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La muerte humanizada
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Observar el mundo desde los ojos de José Saramago es animarse a plantear lo imposible. Las temáticas de sus obras son tan diversas como la vida misma: un brote de ceguera blanca, la reinterpretación del Evangelio o la personificación de la muerte en la tierra
Publicada el en Libros

José Saramago nació en el seno de una humilde familia de Lisboa. Su madre, analfabeta, le regaló su primer libro y lo incentivó a cultivar el espíritu. Debido a la situación económica de su familia  debió dejar sus estudios a los 15 años y ponerse a trabajar. Hoy es uno de los grandes genios de la literatura universal. Pensador, filósofo, ensayista, supo observar el mundo como nadie, con ojos curiosos, llenos de cuestionamientos a las normas establecidas, no sólo a nivel social sino también literario. En un tiempo que celebra el ingreso de jóvenes a las cárceles, el arte, la economía o la ciencia son algunas posibilidades a las que todos deberíamos tener acceso si pretendemos vivir en una sociedad más justa e igualitaria.

La vida de Saramago no fue fácil. Su camino literario parece iluminado por las más hermosas musas y la originalidad de sus escritos lo convierte en un vanguardista, un genio creativo, despreocupado de las convenciones, con un humor ácido e inteligente y con capacidad de repensar el género humano a cada instante.

En cada obra, el autor analiza al mundo que lo rodea con una crudeza innata. Lo critica, lo cuestiona e intenta reinventarlo. Pero mientras sus alas de escritor se despliegan por los escenarios más diversos, sus pies de ciudadano, militante y conocedor de la realidad se mantienen bien puestos sobre la tierra. Esta ambigüedad tan bien conjugada y complementada le da originalidad a sus obras. A la manera de García Márquez, lo imposible se vuelve realidad y puede cambiar el curso de la historia de la humanidad. Lo mágico, lo irracional, lo espiritual se mezcla con la vida cotidiana. Pero los personajes no se esfuerzan por descubrir qué explicación se esconde detrás de esos fenómenos. Por el contrario, intentan restablecer el equilibrio destrozado con nuevas estrategias de supervivencia. Cada frase, aunque metafórica, puede interpretarse como una crítica a la sociedad actual, a los vicios de los seres humanos a la vez que un reconocimiento a su capacidad de adaptación y superación constante.

Una de sus novelas más conocidas es  “Las intermitencias de la muerte”, publicada en el 2005. Constituye un análisis ácido sobre los aspectos sociales y religiosos que configuran la vida en comunidad, Utiliza magistralmente la ironía, el humor y el efecto sorpresa con cada movimiento de los personajes que ni el narrador parece advertir.

En muchas ocasiones, el autor utiliza el recuro de la cámara filmadora, a la manera de André Gide. El narrador se vuelve cómplice del lector y parece ir descubriendo los hechos junto con él, se sitúa detrás de la cámara y va mostrando las diversas escenas. Entra y sale de la vida de los personajes según la conveniencia de la trama.

En toda la obra se observa el rasgo distintivo de su narrativa, la ruptura con lo considerado correcto en cuanto al uso gramatical. Incorpora diálogos sin la marca habitual a través de las mayúsculas después de comas; los párrafos son excesivamente extensos y requieren de la atención certera del lector para la interpretación de las distintas voces y de los sentidos nuevos que les da a los signos gramaticales. Así como sus historias rompen con lo cotidiano y con las leyes de la realidad, de la misma manera la narración desestructura las reglamentaciones en el ámbito de los recursos literarios y escriturales.

Saramago analiza la complejidad del mundo, que parece funcionar como un viejo reloj, algo destartalado pero preciso. ¿Qué pasaría si un día dejara de funcionar una de las agujas de ese complejo mecanismo?, ¿cómo se podría rearmar un nuevo equilibrio a partir del cambio y la ruptura?

La muerte interrumpe su accionar o lo modifica y esto destruye el equilibrio de toda la sociedad que colapsa en cuestión de horas. Estamos tan acostumbrados a las cosas como son que un pequeño desvío representaría el fin de los tiempos si el ser humano no tuviera la capacidad innata de sobreponerse, adaptarse, buscar soluciones y continuar.

La obra nos lleva de la mano a la trastienda de los ámbitos políticos, religiosos y culturales. El ministro con sus urgentes decisiones que deben proteger a las jerarquías. Los sacerdotes preocupados por la posible pérdida del poder una vez que la gente pierde el temor más grande de la existencia, la muerte. Los medios de comunicación al servicio de las grandes decisiones políticas, intentando implantar opiniones y descontentos, honrando su nombre de cuarto poder.

Las soluciones más lógicas a los problemas que se desatan no tienen las mejores respuestas, las personas no deseamos soluciones sencillas, por el contrario, estamos atadas a estructuras complicadas, que involucran sentimientos y sensaciones cercanas al odio, a la envidia, a las ventajas de unos sobre otros. En una situación así, hasta la filosofía llega a cuestionarse la utilidad de sus reflexiones, ya que la muerte es uno de los misterios más temidos y atrayentes para los seres humanos.

A la vez, el concepto de muerte se muestra diferente a lo que nos imaginamos. Inocentemente creemos que la muerte de un individuo es el fin, la nada, el silencio agobiante. Saramago nos hace reflexionar sobre lo pequeño de ese hecho ante la Muerte con mayúscula, la del verdadero final, la muerte cruel y destructiva de las guerras, de los grandes conflictos.  Esta muerte pequeña y cotidiana, aunque dolorosa, es necesaria para que el mecanismo de la naturaleza funcione a la perfección. Esta muerte con minúscula es un personaje amable, creativo y simpatizante de género humano, al punto de llegar a convivir entre las personas conociendo el sentimiento madre de toda la creación: el amor.

Así como todos estamos de acuerdo en que sin la luz no existe la sombra, volvemos a reflexionar sobre las dualidades presentes en el universo. De la mano de José Saramago repensamos nuestro temor a la muerte, la angustia que genera el saber que para todo comienzo existe un final. Pero que ese desenlace es absolutamente necesario para dar lugar a lo nuevo. Esa muerte con minúscula, amable y compasiva, es un paso más de la existencia y que sólo queda la posibilidad de vivir con nobleza, disfrutando del paso por la tierra, tratando de generar en los demás y en nosotros mismos los mejores sentimientos. Sin duda una obra que vale la pena disfrutar. Hasta el próximo encuentro.

Danisa Andrea Pérez
- Profesora de Lengua y Literatura -