En un taller atestado de bastidores, arpilleras y tachos con pigmentos de muchos colores, Pablo Scheibengraf (Córdoba, 1970) amasa su pintura como se hacía siglos atrás. Licenciado en Bellas Artes y con una etapa de estudio en Alemania, su carrera dio un vuelco durante la pandemia, cuando decidió abandonar la búsqueda de reconocimiento y sumergirse en la experimentación material. Ahora, con una muestra programada para 2026, su obra abstracta –una “improvisación eterna”– vuelve a circular. En una tarde con mates, dialoga con Revista el Sur.
- ¿En qué consiste el trabajo que estás haciendo?
- Estoy trabajando con materiales como la ceniza de la salamandra que me calentó en invierno, pigmentos que traje de Europa, tierras de acá, del Valle, cera de abeja, polvo de cuarzo. Con eso hago la pasta, la amaso a mano sobre una superficie rugosa. Es el amasado antiguo, de antes de los pomos. Me gusta el resultado, cierta porosidad, que la pintura tenga su grumo, que no sea perfecta. La pasta del pomo está hecha en molinillo coloidal, queda como un dentífrico, muy homogénea, y a mí me parece demasiado artificial.
- ¿Cómo llegaste a estos procesos de elaboración propia de la pintura que vas a usar?

- La semilla la plantó un viaje a Nueva York. En el Metropolitan vi una obra de Anselm Kiefer que usaba ceniza, carbonilla… Cuando leí la ficha técnica dije: “Esto quiero hacer yo”. No quería copiarlo, sino profundizar en la cocina de la pintura. Con la pandemia eso se hizo urgente.
- De alguna manera “te fuiste del sistema” para realizar búsquedas más personales
- Me retiré del sistema porque sentía que gastaba mucha energía para que a nadie le importara lo que hacía. Decidí que pintaría igual, pero solo para mí. Si a alguien le interesaba, me tendría que venir a buscar. Y así fue.
- ¿Quién te buscó?
- Hace unos meses vinieron dos chicos, curadores de una galería de Córdoba y me pidieron que inaugure su nueva etapa en 2026. Les dije que sí, porque vinieron con buena onda. Yo sabía que no iba a rechazar un pedido si me venían a buscar.
- ¿Cómo es el proceso creativo? ¿Hay bocetos previos?
-No, es una pintura de acción, como una improvisación de jazz. Manejo dos coordenadas: paciencia y velocidad. La paciencia es para los tiempos de secado. La velocidad es para el gesto: cuando pinto, es rápido, decidido, sin cálculo. Lo crucial es conectar con el sentir. Si yo me pongo a pintar y estoy mental, especulativo, eso no funciona. Tengo que bajar la energía al corazón. Cuando conecto es como si me prendieran la luz: veo todo lo que tengo que hacer, los colores se eligen solos. Si no, pinto a ciegas y lo arruino.
- ¿Cómo sabés cuando una obra está terminada?
-Este tipo de pintura nunca está terminada del todo; es una improvisación eterna. Pero más o menos a la sexta sesión, la pintura cobra una profundidad, una densidad, una historia propia. Ahí sentís que ya puede sostenerse sola. A veces son cinco sesiones, a veces diez. Cada pintura pide una cosa. Algunas son “seco sobre seco”, otras “húmedo sobre húmedo”, otras tienen 15 kilos de óleo en impasto. Lo que importa es lo que vas sintiendo.
-Hablás mucho de “sentir” y también de “mediumnidad” ¿A qué te referís?
- Sí. Yo practiqué espiritismo muchos años. La doctrina dice que todos tenemos mediumnidad, una capacidad de conectar con otros planos. La del artista es intuitiva. Cuando vos te abandonás en la pintura, perdés la noción del tiempo y el espacio. Ahí, ¿quién pinta? Algunos dicen tu yo superior, Dios. Yo siento que preparo el cuerpo y el oficio para que “el maestro” pinte a través mío. Soy el medio. Por eso digo: “Yo no pinto”. Yo preparo el pincel.
- ¿Y el estilo? ¿No te preocupa tener una imagen reconocible?
-En otra época me hubiera preocupado. Tenía un estilo que en parte era mío y en parte lo que el sistema esperaba. Ahora hago la pintura que se me canta… el corazón. Si soy sincero con lo que siento, va a llegar al otro. Hay una pintura que hice que es muy cruda, quizás no se venda nunca, pero es honesta. Es muy parecida a la de Pablo Baena, un amigo pintor que murió. Siento que me visita a veces. Antes la hubiera borrado; ahora la dejé.
- ¿Cómo empezaste en el arte?
-De chico, mi madre siempre nos traía un kilo de arcilla. Mis hermanos dejaron, pero yo seguí. Me pasaba horas, entraba en un estado de flow. Después, por mandato familiar, probé Medicina, pero no me llenaba. Hice una terapia vocacional y salió eso: la libertad que sentía cuando modelaba o dibujaba. Ahí entré a Bellas Artes. Y ahora, volver a amasar tierras es como cerrar un círculo.
-Con esta muestra en camino, ¿sentís presión?
-No. La paz que logré no me la saca nadie. Si sale más obra, será por pasión, no por presión. Yo ya separé mi valor como persona del valor de mercado de los cuadros. Mi éxito es poder entrar al taller y conectar con el sentir. El resto es un objeto que va a circular. Protejo el proceso; lo demás, que pase lo que tenga que pasar.