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Matilde Glineur Berne, ex presa política
“Tuve a mi bebé esposada y con una cuarenta y cinco en la frente”
Foto: Matilde Glineur Berne, médica pediatra y militante política.
Militante de los ´70, ex presa política, Matilde Gineur Berne es hoy una reconocida pediatra de Río Cuarto. Tuvo a su hija en la Maternidad Córdoba, esposada y rodeada de uniformados. Cuando por fin recuperó su libertad, completó sus estudios de medicina y se dedicó a traer niños al mundo. Y se enamoró del juez que le salvó la vida.
Publicada el en Entrevistas

Matilde Glineur Berne nació en Río Cuarto en tiempos de proscripción del peronismo, cuando gobernaban los dictadores de la autodenominada “Revolución Libertadora”. Cuando se fue a Córdoba a estudiar medicina, su primer día de clases fue entre palos, bombas y gases lacrimógenos. En aquellos años agitados conoció a las personas que la marcarían para siempre, como Carlos Astudillo, asesinado años después en la masacre de Trelew. Estuvo presa casi cinco años y aprendió a querer a las ratas porque le avisaban sobre la inminente llegada de sus carceleros. Tuvo a su hija, María Jimena Mene, esposada a una camilla, con un revolver en la frente, suero y oxígeno. Ambas sobrevivieron gracias a Gustavo Porqueres, un ex juez que persiguió a sus raptores hasta Córdoba para asegurarse de que ella ingresara viva a la comisaría. Ese hombre inflexible y de fuertes convicciones sería el amor de su vida. Cuando por fin recuperó la libertad, se juramentó que trabajaría para que otras madres pudieran ejercer plenamente sus derechos. En su modesto escritorio de la Maternidad Kowalk, después de haber atendido un parto, recibe a El Sur para evocar su historia –que es una historia colectiva, aclara- mientras el sol se cuela por los grandes ventanales y la abraza con sus tibios brazos de luz, esos que tanto anheló durante los años de encierro.

 -¿Cómo se sobrevive a la tortura?

 - Cuando me detuvieron en Río Cuarto me llevaron en un auto y me torturaron. Me abusaron sexualmente -no me violaron-, me hicieron simulacro de fusilamiento y después, cuando llegamos a Córdoba, en el Departamento de Informaciones me volvieron a torturar. En el viaje de Rio Cuarto a Córdoba participó activamente una persona que después, con el tiempo, se convirtió en mi pareja: Gustavo Porqueres. El estaba haciendo el doctorado con mi papá en Santa Fe, los dos eran abogados, pero Gustavo además era juez. Mi papá era presidente del Colegio de Abogados y presentó un recurso de amparo. Y Gustavo, en su carácter de juez, se metió en la Policía de Río Cuarto, donde yo estaba detenida. Pidió que me viera el médico y exigió garantías. No dejó que me trasladaran a Córdoba sin una orden escrita. Y cuando por fin me llevaron, se subió con mi papá en su auto y nos siguió hasta Córdoba. Pararon el auto y le hicieron un simulacro de fusilamiento a mi papá, pero Gustavo insistió en que era juez y no se iba a bajar hasta que llegaran a Córdoba. Y así fue: bajó conmigo cuando llegamos y se metió en Informaciones –el temible D2, que funcionaba en el Cabildo histórico de Córdoba- para asegurarse de que yo había llegado viva.

- De alguna forma le salvó la vida.

- Sí. Yo estaba embarazada de un mes, o sea que María Jimena y yo estamos vivas por Gustavo. A él esa actitud le costó casi tres años de cárcel, porque lo acusaron de haber ayudado a una guerrillera. En Informaciones me volvieron a torturar y me tuvieron quince días sentada, encapuchada, en una escalera del patio que daba a un depósito de armas. Cada vez que subían o bajaban, me pateaban. Al lado mío había un tacho de basura y venían las ratas a comer. Ahí aprendí a quererlas, porque si ellas estaban junto al tacho de basura quería decir que los milicos no estaban. Llegué a amar a las ratas porque eran las únicas que me daban información.

 A Matilde la detuvieron el viernes 13 de junio del 1975. Faltaban tres  días para su casamiento. Se la llevaron junto a su compañero, Jorge Mele, que pasaría nueve años preso y luego se iría del país. Los separaron. A ella la tuvieron veinte días detenida en la D2 y luego la trasladaron a la cárcel del Buen Pastor. También estuvo en la Unidad Penitenciaria N° 1 de barrio San Martín y en la cárcel de Villa Devoto, en Buenos Aires.

Las puertas de la Maternidad Kowalk se abren y cierran permanentemente y las enfermeras van y vienen, ajenas al eco de los golpes portazos. Matilde parece abstraída, concentrada en su historia, movilizada hacia un pasado doloroso del que, sin embargo, jamás renegaría.

