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De jefe de Policía a custodio de la FIEL
El fútbol da revancha
Por | Fotografía: Internet
Foto: El otrora poderoso comisario Frías se ocupa de cuidar a la barra brava de Talleres.
Ramón Frías renunció a la jefatura de la Policía de Córdoba cuando explotó el “narcoescándalo”. Siguió operando en las sombras para que Julio César Suárez escalara hasta el máximo cargo en la fuerza. Denunciado por amenazas e imputado por abuso de autoridad, ahora asesora Club Atlético Talleres y se ocupa de la barrabrava
Publicada el en Crónicas

Apenas 10 meses duró la experiencia de Ramón Ángel Frías como máxima figura de la policía cordobesa, los que pasaron desde el Día de los Inocentes de 2012, cuando el gobernador José Manuel De la Sota lo mandó a la cancha con el objetivo de poner “mano dura” en la lucha contra el delito, y el estallido del “narcoescándalo”, que lo dejó fuera de juego el 13 de septiembre de 2013.

La investigación por presuntos vínculos de la Policía de Córdoba con el negocio del tráfico de drogas que llevó adelante el fiscal Enrique Senestrari lo metió contra un arco y finalmente se lo llevó puesto. Acorralado por las sospechas, Frías renunció en forma “indeclinable”, igual que su enemigo íntimo Alejo Paredes, el ministro de Seguridad al que en sus fantasías imaginaba suceder. “Es necesario preservar a la institución policial de la disputa política que se pretende instalar”, argumentó al leer el texto de su dimisión.

De poco le sirvieron sus buenas migajas con el poder político de turno y el padrinazgo de Oscar González, quien varias veces lo salvó de integrar las listas de retiros involuntarios que cada tanto armaba el ministro Paredes. “Si estamos unidos, es difícil que nos puedan derrotar", fue la llamativa expresión con la que, ya despojado de todo formalismo, Frías se despidió de su tropa a través de la frecuencia radial de la fuerza.

La gestión de Frías en la Jefatura de Policía no estuvo exenta de polémicas. Conocedores del complejo entramado del mundo de los uniformados hacen mención, entre otras cosas, a gastos suntuosos, designaciones por amiguismo, instauración de pagos en negro y otras prebendas como la liquidación en mano de adicionales al personal que custodia los espectáculos públicos (conocido como “la chispa” en la jerga de los uniformados) y alguna que otra acusación en su contra cajoneada en el Tribunal de Conducta Policial.

Más conocida es la denuncia por amenazas que le realizó un testigo protegido en una causa de lesa humanidad en la que se investiga el accionar del D2 ("Seguí con esta actitud y vas a tener el mismo fin que tu papá", le dijo al comisario retirado Julio Giménez, hijo del gremialista pastelero Alberto Giménez, asesinado en 1976).

Párrafo aparte merece aquel tristemente célebre discurso que pronunció en el sepelio del oficial principal Juan Alós, ex integrante de la División de Drogas Peligrosas: "La difamación, la injuria y las mentiras le quitaron la vida. Hace poco tiempo el papa Francisco condenó las habladurías y el hablar mal de los demás. Algunos no piensan que hieren más las falsas acusaciones que las balas".

Tres meses después del pase a retiro, y cuando todavía no se habían acallado los ecos del alzamiento policial y los saqueos que conmocionaron a los cordobeses, Frías se reunió con un grupo de ex subordinados –incluido el actual mandamás de la fuerza, Julio César Suárez- en una cena que tuvo como escenario una confitería de Villa Carlos Paz, y que concluyó con un brindis y otra frase de antología: “El lunes ustedes van a ser jefes gracias a mí”.

Horas más tarde se confirmarían las salidas de César Almada y Alejandra Monteoliva, los fugaces sucesores del propio Frías y del ex ministro Paredes.

