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El backstage del Parque Ecológico Urbano de Río Cuarto
Foto: El Parque Ecológico Urbano de Río Cuarto alberga distintos animales, entre ellos el puma.
Cuando el bullicio cesa y las rejas se cierran, comienza otra vida en el Parque Ecológico Urbano de Río Cuarto: planificación, cuidado animal y decisiones que buscan garantizar el bienestar de cada especie. Un engranaje complejo que sostiene una misión más allá del esparcimiento de sus visitantes.
Publicada el en Crónicas

Sobre la ruta A005 hay un portón negro que invita cada fin de semana a dejar el ritmo convulsionado de la ciudad para sumergirse en una experiencia de contacto con la naturaleza. De un lado el ritmo apresurado, las notificaciones, el concreto; del otro, un sendero de tierra húmeda, plumas esparcidas y un aire espeso que huele a historia.

Pero el Parque Ecológico Urbano (PEU) también vive los lunes. Los martes. Vive cuando no hay aromas dulces flotando en el aire, cuando lo habitan sólo sus cuidadores, sus animales y reina el silencio. Detrás de esa postal serena y familiar existe un universo complejo, lleno de tensiones, decisiones difíciles y un pasado que no siempre fue idílico.

Desde 1992, el PEU funciona como un refugio de fauna silvestre rescatada, rehabilitada y, cuando es posible, reinsertada en su hábitat. En marzo de 2021, una denuncia en redes sociales tuvo gran repercusión. El usuario @ian_rodriguez5 publicó un hilo en la red social “X” –por entonces twitter-, en el que describía el estado en el que se encontraban los animales del predio. “Lo único que sucede ahí dentro es maltrato animal, no hay ningún tipo de limpieza, no les dan agua, los yuyos altísimos”, advertía. Además, aseguraba que las palomas rescatadas eran dadas como alimento a los pumas e identificó como responsable directo de esta situación a quien en ese entonces era encargado de la dirección del parque: el ex defensor del pueblo, Eduardo “Lalo” Mugnaini.

 

La naturaleza impone leyes estrictas, donde la supervivencia se basa en la resistencia y adaptación del más fuerte. ¿Qué pasa cuando esto se traslada al trabajo de quienes se dedican a la rehabilitación de los animales? Muchas tareas dedicadas a la preservación de las especies para su posterior liberación son complejas, incluso para quienes están capacitados para realizarlas. Una de ellas está relacionada con la alimentación de los animales carnívoros. Para cumplir esta labor se utilizan presas vivas. "La boa, por ejemplo, come presas vivas y tenés que dárselas", explica Miriam Rodríguez Salvatierra, ex coordinadora y actual trabajadora de la asociación. Este animal carece de visión y debe agilizar sus habilidades de caza a través de los movimientos de su presa. Sólo de esa manera es capaz de atraparla.  "Esa es la etapa que a mí no me gusta ver", confiesa, “pero un animal que debe ser liberado, tiene que saber sí o sí cazar".

Otro ejemplo de este complejo vínculo entre el instinto animal y la intervención humana está en la alimentación de los pumas. Cazadores por naturaleza, estos felinos requieren entre dos y cuatro kilos de carne por día para mantener una calidad de vida óptima. En el parque se les proporciona carne cruda, pero también presas vivas. El objetivo de esta práctica es estimular su conducta innata, fortalecer su salud física y mental, pero sobre todo, prepararlos para una esperada vida en libertad. La meta final siempre es su reinserción.

Aunque necesaria para animales que deben aprender a cazar, esta dinámica genera contradicciones internas en quienes aman a estos seres vivos. Sin embargo, según la voz de trabajadores del parque, la presa no suele sufrir gracias a la destreza del puma.  “Ataca al cuello y produce el corte”, explica Rodríguez Salvatierra. En algunos casos como el de felinos jóvenes o inexpertos, el ataque puede no ser tan certero, pero la ex coordinadora del parque recomienda no interferir: “si te metes, corres el riesgo de que te ataque”.

¿Quién decide qué animal sobrevive? En la naturaleza el depredador actúa según su instinto. No selecciona por preferencia a su presa, ésta es atacada por oportunidad. El hambre guía y su entorno dispone. Sin embargo, cuando el animal vive en cautiverio, se invierte esta lógica. La cadena alimenticia no se libra al azar sino por mediación humana.

Gestión Interna

Recorrer el predio del PEU implica observar la riqueza de su biodiversidad. A  metros de las aguas espejadas del Lago Villa Dalcar, un espacio que también es aprovechado para la recreación y el descanso, está el acceso. Allí, sobre una amplia vereda frente al pavimento que conduce a la ruta, todos los fines de semana las familias abandonan la comodidad de sus vehículos para ingresar en un ambiente donde el aroma envolvente del algodón de azúcar y el pan casero recién horneado impregnan sus sentidos.

Muchos aprovechan la circulación de gente esos días para instalar sus puestos de venta, que completan el paisaje del lugar. Entre los alambrados y recintos de madera conviven ovejas, carpinchos, cabras, ñandúes, conejos, entre otros animales. Carteles informativos invitan a los visitantes a conocer más sobre la naturaleza de las especies. Detrás de padres e hijos que alimentan a los animales, mientras comparten mates y construyen recuerdos, se oculta una compleja estructura organizacional.

