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Crónicas en claroscuro
Viaje hacia un lejano penal
Foto: Poco antes del traslado en avión de prisioneros riojanos habían asesinado a Monseñor Angelelli.
El 4 de octubre de 1976 un avión Hércules se convirtió en ámbito de tormento a 62 presos políticos, trasladados hasta el penal de Sierra Chica, provincia de Buenos Aires. Ese viaje es parte del proceso que se ventila por estos días en el Megajuicio de La Rioja.
Publicada el en Crónicas

La represión en La Rioja produjo efemérides, que se incentivan en determinadas circunstancias. Por caso, el 4 de octubre de 1976 un avión Hércules se convirtió en ámbito de tormento a 62 presos políticos, trasladados hasta el penal de Sierra Chica, provincia de Buenos Aires; 39 años después, se desarrolla la audiencia oral y pública en la que se juzga a procesados por delitos de lesa humanidad, en una trama perversa de la que fue parte aquel viaje infernal.

Los testimonios permiten la reconstrucción del episodio, por la persistencia del recuerdo, con la palabra hablada y escrita, elaborada por quienes integramos el cotingente engrillados de pies y manos. El relato desde el caracú de los hechos, cuenta con el aporte esencial de un testigo extramuros: Jorge Mercado Luna, narrador de Sierra Chica está muy lejos, texto incluido en el libro Cuentos Verídicos. Con la combinación de ambas fuentes, surge la crónica en homenaje a los compañeros que padecieron la salvajada y los familiares que padecieron la angustia de la incertidumbre.

El domingo 3 de octubre de 1976, el hermetismo oficial tuvo una hendija por la que se filtró la información, que llegó a oídos de parientes de detenidos en el Instituto de Rehabilitación Social de La Rioja. Al día siguiente iba a producirse el primer traslado de prisioneros, hasta Sierra Chica, a unos 1.600 kilómetros de distancia. Hacía dos meses que el obispo Enrique Angelelli había sido asesinado. Su reemplazante, Cándido Rubiolo, atendió a los preocupados familiares en la catedral. Realizó un par de tibias llamadas telefónicas, como para quedar bien. Anunció que ni él ni el juez federal Roberto Catalán podían hacer nada para evitar lo dispuesto por el jefe del III Cuerpo de Ejército, Luciano Benjamín Menéndez, dueño de la vida y la muerte en el Área 314 del terrorismo de Estado.

A nosotros nos despertaron en la madrugada del 4 de octubre. Con el estilo de las órdenes apremiantes, indicaron que embolsáramos los elementos de aseo que guardábamos en las celdas. Salimos en fila, unos desde la planta alta y otros de la planta baja. Con prohibición de hablar entre nosotros, nos ubicaron en el salón que servía para recibir visitas y las misas a cargo del capellán Felipe Pelanda López. Intuimos un traslado, con destino desconocido. Alguien mencionó “las sierras de no sé qué”. La amansadora se hizo larga, con un mate cocido de por medio. Si había calma, se rompió con las voces imperativas, en escala con el grado militar de quienes las emitían. Por orden alfabético del apellido nos cargaron en dos ómnibus, color verde oliva, con las ventanillas tapadas. Lo que nosotros no vimos, lo revela Jorge Mercado Luna, hermano de Ricardo Mercado Luna, rehén de la dictadura.

La columna la encabezó el coronel Jorge Pedro Malagamba, a bordo de un jeep descapotado, con aire de marcha triunfal. Después, camiones con soldados pertrechados hasta los dientes, delante y detrás de los dos ómnibus que llevaban a los presidiarios. Un kilómetro antes del aeropuerto, los familiares fueron contenidos por un vallado intimidatorio. Eran unas 150 personas, que recibían las novedades de un vigía, que subido al techo de un automóvil, observaba el panorama con un catalejo. El Hércules, procedente de Catamarca, se posó en la pista. Por una compuerta posterior ingresamos los 62 riojanos, sin presentir la dimensión de lo que ocurriría en un aparato de la Fuerza Aérea Argentina.

Camino hacia el avión, anunciaron el maltrato sujetos con un casco identificatorio de la sigla SPF (Servicio Penitenciario Federal), que nos conminaban a no mirarlos, con garrote en alto. En el interior, nos encadenaron, sentados en el piso. La única mano libre que quedaba debía empujar la propia nuca hacia abajo. El sadismo condujo las permanentes acciones: sesiones de palazos, patadas y trompadas; el irónico canto de letras infantiles; la amenaza de arrojar cuerpos al vacío; el ambiente saturado por la expansión de artículos de tocador sacados del equipaje de los torturados y por los gritos disonantes.

Así hasta el punto de arribo, en jurisdicción de Tandil – Olavarría, con no menos de tres compañeros internados en la sala de auxilios del penal de Sierra Chica, inaugurado en 1882, para delincuentes de extrema peligrosidad, estructurado en forma panóptica, de 12 pabellones, con celdas de 3,75 metros de largo por 1,80 de ancho y 3,60 de alto, para dos presos, cama cucheta, inodoro, lavatorio, mesita pequeña y puerta ciega, con pasaplatos y ojito de buey. Afuera las duchas, a veces reemplazadas por manguerazos, siempre de agua fría.

Dice Jorge Mercado Luna: “Nadie hubiera imaginado a la abuela, con su poliartritis a cuestas, cambiando tres veces el ómnibus, desde La Rioja hasta Sierra Chica, para descender a varias cuadras de la cárcel, en plena noche, caminar sobre los escarchados pastitos de la banquina y esperar, a la intemperie, que aclare el día para comenzar los trámites a que eran sometidas las visitas, con vejatorias requisas incluidas”.

Lo que el viento se llevó es la civilización, según reflexiona un personaje de la clásica película. A las puertas de octubre de 2015, pienso que la dictadura causó el mismo efecto, con la aplicación del salvajismo opresor. Por fortuna, la mano de obra utilizada para fines ruines, hoy es juzgada de manera civilizada, señal de que el totalitarismo perdió la batalla principal.

Guillermo Alfieri
- Periodista -