En el sector privado de la economía cordobesa los mejores sueldos se pagan en el rubro bancario. Datos de la Secretaría de Trabajo de la Nación detallan que entre los empleados asalariados registrados -aquellos “privilegiados” que tienen obra social y aportes patronales- los mejores salarios los paga el sector financiero: un trabajador bancario cobra hoy un promedio de 3,2 millones de pesos brutos mensuales, el salario más alto entre los trabajadores cordobeses.
Un trabajador bancario que recién se inicia -sin antigüedad ni cargo jerárquico- cobra en Córdoba un sueldo de bolsillo de 1,8 millones de pesos. Esa cifra, la mínima del sector financiero, lo ubica por encima del ingreso promedio de 20 de los 30 sectores que mide el estudio del Gobierno nacional.
El dato también confirma que, en estos tiempos de individualismo y libre mercado, las posibilidades de cobrar un mejor salario se relacionan de manera directa con la presión que ejercen los sindicatos: la paritaria bancaria tiene una cláusula gatillo que permite actualizar los ingresos por inflación y entonces en lo que va del 2025 lleva un incremento del 19,5%, empardando el aumento de precios nacional.

Además, la Asociación Bancaria sabe que sus patronales ganan mucho dinero y negocia paritarias bajo ese axioma, demostrando que los reclamos colectivos valen más que los deseos individuales. El estudio precisa que dentro del rubro de servicios de intermediación financiera incluye bancos, empresas de tarjetas de créditos, compañías de seguro (los que menos ganan dentro del sector) y fondos de inversión, entre otros.
Modelo de país Un dato suelto no dice nada, pero una cifra puesta en contexto económico, político y social describe mucho más que el gélido valor de cuánto cobra una persona por su trabajo.
En tiempos de sometimiento a Estados Unidos, de Swap de 20 mil millones de dólares y timba financiera sostenida en el tiempo con un ministro de Economía que nunca fabricó ni un clavo, un joven que ingresa al mercado laboral sabe que es mucho mejor trabajar en mesas de dinero, bancos o financieras antes que en el sector productivo.
Además de los bancarios, otros que están muy bien remunerados son los trabajadores de las empresas vinculadas al sector petrolero, que en promedio perciben 3,1 millones de pesos mensuales. También los sobrevivientes del sector de Telecomunicaciones, que cobran un promedio de 2,8 millones de pesos.
Son sectores empresarios vinculados al modelo de país que sueña la Casa Rosada, sustentado en tres pilares económicos: financiero, prestador de servicios y exportador de materia prima.
El estudio de la Secretaría de Trabajo de la Nación precisa que la industria manufacturera cordobesa tiene un sueldo bruto promedio de 1,7 millones de pesos, casi un 47% menos que un empleado medio del sector financiero.

Entre los peor remunerados figuran los textiles (972.000 pesos promedio) y los trabajadores de la industria maderera (964.000), ingresos que los dejan por debajo de la Canasta Básica Alimentaria y por ende detrás de la línea de pobreza.
En la base de la pirámide, los peores salarios los cobran los obreros de la silvicultura (677.000 pesos) y, curiosamente, los del rubro Hotelería y Restaurantes (750.000 pesos), que perciben un sueldo que apenas supera la línea de la indigencia que mide el INDEC.
No hay trabajo Al mercado laboral de Córdoba se lo puede analizar de múltiples maneras y con muchos abordajes diferentes, pero el crecimiento del desempleo es un dato clave para entender lo que está pasando.
A mediados de septiembre el INDEC publicó la tasa de desocupación de las principales 31 conglomerados urbanos del país. El deterioro del mercado laboral cordobés por efecto de “la mano invisible del mercado” se expone en un dato crudo: la desocupación en el Gran Córdoba llegó al 8,9%, cuando hace un año estaba en 8,2% y con un promedio nacional del 7,6%. En otras palabras, en Córdoba hay más desempleo que en el resto del país.
Sin embargo, el principal drama está en la pérdida de poder adquisitivo y de calidad laboral: cada vez hay que trabajar más horas para poder vivir y el pluriempleo dejó de ser una excepción para acercarse a ser la regla.
El diario Perfil Córdoba hizo un cálculo elocuente: “Si se suman los ocupados que buscan otro empleo y los sub ocupados en la misma situación, el número de cordobeses con problemas de empleo se eleva a 423 mil personas. Es decir, más de la mitad de la Población Económicamente Activa (PEA)”.

En 2024 las personas con problemas de empleo sumaban en la ciudad de Córdoba 388.000 mil y la cantidad de ocupados que buscan otro trabajo es la más alta desde el año 2016. Ni Macri se animó a tanto.
Los viejos marxistas siempre mencionan la existencia de un “ejército de reserva” como una masa que condiciona a los que sí tienen trabajo. Argentina aprendió a finales de los ’90 y principio del 2000 que la falta de trabajo condiciona la discusión salarial porque lógicamente el empleado está más preocupado en cuidar su fuente laboral que en pedir aumento.
El mito del tiempo
María Lorena Capogrossi es investigadora del CONICET y profesora de la Facultad de Filosofía y Humanidades de la Universidad Nacional de Córdoba. Además, coordina la Red Latinoamericana de Antropología del Trabajo y el Programa de Estudios Latinoamericanos en Antropología del Trabajo. Pensar el mundo laboral es parte de su vida cotidiana. “En la actualidad estamos sumidas/os en una crisis económica grave, con retracción del empleo e incremento de los índices de pobreza, la elección del lugar a dónde trabajar se acota a las ofertas que existen en un mercado laboral que cada vez está más informalizado y precarizado. Entonces se trabaja a donde se puede, con los salarios o ingresos que se ofrecen”, advierte en diálogo con El Sur.

