No le fue bien a Martín Llaryora cuando, de la mano de su antecesor Juan Schiaretti (fallido candidato presidencial de “Provincias Unidas”), apostó por la derrota de Sergio Massa y quiso congraciarse con el flamante presidente Javier Milei. A poco de asumir de la mano del libertario, el inefable Osvaldo Giordano fue eyectado sin miramientos de la ANSES como represalia al voto contra el gobierno de su cónyuge en la Cámara de Diputados. No le fue mejor al secretario de Transporte, Franco Mogetta ni al presidente del Banco Nación, Daniel Tillard, que duraron bastante tiempo más en el elenco libertario, pero igual tuvieron que renunciar a la función pública sin pena ni gloria, desgastados, descartados y en absoluta soledad. También volvió más temprano que tarde al ostracismo político el ex funcionario riocuartense Germán Di Bella, fugaz subsecretario de Agricultura de Milei.
Según determinaron en su momento las encuestas a la que se aferran con uñas y dientes en El Panal, cuando Llaryora se peleó con el presidente, su imagen bajó. Pero esas mismas encuestas le recomendaron diferenciarse del presidente en las últimas elecciones, apostar por la construcción “federal” de Provincia Unidas – la “ancha avenida del medio”- y exportar el cordobesismo al resto del país. La sorpresiva victoria de Milei en todo el país -y particularmente en Córdoba, donde un ignoto desconocido le sacó más de doce puntos de ventaja al mismísimo Schiaretti- detonó el ecléctico experimento político de los gobernadores del PRO y los condenó a barajar y dar de nuevo ante un Milei fortalecido en el Congreso.

¿Llaryora es oficialista u opositor? Ni fu ni fa. Firmó el Pacto de Mayo, pero ratificó la demanda de Córdoba ante la Corte Suprema por la abultada deuda de la Nación por la Caja de Jubilaciones. Sus diputados avalaron la mayoría de las iniciativas oficiales, pero votaron el financiamiento educativo de las universidades y la ley de Discapacidad y semanas más tarde rechazaron el veto de Milei a esas leyes.
Una de cal y una de arena. ¿Alcanza para diferenciarse de Milei? ¿Es suficiente para congraciarse con los sectores perjudicados por el gobierno libertario? ¿Le sirve para mostrar sintonía con el presidente ante un electorado que lo sigue bancando? ¿Qué piensa realmente Llaryora del gobierno libertario? Aunque la política es el arte de lo posible y la negociación es intrínseca a la actividad, en tiempos de campaña los grises suman cero. Y a pesar de estar transitando ya la mitad de su mandato, el gobernador no encuentra su lugar en el nuevo tablero político. Atrapado en el gris de la indecisión y la intrascendencia, gobierna con pie de plomo una provincia todavía embelesada por los cantos de sirena del presidente libertario.
La inconsistencia política de Llaryora no enamora. Ni a los peronistas, ni a los libertarios. Su promocionado Partido Cordobés se circunscribe al reclutamiento de un puñado de ex dirigentes del PRO y la UCR que encontraron refugio al calor de los despachos oficiales mientras sus estructuras partidarias eran abducidas por el fenómeno libertario. Salvaron su situación personal, pero le suman poco al neocordobesismo.
Aún estancado, al gobernador le alcanza para ser reelecto si la oposición no logra la unidad. Una encuesta de Sicchar difundida a principio de mes por el portal Letra P indica que cinco de cada diez cordobeses aprueban su gestión -seis de cada diez avalan la de Milei en la Nación- y en todos los escenarios posibles -compitiendo contra Juez, De Loredo y Bornoroni o solo contra uno de ellos- se impone con poco más del 35 por ciento de los votos (contra el 29 % de Juez, el 25 % de Bornoroni y el 20 % de De Loredo). En cambio, cuando les consultaron a los cordobeses si votarían a Llaryora o “al candidato que diga Milei”, la elección se polariza y el gobernador sube en intención de voto, pero la diferencia con su posible adversario se reduce apenas a tres puntos: 37 a 34 %.

Es curioso: en su relevamiento realizado a fines de enero sobre 1080 casos (técnica mixta presencial/virtual) Sicchar no midió a Natalia De la Sota, que superó el ocho por ciento de los votos en la última elección. En cambio, midió a otros candidatos de magra cosecha como Aurelio García Elorrio, Liliana Olivero, Agustín Spaccesi y Pablo Carro. Ninguno supera el cuatro por ciento de intención de voto.
En un escenario de polarización, los votos de De la Sota pueden ser decisivos.
Natalia va
Natalia De la Sota logró renovar su banca en octubre prescindiendo del aparato oficial y si bien esperaba una mayor cosecha de votos, salió fortalecida y relegó al kirchnerismo como espacio crítico del peronismo mediterráneo. Si bien ha dicho que su prioridad este año será consolidar su espacio “Defensamos Córdoba”, también se muestra decidida a jugar fuerte en el nuevo escenario nacional, donde el gobernador bonaerense Axel Kicillof asoma como el único candidato posible del peronismo para enfrentar a Milei en 2027.
“No estamos viendo la columna vertebral del justicialismo. Hay que dejar de ver a Milei -de quien estoy en las antípodas- para ver qué le ofrecemos a la sociedad”, le dijo De la Sota a esta revista en diciembre. No habían pasado ni dos meses de las elecciones de medio término, pero igual les pasó factura a sus ex compañeros de ruta: “Llaryora y Schiaretti fueron para atrás después de la elección y demostraron que Provincias Unidas fue una oposición de corto plazo, sólo para la campaña electoral”, sentenció.
De la Sota armó su propio bloque en el Congreso Nacional, pero juega en coordinación con el diputado Alejandro “Topo” Rodríguez, uno de los principales armadores de la unidad peronista de cara al 2027. ¿Se anotará también Llaryora en esa competencia o volverá a cercar la provincia con el herrumbrado alambrado del cordobesismo?
La nueva esperanza blanca… del PJ
Rodrigo De Loredo es un caso extraño de la política, propio de estos tiempos de crisis de la partidocracia tradicional. Sin partido -perdió con Ramón Mestre la pelea judicial para arrastrar al radicalismo hacia La Libertad Avanza-, sin escaño -pese a presidir el bloque de la UCR, no pudo renovar su banca- y sin mayores apoyos políticos, lanzó su solitaria candidatura a gobernador de Córdoba dos años antes del recambio de autoridades.
Operó sin éxito para que su nombre sonara en un eventual gabinete renovado de Milei, pero el libertario volvió a elegir incondicionales para su segundo tramo de gestión. Y De Loredo tuvo que regresar a Córdoba cabizbajo, con las manos vacías y su enorme ego como único estandarte.
Su ex socio político, el camaleónico Luis Juez, pasó de pelearle la ansiedad por ser candidato a asumir un perfil más moderado, a la espera de que se produzca el milagro de la bendición de la Hermana Karina. Pero por ahora la funcionaria del tres por ciento mantiene como único y exclusivo referente en Córdoba al estacionero Gabriel Bornoroni, que preside el bloque libertario en Diputados, al que sumó en las últimas elecciones a su socio y a la esposa de su amigo.
En la encueta que la consultora Sicchar hizo en enero, De Loredo araña el 20 por ciento de intención en el mejor escenario (sin Juez, supera a Bornoroni). Su insistencia en ser candidato podría convertirlo en la nueva esperanza blanca... del oficialismo provincial.