculo de la denominada posverdad, que aquí preferimos nombrar por su nombre de pila: interpelación ideológica, esto es, un llamado al individuo por su nombre, llamado despolitizador, invitación al repliegue fatalista e impotente sobre sí, que dice que es imposible cambiar la realidad.

Como siempre, esta interpelación de la derecha supone—e impone—una suspensión o demonización de la capacidad de pensar, esto es, de articular el malestar ante lo que va mal con el deseo y la convicción de poder cambiarlo. Hay una responsabilidad que nos cabe a todos desde cualquier rincón de la realidad: mantener viva esa potencia, frente a las nuevas formas de la vieja barbarie que la amenazan.

Notas:

1.- Cf. Jacques Derrida, Espectros de Marx, el Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional, Madrid, Trotta, 1992.

2.- Cf. Silvia Schwarböck, Los espantos. Estética y postdictadura, Buenos Aires, 2015, Cuarenta Ríos.

3.- Nicolás Casullo, Peronismo, militancia y crítica (1973-2008), Buenos Aires, 2011, Colihue, p 251.

4.- “Hegel dice en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, como si dijéramos, dos veces. Pero se olvidó de agregar: una vez como tragedia y otra vez como farsa. Caussidiere por Dantón, Luis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848 a 1851 por la Montaña de 1793 a 1795, el sobrino por tío” (Karl Marx, El 18 Brumario de Luis Napoleón Bonaparte, Buenos Aires, 2009, Prometeo, p 17)

5.- Cf. Jacques Derrida, Espectros de Marx, el Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional, Madrid, Trotta, 1992.

6.- Cf. Jacques Derrida, Espectros de Marx, el Estado de la deuda, el trabajo del duelo y la nueva internacional, Madrid, Trotta, 1992.

Guillermo Ricca
- Filósofo -