La escena se repite, pero esta vez con el espanto ya anunciado. Finalmente Álvaro Aparicio dejó su celda en Bouwer, donde permaneció tres años, volvió a su tierra prometida, y no tardó nada en rearmar su maquinaria de manipulación. Es la segunda o tercera vez que lo hace. Quizás ya no debería sorprender.
A poco más de un año de haber recuperado la libertad —tras cumplir el plazo máximo de prisión preventiva sin condena— el autodenominado maestro "Sahú Ari Merek" vuelve a presentarse en sociedad con "conferencias magistrales sobre medicina egipcia".
Como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera víctimas clamando todavía por justicia e intentando reconstruir sus vidas. Como si la Justicia hubiera actuado como se debía. Como si el tiempo hubiera vuelto mágicamente atrás, a aquellos tiempos en que el Maestro era aquel ser intocable.
El campo en Traslasierra, con su pirámide y su silencio de piedra, vuelve a ser el epicentro de su prédica. El mismo lugar en el que, entre 2015 y 2020, un grupo de feligreses fue reducido a servidumbre, despojado de sus bienes, forzado a endeudarse y empujado a cortar vínculos con sus familias bajo la promesa de “trascender” una era apocalíptica.
Ese mismo espacio —que alguna vez fue escenario de torturas físicas, psicológicas y hasta sexuales— es hoy otra vez la renovada base de operaciones de una organización que nunca se disolvió del todo. Y que da todas las señales de haber resurgido.
La justicia que no llegó
Aparicio estuvo tres años preso sin condena. Lo contamos en este sitio. Su causa avanzó a paso de tortuga, atrapada en un laberinto judicial donde las idas y vueltas de jurisdicción, carátulas erróneas y estrategias dilatorias favorecieron al victimario y se ensañaron con las víctimas.

Primero fue investigado por ejercicio ilegal de la medicina; con él, cayeron también presas todas sus víctimas, como si hubieran sido cómplices. Dieciséis meses estuvieron presas, a disposición de la fiscal provincial Analía Gallaratto.
Sólo cuando el caso pasó al fuero federal y se interpretó que en realidad se estaba ante un flagrante caso de trata de personas, en las que sus coimputados eran en realidad sus víctimas, se lo imputó al “maestro” por trata de personas con fines de reducción a la servidumbre.
Prácticamente la investigación volvió a foja cero, pero ya se había consumido la mitad del tiempo que se disponía para una prisión preventiva. Tarde para cerrar la instrucción de una causa complicada en plazos medianamente razonables. Y así se vencieron los tres años, con una ley que es absolutamente clara: sin juicio, hay que dejarlo libre.
Las víctimas, las verdaderas víctimas, no fueron notificadas a tiempo sobre la excarcelación de Laura Cannes (la mujer de Aparicio, su mano derecha y beneficiaria del mismo aparato criminal), ni sobre los movimientos recientes de la causa.
Hoy, todas esas víctimas viven con miedo. Miedo a cruzarse a su agresor, miedo a que vuelva a arrastrar a otros a lo que ellas pasaron, y sobre todo, miedo a que nunca se haga justicia.
"Sabíamos que esto iba a pasar", dice una de las mujeres que integró la comunidad y logró salir, pero para ello debió padecer 16 meses tras las rejas en Bouwer. “Volvió a hacer lo mismo, sólo que ahora está más prolijo, más cuidado. Pero el método es igual: captar gente vulnerable, aislarla, usarla, exprimirla. Es un depredador, y la Justicia lo dejó libre".
Un nuevo ciclo
Con una estética esotérica más refinada y un discurso pseudoterapéutico reconfigurado para las redes sociales, Aparicio volvió a dar charlas en Córdoba y en Buenos Aires. La mayoría de los asistentes no sabe nada de su prontuario. Lo siguen por TikTok, por Instagram, por grupos de Telegram, por consejos de conocidos que juran haber "sanado" con sus enseñanzas.

Ya no es la Escuela Seshen, nombre bajo el cual desarrolló sus fechorías no mucho tiempo atrás. Ahora es @egiptoaprenderapensar. Desde allí promociona una masterclass sobre “pensamiento jeroglífico”, y convoca a sus conferencias de revelación. Un detalle: dos mil dólares el cursito, casi un “costo simbólico”, si de lo que se trata es de salvar el alma.
Detrás de esas "conferencias" ya se sabe que repite la vieja estrategia: la promesa de pertenencia, la venta de cursos escalonados con valores exorbitantes, la invitación a retiros espirituales en Traslasierra o a reuniones en Nueva Córdoba, la sugerencia de cortar lazos con familiares “tóxicos”, el llamado a vivir en comunidad. Es una red de captación que se expande en silencio mientras la causa sigue sin que la jueza Carolina Prado, a cargo del Tribunal Oral Federal 2 de Córdoba (secundada por Noel Costa y Fabián Asís) le ponga fecha al demorado juicio, proceso al cual Aparicio llegará (si es que llega) en libertad. La expectativa más realista que manejan los “tiempistas” de tribunales indica que no sería este año.
La bronca y el silencio
Las víctimas insisten en que el Estado tiene que hacerse cargo, no sólo del proceso judicial, sino del cuidado posterior. "Nosotras fuimos usadas y tiradas. Nadie se acercó a darnos ayuda, ni psicológica, ni económica, ni legal. Todo lo que conseguimos fue peleando. Y ahora tenemos que ver cómo este tipo reaparece como si nada, como si fuera un sabio, mientras a nosotras nos siguen preguntando si no éramos cómplices", dice otra de las mujeres que integró el grupo original.
Las querellas exigen que se revoque la libertad del manosanta. El riesgo era tan obvio que se terminó cumpliendo: el hombre volvió a sus prácticas, tan rentables por cierto. La figura de “peligrosidad procesal” —que alguna vez se debatió en abstracto— ahora toma forma con nombre y apellido. Pero nadie actúa.
Mientras tanto, Aparicio camina libre por las sierras, vuelve a predicar, vuelve a captar a sus desprevenidas audiencias. Carolina Cannes, ahora bajo el seudónimo de “Eva Bennu” (@eva.bennu.22), lo acompaña desde la misma casa en la que operaban antes.
También su hijo Máximo lo saluda con reverencia, comentando bajo el mismísimo artículo de Revista El Sur, republicado por un sitio armado por las víctimas para dar visibilidad al horror padecido. Pero ahí Máximo, con nombre y apellido, publica: “Baraká, querido Maestro, Ya estás en libertad. Que los dioses bendigan tu alma. Aún hay personas que te apoyan porque saben quién sos y por qué viniste al mundo. Y los que fueron en contra tuya con el karma se van a encontrar, y el alma de ellos al bajo astral irán”.

El muchacho nunca dejó el campo de Traslasierra, y según denunciaron las víctimas, también participa activamente de la reorganización, tal como se ve en su publicación. La misma estructura, con los mismos actores, repitiendo el mismo guion.
El regreso de Aparicio no es sólo el regreso de un hombre. Es el regreso de una maquinaria de abuso, impune y eficaz. Es el espejo de una Justicia que, por lenta y por tibia, ya no protege a las víctimas: las condena una y otra vez.