 -¿Cómo fue tener a su hija en prisión?

 -Estaba en la UP1. Éramos muchas las presas embarazadas. Me preguntaron dónde quería tener a mi hija y elegí la Maternidad Provincial. Tuve mi primer control recién a los cinco meses de embarazo y el segundo cuando estaba a punto de parir. Tal vez por eso hoy soy tan obsesiva con el control del embarazo. Cuando fui a la Maternidad la segunda vez me dejaron internada y a la noche, gracias a la amenaza de unos policías, comencé con el trabajo de parto. El policía me dijo que me merecía un tiro porque los de nuestra generación éramos unos degenerados delincuentes, entonces había que matarnos desde chiquitos, antes de que creciéramos. Era febrero de 1976, todavía no había sido el golpe, pero nosotros ya estábamos incomunicados. Tuve un trabajo de parto muy terrible y largo. Estaba esposada a la cama con el suero y con oxígeno. No me querían hacer cesárea porque iba a demorar mi regreso a la cárcel. Pasé a sala de parto,  siempre con una policía a mi lado. Parecía “Pepita la pistolera”: estaba en el segundo piso con una policía mujer adentro de la habitación y un policía varón sentado en la puerta, amenazándome. Habia una ametralladora de pie en cada una de las escaleras del segundo y primer piso y de planta baja. Y yo con una panza enorme, pariendo. Cuando me pasaron a sala de parto me sacaron las esposas de la cama, pero me esposan las manos juntas. Tuve a mi bebé esposada y con una cuarenta y cinco en la frente.

 La mañana transcurre apacible. Aumenta el bullicio fuera de la sala: se acerca la hora de la comida. Con su ambo celeste todavía puesto y su imponente mirada de ojos claros, Matilde toma una lapicera y comienza a jugar con ella mientras sigue concentrada en su relato.

 -¿Cuánto tiempo estuvo con tu hija?

 -La gente de la Maternidad fue divina. La policía se desmayó cuando vio sangre y las enfermeras la dejaron tirada (se ríe, parece disfrutar de la evocación) y me llevaron a un pasillo. María Jimena, mi bebé, estaba conmigo. Estábamos en una habitación las dos solas. Luego me esposaron a la cama. Nunca me sacaron las esposas para darle la teta a mi hija. Fue prácticamente imposible amamantarla. No es casual que luego hiciera mi Maestría en Lactancia Materna. No hay nada casual en la vida. El médico venía y me decía que le diera una mamadera. Yo me quería morir. Estuve cuatro días internada, porque fue un parto complicado. María Jimena tenía 20 días cuando la tuve que entregar.

Matilde pudo darle su hija a su mamá. Fue una de las pocas presas políticas que tuvo esa suerte. Dice que tiene un batallón de ángeles de la guarda que la cuidan: no desapareció, no le robaron a su hija y pudo dársela a su familia. “Mis compañeras no tuvieron esa suerte: les tenían que dar sus bebés a los milicos que entraban diciendo que afuera estaban los familiares, pero ellas no sabían si era cierto o no. Y se quedaban gritando en medio de un campo de concentración”, recuerda con la voz apagada. Cuando volvió a ver a su hija, María Jimena tenía casi un año. La miró a través de una ventana sellada, sin poder tocarla, como indicaba el rígido régimen de visitas de la dictadura militar. Así, vidrio de por medio, se enteró un día que a su mamá le habían dicho que finalmente sería liberada. “Me negaron la libertad condicional dos veces por mala conducta. Tenía 25 causas, me acusaban de la muerte de tres policías, secuestro, tenencia de armas de guerra, copamiento de dos cuarteles del Ejército. Y un buen día me enteré por mi mamá que quedaba en libertad”, rememora. Ya pasa el mediodía en la Maternidad Kowal, el personal está almorzando y casi no quedan visitas.

 -¿Cómo empezó su militancia política? 

 -Durante los dos primeros años de la Facultad no  militaba, pero empecé a conocer gente que me marcaría profundamente. Conocí a un compañero que también estudiaba medicina y vivía en la casa de alguien muy allegado a mí. Se llamaba Carlos Astudillo y le decíamos “camarada Astudillo”. Fue detenido en diciembre del ´71.  Vivía con “Cacho” De Breuill, de Río Cuarto. También estaba Mario Konkurat. Aunque yo no militaba todavía, tomaba mates todos los días con estos compañeros.

 -¿Fue por ellos que comenzó a militar?

