La historia de la humanidad siempre ha tenido una composición desajustada de la norma esperada. Ya sea en las tipografías del Medioevo o en los pabellones de rehabilitación tras la Primera Guerra Mundial, la discapacidad ha habitado el mundo, aunque a menudo desde el aislamiento o el estigma. En diálogo con Revista El Sur, Adriana Torriglia, motor de la Fundación Desafiarte, repasa ese largo peregrinaje de paradigmas: desde aquel modelo médico que buscaba “reparar” cuerpos, al educativo que instaló escuelas, hasta llegar al actual desafío cultural. Y es en este presente lleno de discursos de exclusión que el arte emerge no como un adorno, sino como la herramienta vital para que las personas con discapacidad dejen de ser un diagnóstico y se conviertan, finalmente, en sujetos plenos de derecho ante la mirada de un espectador que también necesita aprender a ver de nuevo.

Ese recorrido histórico que saltó del diagnóstico duro a la institucionalización escolar en las décadas del 40 y 50 -época en la que Córdoba se constituyó como un referente con la creación del sistema de escuelas especiales- hoy se encuentra en una encrucijada vital. En un contexto donde la cultura es cuestionada y reducida a la categoría de “gasto”, organizaciones como Desafiarte emergen para recordar que el arte no es un ornamento, sino una herramienta de supervivencia y un derecho humano fundamental.
De la academia al territorio: el nacimiento de una identidad. Adriana Torriglia conoce el paño desde adentro. Nacida en Villa María en 1956, creció a la par del sistema de escuelas especiales en Córdoba. Sin embargo, su mirada no se quedó en el aula. “Ningún avance va a suceder si no está la práctica a la par. Yo puedo estar estudiando, pero si no estoy en el aula con el sujeto, en el espacio concreto, es muy complejo comprender esta ida y vuelta de los conocimientos y de la práctica”, señala con la firmeza de quien ha pasado décadas habitando los márgenes para transformarlos en centro.
Pero la historia de Desafiarte es también la historia de una polifonía de saberes. Desde la primera tesis en 1966 sobre el valor del lenguaje plástico en la discapacidad, realizada por Ana Piva (docente y gestora cultural comprometida con el arte y la inclusión), hasta la apertura de las primeras cátedras de expresión corporal, danza y teatro en 1977, el camino ha sido una larga lucha por integrar lo artístico en el desarrollo integral del sujeto.

La Fundación Desafiarte nació de una necesidad de insumos y visibilidad en la década del 90. “Los que estábamos haciendo proyectos artísticos en la discapacidad estábamos necesitando insumos, pero además también salir un poco de la precariedad porque el arte es caro. Pasar del piso común, utilizar buenos tipos de sonido y ese tipo de cosas”, recuerda Torriglia sobre los inicios, cuando la alianza con la Fundación ARCOR permitió que lo que sucedía dentro de las instituciones empezara a derramarse en los grandes teatros de la ciudad.
El sujeto de derecho frente a la “motosierra”. Hoy el paradigma ha cambiado. Ya no se habla de “minusválidos” o de “etiquetas diagnósticas” sino de sujetos de derecho. Pero este avance se siente hoy más frágil que nunca. “Es la primera vez en la historia de la discapacidad, salvo lo que fue en la Segunda Guerra Mundial, que la Argentina vive el desgarro, o sea, la violencia explícita. Lo primero que impactó en nuestro colectivo fue cuando apareció la imagen de la motosierra”, relata Torriglia con una crudeza que conmueve.
Ante un escenario que anuncia la ausencia o la desaparición de la atención a este colectivo, el arte se planta como un acto de resistencia política. Porque para Desafiarte, la cultura lejos de ser un gasto, es la base de la integración: “Nosotros no nos movemos del paradigma de derechos, y ahí aparece la palabra que cambia totalmente la historia de la discapacidad, esto de ser ‘sujetos de derecho’. No es ni un pobrecito, ni un débil mental, es sujeto. Quiere decir que es una construcción social importante que integra la diversidad cultural”.
El público: el último prejuicio a vencer. Uno de los mayores hitos de la Fundación es su elenco teatral, el primer elenco inclusivo de Córdoba para el país, integrado por personas con y sin discapacidad que trabajan en coproducción con el Teatro Real.

Sin embargo, el desafío persiste en la platea. El público general todavía lucha contra el prefijo “dis-”, esa carga socio histórica que vincula la discapacidad con la lástima o la incapacidad.
“El arte coloca y tensa ese concepto. Y como es una construcción subjetiva, socio histórica, vinculada al pobrecito, al no pudo, al porqué lo tuvo, al qué desgracia; es muy complejo poder entender ese pasaje”, reflexiona Adriana. A pesar de esto, hay señales de esperanza: en la última función de ‘El almacén de las causas perdidas’ (una obra teatral que el elenco de Desafiarte puso en escena en diciembre pasado en la Sala Carlos Giménez del Teatro Real), el público general creció un 20%.
Esta apertura es vital. Para una persona con discapacidad, verse sobre un escenario es un acto de autopercepción que rompe siglos de invisibilidad. En efecto, Torriglia recuerda con emoción a un integrante del elenco que, tras verse reflejado en su propio arte, preguntó: “¿para cuándo en Netflix?”. Es la prueba de que “las aspiraciones, la percepción, la autopercepción del sí se puede, de la capacidad, va más rápido que los procesos de la transformación sociocultural”, dice.
Un horizonte de resistencia para el 2026. De cara al futuro, la Fundación Desafiarte no planea retroceder. Con sus cuatro proyectos troncales -Capacitación, Festival, Elenco y Taller de Formación Actoral- la organización se prepara para seguir habitando los “no lugares” y convertirlos en espacios de derecho. “Sabemos que las tensiones se profundizan, que la línea sociopolítica irrumpe con su mandato de violencia instituida, pero eso no ha afectado de ninguna manera a la intención de dar continuidad a la Fundación Desafiarte”, asegura Torriglia.
En un mundo que a menudo prefiere no mirar, Desafiarte obliga a la sociedad a reconocer que la discapacidad habita en la humanidad, tanto en lo macro como en lo micro. El arte, en este contexto, es la herramienta para “instalar el lugar como derecho en los ámbitos de la cultura, superando todos los preconceptos sociohistóricos”, finaliza.
Arquitectura de la inclusión: los cuatro pilares de Desafiarte

Para Adriana Torriglia, la Fundación Desafiarte no es solo una organización, sino una red de proyectos que se retroalimentan para garantizar que el arte sea un derecho permanente y no un evento aislado. Esta es la hoja de ruta que transforma la realidad de los participantes: