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#SeptiembreNegro
Cuando el Mal toca a tu puerta
Por | Fotografía: Gentileza familia Sabena.
Foto: Rosa Sabena con su esposo y sus hijos. Se cumplieron 17 años de la desaparición de Nicolás Sabena.
Un perfil de Rosa Sabena.
Publicada el en Crónicas

Rosa Sabena tiene colgado de una de las paredes de su estudio un cuadro con una foto de su  hijo Nicolás que dice “la verdad nunca prescribe”. Abogada, sabe que los delitos prescriben con el paso del tiempo. Y que ya pasaron muchos años desde la desaparición de Nicolás. Pero sabe también que su caso no prescribe ni prescribirá nunca, porque sigue doliendo y dolerá hasta el último suspiro.

Rosa alguna vez fue feliz. Un suave brillo en sus ojos marrones combina con su atuendo en un estudio lleno de libros verdes, bordó y negros. Un monitor que refleja las imágenes que captan las cámaras ubicadas estratégicamente, para saber quién entra y sale de su estudio, quién se acerca, quién merodea. Porque su estudio es también el centro de operaciones de una investigación familiar que por momentos –muchos, demasiados- superó ampliamente la investigación judicial y policial de la desaparición de su hijo.

Rosa nació el 14 de octubre de 1955. Es la quinta de diez hermanos. Nueve mujeres y un varón. Creció en una chacra con todo tipo de animales. Su padre era albañil y su madre lavandera. Tenían una quinta “muy humilde, pero decente”.

Eran gente con principios, nobles y correctos. Sentada en un sillón de madera con tapizado rojo, Rosa cuenta que siempre fue una mujer sana. Hasta la desaparición de Nicolás. “El último tiempo ando bastante enferma, dicen que es por estrés postraumático”, comenta. Las piernas se le hinchan, la piel enrojece, pero los médicos insisten en que son síntomas de ese gran dolor que lleva a cuestas: la angustia por la desaparición de su hijo. “Yo tengo un gran problema irresuelto y eso es lo que causa todo las cuestiones que por ahí me afectan la calidad de vida. Pero soy sana, soy fuerte y sé que voy a encontrar a mi hijo. No voy a dejar que el tiempo pase y acá no pasó nada, porque acá sí pasó algo terrible; falta una persona, falta mi hijo”, advierte.

 En 1971, Rosa conoció a Miguel (Milo) Sabena. “Él era un señor mayor”, recuerda, coqueta, ruborizada, mientras se le dibuja una sonrisa en la cara y sus ojos vuelven a brillar. Lo conoció un día que salió de la escuela secundaria, perdió el colectivo y esperaba que pasara el próximo.

Estaba con una amiga, que le dijo que un amigo suyo, un tal Milo, las iba a llevar.

Rosa apoya las manos sobre su escritorio de madera, corre los papeles, cierra la laptop y cuenta: “No me gustó nada la idea de ir en auto con ese señor. Además mis padres me habían prohibido subir a autos de personas desconocidas”. Cuando su amiga le dijo que el señor en cuestión tenía 28 años, su negativa fue rotunda.

Milo no le caía simpático. Se burlaba de ella porque tenía miedo.

-¿Qué miedo tenés, flaquita?-, la increpaba.

El señor Sabena era insistente. Se pasó un año merodeando a Rosa, hasta que un día aceptó subir al auto y acompañarlo a su casa junto a tres compañeras y un amigo.

“Lo sentía hablar y qué sé yo, me empezó a parecer una buena persona. Empezamos a charlar, primero lo veía superficial y después no. Me di cuenta que era una buena persona, laburante, una persona de bien. Me decía algún día vas a ser mi novia. Yo le respondía: no, no voy a ser su novia. Pero un día me agarró de la mano y sentí que el mundo era maravilloso, que estaba en el lugar más hermoso del mundo. Y nos pusimos de novios. Hace ya más de 50 años que estamos juntos”.

El nacimiento

Rosa no podía quedar embarazada. Pasó meses llorando porque no quedaba encinta y deseaba tanto ser madre. Hasta que un día tuvo un presentimiento. El laboratorio que hacía los test de embarazo abría y cerraba en su mismo horario laboral. Ella llegó unos minutos tarde, pero la atendieron igual. El bioquímico le hizo la prueba y minutos después comenzó a cantar “arrorró mi niño” y la abrazó. Rosa recuerda y llora. Así se enteró de embarazo de Nicolás, su primer hijo, desaparecido desde el 14 de septiembre de 2008, hace 17 años.

