Toda pareja añeja tiene sus pequeños pactos, acuerdos elementales que prolongan la salud matrimonial. Por citar un caso célebre, Juan Filloy, el faro de las letras riocuartenses, había cultivado junto a su esposa Paulina un hábito naif que –decía- le permitió surfear todas las tormentas. Consistía en pronunciar en voz alta la palabra “Stop” cada vez que una discusión se desmadraba. El pacto, confiaba Don Juan, era simple: cada vez que alguno de los dos decía “stop” el otro inmediatamente debía callar y así la discusión cesaba.
En mi caso, el acuerdo con mi compañera Eliana es que cada vez que viajamos a Buenos Aires, en las primeras horas de estadía cada uno toma su rumbo y así evitamos reproches mutuos. Aunque ninguno de los dos comenta el rumbo, el periplo siempre es el mismo: ella se interna con fruición en el romerío de Once, yo repaso como ratón de biblioteca las mesas de saldo de las librerías de calle Corrientes.
No llevo más de media hora en ese plan cuando ya tengo en mis manos el primer tesoro: un ejemplar de Santa Evita, de Tomás Eloy Martínez.
Desde que se lanzó en 1995, Santa Evita se tradujo a más de treinta idiomas y no paró de reeditarse. La edición de páginas teñidas de sepia que cayó en mis manos (a un precio que no revelaré para no despertar envidias) es esa que tiene sobreimpresas las letras del título y la imagen de Evita dibujada con rasgos de estampita por Mario Blanco.
Apenas salgo de la librería Dickens, saco de la bolsa el ejemplar y tras unos segundos de duda, empiezo a hojearlo con cautela, en medio del riachuelo de rostros anónimos. Es que las veredas de la ciudad capitaneada por el primo de Mauricio Macri no son hoy un escenario amigable para los mitos populares. Hay que andarse con cuidado.
Sin ir más lejos, hace sólo un puñado de meses una misteriosa orden de las altas esferas dejó a oscuras el monumento a Evita que el artista Daniel Santoro emplazó en el viejo edificio del Ministerio de Desarrollo Social. ¿Se acuerdan? Fue la tozudez de los trabajadores de Luz y Fuerza la que lavó la afrenta y consiguió que el monumento a Evita volviera a iluminar el paisaje porteño en la Avenida 9 de Julio. Pero de algo no hay duda: a 72 años de su muerte, Evita sigue concitando pasiones antagónicas.
Con cautela, decía, abro el ejemplar y leo:
Al despertar de un desmayo que duró más de tres días, Evita tuvo al fin la certeza de que iba a morir. Se le habían disipado ya las atroces punzadas en el vientre y el cuerpo estaba de nuevo limpio, a solas consigo mismo, en una beatitud sin tiempo y sin lugar.
No sé cuánto tiempo Tomás Eloy Martínez habrá estado cincelando la frase perfecta. Sabemos sí que terminar la novela le llevó años de reescritura hasta que acertó con el tono. Lo confió en una de sus inolvidables columnas Juan Forn. Evocó que después de que el autor se radicara en New Jersey, decidió incluirse como uno de los personajes de la novela, y a partir de allí el texto empezó a tomar vuelo.
Uno de los anticipos de la novela que Forn leyó, en su rol de editor de Planeta, narra la estremecedora escena en la que una niña juega con el cadáver de Evita, convencida de que es una muñeca. “Me acuerdo en particular de la historia del Chino Astorga (el proyeccionista del cine Rialto que deja a su hija jugar con esa muñeca que bautiza La Pupé y que en realidad es el cadáver embalsamado de Eva, oculto por unos meses en la cabina de proyección de ese cine de barrio)”, dice Forn.
¿Se trata de una escena real o es pura invención? Más allá de que esa escena puntual aparece documentada como un hecho cierto, la pregunta que aflora desde el comienzo de Santa Evita se vuelve irrelevante con el correr de las páginas. Sólo serán cuatro días en Buenos Aires, pero definitivamente la estadía va a estar teñida de la historia de ese coronel que termina hechizado por el cuerpo que le encomendaron hacer desaparecer.
Cumplido al pie de la letra el pacto de convivencia, el resto de los paseos con mi compañera los hacemos juntos. Casi al final del periplo, me propone visitar el cementerio de La Recoleta. Ninguno de los dos sabe que vamos hacia el momento epifánico del viaje.
Para mi sorpresa (disculpen los profes de Historia), ignoraba que el cuerpo de Evita descansa ahí. Tras seguir un par de carteles damos con el panteón que, en plena tarde porteña, está custodiado por una misteriosa mujercita que no sobrepasa el metro cuarenta. La remera holgada con el rostro de Evita le cuelga como una túnica y sus labios están sellados hasta que escucha el comentario que una señora le hace a su amiga:
-¿Sabías que cuando se murió mi mamá no le pudimos comprar flores porque todas las que había la gente se las había llevado a Eva, que había muerto por esos días?
Como si hubiese estado esperando el momento adecuado para recitar su parlamento, la viejita se enderezó y con gesto admonitorio le retrucó: “No se equivoque señora, ese día Evita no murió, ese fue el día en que pasó a la inmortalidad”.
Igual que el mito, a tres décadas de su publicación, Santa Evita sigue con sus signos vitales intactos.
Santa Evita. Tomás Eloy Martínez.
Editorial Planeta, Buenos Aires, 1995.