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Rugby en la cárcel
Alas de libertad
Por | Fotografía: María José Pérez
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Las Aguilas del Imperio es el nombre elegido por un grupo de voluntarios que enseñan deporte en la cárcel de Río Cuarto. Están convencidos de que los valores que transmite el rugby sirven para afrontar la vida en libertad. El testimonio de un ex preso.
Publicada el en Crónicas

El rugby lo preparó para la libertad. Hace cinco meses que Juan Villareal disfruta de su vida alejado de los pabellones de la cárcel de Río Cuarto. Sin embargo, siente nostalgia por las prácticas del deporte que le enseñaron a afrontar lo que le esperaba afuera del penal.

El proyecto de las Águilas del Imperio fue impulsado por Máximo Deym, quien se propuso imitar el trabajo de Los Espartanos en San Martín, Buenos Aires. El objetivo es buscar la transformación personal a través del rugby de quienes están privados de su libertad. Inculcar valores de equipo, compañerismo, respeto, lealtad y responsabilidad. El rugby es el medio, la herramienta para trasmitir esos valores y lograr un cambio de vida.

Villareal recuerda que en los entrenamientos de los martes les exigían esforzarse y dar todo su potencial. Los llevaban al límite. Mientras que los lunes, en reuniones espirituales, reflexionaban y aprendían que el esfuerzo que hacían en los entrenamientos para correr y taclear debían llevarlo a su vida cotidiana. “Cada vez que estemos en una mala situación, le metemos un tacle; cada vez que se nos complique algo, le hacemos un scrum; si la carga es pesada, seguimos adelante, nos exigimos un poquito más”, dice.

Joaquín Mosso, entrenador y coordinador general del proyecto Las Águilas, explica que la intención es favorecer la reinserción social de los presos, integrarlos y acompañarlos cuando estén en libertad. Forman parte de la sociedad y en algún momento convivirán con todos, por lo que deben salir mejor de lo que entraron. “Ninguno de nosotros es ajeno a que algún día nos equivoquemos y terminemos en la cárcel”, dice Mosso.

Para Villareal, en el equipo son todos iguales, son amigos y hermanos. Se trata de recuperar valores que habían perdido. Las Aguilas es como una familia, se cuidan entre todos porque son parte de un equipo.

Mosso dice que nota cambios trascendentes en el comportamiento de los presos: se piden perdón, se apoyan, se animan a llorar y decir cosas que en otras partes de la cárcel no pueden porque no se deben mostrar débiles. Los entrenamientos de rugby y las reuniones espirituales son espacios de libertad. “Cuando íbamos ahí era algo hermoso, porque cuando jugábamos no nos sentíamos presos, realmente nos sentíamos en casa, nos sentíamos en libertad”, admite Villareal.

Alejandra Olguín, encargada del área de valores y espiritualidad, destaca la importancia de estos espacios para los chicos del equipo, que lo valoran y lo cuidan porque no quieren perderlo. Después de un tiempo, toman confianza y comienzan a abrirse y contar sus historias. Se muestran predispuestos a hacer las actividades y reciben a los voluntarios con alegría y abrazos. Para muchos es la primera vez que les dedican tiempo o les demuestran cariño. Varios llevan más de diez años encerrados y nunca nadie los visitó.

Juan Villareal dice que Las Águilas del Imperio le permitieron entender muchas cosas que antes no comprendía. Que aprendió a valorar lo que tiene y que incluso su familia notó el cambio. Atribuye este logro a los voluntarios que les dedican tiempo de sus vidas todas las semanas. Agradece que les hayan dado una segunda oportunidad, que hayan creído que no estaban  perdidos y que podían recuperarse.

“Que se pudran en la cárcel”, suelen decir quienes están en contra de proyectos como el de Las Águilas. Mosso admite que los presos realmente se pudren ahí adentro. El contexto del penal es difícil y se juegan la vida todos los días. Viven realidades muy duras, pero encuentran en los entrenamientos una salida. “Sienten que está pasando algo importante en sus vidas”, agrega Olguín.

