Luego de una marcha de protesta en el centro de Córdoba, Hipólito Atilio Valverde habla con El Sur, todavía conmocionado por la noticia de la identificación del cuerpo de su padre, Hipólito “Tero” Valverde. Han pasado apenas unas horas desde que el Juzgado Federal N°3 de Córdoba notificó a la familia que el “Tero” es uno de los doce cuerpos cuya identidad restituyó el Equipo Argentino de Antropología Forense, que trabaja en la identificación de los restos hallados el año pasado en el Centro Clandestino de Detención y Tortura La Perla.
Como el juzgado decidió notificar a los familiares antes que a la prensa, van trascendiendo los nombres a medida que éstos toman contacto con los medios. Al momento de la entrevista con el “Tero” se habían confirmado otros nombres de víctimas del terrorismo de Estado que hasta ayer eran desaparecidos y ahora hay certeza de su destino final en el campo de la muerte del General Luciano Benjamín Menéndez: Mario Alberto Nívoli, Ramiro Sergio Bustillo, Oscar Omar Reyes y una de las mellizas Carranza (Adriana o Cecilia, secuestradas en Córdoba cuando tenían 18 años).
- ¿Cómo se enteraron de la noticia?
-Fue una semana de locos. El 9 de marzo homenajearon mi madre (la también abogada María Elena Mercado) en el Parlasur, por su trayectoria en derechos humanos. Ese mismo día sale la noticia de que habían identificado a doce personas de la fosa de La Perla. Y te juro que fue la primera vez en cuarenta años de marchas que pude gritar completo lo de "30.000 compañeros desaparecidos, presentes". Siempre lo decía, pero no lo gritaba. Esa vez sí.

- ¿Esperaban que fuera el “Tero” uno de los 12 cuerpos identificados por el Equipo de Antropología Forense?
- Mi vieja y yo habíamos dado muestras de ADN hace años. No nos acordábamos bien cuándo, pero sabíamos que habíamos ido. Así que cuando vi la noticia, lo primero que sentí fue una alegría enorme por todas las familias que iban a tener respuestas. Después me llamó mi vieja y le digo: "Ya sé". El miércoles nos citaron en el Juzgado Federal N°3 para confirmar que había coincidencia genética con los restos de mi padre.
- ¿Cómo se recibe una noticia así después de 50 años?
- Es raro. Lo primero es alegría, una alegría muy grande. Y después explota todo junto. En mi caso, era una explosión de cosas porque justo estaba terminando de montar una obra de teatro que se llama “Los abrazos que nos faltan”, una performance que se va representar en La Perla el 17 de marzo, que es también mi cumpleaños. Había estado recorriendo el lugar hace unos días, probando sonido, y las canciones quedaban rebotando en un eco profundo. Quién te dice que la música no trae identidades también.
- ¿La obra habla de tu padre?
- Habla de una familia antes, durante y después del 24 de marzo del ‘76. Hay un desaparecido, un buscador y un sobreviviente. El desaparecido es mudo, pasa papeles que lee otro. El buscador es sordo, está armando un rompecabezas todo el tiempo. El sobreviviente es ciego, pide que le describan a su ser querido que tiene en una foto. Y al final, el público completa el cuadro: pone la foto en un rompecabezas que dice "Nunca Más". La idea era hablar de mi viejo sin hablar de él.

- Y ahora tu padre aparece justo cuando estás montando la obra en el lugar donde lo mataron.
- Yo bromeaba con la gente de La Perla, sin que me conocieran, les decía: "Voy a pasar mi segundo cumpleaños con mi viejo acá". Porque yo cumplo el 17 de marzo. Mi padre desaparece el 24. Siempre dije que mi primer cumpleaños lo pasé solo con él. Ahora iba a pasar el segundo en el lugar donde sabíamos con certeza que había muerto. Y bueno, apareció. Son cosas como premonitorias, no sé si creer, pero pasan.
- Hablame de tu padre. Más allá del abogado, del militante, del secretario de Obregón Cano. ¿Quién era el “Tero”?
- Nació en Mendoza, el 26 de octubre del 39. Hizo el secundario allá, en el Liceo, pero después se vino a Córdoba a estudiar Derecho. Acá conoció a mi vieja, en el centro de estudiantes. Militaron juntos, fueron de la FUC, de la FUA. Cuando se recibieron, fundaron la Agrupación de Abogados de Córdoba. Mi viejo era peronista, de izquierda, y fue secretario técnico de la Gobernación con Obregón Cano y Atilio López. Cuando mataron a López, fueron al entierro y hubo una represión, yo creo que ya estaba en la panza de mi vieja.
- ¿Por qué "Tero"?
- No sé bien el origen, pero todos le decían así. Era un tipo muy querido, tenía un montón de amigos. Eso es algo de lo que no se habla mucho: de los amigos que se pierden, de los que se quedaron sin su compañero de ruta. Todavía hoy lo recuerdan con un cariño enorme.

