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Caso Olga Meckler
Justicia a medias
Foto: La sentencia judicial no dejó conforme a los familiares de Olga Meckler.
En marzo de 2012, la localidad de Elena fue escenario de un crimen de gran repercusión mediática. A seis años del hecho, familiares de Olga Meckler siguen en la lucha por la verdad, convencidos de que detrás del asesinato hubo una conspiración.
Publicada el en Crónicas

“Pueblo chico, infierno grande”, dice el dicho. Generalmente usado cuando se refiere a “infierno” como un lugar donde los chismes y los rumores circulan rápido entre la gente. Pero el 14 de marzo de 2012 alrededor de las 22, le tocó a Elena ser el pueblo chico para algunos, pero un infierno inmenso para otros.

Olga Beatriz Meckler, oficial de la Policía de Córdoba, fue asesinada de un disparo en la nuca en la seccional donde trabajaba. Agonizó durante 54 días, pero eso no le impidió declarar ante el fiscal Walter Guzmán. Describió qué estaba haciendo, qué sintió y quién fue su agresor. Lo más impactante de sus últimas declaraciones, fue que quien la había matado de manera intencional era su subordinado, Gustavo Baranosky.

Rosana Meckler, hermana de la oficial fallecida, dice que a Olga Meckler la mataron muchas veces. Todo empezó en 2009. Cuando Meckler entró a trabajar a la comisaría de Alcira Gigena, Adelqui Benegas era el comisario. La oficial y sus compañeras fueron acosadas por su superior. No se callaron. Denunciaron a Benegas y consiguieron que fuera sentenciado a cinco años de prisión y ocho años sin ocupar cargos públicos. Olga Meckler fue trasladada a Elena, pueblo del sur cordobés. Ejercía su trabajo como jefa de guardia, junto a Gustavo Baranosky y bajo las órdenes del comisario Ezequiel Pedraza.

Rosana Meckler indica que su  hermana y Baranosky eran únicamente compañeros de trabajo y que él era muy amigo del comisario, quien era el padrino de su hijo y agrega: “Cuando llegó a la comisaria no la querían por ser mujer y le reprochaban la denuncia que ella había hecho contra Benegas por acoso”. Olga Meckler consideraba que Pedraza protegía a Baranosky, por lo que era inútil presentarle quejas.

La noche del 14 de marzo de 2012 Meckler y Baranosky estaban de guardia en la comisaría. Él, que vivía al frente del lugar, se fue a cenar a su casa. La demora de una hora y media exasperó a la jefa de guardia, que no dudó en llamar a su subordinado. Cuando ambos se encontraron en el patio del lugar se produjo una tensa discusión que terminó con Meckler sentada en móvil policial y Baranosky adentro de la comisaría. En el momento en el que ella se inclina para acercar el asiento hacia adelante, Gustavo Baranosky posó el cañón de su arma reglamentaria y disparó. En sus declaraciones ante el fiscal Walter Guzmán, Meckler relató que no podía moverse y que no le salió voz para pedir ayuda. Pero, antes de perder el conocimiento, vio que su agresor corrió hacia adentro de la comisaría. La oficial fue trasladada desde Elena hasta Alcira Gigena, donde recién ahí un médico se subió a la ambulancia. Posteriormente fue derivada al hospital regional San Antonio de Padua en la ciudad de Río Cuarto. Luego de 54 días de agonía, el siete de mayo de 2012, Olga Meckler murió. 

Dos años después de los hechos, el diez de septiembre de 2014, se dictó la sentencia al policía Gustavo Baranosky. Se lo consideró autor de homicidio agravado por empleo de arma de fuego y se le impusieron 27 años de prisión. El tribunal ordenó investigar al comisario Ezequiel Pedraza por supuestos hechos delictivos y actuaciones sospechosas.

Lucha por la verdad

“Agradezco el interés por la causa y me pongo a disposición para lo que necesiten” fue el mensaje de Rosana Meckler que dio luz verde para coordinar un encuentro. Predispuesta y detallista, está convencida de que lo que le pasó a su hermana fue intencional y planeado.