Los encuentros permiten, tanto a los presos como a los voluntarios, “sacarse los prejuicios”, comenta Deym. Compartir y crear un vínculo cercano posibilita entender que los presos son personas que se equivocaron y que hay personas dispuestas a ayudarlos. Les impacta que gente de afuera, “de la calle”, que no los conoce, los visite sin obtener ningún beneficio. “Gracias por animarte a estar con nosotros, que ni siquiera nos saludan, ni nos miran”; “gracias por venir a perder el tiempo”, suelen decirle los presos a los voluntarios.

Una de las mayores motivaciones es el cambio en el comportamiento de los jóvenes desde que comienzan a jugar al rugby. Olguín asegura que en los últimos cinco meses jamás escuchó una mala palabra, nunca se desubicaron y tratan a todos con mucho respeto. Aprendieron a pedir disculpas y se muestran atentos.

Deym cuenta que al estar en contacto todo el tiempo con ellos, ver los cambios y escuchar los testimonios, se siente movilizado y motivado a seguir adelante con el proyecto. En el mismo sentido, Mosso señala que el vínculo que se establece es muy fuerte. “La verdad es que quiero volver todos los martes a verlos porque no solamente se trata de compartir: ellos te dan muchas más cosas de las que uno les puede dar”, admite.

Las Águilas del Imperio jugaron cuatro partidos: contra los Vikingos, el Jockey Club, Uru Curé y el Aero Club. Los presos salen con muchas ganas, la noche anterior no pueden dormir, están ansiosos por ver quiénes formarán el primer equipo y quiénes el segundo. Primero juegan los que más van a entrenar, salvo que hayan tenido que ir al colegio, porque los voluntarios priorizan y fomentan que estudien.

“Cuando llegaron los vikingos les dimos una paliza”, recuerda Villareal, orgulloso. Y con cierta nostalgia describe el encuentro y destaca que hubo mucho respeto, lealtad y sobre todo compañerismo. “Cuando jugábamos contra los vikingos, contra el jockey, nos sentíamos en libertad”, agrega.

“La verdad que juegan muy bien ellos”, admite Jorge Sar, jugador de Urú Curé e integrante del equipo Los Vikingos. Dice que jugar contra Las Águilas del Imperio fue una experiencia “bastante fuerte” y expresa que lo que más le llamó la atención fue la cortesía y el trato de los presos. Destaca que se enseñe el rugby a los chicos de la cárcel porque ese deporte les brindará herramientas importantes para enfrentar la vida.

Las Águilas del Imperio cumplieron su primer año y van por más. Los Espartanos, su guía y fuente de inspiración, llevan diez años practicando el rugby en los presidios de San Martín, en Buenos Aires, crearon una fundación y reciben donaciones. Tienen su propio pabellón, aulas y hasta una cancha de pasto sintético dentro de la cárcel. Han recibido visitas ilustres como la de los All Blacks (equipo de rugby de Nueva Zelanda) y tienen aceptación y apoyo de la sociedad.

El sistema que utiliza al rugby como herramienta para llegar a los jóvenes privados de su libertad ha demostrado su efectividad. Máximo Deym afirma que en este proyecto ganan todos: gana el director de la cárcel porque hay menos conflictividad; ganan los guardias porque tienen menos problemas en los pabellones; ganan los voluntarios porque disfrutan de participar en el proyecto. Gana la sociedad, por que quienes recuperan su libertad salen cambiados, transformados, con valores que mejoran la convivencia y reducen la posibilidad de reincidencia. Y lo más importante: ganan los presos, porque sienten que tienen una segunda oportunidad para vivir mejor, hacer las cosas bien y demostrar que es posible transformarse y mejorar como personas.

Las águilas se caracterizan por ser aves longevas. Llevan a vivir setenta años. Pero a los cuarenta, sus uñas se vuelven largas y flexibles y el pico se curva demasiado. Entonces deben decidirse entre rendirse y morir o emprender una dolorosa transformación: buscan un lugar protegido en la montaña y se golpean el pico hasta arrancarlo. Cuando nace el pico nuevo, lo utilizan para desprenderse de sus viejas garras y las plumas más deterioradas. Tras cinco meses de sufrimiento, vuelven a volar, renovadas. Tienen otros treinta años por delante.

Los integrantes de Las Águilas del Imperio se identifican con esta historia porque creen que es posible renacer para tener una segunda oportunidad. Si logran superar el proceso de su propia transformación,  también los presos podrán retomar su vuelo en libertad.

Celina Kammerath
- Estudiante de Comunicación Social -