 

La gestión interna no siempre fue igual. Durante mucho tiempo el trabajo se dividía en áreas específicas abocadas a tareas diferentes, como nutrición, educación, construcción y mantenimiento. Actualmente la estructura cambió hacia un modelo más centralizado en la figura de Viviana Yawny, quien ocupa el cargo de vicepresidenta, electa por votación de la asociación. Según Rodríguez Salvatierra, Yawny "es perfecta para gestionar, sabe muchísimo de manejo grupal”, pero podría necesitar una visión más enfocada en la etiología y el conocimiento profundo de los animales.

Desde 2022, bajo la gestión de Yawny, se implementaron cambios con el objetivo de mejorar la convivencia entre los animales y los visitantes, mediante nuevas formas de circulación. Para mayor tranquilidad de los animales, el ingreso al lugar sólo puede ser peatonal. Se limitó la permanencia frente a los recintos para que las especies que habitan el parque no atraviesen situaciones de estrés. También se reforzaron medidas ambientales como la prohibición de fumar dentro del predio. El último año, siete pumas fueron reinsertados en su hábitat natural y se construyó un nuevo pumario, un espacio diseñado para mejorar la calidad de vida de estos felinos silvestres.

 

La economía del PEU

Mantener con vida animales para luego liberarlos no es sencillo. Alimentar a una gran variedad de especies diferentes implica una inversión considerable que no se reduce a carne y vegetación. Se requieren medicamentos, tratamientos especializados y equipos veterinarios, que no siempre están al alcance. La necesidad de realizar radiografías, ecografías u otros estudios, obligan a la organización a contratar servicios externos. Así, el financiamiento se convierte en una preocupación constante.

En una casilla ubicada a un costado del ingreso, los voluntarios reciben a los visitantes. Cobran una tarifa de 4.000 pesos a los mayores de 12 años, mientras que los más pequeños pueden ingresar de manera gratuita. Allí también se ofrecen paquetes de alimento para los animales, lo que agudiza la experiencia de recorrer a pie los largos senderos y permite una conexión con la fauna que habita el lugar, mientras sirve de complemento a los ingresos económicos de la organización.

Yawny explica que se crían ciertos animales destinados al alimento de los carnívoros que habitan el recinto. A esto se le suman las donaciones de instituciones públicas y privadas, lo recaudado en visitas guiadas y un pequeño subsidio estatal, que resulta insuficiente. La Municipalidad también colabora al facilitar personal de cooperativas que hacen tareas de mantenimiento. Aun así, la economía del parque sigue siendo el principal desafío.

Los Orígenes

Para entender el presente del PEU hay que retroceder 33 años, cuando un grupo de guardafaunas sin espacio físico se enfrentaban a una problemática en crecimiento: los animales rescatados terminaban en un campo ubicado en aproximaciones al puente Islas Malvinas. Con el tiempo, ese refugio improvisado se convirtió en un microuniverso salvaje: monos, pumas y otras especies comenzaron a poblarlo. La urgencia de un lugar más digno para albergarlos se volvió una realidad.

Surgió entonces la idea de crear un parque ecológico. El director del grupo animalista, junto con miembros de la vecinal Villa Dalcar y el entonces intendente Antonio Benigno Rins, llegaron a un acuerdo: los voluntarios se encargarían del manejo de los animales mientras la vecinal haría la gestión administrativa, la alimentación de los animales y trabajaría en una reglamentación específica para el lugar, el predio ubicado al lado del lago. Rodríguez Salvatierra recuerda sus inicios como algo innovador: “Lo que se conocía en ese momento eran los zoológicos en donde el animal no era libre”. El PEU, en cambio, sería un lugar donde el animal no fuera un espectáculo, sino un ser vivo destinado a su recuperación.

 

A pesar de sinsabores y dificultades, el compromiso de quienes dedican su vida al PEU sigue siendo el motor que lo mantiene en pie. "Desde el principio dije esto es lo que quiero hacer, luchar por algo mejor, para que los animales estén mejor," dice con convicción Rodríguez Salvatierra.

Hoy más de 300 animales viven en el PEU entre senderos de tierra, jaulas adaptadas y árboles que son testigos mudos de historias de rescate.  Uno de ellos, un Ginkgo Biloba, se destaca cada otoño al vestir sus hojas de un dorado vibrante que atrapa la atención de los y las visitantes. Una pequeña estructura casera realizada con palos de madera unidos por cadenas lo protege del andar de posibles despistados. Un cartel lo identifica con su nombre popular: “el árbol de la vida”, llamado así por ser el primer árbol que brotó en Hiroshima tras la bomba atómica que arrasó con todo. No es casual su presencia: en un lugar que busca sanar lo que el hombre destruye, el Ginkgo es un símbolo de resiliencia.

Esta es la esencia del parque: no solo busca ser un refugio de animales sino un espacio de esperanza, aprendizaje y responsabilidad.

En estos tiempos en que la coexistencia entre seres humanos y el ecosistema parece cada vez más frágil, el PEU se erige como un escudo silencioso de resistencia. El esfuerzo anónimo y constante de los voluntarios busca reparar las cicatrices de la acción humana.  Cada decisión se mide con la vara del respeto por la vida silvestre. Equilibrar la pasión por la naturaleza, con las complejas realidades económicas, políticas y sociales son tareas del día a día para lograr que el parque pueda seguir siendo un verdadero refugio para la fauna regional.

Manuela Saavedra, Victoria García, Ana Salinas y Sofía Yaschelt
- Estudiantes de Periodismo -