Un negocio cerrado en la peatonal, sobre calle San Martín, en pleno centro de Villa María. En el pasillo de ingreso al local (vacío, con sus puertas empapeladas), entre una vidriera y la otra (vacías, empapeladas también), en esos tres metros de largo por dos de ancho, hubo quienes encontraron refugio, más allá de que la intemperie siempre es despiadada e invasora. Llevaron allí sus colchones, sus mantas y… sus macetas con plantitas.
La imagen era demoledora. Las personas allí encogidas, arrolladas bajo las cobijas y, al lado, sus macetas con plantitas. De noche y de día. Imposible mirar para otro lado. Pero doscientos metros más allá, uno de los muchachos que acomodaban los autos que estacionaban en torno a Plaza Centenario, pernoctaba en las aberturas del edificio del Banco de la Nación.
Y otro tanto ocurría a 400 metros, al otro lado de las vías, en el atrio de la Catedral. Y un poco más allá, en la Capilla San José Obrero, de barrio Parque General Paz. Y siguiendo hacia el río en el Paseo de los Artesanos, bajo el Puente Alberdi… Imposible mirar para otro lado.

Dolía el cachetazo en medio del frío invierno, porque a esta ciudad, esas escenas llegaban en diferido, a través de relatos de vecinos que a su regreso de Buenos Aires daban cuenta de “la gente que duerme en arcos del Cabildo”. “No se puede caminar por Paseo Colón y Alem”, decían esas voces sin imágenes, sin contraste. Ahora la cosa era en vivo y en directo...
Hubo un par de reuniones informales entre diferentes instituciones, hasta que en una de ellas el secretario general de seccional Villa María de la Unión Obrera Metalúrgica, Leonardo Lualdi, levantó la mano y dijo que el gremio ofrecía su amplio y céntrico salón de actos como albergue. Desde la delegación de la Asambleas Permanente por los Derechos Humanos se ofrecieron para servir la cena. Desde los roperos de Cáritas e iglesias evangélicas se armaron mudas de ropa. Desde el sindicato de Camioneros, que conserva el lavadero industrial de la que fue su clínica (hoy Clínica de La Cañada,) se ofreció lavar y secar durante la noche la vestimenta de quienes se hospedasen en el albergue. Desde el área de Desarrollo Humano de la Municipalidad se dispusieron combis para trasladar a las personas en situación se calle hasta el Salón de los Deportes a tomar una ducha caliente antes de cenar…
Nació, así, lo que se denomina Consejo de Abordaje Integral para Personas en Situación de Calle. La noche del 1 al 2 de julio se abrieron las puertas del albergue y la ciudad empezó a ser menos fría.
Son entre 20 y 30 las personas que pasan la noche en el refugio. Ingresan a partir de las 19 y personal de la Guardia Local les hace dejar a un costado lo que no está permitido (algunos, no pocos -todo hay que decirlo-, prefieren quedarse afuera por no dejar solas a sus mascotas o por lo que sea). Luego toman algo caliente, un café o un té con un bizcocho o galletitas y se van a bañar. Cuando regresan, los paramédicos de la Asistencia Pública les hacen una revisión (ya tienen su historia clínica y saben si deben tomar alguna medicación o no, por ejemplo). Y a cenar todos juntos.
Entre quienes decidieron quedarse afuera, los últimos días del mes se registró una pelea que terminó con uno de ellos en el Hospital Pasteur, donde lo trataron por quemaduras.
Solidaridad
Lo cierto es que diez días después del inicio de la experiencia, el sindicalista Lualdi le dijo a El Diario que “todos formamos parte de la comunidad y, a veces, la única forma de hacer las cosas bien es hacerlas todos juntos”. “Porque se venían haciendo cosas por separado: Desarrollo Humano estaba repartiendo alimentos a estas personas y varios compañeros de la UOM acompañamos en esa tarea. Después se sumó la Secretaría de Salud, que enviaba los paramédicos en las moto-ambulancias para hacerle revisiones. Y en ese ir y venir empezamos a hablar de que no podían seguir durmiendo así; se sumaron otras entidades y ahora tenemos médicos, psicólogos”, contó al medio local.
Y agregó: “Una vez bañados, con su otra muda de ropa que tienen lavada por los compañeros de Camioneros, cenan y es ahí donde ellos comparten con nosotros y las demás personas que ayudan a todo esto. Se hace una mesa linda, porque nos cuentan sus historias de vida, charlan entre ellos y luego se van a la cucha. Al otro día se levantan y desayunan, algunos hacen lo que hacen, los trabajos que tienen y otros buscan trabajo. Obviamente, tratamos con algunas personas que tienen problemas de consumo y se ha logrado incluso internar a cuatro para rehabilitarse, y eso nos emociona mucho, porque si no hubiera sido por este lugar y la contención que encontraron, no se hubiera podido hablar de cerca y convencerlos de hacer un tratamiento. Y eso está buenísimo”.
Hay algo más que está buenísimo. Pasado un mes ya cuentan con una lista de 320 voluntarios que se anotaron para colaborar con esta iniciativa, que no es una solución definitiva, o tal vez sí para alguno que otro, porque dos albañiles que pernoctaron allí ya están trabajando para quitar humedades en las paredes de los consultorios de un gremio.
A cualquiera puede pasarle eso de perder el norte o la cabeza o un amor y empezar a andar sin sentir el suelo bajo los pies. Suele ser cuando la soledad abraza y abrasa; quema el pensamiento.
Pero la esperanza… Llega un día en que te ofrecen una mano. Y a lo mejor es cuando la vida empieza de nuevo.
Nuevo amanecer
Amanece en el albergue de la UOM y alguien dice: “Mirá si no dormí bien. Me levanté, oriné en un inodoro, me lavé las manos y apoyé la cabeza en una almohada; ¿sabés hace cuánto que no hacía eso?”. Otro cuenta: “Ayer hicimos torta frita y ahí salió la idea de venderlas. Vamos, vamos que venimos…”.
La CGT sostiene que lo que hacen sus gremios, junto a otras instituciones, “demuestra que nadie se salva solo” y apunta que el Consejo de Abordaje Integral para Personas en Situación de Calle “es un ejemplo de que el amor vence al odio, inclusive en un país donde el Estado nacional ataca a los más vulnerables, porque a lo único que le asigna valor es al individualismo y la meritocracia”.
Ojalá sirva contar todo esto. Ojalá uno, uno solo, sienta ganas de ir a compartir la sobremesa en el salón de actos de la UOM. Ellos los necesitan. Y todos necesitamos mirarnos en el espejo.