“Sentí que era la mujer más fuerte y más poderosa del universo. Sentí que no había nada que yo no pudiera hacer para cuidar esa cosita que tenía adentro”, recuerda. No veía la hora de volver a casa y contarle a su esposo: “Parecía que caminaba en el aire, no llegaba nunca. Cuando le dije a mi marido nos fundimos en un abrazo y comenzamos a llorar emocionados los dos. Porque era algo que esperábamos tanto, vivimos eso como algo maravilloso”. Rosa llora, otra vez.

- Sentir que nada en tu vientre esa cosita es tan hermoso, tan dulce, no te podés imaginar-, evoca.

Nueve meses después nació Nicolás.

- Al rato que nació me lo dieron y yo lo miraba y no podía creer. Era hermoso, un ángel. Yo decía “no puede ser que sea mío, tan hermoso que es”. Y él abrió los ojos, me miró, me agarró fuerte. Me agarró con tanta fuerza que lo siento todavía en mi corazón.

Quebrada en llanto, dice que Nicolás le apretó fuerte el dedo como diciendo: “No me sueltes”.

Cinco años después llegó Federico, su segundo hijo. Con 38 años, se pasó todo el embarazo en la cama, haciendo reposo porque a los cinco meses los médicos le dijeron que estaba preparado para nacer. Rosa aguantó y cuando llegó el día del parto, a los siete meses, fue muy doloroso. Contra todos los pronósticos, su hijo se recuperó y los cuatro formaron una familia feliz. 

- Hasta que tuvimos la desgracia de que Nicolás se enamorara de la persona que no era la correcta, que después nos enteramos que estaba en el mundo del narcotráfico. ¿Qué pasó?, ¿Qué vio?, ¿Qué sucedió? No lo sé. Nuestra vida es una locura total. Qué sé yo qué decirte, es algo impensable-, dice Rosa.

La desaparición

Su vida cambió en 2008, el primer día de septiembre, de aquél “septiembre negro”, como lo recordará siempre. Nicolás, que tenía 21 años, empezó a llegar tarde a la casa y no cumplía con sus obligaciones (básicamente darle una mano a su papá en el taller). Ese día Rosa se fue a trabajar y cuando volvió, Nicolás ya no estaba.

“Al mal abrió la puerta”, dice 17 años después, sentada en  su estudio jurídico, ubicado en el centro de Río Cuarto, donde ejerce como abogada penalista.

Nicolás siguió en comunicación con su hermano menor, Federico, y pasaba por la casa cuando ella no estaba. Decidió ir a vivir a otro lado. Hasta que su marido le comentó que Nicolás había conocido a una mujer mucho más grande que él. Entonces, recién entonces, sintió que algo andaba mal. “En el juicio una de las amigas confirmó que Nicolás estaba viviendo en pareja con la hija de Vargas Parra. Y que se fue de acá porque ella lo llevó a vivir en pareja. Nosotros desconocíamos que existía semejante delincuente en la faz de la tierra. Desconocíamos porque además Nicolás nunca nos habló de él”, recuerda Rosa.

El 14 de septiembre la familia Sabena perdió contacto con Nicolás. Cuando preguntaban todos les contestaban que estaba “en la casa del negrito”.

El “negrito” era José “Pepe” Vargas Parra. “Un delincuente”, les advirtió un conocido.

Rosa logró dar con su casa. El 18 de septiembre fue a la quinta donde vivían, pero no encontró  a nadie. Estaba afligida. “Nos quedamos hasta que empezó a oscurecer y de pronto vi unas luces. Era un Astra. Pensé: “ahí viene el auto de los Vargas. Ahí viene mi hijo”. Pero dentro del vehículo sólo había dos mujeres, que bajaron del auto en la quinta y la atendieron detrás de la tranquera.

- ¿Dónde está Nicolás?-, preguntó Rosa.

- Ay, mirá, es la madre de Nicolás-, comentaron entre ellas.

- ¿Dónde está mi hijo?-, insistió Rosa.

- Qué buen chico es Nicolás. Educado, pide permiso…

- ¿Dónde está mi hijo?

En ese momento llegó otro vehículo, manejado por un hombre, pero paró a unos metros de la quinta. Ella empezó a gritar.

- ¿Dónde está mi hijo?

- El Nico, qué chico maravilloso, trabajador, nada que ver con el mío, que es un vago. El Nico es re trabajador, saber hacer de todo, como su padre-, le contestó el hombre sin bajar del auto. “Nico se fue el domingo”, agregó.

El domingo 14 de septiembre, recuerda Rosa, era el día que Nicolás dejó de contestar el celular.

- ¿A dónde se fue?-, preguntó.

- No sé, me dijo que lo llamó el hermano, que se iban a encontrar en el centro.