Por un buen tiempo no se sabría mucho más de él. Hasta septiembre de 2014, cuando el fiscal Anticorrupción, Gustavo Hidalgo, lo imputó por abuso de autoridad en una causa abierta por presunta sobrefacturación en la compra de repuestos para la refacción de móviles de la fuerza. “Son temas judiciales de los cuales yo no opino”, fue la escueta manifestación pública del gobernador De la Sota.

LA REFUNDACIÓN

Andrés Fassi prometió la “refundación de Talleres” cuando, a fines del año pasado, asumió como flamante presidente de la centenaria institución del fútbol cordobés. Ya lejos de aquel tímido muchacho que descubrió el mundo de la pelota trabajando como preparador físico del Club Atlético Belgrano, el histórico rival de la “T”, este hombre de gesto presuntuoso y palabras grandilocuentes venía pregonando desde hace rato la instauración del “modelo Pachuca” como la cura de todos los males para la entidad de barrio Jardín.

Pachuca es el club que Fassi y Jesús Martínez, un ex vendedor de hamburguesas devenido en poderoso empresario futbolístico, sacaron del ostracismo a partir de los buenos contactos políticos y económicos que supieron forjar en tierras aztecas. El multimillonario polirubro Carlos Slim es, desde hace un par de años, el tercero en concordia.

La reestructuración de lo que él llama “fuerzas básicas” (traducido al criollo, divisiones menores) y el rearmado del plantel profesional fueron prioridades en el inicio de la gestión Fassi, “blindada” desde el vamos por el estrecho vínculo (y un largo historial de intercambio de favores, en algunos casos) de su máxima autoridad con las gerencias de los medios de comunicación más poderosos de Córdoba.

El dirigente también puede jactarse de su buena llegada al gobierno provincial, al sector más influyente del empresariado local y a otros grupos de poder, como la Iglesia Católica y el Opus Dei. Jorge Lawson, ministro de Comunicación Pública y Desarrollo Estratégico, nieto de Thomas, el primer presidente de Talleres, y llamativamente hermano de Gustavo, el candidato que Fassi debió enfrentar para validar sus pretensiones de conducir al club de sus amores el 16 de noviembre del año pasado, es el nexo entre el titular de la institución albiazul y el poder político provincial.             

Desde que Fassi tomó las riendas, en Talleres todo parece estar bajo control. Puso gente de su confianza en todos los estamentos del club, reforzó las normas de vigilancia y hasta hizo elaborar un puntilloso “Código de Conducta del Hincha”, de pretendida validez y aplicación para “toda persona que desee asistir a un estadio en el que el Club Atlético Talleres participe de local o de visitante”, que fue objetado en la Justicia a través de un pedido de hábeas corpus colectivo presentado por el particular Jorge Chudnobsky, socio vitalicio de la entidad albiazul. No conforme con eso, Fassi instruyó al Departamento de Prensa de la institución para que confeccione una sugestiva encuesta a periodistas, donde se los interrogó sobre el uso de fuentes, valores, criterios y metodología de trabajo e identificación profesional con otros colegas cordobeses, además de indagarlos sobre cuestiones de este tenor: “¿Existe en su medio alguna normativa sobre los modos de relación que debe tener con los clubes?” o “¿su medio tiene alguna política institucional respecto a los regalos que un club podría enviar a sus periodistas?”.

Pero hay un tema que desvela -inclusive más que el ascenso a la B Nacional- al hombre que, envalentonado por el contundente mandato de las urnas, se animó a declarar que su club será la envidia de Boca y River, y que tiene nombre propio: La Fiel. “La relación que tenemos con ellos es la misma que existe con los otros 22 mil socios del club”, sostuvo meses atrás en alusión a la facción de la barrabrava que, apadrinada por el entonces entrenador Humberto Grondona y protegida por la estructura de seguridad que encabezaba el ex jefe policial Carlos Góngora, consolidó su predominio en las tribunas de la “T” entre 2008 y 2009, durante el gerenciamiento que lideró el enigmático empresario argentino-mejicano Carlos Ahumada Kurtz.  

