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La increíble historia del comisario Julio César Giménez
Un culatazo a la lucha por la verdad
Por | Fotografía: Archivo Télam.
Foto: Giménez llevó su caso a las máximas autoridades de Derechos Humanos de la Nación.
Julio César Giménez, comisario retirado, hijo de un gremialista asesinado por el D2, consagró su vida y su carrera a investigar aquel homicidio, mendazmente adjudicado a Montoneros. Pese a tener custodia, un desconocido lo sorprendió a pasos de su vivienda, lo hirió con el caño de una 9 milímetros y le gritó: “¡Esto te pasa por zurdo y traidor!”
Publicada el en Crónicas

Julio espera. Paciente. Lleva 39 años haciéndolo. Mirá si no va a aguantar. Y mientras espera, la verdad avanza. Su verdad. La verdad sobre la vida y la muerte de su padre, Alberto César Giménez, aquel corpulento gremialista del Sindicato de Pasteleros, uno de los tantos dirigentes combativos que formaban parte de la vanguardia cordobesa junto con exponentes de la talla de Agustín Tosco, Atilio López y René Salamanca.

En esa espera, paciente y convencida, Julio César Giménez tiene en claro que los caminos no le serán fáciles. La última demostración de la aridez de su lucha la vivió el sábado 6 de junio, cuando salía de su casa en Alta Córdoba para ir a buscar a su esposa. Fue sorprendido por un desconocido que esperó el recambio de la custodia de la Policía Federal, se le acercó sin que se diera cuenta y le pegó un culatazo en la cara, gritándole: "Esto te pasa por zurdo y traidor". A la sorpresa le siguió un corte sangrante en la nariz y la ceja.

Giménez padre fue asesinado el 26 de febrero de 1976, en pleno centro de una Córdoba asolada por el Comando Libertadores de América, grupo parapolicial que desde hacía tiempo venía haciendo de manera casi “artesanal” lo que sólo un mes más tarde haría la dictadura de forma sistemática.

Uno de sus objetivos claros era este hombre, de casi dos metros de estatura y 150 kilos, quien desde fines del ’75, a causa de su militancia, había tenido que huir de los lugares que frecuentaba, abandonar a su mujer y a su pequeño hijo de 11 años, y refugiarse en una anónima habitación del Hotel Ritz.

El “Oso”, como se lo conocía, cometió esa calurosa noche el error de confiarse. Abandonó su guarida por unos minutos para caminar media cuadra y comprar unas frutas en un puesto callejero de la equina de Paraná y San Jerónimo. Pero lo tenían marcado, y lo estaban esperando.

Un Citroën 3CV color naranja pasó raudamente con su capota abierta. Alguien se asomó lo suficiente para sostener y accionar una escopeta. El grueso proyectil calibre 12/70 le perforó la humanidad por la espalda.

Relatan los diarios de la época que dos personas que acompañaban a Giménez “intentaron socorrer al caído”. Pero no alcanzaron a acercarse cuando irrumpieron “otros pistoleros que se habían apostado en un Ford Falcon, estacionado en Paraná al 110 en contramano”. La edición de La Voz del Interior de aquella mañana agrega que “este coche se desplazó velozmente e interceptó el paso de los dos hombres. Luego de una rápida escaramuza, continuaron la fuga de sus cómplices por San Jerónimo”.

La noticia de la muerte de Giménez causó conmoción nacional, y días después hasta fue reflejada por algunos diarios mejicanos, donde se encontraba exiliado el ex gobernador cordobés Ricardo Obregón Cano. La CGT decretó paro general y las 62 Organizaciones emitieron un duro comunicado repudiando el crimen. La intervención que gobernaba Córdoba no tardó en adjudicar esta muerte a la agrupación Montoneros.

Con esa media verdad transcurrió su vida aquel niño que vio a multitudes desfilar por su propia casa, donde velaban a su padre, querido y reconocido por centenares y centenares de militantes. Había muerto el Oso. Pocos presumían en ese momento que aún morirían muchos más.

Esto lo sabía con total claridad un misterioso capitán del Ejército, “fornido, de cara ancha, con el cabello rubio engominado hacia atrás”, quien se presentó con impecable traje en las exequias de Giménez. Se acercó al muchacho que lloraba junto al cajón de su padre y le dijo: “Quedate tranquilo, nene. Somos del mismo palo que tu papá y estamos acá para asegurarnos que no le pase nada a la familia”.

Ese rostro quedó grabado en su memoria de niño. Recién 15 años más tarde conseguiría unir esas facciones con el rostro que aparecía en la contratapa de un libro escrito por un militar que participó de la represión. “Yo fui Vargas”, era el título, y la foto del autor, el capitán Héctor Vergez, coincidía con el misterioso rostro del sepelio.