La hermana de la oficial, se sorprendió al enterarse del hecho. “¿Quién le iba a disparar? nunca se me ocurrió una cosa así, pese a que ella siempre recibía malos tratos.”, señala. Con el pasar del tiempo, pasaron hechos que le generaron duda. Rosana Meckler cree firmemente que el homicidio de su hermana no fue accidental.  

Gustavo Albano Baranosky era subordinado de Olga Meckler. En los relatos de la hermana de la víctima se puede ver que él siempre contaba con el apoyo del comisario. Que “siempre andaban juntos en el móvil”. Que la que realmente “trabajaba como un animal”, era la oficial fallecida, según cuenta su hermana.

 Parece una actuación acertada de la justicia. Está preso quien debe estarlo. Pero cuando en la conversación con Rosana Meckler se toca este tema, es cuando sale a la luz el testimonio de una mujer que está convencida de que el caso de su hermana no fue accidental. “Estuvo todo arreglado”, indicó. Ella cree que el caso salió demasiado rápido y que merecía más análisis e investigación para aclarar más el juicio. “Yo creo que fue todo rápido para que no le encajara la pena de femicidio, porque esa carátula todavía no estaba” cuenta y agrega: “Estaba bien claro que había una mano de arriba y que la justicia no actuó limpia.”

Hay algo que puede dar tranquilidad para unos, pero impotencia y dolor para otros. Rosana Meckler no cree que esto ocurra de nuevo porque considera que fue algo personal. “La policía, la asociación ilícita que planeó todo y el sicario que es Baranoksy fueron contratados por los mandamases del pueblo” dice. Esa declaración obliga a preguntar quiénes son esos mandamases. “Los jefes de la cooperativa y toda esa mafia, también los de la calera”, afirma haciendo referencia a la planta de explotación de canteras y procesamiento de minerales, ubicada en el pueblo. Señala que ella siempre dijo que les salió mal porque planearon muy rápido todo. “Con la maldad que tienen podrían haber enterrado a mi hermana en la calera y no la encontrábamos más. Les salió mal.”

Pasó de ser un caso de la policía a un caso del pueblo. Pasó a estar la justicia involucrada. Rosana Meckler cree que los médicos también lo estuvieron. Desde la demora de 50 minutos de la llegada de la ambulancia, hasta la negación de un profesional de la salud para atender a su hermana con la excusa de no dejar al pueblo sin médico. La hermana de la oficial está convencida de había algo más desde arriba, cuando la impotencia la invadió al no ser recibida por el entonces Gobernador José Manuel de la Sota. Ella afirma que no podía ser que como gobernador no haya conocido el caso. “En el expediente está que el jefe de zona llevó al comisario de Elena a hablar con el gobernador y al poco tiempo todos recibieron ascenso” señala. Rosana Meckler cree firmemente que la policía de Córdoba es la policía más corrupta del país. En otro lugar Ezequiel Pedraza hubiese sido removido de su cargo, más aún cuando se le encontró pornografía infantil en su computadora al investigarlo. “Lo vivimos con mucho dolor y bronca, porque sentimos que se los premió por haber matado a mi hermana”, relata.

Hoy, a cuatro años del juicio, Rosana Meckler recuerda que Gustavo Baranosky dijo que no sabía por qué hizo lo que hizo. Ella lo tomó como una burla. No le interesa hablar con él, sólo quiere saber la verdad. “Que me diga que le pagaron, que le prometieron cosas que no le cumplieron y que no se anima a hablar porque lo van a matar. Esas cosas quiero oírlas de boca de él”, reclama. Ve a Baranosky como un sicario. Un sicario que no se animaba a matarla, por eso la demora en volver de su casa a la comisaría aquella noche. Además, indica que “está comprobado psicológicamente que la persona que es paga no se anima a mirarte a la cara para matarte, porque no tiene ningún odio hacia vos.”

A día de hoy, la hija menor de Olga Meckler, Abril Fenoglio (18) considera que no puede quejarse de la “sentencia ejemplar” que le dieron a Baranosky. Su hermana Lis (20), cuenta que desde que él está preso y condenado vive mucho más tranquila. “Sólo espero no tener que verle la cara nunca más en mi vida a ese hombre” dice y agrega “Me hubiese gustado que exista más repercusión y más investigación en cuanto al jefe Ezequiel Pedraza, porque él planeó todo esto y sigue libre.”

