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Murió Martín Malharro, periodista, docente y escritor.
Hasta siempre Martín
Por | Fotografía: Gentileza Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata.
Foto: Martín Malharro, periodista y escritor.
La muerte lo encontró el lunes 11 de mayo en su departamento de San Telmo. Autor de la trilogía del Británico, fue admirador de Rodolfo Walsh y un maestro del periodismo de investigación.
Publicada el en Crónicas

“Fue un infarto masivo”, me dice una voz ausente, dolida, incrédula, que contesta mi llamado sin ganas o sin fuerzas desde el teléfono celular del profesor Martín Malharro. Una voz, para decirlo en términos walshianos, “lejana, difusa, erigida de improbabilidades”. En la plenitud de su producción intelectual, murió uno de los mejores periodistas de nuestro tiempo. Tenía 62 años, varios libros publicados, una tesis doctoral que superó las mil páginas, una novela policial inédita -inspirada en el caso Dalmasso- y una escabrosa entrevista a uno de los represores más emblemáticos de la dictadura cívico militar.

Estudioso y admirador de la obra de Rodolfo Walsh, Malharro –un bellvillense transmutado en porteño, que convirtió al bar Británico su segundo hogar y a San Telmo en su patria chica- admitía sin ruborizarse que cuando tuvo la oportunidad de conocerlo, se amilanó. Lo escuché relatar aquella anécdota en las viejas aulas de la Facultad de Periodismo de la Universidad Nacional de La Plata, donde lo tuve de profesor. Además de ser un gran periodista, era un docente nato: captaba la atención de sus estudiantes, manejaba las pausas, los tiempos, los tonos de voz y los silencios. Era un encantador de serpientes, un juglar del periodismo. Asistir a sus clases era un placer, aunque aprobar su materia podía convertirse en un martirologio. Pasional, se brindaba todo, pero exigía en la misma medida.  

Aquél relato histriónico que nos enmudeció a la espera del imprevisible desenlace quedó inmortalizado en las páginas de la revista Oficios Terrestres (2007). “Mientras caminaba hacia él (Walsh), la marcha se volvió cada vez más lenta y mis zapatos a cargarse de plomo. Entre tanto, la estatura del hombre del saco tweed comenzaba a crecer desmesuradamente, cada vez se tornaba más grande y cuando estuve a escasos cinco pasos su tamaño superaba holgadamente los tres metros y seguía creciendo, era un gigante enorme y el discurso que traía preparado comenzó a borrarse precipitadamente. Una suerte de vergüenza e impotencia me hizo detener a escasos tres pasos, me agaché y fingí atarme los cordones, no me atreví a levantar la mirada, supuse que su estatura ya debía estar tocando el cielorraso. Di media vuelta y prolijamente envuelto en el pudor que me embargaba me encaminé hacia la salida. En una mesa de un café vecino a Noticias me dije todos los insultos hirientes que conocía. Esta fue la única y última vez que lo vi”.

Muchos años después, en su paso por el exilio mexicano, Malharro le comentó el episodio a Miguel Bonasso, que había sido director de Walsh en Noticias. “¿Gigante? Medía aproximadamente un metro sesenta y cinco, sesenta y ocho. No más. Tal vez lo que viste fue la otra estatura de Rodolfo Walsh”, le respondió el autor de Recuerdo de la muerte.

Conocí a Martín Malharro hace unos años en La Plata, cuando viajaba cada quince días para cursar la Maestría de Periodismo y Medios de Comunicación. Él tenía a su cargo la materia Taller de Investigación en Periodismo Político, que nosotros abreviábamos como Periodismo de Investigación. En su primera clase nos habló de Rodolfo Walsh, de Roberto Payro, de Esteban Echeverría, de José Hernández, de Sarmiento. Estaba convencido –y así lo escribió en su libro “Historia del Periodismo de Denuncia y de Investigación en la Argentina. De La Gazeta a Operación Masacre (1810-1957)”, en coautoría con Diana López Gijsberts- que había una rica tradición en el país en torno a la denuncia periodística, pero que sin duda Operación Masacre era la bisagra, el libro fundacional.

Rigor y talento, realidad y ficción, periodismo y literatura. Lo fascinaba la capacidad de Walsh para convertir en relato los hechos duros y puros de la realidad. Compartía con el autor de Caso Satanowsky la pasión por la literatura policial. La última vez que lo vi, el verano pasado, fue en Araza, un pueblito de pescadores de Brasil, donde todos los años alquilaba un departamentito ubicado en las alturas de un pequeño morro. “Nosotros paramos en la Villa 31”, me dijo, irónico, para diferenciarse de otros vecinos argentinos que tenían sus viviendas ubicadas sobre la playa. Frente a un ventanal que daba a un balcón por donde se colaba la brisa del mar con las voces etéreas de los pescadores, esparcidos desordenadamente sobre dos viejos sillones, sobresalían entre boyas, riles, atados de cigarrillos, papeles  y libros sobre la década del ´70, los cuatro tomos de las obras completas de Arthur Conan Doyle.