Vivir para buscar

Hace exactamente 32 años que Julio César Giménez decidió ingresar a la Policía de Córdoba. Juró armarse de toda la paciencia y la discreción necesarias para –desde adentro- desempolvar los archivos, rescatar los sumarios, investigar las conexiones, y reunirse con amigos y compañeros de su padre, mientras en simultáneo desarrollaba una brillante carrera en la fuerza policial, que lo condujo hasta el rango de comisario.

Pero Julio nunca dejó de buscar. Desde el día de la muerte se juró averiguar quiénes fueron los autores. Y fue así como terminó arribando a la conclusión de que a su padre no lo había asesinado Montoneros ni la interna sindical, como tantas veces le habían dicho, sino que se trató de una de las tantas víctimas del D2 y del Comando Libertadores de América.

En mayo de 2007, luego de un largo recorrido que hasta el momento le lleva insumida su vida, tomó finalmente el coraje necesario y presentó sus hallazgos y conclusiones ante la Fiscalía Federal N°3, a cargo de la investigación de delitos de lesa humanidad. La pista de la D2 aparecía más nítida que nunca. Los asesinos de su padre habían sido los miembros de la propia fuerza que él integraba.

Muy probablemente sea la Policía de Córdoba uno de los órganos del Estado donde aún no se han terminado de depurar los resabios de una cultura heredada de la dictadura. De allí las enemistades que cosechó el comisario Giménez, materializadas de diversas formas: traslados compulsivos, baja ostensible en las calificaciones, pase a retiro cuasi forzoso, y una categórica amenaza que aún retumba en sus oídos: "Si seguís con esto vas a terminar como tu viejo".

Quien se la formuló no fue otro que el cuestionado comisario general Ramón Ángel Frías, en momentos en que se desempeñaba como jefe de las Departamentales Sur y era jerárquico directo de su destinatario, que había ido por ayuda y lo escuchaba atónito en el despacho del superior.

Con el pase a retiro y la jubilación hechas realidad, para Giménez se preanunciaba una etapa en la que se podría sentir libre para terminar de dar la batalla final de su vida, por la memoria de su viejo. Se acercó a los organismos de derechos humanos, comenzó a participar en la formación del sindicato de Policías y Penitenciarios (algo que enerva a los jerárquicos), y también venció los miedos para concurrir a la primera audiencia de la Megacausa en la que se están juzgando las atrocidades cometidas por la dictadura en La Perla. A esa causa se le unificaron otras que incluían los delitos cometidos en otros campos de concentración que funcionaron en Córdoba, así como los perpetrados por la D2 y el Comando Libertadores de América, todos antes de que estallara el golpe del 24 de marzo. Entre ellas, la causa por el crimen del Oso Giménez.

Y allí se lo vio a Julio el 4 de diciembre de 2012, con los ojos vidriosos, acompañado por su hijo de 12 años, portando una pancarta con el rostro del gremialista asesinado, reclamando justicia codo a codo con tantas otras víctimas de aquella tragedia.

Entonces volvieron las amenazas. Y los mensajes. Y las visitas “sospechosas” a su domicilio, algunas de las cuales fueron fotografiadas por el destinatario de los aprietes, material que fue puesto a disposición de la fiscalía y que motivó que le instalaran una guardia a cargo de la Policía Federal.

Esa guardia fue la que un sábado de junio inexplicablemente se relajó. Esa falta de protección -casual o deliberada, no lo sabremos- fue la que permitió que se le acercara ese desconocido, que lo golpeara con una 9 milímetros en la cara, y que le escupiera ese mensaje de odio y venganza. “¡Esto te pasa por zurdo y traidor!”.

El golpe certero con el cañón de la 9 milímetros, la fiel perra manto negro que sale en defensa del atacado y pone en fuga al delincuente que corre y se sube a una moto que lo esperaba en la esquina.

Detrás de sí dejaba un mensaje cobarde. Una señal de que todavía la historia del Oso se sigue escribiendo. Un intento por amedrentar y silenciar al hombre al que le va la vida en esta cuestión. Una vana pretensión de que Julio César Giménez, el comisario, el hijo del Oso, el pibe que habló con Vergez en el sepelio de su padre, el muchacho que ingresó a la Policía para investigar este crimen, abandone alguna vez esa lucha silenciosa que emprendió un 26 de enero, hace 39 años, y que se encuentra a punto de coronar.

Adolfo Ruiz
- Periodista -