El dolor predomina en las palabras de Rosana Meckler. Pero no es un dolor inhibitorio. Es un dolor que la motiva a seguir en la lucha por la verdad. Hay quienes están de su lado. Hay quienes le dicen que debería dejar el tema porque el autor del disparo está preso. Y también hay versiones totalmente opuestas. 

La otra cara de la moneda

“La Justicia no está para dejarnos contentos, sino para ser justa. Y a veces no logra ninguna de las dos cosas” señala Enrique Zabala, abogado penalista que estuvo a cargo de defender a Gustavo Baranosky. Asegura que no recuerda mucho del caso.

Seis años después de los hechos, Zabala argumenta como si estuviera todavía en el juicio. “Fui crítico con respecto a la actuación policial, fiscal, judicial y a la sentencia en contra” indica. En un hecho donde no hubo testigos, había que encontrar pruebas contundentes. Si estas pruebas indicaban que Gustavo Baranosky le puso un arma en el cuello a Olga Meckler, el hecho debió calificarse como homicidio agravado por alevosía. En ese caso, por ley debe juzgar un jurado popular. En otra situación, un tribunal común. “Ahí vino la primera discusión, la fiscalía pretendía que fuera homicidio calificado pero que juzgara un tribunal. Yo discutí todo el juicio con un tribunal que consideraba que no debía estar juzgándome” relata el abogado.

Zabala cuenta que al no haber testigos, una investigación surge a partir de la recolección de pruebas. Él tuvo que aferrarse y defender la versión de Baranosky: “Mi cliente dijo que se dejó el arma con el Handy y las correderas en la camioneta, Olga Meckler se las dio mientras discutían, hubo un forcejeo y el arma se disparó” relata. Lo primero que resolvió en hacer, fue pedir pericias balísticas para conocer la trayectoria de la bala. Esto parecía facilitarse cuando descubrieron que en la camioneta apareció un hueco, por lo que sería más simple reconstruir el camino de la bala. “La policía apenas llegó desarmó los paneles del auto, sacó chapas y luego las volvió a poner, pero según mi perito cuando movés todo, los ángulos ya no coinciden” indica el abogado penalista, que en ese momento ya comenzaba a dudar. El Handy, las correderas y el arma, según la versión de Baranosky, habían sido tocados por la víctima. “Pido un ADN y si está el de ella, se prueba lo que mi cliente dice” relata Zabala  y agrega que cuando quiso proceder, la fiscalía había perdido esos elementos.  Las sospechas del penalista aumentaban.

El testimonio de Olga Meckler al fiscal Walter Guzmán fue la prueba más contundente. Enrique Zabala considera que si se va a realizar semejante prueba, debe ser notificado a la defensa. “¿Qué descubrí? Si entrás a una terapia intensiva no podés ingresar con lapiceras o computadoras por reglas de sanidad. La fiscalía terminó diciendo que la escucharon y después volvieron a tribunales a escribir todo” cuenta el abogado. Él trataba de demostrar que era imposible físicamente que ella declarara, debido a su traqueotomía. No lo logró, ya que el médico de la terapia dijo que fue el único testigo y que “le dio oxígeno de otra manera para que ella diera declaración” señala Zabala.

El abogado defensor de Gustavo Baranosky descartó por completo que esto haya sido un ajuste de cuentas planeado por una asociación ilícita. “Hay una cuestión muy sencilla. Adelqui Benegas fue condenado a prisión por cuatro años ¿vos matarías a alguien y te bancarías una perpetua para defender a alguien por cuatro años? Hay un momento en el que la disparidad de beneficios y pérdidas hacen que renuncie a ese propósito” dice y aclara que las condiciones para su cliente no eran favorables. “La corporación policial estuvo en contra de mi cliente, él era un agente y ella una heroína mediática de la policía. El periodismo estaba a favor de ella por ser la víctima. El tribunal eran tres mujeres” indica.

Zabala considera que la sentencia no cumplió con sus expectativas. Él cree que se modificaron pruebas y no quería que su cliente fuera preso. Tampoco se conformó a nadie del lado de la víctima. Querían perpetua.

Hoy, seis años después, los familiares de Olga Meckler continúan la lucha por la verdad.

Agustín Gil
- Estudiante de Ciencias de la Comunicación -