 FÓRMULA REPETIDA

Ahumada Kurtz y el ex comisario Góngora siguen formando un tándem implacable, pero ahora embanderados con los colores verde y blanco del Club Sportivo Estudiantes de San Luis. La Fiel, en cambio, sigue firme en barrio Jardín, alternando entre las recurrentes conductas que la ubican cada tanto en las crónicas policiales y la búsqueda de oportunidades que brindan la cercanía a los poderes de turno y/o las necesidades del mejor postor. “Queremos integrarlos en un marco de diálogo y respeto”, declama Fassi cada vez que le consultan sobre el marco en el que se imagina su convivencia con “los muchachos del tablón”.

Tibios amagues, gestos adustos, distancia prudencial: el round de estudio entre el nuevo presidente de Talleres y la Fiel ya lleva varios meses, y todavía nadie sabe a ciencia cierta si alguno de los dos se animará a sacar la primera mano o si optarán por encaminar la puja hacia un conveniente empate en las tarjetas.

Mientras tanto, el ex jefe policial Ramón Frías, en su carácter de flamante “asesor en materia de seguridad” de la entidad albiazul, supervisa el match desde una oficina cercana a la estratégica sede “tallarín”, ubicada al frente del Cabildo y de la Plaza San Martín. En los pasillos del edificio de Rosario de Santa Fe 11, donde reluce en las vitrinas la Copa Conmebol que aquel equipo dirigido por Ricardo Gareca levantó en 1999, se comenta que el polémico ex mandamás de la policía cordobesa llegó a la “T” a través de una especie de casting que, con la participación de entre cinco y seis postulantes, realizó la consultora que maneja un integrante de la actual conducción del club. Otros mencionan como nexo a Miguel Cavatorta, el responsable de Comunicación elegido por Fassi, quien habría asesorado en algunos asuntos al otrora hombre fuerte de la estructura policial y hoy también asesor de los Casinos de Mendoza en la materia que es su especialidad.      

“¿Por qué elegimos sumar a Frías? Por su gran experiencia en el tema seguridad, y por sus enormes cualidades éticas y morales”, fue la respuesta del presidente de Talleres cuando le consultaron sobre su flamante incorporación.

“No se muestra en público, ni en la sede, ni en los entrenamientos, ni en los partidos. Obviamente va a la cancha cuando juega Talleres, pero se queda en una cabina o en el palco del Kempes. En ningún momento se lo ve dando órdenes o haciendo alarde de autoridad”, testimonió sobre las nuevas actividades de Frías el periodista Javier Flores, quien cubre la actividad de la “T” para el diario La Voz del Interior.  

Al menos en el plano formal, Talleres mantiene la misma estructura en el área de seguridad que mantenía en los últimos años, aunque ahora funciona como Departamento y tiene como encargado a Pablo Álvarez, un estrecho allegado a Fassi que años atrás supo hacer experiencia en el periodismo deportivo cordobés. Un poco más relegado en la pirámide de poder quedó el ex comisario Víctor Bustos, quien viene trabajando en el club desde hace 17 años, con un breve paréntesis durante la etapa de Ahumada y Góngora, en el que fue desplazado de sus funciones.

Aunque suele participar en las reuniones del Consejo de Seguridad Deportiva de la Provincia (Cosedepro), en las que se definen las cuestiones “finas” inherentes a los operativos policiales en los partidos de fútbol, Frías no participa en las decisiones que tienen que ver con el “día a día” de Talleres. Más allá de su cercanía con la actual cúpula policial –que le cobra al club alrededor de 150 mil pesos por partido por la contratación de adicionales-, y de mantener influencia directa sobre gran parte de la tropa, Frías fue contratado por Fassi con una misión excluyente, que no es otra que controlar a la Fiel, el motivo de su desvelo.

Hugo Caric
- Periodista -