Acabo de terminar “Levantado del suelo” de Saramago. Aunque no desvalorizo el contexto en que se inscriben las historias que aparecen en el libro y que tienen que ver con la dictadura de Salazar (1932-1974) el autor aporta a una historia universal del campesino. Es un libro sobre la vida en el latifundio. El arado de la tierra, la cosecha, las peregrinaciones en búsqueda de hacendados que den trabajo, el trabajo a destajo, las enfermedades, el amor en el campo, el paisaje abrazándolo todo, naturaleza y humanidad, describiendo una formación social que parece inalterable a los cambios de régimen político. Pasan monarquías, repúblicas, golpes de Estado y el latifundio se encuentra allí, imperturbable en su funcionamiento, ambicioso de los músculos y la sangre de los hijos de su tierra.
El libro bien podría ser un ensayo sobre el latifundio como dispositivo social de control. En el plano más concreto se ven los lazos irrompibles entre los terratenientes y la guardia nacional, los acosos de la policía política en búsqueda de comunistas, la cárcel y la tortura. En un plano más soft aparece el párroco de Monte Lavre, siempre visitante de los dos mundos opuestos que hay en estas tierras: el de los ricos y el de los pobres. El ateísmo humanista de Saramago ironiza sobre estos personajes, que intentan aplacar la dura vida terrenal que llevan quienes trabajan la tierra prometiéndoles el cielo para descansar mientras justifica cada acción de los terratenientes con un versículo bíblico. A veces la literatura encuentra mejor que las ciencias sociales los relatos para entender cómo se ejerce la dominación en estos entramados.
Maltiempo
El final del libro también me acerca a pensarlo como una narración sobre la toma de conciencia del campesinado. A través de la familia Maltiempo se abordan tres generaciones campesinas que van transformando la forma en que se representan su mundo rural. Saramago los retrata en sus miserias y en su inacabable intento de vivir con dignidad. Si el primero de los Maltiempo, Domingo, representa la sumisión de un trabajador errante, la de su hijo Juan empieza a avizorar formas inocentes de resistencia y compañerismo. Ya para la generación que le sigue, las primitivas formas de resistencia se convirtieron en prácticas aceitadas por la organización colectiva. La organización por fuera de la clandestinidad del Primero de Mayo es el final feliz que consiguen los campesinos a un precio muy caro, un siglo de resistir y experimentar las formas de luchar. Pero bien sabe el autor que ninguna victoria es para siempre, así como aprendieron los campesinos que en toda derrota hay aprendizajes y formas de revertir la situación.

El libro hace honor a los que no están en esa última fotografía narrativa. Un ave sobrevuela el día de la revolución, “... pasando y contando, un millar, sin hablar de los invisibles, que es el sino de los hombres vivos la ceguera, no entender cuántos hicieron lo hecho, mil vivos y cien mil muertos, o dos millones de suspiros que se levantan del suelo”. Para todo militante, levantado del suelo es una lectura que enseña a dominar la ansiedad del voluntarista y a entender los lentos procesos que se dan los pueblos. Una obra similar a la de Gorki, La Madre, pero con un tinte menos subjetivista e individual en su relato. Mas colectivo, como las mateadas de los campesinos de nuestro Norte Argentino.
Vale la pena detenerse en el plano estético de la obra porque es una apuesta política importante. Saramago es un intelectual orgánico del pueblo. Es consciente que la historia la escriben los que ganan, pero la narran los pueblos. Construye un narrador que renuncia a la omnisciencia segura y se deja afectar por las voces que relata. A veces olvida que empezó siendo un observador omnipresente para encarnar los pensamientos de algún campesino. Va y viene, y en ese poco clarear de su rol es donde más se disfruta su escritura, tan rara para quien lee por primera vez al autor luso. Reflexiona sobre el hablar: “Este hablar es como las cerezas, se tira de una frase y salen otras prendidas, o quizá como las garrapatas cuando están enganchadas, que lo que más cuesta es soltarlas una de otra, lo mismo sucede con las palabras, una palabra nunca viene sola, incluso la palabra soledad necesita de quien la sufra, y menos mal”.
No estamos ante un narrador con autoridad, sino ante un narrador muy humano en su duda, medio interrumpidor de los diálogos de los personajes. Va mezclando sus pensamientos con las historias que cuentan los campesinos. Creo que lo más importante del estilo de Saramago es el respeto hacia los actores con los que habla. Hay algo sociológico en la mirada del autor: lo amoral es el sistema, las personas son pasajeras, y aunque sintamos repugnancia por los personajes que llevan la opresión a sus imágenes más explícitas, hay una lógica en las acciones que debe ser entendida antes que juzgada. Uno no puede cambiar el mundo que no entiende. Cuando leí esta obra me generó la sensación de que el autor sostuvo contacto con el mundo campesino –así como intentó entender el mundo del terrateniente– y que seguramente pasó largas horas conversando con ellos. Sin embargo, la historia absuelve al autor de todo señalamiento de neutralidad. Esta es una historia sobre la dignidad del campesino, que aprende con su sangre derramada a levantarse del suelo.
Humanismo
En definitiva, en Levantado del suelo vas a encontrar una obra humanista sobre los campesinos del mundo. Como levitando por las páginas que narran cosas complejas con un lenguaje común y popular, podés encontrar reflexiones filosóficas sobre la muerte, el tiempo, la naturaleza, la soledad. Empatizando con sus personajes podés sentir la desesperación de tener un futuro tan poco prometedor que hasta podrías empezar a entender el rol que ocupan los mitos, tanto religiosos como mundanos, en estas vidas rurales. Vas a encontrar también los engranajes que hacen funcionar a un sistema cuyo combustible son las vidas humanas, y que en Argentina es constitutivo de nuestras clases dominantes: el latifundio. Y viendo cada engranaje, se aloja una reflexión crucial en el mundo rural: el analfabetismo. Dice el autor: “La palabra no le fue dada al hombre, era lo que le faltaba, todo son conquistas y a veces mal empleadas, y hay palabras que deberían venderse bien caras teniendo en cuenta quien las dice y para que…” que en estos campesinos “…es un lenguaje común, la lengua del poco saber y mucho decir”. También podés encontrar relatos tiernos, como este párrafo que obsequio al lector antes de cerrar esta reseña. Gracias por llegar hasta acá:
“Por estas carencias o por otras semejantes inventamos historias de tesoros escondidos, o ya las encontramos inventadas, señal de mucha necesidad antigua, no es solo de hoy [...] Caso más claro es aquel de las dos arcas de piedra enterradas por los moros, una llena de oro, otra llena de peste. Se dice que, con miedo de abrir por error el arca de la peste, nadie tuvo ánimo para buscarlas. Si no hubiera sido abierta no estaría el mundo como está, tan de peste lleno”.