No es justicia. Condenar al hombre que se llevó a mi padre a la muerte casi medio siglo después no es justicia. En sus primeras palabras en este juicio de "reenvío" -en rigor, una nueva interpretación de la abrumadora prueba presentada en el primer juicio, allá por 2010-, el militar retirado Osvaldo César Quiroga dijo que estaba próximo a cumplir 80 años, está casado, tiene tres hijos y nueve nietos. Mi padre tenía 35 años recién cumplidos cuando lo fusilaron. Tenía, también, tres hijos. Y hoy tendría, también, nueve nietos. Qué paradoja: igual que Quiroga, el hombre que lo retiró de la cárcel para llevarlo a la muerte y dejó como prueba irrefutable un recibo firmado de puño y letra. Pero además, hubo un sobreviviente de aquél "traslado": Eduardo De Breuil, que testificó cómo en aquél viaje funesto Quiroga y sus subordinados también fusilaron a su hermano Gustavo, además de Higinio Toranzo y mi padre. A él lo dejaron vivo para que contara lo sucedido a los otros presos, para infundirles temor. Así funcionaba la cobarde maquinaria del terrorismo de Estado. |
Mi padre no conoció a sus nueve nietos. A ninguno. Cuando lo fusilaron, su hijo mayor tenía nueve años. Yo, siete y mi hermana, cinco. Todos tuvimos que exiliarnos en México junto a la totalidad del grupo familiar: 26 personas -entre adultos y niños- que el 23 de marzo de 1976 invadimos literalmente la embajada de México en Buenos Aires para salvar la vida.
Cuando volvimos de México, más de siete años después, éramos tres adolescentes criados en un país extraño -del que sabíamos más que del nuestro- dispuestos a (re)encontrarnos con nuestra historia, visitar la tumba de nuestro padre y reclamar justicia.

En esos días conocimos a una abogada muy bella -despampanante, diría, en mi recuerdo adolescente-, de ojos azabache, cabello largo y negrísimo y una extraña tonada. Nos hablaba rápido, en un idioma que no entendíamos -causas, expedientes, pruebas, etc.- y un día nos presentó en Tribunales al Premio Nobel de la Paz, Adolfo Pérez Esquivel.
Esa mujer, María Elba Martínez, tomó la causa de mi padre -y de tantos otros- como propia y denunció la raíz política, económica y cultural del terrorismo de Estado en Córdoba, incluida la oprobiosa complicidad judicial con la matanza.
María Elba quería memoria, verdad y justicia. No la detuvo la actitud corporativa de la Sagrada Familia Judicial de Córdoba, ni las leyes de impunidad del gobierno de Raúl Alfonsín, ni los indultos del presidente Carlos Menem. Era, junto a otros abogados y abogadas de Córdoba, un acorazado invencible.
Le llevó 34 años llevar a juicio a Videla, Menéndez y los represores que se cobraron la vida de 31 presos políticos en la UP1 de Córdoba en los primeros meses del terrorismo de Estado. Pero el tribunal presidido por Jaime Díaz Gavier -insólitamente declarado "Ciudadano Ilustre" por el Concejo Deliberante de Córdoba- e integrado por José María Pérez Villalobo y Carlos Lascano absolvió a Quiroga. Ese tribunal infame leyó al revés la prueba: el recibo firmado y el testimonio de un sobreviviente obraron a favor del imputado.
Quince años después, en decisión dividida, otro tribunal -presidido por Facundo Zapiola e integrado por Cristina Giordano y Mario Martínez- condenó a Quiroga por el triple crimen, pero lo dejó en libertad. Eso no es Justicia, es una provocación a los familiares de las víctimas.
¿Los declararán también "Ciudadanos Ilustres"?