- Eso es mentira, nunca se juntó con su hermano.

- Nicolás lloraba mucho los últimos días, los extrañaba mucho-, insistió Vargas Parra.

- Usted va a tener que responder porque algo le hicieron a mi hijo-, lo inquirió. Fue la última vez que hablaron

Rosa se fue a la comisaría a radicar la denuncia por la desaparición de su hijo. Pero recién se la tomaron tres días después. “La denuncia está fechada el 21 de septiembre porque no me la quisieron tomar antes”, explica.

La batalla

Desde ese día, su vida giró en torno a la búsqueda de su hijo. Y comenzó una batalla que sigue hasta el día de hoy porque, en vez de darle respuestas, en Tribunales hicieron de todo menos buscar a su hijo. En 2002, su amiga Patricia Monesterolo le sugirió que estudiara Derecho para poder orientar la investigación. “Rosa es una mujer auténtica, frontal, seria. Siempre amable, dulce cuando habla. Noble, entera, con una fuerza interior, un ímpetu y una tenacidad únicas”, la describe Monesterolo. Rosa le hizo caso, se anotó en una universidad privada y en cuatro años y dos meses obtuvo el título de abogada. El 17 de octubre de 2016 obtuvo su matrícula en el Colegio de Abogados.

“Cuando empezó la investigación, los policías responsables del área -no todos sino una parte-, que eran los que iban a estar a cargo del caso, dejaron anotado en una libretita sus celulares para que yo los llamara. Y entonces me quedaron esos números”, recuerda.

Pasaba noches enteras sin dormir, tampoco quería comer. En su cabeza solo cabía la búsqueda de su hijo mayor. Andaba todo el día y se preguntaba qué hacer, cómo aprender, porque todos los procedimientos que hacía la Policía tenían resultados negativos. Y entonces descubrió lo de las “sábanas telefónicas”. Le pagó a un técnico para que las analizara y encontró una verdad perturbadora: “Cuando pido las comunicaciones de Vargas Parra padre veo los números de teléfono de mis policías, de los policías que estaban a cargo de la investigación de la desaparición de mi hijo. Le hablaban por teléfono. Me fijé la fecha y la hora y coincidía con los allanamientos. Me quería morir, porque yo tenía mucha fe en ellos. Yo confiaba mucho en ellos”. Fue su primera gran decepción. Pero no sería la única. Los denunció, como haría con todos los que obstaculizaron la búsqueda de su hijo.

“Los denuncié porque a todos los sinvergüenzas acá los ascienden. Todos los que son delincuentes. Porque el fiscal (Walter) Guzmán cometió la más grave irregularidad en la causa de mi hijo, y González que fue un secretario que pusieron especialmente para que se encargará de la causa. A Guzmán se le hizo un jury de enjuiciamiento, pero después también me di cuenta de que a los políticos les interesa tener fiscales que puedan manejar para que les tapen sus cosas, las cosas raras que hacen en la política”, dice Rosa. Guzmán salió airoso del jury y al poco tiempo fue ascendido y trasladado a otra jurisdicción. “Incluso los legisladores de Río Cuarto, que conocían bien la historia, votaron a favor de absolver a Guzmán. Fue una vergüenza”, recuerda Rosa.

La tenacidad de Rosa logró que, a pesar de la reticencia de los fiscales que pasaron por la investigación, los Vargas Parra fueran llevados a juicio, donde fueron condenados por el secuestro y desaparición de su hijo. Pero la tranquilidad duró poco.

- Fueron condenados a 17 y 16 años de prisión, pero ya están libres porque cumplieron los dos tercios de la condena y porque Vargas Parra padre tiene más de 70 años y se quebró la cadera-, comenta Rosa, indignada. Y recuerda que el juez de Ejecución Penal Echenique Estévez le otorgó la prisión domiciliaria a Vargas Parra padre en forma irregular. “Vargas Parra lo único que quería era borrar las pocas pruebas que quedaban, que podrían quedar, que me pudieran demostrar dónde estaba mi hijo, qué pasó. Y tuve razón: no estuvo ni cinco meses en la casa y se escapó”, recuerda. Una decepción más en Tribunales.

“Nicolás era toda mi vida. Ahora sólo hay dolor y el deseo de encontrarlo. Porque lo voy a encontrar. Yo lo voy a encontrar, ¿me entendés? No me van a desincentivar los años, no van a ser una barrera para mí, no me importa el paso del tiempo porque no voy a morirme sin encontrar a mi hijo-, insiste Rosa, entre lágrimas.

Nicolás la mira desde el cuadro, donde se lee: “La verdad nunca prescribe”.

Carina Freytes
- Estudiante de periodismo -