Un día le llevé a clase, de regalo, mi libro “Las cuatro muertes de Nora Dalmasso”. Se lo entregué con pudor, sin ninguna vanidad, con la ilusión de sumar una opinión calificada sobre mi tarea periodística. Fue el comienzo de una hermosa amistad. Me contó que había seguido el caso por televisión, como la mayoría de los argentinos, y estaba convencido de que había gato encerrado. Hablábamos en los pasillos y en el aula sobre las distintas hipótesis en torno al crimen. Un par de clases más tarde, se acercó a mi pupitre y, sin mediar palabra, me dejó un libro envuelto en un sobre. Era Calibre.45, el segundo relato de su saga policial. Lo devoré esa misma noche en el ómnibus que me llevó de Retiro a Río Cuarto. Después leí Carne seca y Banco de niebla, que completan la “trilogía del Británico”, una obra magnífica, con personajes entrañables como Mariani, indisimulado alter ego del autor, capaz de reírse de sí mismo y develar los insondables misterios de los anticuarios de San Telmo, las traiciones amorosas de empresarios corruptos o los crímenes inconfesados de los genocidas.

En su taller de periodismo político, Malharro elegía un caso emblemático para investigar con sus alumnos. Ese año nos tocó el crimen de María Marta García Belsunce. Trabajamos en grupo, como verdaderos profesionales, buscando datos, cotejando hipótesis, haciendo entrevistas. En clase comentábamos los avances de cada grupo, compartiendo a regañadientes algunos datos, reservándonos los más importantes. Nos sentíamos protagonistas. El resultado de nuestra investigación fue un mamotreto de 120 páginas, escrito con el apuro del cierre –la fecha de entrega era inamovible-, paciencia de artesanos –todo debía estar debidamente chequeado y documentado- y pasión de periodistas. Malharro nos puso un nueve y escribió en su escueta devolución que el trabajo estaba listo para su publicación. Fue el mayor premio al esfuerzo. A esa altura del cursado ya sabíamos que entre los mandamientos malharristas estaba la prohibición del diez.

Martín Malharro era mi director de tesis. Un día le comenté, en uno de los obligados intervalos que hacía en clase para fumar en el pasillo, que estaba trabajando sobre la vida de Jorge Ricardo Masetti. “El Comandante Segundo”, me dijo casi instintivamente. Esbozó esa sonrisa irónica, pícara, tan porteña, tan argentina, mientras daba una pitada al cigarrillo. Me miró con gesto cómplice. “Tengo un amigo que estuvo en el monte con él”, me dijo.  Al poco tiempo me invitó, junto a mi familia, a comer un asado a su casa de Unquillo, en las sierras de Córdoba. Me esperaba con el asado… y con el sobreviviente del Ejército Guerrillero del Pueblo, el hombre que había estado en la guerrilla de Masetti. Esa entrevista “forzada” –fue una verdadera celada- me obligó a retomar mi investigación sobre Masetti.

Cuando estaba terminando de cursar, le pedí en El Británico –dónde más- que fuera mi director de tesis. Malharro se entusiasmó tanto con la idea que él parecía el tesista. “Va a ser una gran tesis, un gran libro”, aventuró. Desde entonces compartimos cada novedad, cada dato, cada hipótesis de trabajo. Aportó nombres, documentos, recuerdos.

A mi regreso de Cuba, donde viajé para profundizar mi investigación sobre Masetti, le traje una caja de habanos Cohiba. Se emocionó como un niño. “Estos son los que fuma Fidel”, me dijo mientras olfateaba los puros. Charlamos largo y tendido sobre mi viaje  y los avances de la tesis. Pero, por primera vez, también me contó sobre sus proyectos. Había terminado una nueva novela policial –que llamaba, en forma cómplice, el “caso Dalmasso”- y había iniciado un trabajo periodístico de alto riesgo: entrevistar en la cárcel de Bouwer, en Córdoba, al represor Héctor Pedro Vergéz, alias Vargas, uno de los íconos más nefastos del terrorismo de Estado.

Cada encuentro con el genocida lo desgastaba. Buscaba una respuesta a tanta maldad, a tanto cinismo. Buscaba, a tientas y a riesgo de su propia salud mental, develar el misterio de la condición humana, el secreto de la maldad, los pliegues del terror.

La muerte lo sorprendió, inesperadamente, el lunes 11 de mayo, en su departamento de San Telmo. Desde entonces, su figura, como la de Walsh, no deja de crecer.

Hernán Vaca Narvaja
- Director -