La especialista sostiene que la tan mentada “uberización” de la lógica laboral no deja de ser una nueva trampa del capitalismo: “Hay una expansión de algunos discursos centrados en la ´libertad´ de ´ser tu propio jefe´, ´manejar tus propios tiempos´ o ´decidir lo que se gana´, que se consolidó con el boom de las plataformas de reparto y de transporte -advierte-, pero considero que estos recursos discursivos se vinculan más a hacer ´soportables´ las condiciones de explotación y de precariedad que vienen asociadas a estos nuevos trabajos mediados por las tecnologías que a una pérdida de preponderancia de lo económico en la elección de un trabajo”.
La investigadora resalta que la comprensión sobre qué significa socialmente trabajar varía según la edad: “Hay diferencias etarias en las concepciones acerca del trabajo. Esas diferencias se vinculan con las experiencias que han atravesado las personas. Quienes tenemos más de 40 años hemos conocido formas de trabajo más estables, indeterminadas y garantistas, asociadas a mayores protecciones y derechos. Esas formas se han resquebrajado a partir de la década del ´90, tras los procesos de ajuste estructural y reforma del Estado. Desde entonces nos encontramos con un mercado laboral mucho más heterogéneo, más informalizado, con menos derechos. Esto se ha ido intensificando en los últimos diez años y se aceleró después de la pandemia”.
Sobre esa base plantea: “Entonces, con esas características, el mercado de trabajo que conocen los jóvenes de 20 o 25 años es muy distinto a aquel que describía antes. Si tus opciones actuales son contratos basura, salarios muy bajos, protecciones nulas, posiblemente dentro de tus expectativas laborales no esté precisamente permanecer siempre en un mismo puesto laboral, aún en empleos con mucha calificación, como podría ser en el sector tecnológico”.
Quemados Lejos quedaron aquellos años en los que la palabra trabajo se asociaba con dignidad y ascenso social. Las nuevas generaciones serían objeto de múltiples análisis freudianos porque trabajo aparece casi siempre asociado con angustia. En septiembre último la consultora “Bumeran y Combo” publicó un informe en el que asegura que el 51% de los trabajadores argentinos recibió un diagnóstico de salud mental. El estudio advierte que el tema se invisibiliza en los ambientes laborales y por eso tituló su trabajo “El desafío invisible: salud mental en el trabajo”.
La investigación precisa que los “casos más reportados fueron ansiedad generalizada (37%), trastorno de ansiedad social (16%), depresión mayor (11%) y estrés postraumático (7%)”.
Otro problema es que estas afecciones en la salud ni siquiera pueden ser planteadas a la patronal: ocho de cada diez empleados argentinos dicen que en sus empresas no hay programas de acompañamiento a las personas con problemas de salud mental. Aunque algunas empresas sí han tomado nota de la situación. Según Capogrossi, hay algunas empresas líderes que consideran “el tiempo libre como forma de reconstitución de la fuerza de trabajo”.

“En este caso -advierte la investigadora-, los empleadores estarían reconociendo que es necesario que las y los trabajadores descansen, tengan momentos de ocio, para poder ser más productivos durante el tiempo laboral. Esto ha sido comprendido cabalmente por las empresas “unicornio” como Globant, Mercado Libre o Google, que tienen espacios lúdicos dentro de sus oficinas. Para evitar el burnout, las y los empleados pueden cortar lo que estén haciendo y sumarse a una clase de yoga, ponerse a cocinar o ir a tocar la guitarra en un estudio dentro de las propias oficinas de MELI, por ejemplo”.
Capogrossi engloba esta actitud en un concepto novedoso: el de “ludificación del trabajo”, elaborado por Denise Krepki. “Esto quiere decir que los tiempos de pausa y de ocio son convertidos en tiempos de trabajo. El tiempo de trabajo totaliza la vida de estas y estos trabajadores dando lugar a una disciplina laboral donde el descanso es una fase vital dentro de los procesos de valorización del capital”.
¿A quién favorece este modelo laboral 24x7? “Si constantemente nos están repitiendo que las personas “no quieren trabajar” porque son “vagas” y “quieren todo de arriba”, difícilmente pueda reconocerse que el ocio es algo deseable. La pregunta que me haría es ¿a quiénes beneficia que creamos que es mejor ser productivos/as las 24 horas? Avanzando un poco sobre este tema, podría decir que se enmarca dentro de formas sutiles de disciplinar nuestros cuerpos, de generar códigos y valoraciones sociales acerca de cómo ´debemos ser´. Esto es muy interesante, además, porque nos muestra que los sentidos de las cosas, de lo que hacemos, siempre son terreno de disputa”, concluye la investigadora.
Mientras la timba financiera mata a la industria nacional y muchos trabajadores precarizados realmente creen que son dueños de su tiempo, la fuerza de algunos sindicatos permite la subsistencia de trabajadores con salarios dignos, aguinaldo, vacaciones, obra social y aportes jubilatorios.