 -Ellos hicieron que empezara a pensar que estaba bueno ir a bailar a Keops (un boliche en Carlos Paz), pero que había otra realidad. Empecé a militar en organizaciones de tendencia comunista que me permitieron acceder a literatura marxista-leninista. Dejé de ir a Keops y terminé en la cárcel (se ríe a carcajadas). Me empecé a relacionar con el PRT- ERP desde una visión romántica: robaban un camión de leche y lo repartían en una villa. Me enamoré de la propuesta. Empecé a militar y pasé de esa visión romántica a otra absolutamente realista, con una posición política y una propuesta revolucionaria muy claras.

 -¿Qué sintió cuando se enteró que iba a salir de la cárcel?

 -Fue mucho más traumático que cuando me metieron presa. Salir en libertad fue durísimo. De Villa Devoto nos llevaron a Coordinación federal. Estaba aterrorizada. No dormía, no me bañaba. Había un grupo de militares borrachos. Veníamos de estar cuantos años presas y todavía nos tocaban para palparnos. Teníamos miedo de que nos violaran. Nos llevaron al tercer piso, donde había unos calabozos circulares en los que perdías el sentido de la orientación, el tiempo y el espacio. Yo no podía respirar del susto que tenía. Había un solo colchón. Cuando nos vieron, los presos comunes nos empezaron a tirar frazadas. “Compañeras, lo que necesiten", nos decían. Dormimos en un colchón inmundo, en realidad no dormimos nada. De pronto me dijeron que preparara mi bolso, me llevaron a una habitación grande y un militar empezó a interrogarme. "Nombre". Yo le dije mi nombre. “No chiquita, decime tu nombre de guerra”, me interrumpió. Yo insistía en que era estudiante universitaria, que no tenía nombre de guerra ni cargo en la guerrilla. Entonces otro militar le dijo: “Dejate de joder, ¿no ves que ya se va?”. A las tres de la tarde me sacaron por la puerta. Estaba en libertad y no le había podido avisar a nadie.  

 Matilde caminó dos cuadras y se metió a un bar. Había varios policías. Llamó por teléfono a una tía y pidió que le avisara a su papá para que la fuera a buscar. Pidió un café y se sentó a esperar.  El horror de las cárceles empezó aquedar atrás.  Cuando llegó su padre, percibió la culpa que lo carcomía por dentro: aunque le sobraban razones jurídicas, todos sus intentos por sacarla de prisión habían sido infructuosos.

 -¿Cómo fue su reinserción en la sociedad?

 -Intenté volver a la Facultad, pero me expulsaron por haber cometido “penas infamantes”: traición a la patria y quema de la bandera. Tenía veinticinco causas, pero esas de las que ahora me acusaban, no. Presenté un recurso de amparo y lo gané, pero me llevó mucho tiempo. Había empezado a trabajar en el estudio jurídico de mi papá, porque tenía una hija que alimentar. Volví a salir con amigas de toda mi vida. La sociedad de Rio Cuarto no me rechazó, no me discriminó. Gustavo Porqueres salió más o menos en la misma época que yo. Vino un día a casa. Yo no lo conocía mucho, solo de saludarlo. Me invitó a comer algo para festejar que los dos estábamos en libertad. A partir de aquel momento estuvimos once años juntos. Fue el gran amor de mi vida. Tuvimos una relación muy hermosa. Murió joven, haciendo aladeltismo. Cuando me recibí, a los 32 años, tuve una inserción espectacular en la ciudad. Solo un médico me discriminó y los compañeros se enojaron mucho con él.

 -¿Cómo es su vida hoy?

 -La vida ha sido tan generosa conmigo que tengo una hija sana, feliz, alegre, que pudo construir una familia hermosa. Tengo un yerno que es un divino total y tiene muy claro lo que quiere de la vida. Tengo dos nietos, de siete y tres años, que son unos soles. Tengo a mi mamá viva todavía. Tengo un hermano y  tres sobrinos que son adorables. Y sé que no me equivoqué al estudiar medicina, es lo que amo. Estoy jubilada de la Municipalidad, pero no como médica. Sigo ejerciendo la profesión y me siguen enamorando los pacientes. Amo la medicina. Y me muero si no milito. Desde que salí de la cárcel empecé a participar en el Colegio Médico, luego en distintas organizaciones. Estuve en el Movimiento Evita, pero me fui hace más de dos años. Volví al Frente para la Victoria y le sigo apostando a Cristina. 

Los rayos del sol ya no pegan directo en los cristales, pero el rostro de Matilde parece irradiar su propia luz. En tono de confesión, apenas audible, murmura: “Los compañeros nos pidieron sobrevivir”. Los compañeros eran sus camaradas del PRT, los “monjes rojos” que, aún en los peores momentos, predicaban siempre con el ejemplo. “Con dignidad”, agrega Matilde. “Ibamos a sobrevivir, pero no de rodillas”, dice mientras se levanta para despedirse. 

Emilia Khan
- Estudiante de Ciencias de la Comunicación -