- El 24 de marzo de 1976 él se presentó voluntariamente en el Hospital Aeronáutico. ¿Eso no es algo que cueste entender?
- Para mí, ese es el quiebre. Ahí desaparece la justicia, desaparece el derecho, desaparece el Estado como entidad que tiene que cuidar a sus ciudadanos. Mi padre era un hombre de leyes, creía en eso. Habían ido a buscarlo a la casa, no estaba, y cuando se entera de la citación, va con dos colegas porque todavía confiaba en que la señora de la balanza existía. Bueno, no existía más. El tejido social se rompió ahí. Lo otro, La Perla, es un matadero. Pero el quiebre es en ese puesto de Aeronáutica de calle Jujuy y Colón. Por eso para mí es tan importante la Plaza de las Infancias, donde pusieron un árbol en su homenaje. Ahí se rompió todo.
- ¿Qué pasó después?
- Lo llevaron a La Ribera y después a La Perla. En los juicios, testigos contaron cómo lo torturaban. Le preguntaban el nombre de guerra y él contestaba: "Soy Eduardo Jorge Valverde, abogado". Y seguían. Y cuentan que con el tiempo, su voz se fue debilitando hasta que dejaron de escucharla. Ahí murió, en torturas. No hubo enfrentamiento, no hubo mentira. Fue secuestro, tortura y muerte. Punto.
- Tu madre, María Elena, lo buscó toda la vida.
- Mi vieja, desde el día uno. En plena dictadura, recorriendo comisarías, establecimientos militares, el Poder Judicial, chocándose con la Iglesia, con todos. Empezó a presentar hábeas corpus para otras personas, a militar derechos humanos, fue fundadora de la CONADEP acá en Córdoba. Hizo el primer juicio civil al Estado por la desaparición de mi padre. Una luchadora incansable.
- ¿Cómo está ella ahora?
- Somos una familia media estoica, medio dura, como alemanes. Las cosas van por dentro. Pero se la nota conmovida. Cincuenta años buscando, y de repente aparece. Es un cierre, pero también es raro porque uno ya había hecho las paces con la idea de que no iba a encontrar nada. Los juicios fueron un tótem para nosotros, la ley de presunción de fallecimiento también. Esto ya es la confirmación definitiva.

- ¿Cambia algo?
- Cambia, pero no termina. Porque esto es parte de la historia argentina, no solo nuestra. Y porque además hay un montón de familias que todavía no encuentran nada. O encuentran un dedo, un hueso chico, y siguen preguntando dónde está el resto. Hay que entender que lo que encontraron es una fosa que removieron en el ´79 para ocultar pruebas. Fue parte del plan: desaparecer personas, desaparecer pruebas, desaparecer legajos. Todo metódico, planificado, con silencio cómplice.
- Hablando de silencio cómplice, estamos en un momento donde el negacionismo vuelve a ganar espacio.
- Es gravísimo. Y no es casual. Hoy tenés un gobierno que reivindica cosas nefastas, un presidente que fue panelista de televisión y que tiene, me parece, problemas de salud mental evidentes. Y la gente lo votó. Apoyan un plan económico y cívico muy similar al que planteaba el proceso. Si lo acelerás un poco, les gustarían prácticas nefastas. Esto no es una certeza, pero se habla de indultos, de borrón y cuenta nueva. Ya lo intentaron otros, algunos con el arma en la nuca, otros con convivencia. Está en nosotros, los pocos que quedamos, seguir plantando memoria.
- ¿Qué se siente? Nunca escuche entre las víctimas y familiares, las madres y abuelas son el ejemplo viviente, de nadie que planteara venganza.
- Acá hay lucha, hay justicia, hay Abuelas. Pero la venganza existe del otro lado. Lo que pasó con López en democracia fue venganza. Yo no tengo nada en contra del Ejército argentino, es parte de la historia del país, tuvo momentos gloriosos y momentos nefastos. Pero reducir todo a "todos son iguales" es de una idiotez supina. Hay gente buena y mala en todos lados. En el nazismo había alemanes que ayudaban a judíos y judíos que entregaban a otros en los campos de concentración. Dejemos de caer en esas simplificaciones. Pero lo que sucedió, sucedió. Está documentado y probado. Es la historia argentina. No podemos caer en negacionismos.

- ¿Cómo se cura o, mejor dicho, se sana una sociedad?
- Y.… a veces en medicina es bueno que drene un poco de sangre para que no derive en algo peor. Nosotros los argentinos solemos tropezar varias veces con la misma piedra. Lo que pasó, pasó, fue terrible, nos cruza todavía. Pero tenemos que hacernos cargo como sociedad de que estas cosas no vuelvan a suceder. Y lo veo difícil: hay una juventud poco interesada, con núcleos muy chicos que reivindican la memoria. Cada vez somos más grandes los que estamos en esto.
- ¿Y ahora qué sigue?
- Ahora la obra. El 17 de marzo, día de mi cumpleaños, a las 10 de la mañana en La Perla y el 23, a las 20, en el D2, en el Archivo Provincial de la Memoria. Recién caigo que coordiné todo esto con alrededor de 40 personas, más maquilladores, más colaboradores, cruzado con el homenaje a mi vieja, cruzado con el nombramiento de la mamá de mi hija que asumió como prosecretaria, cruzado con la identificación de mi padre. Todo en 24 horas. Y encima mi hijo es autista, hay que manejar terapias, colegio, médico, todo junto.
- ¿Qué te gustaría que la gente entienda de esta historia?
- Que mi padre era un abogado que se presentó voluntariamente porque creía en la justicia y lo torturaron y mataron. Un horror. Y que esto no es un problema de familias, es de toda la sociedad argentina. Lo que pasó acá pasó con el Estado terrorista, con planificación, con silencio cómplice. Y hoy que algunos quieren negarlo, hay que decirlo más fuerte: acá están los huesos. Acá está la verdad. Y acá estamos nosotros, los hijos, los nietos, los que van a seguir poniendo el cuerpo para que no se olvide.
- ¿Y a tu padre qué le dirías si pudieras?
- Le diría que lo logramos. Que mi vieja lo buscó hasta el final, que nosotros estamos enteros, que tiene un árbol en una plaza, una obra de teatro, un montón de amigos que todavía lo recuerdan. Y que ahora, después de 50 años, lo vamos a poder abrazar. Aunque sea en un puñado de huesos, en un nombre, en una identidad recuperada, eso es lo que importa: que el “Tero” volvió.