El viento en la zona de La Perla no es solo una condición climática; es un testigo que silba entre los muros de lo que fue el horror. Para Gustavo Ruiz, artista plástico y realizador escenográfico del Teatro Colón desde 1997, ese viento es ahora una "capa de memoria" que decidió intervenir.
De cara al próximo 24 de marzo, cuando se cumplan 50 años del golpe, el predio que fuera un centro clandestino de detención se transformará en una "Plaza de banderas": un homenaje inmersivo donde cuatrocientos retratos de desaparecidos recuperarán su color y ganarán el cielo.
"Yo creo que la capa de memoria que estoy incorporando es el viento", dice Ruiz, quien desde octubre de 2024 trabaja en este proyecto de arte efímero. "El viento que va a hacer flamear las banderas, y el viento que después va a elevar los barriletes".
La obra consiste en 400 pancartas pintadas a mano sobre tela de bandera, pero no son las típicas fotos en blanco y negro que el tiempo ha desgastado en el imaginario colectivo. Gustavo eligió el color. "Son banderas con retratos clavados en el piso, y si fueran en blanco y negro, serían imágenes muy sombrías y no es a lo que yo estaba apuntando. Este es un homenaje a la lucha. Y yo creo que esta lucha es dinámica, que tiene vida, que tiene vuelo", explica.
Un ritual de desentierro. El montaje, que se ubicará en la Plaza de Armas del Espacio para la Memoria, propone una interacción física y emocional. Las banderas estarán clavadas en la tierra y los asistentes podrán recorrerlas, sentirlas y, finalmente, elevarlas. "La idea es que cada familiar o cada sobreviviente vaya a buscar la imagen de su compañero, de su amigo y la desclave de la tierra. Yo imaginé esta imagen del Desentierro del Diablo, en Jujuy, ese ritual, a la gente, a los asistentes recorriendo entre el viento todo el flamear de las banderas, e ir eligiendo, mirando las imágenes, ir trayendo las banderas hacia el Espacio para la Memoria, y ahí enganchándolas de los barriletes y elevándolas".
Para lograr ese vuelo, 50 barriletes de un metro por un metro -construidos por estudiantes de Malagueño y Boy Scouts- funcionarán como motores de elevación. "Los barriletes son transparentes porque tienen un objetivo meramente técnico que es de elevación, y además en ellos los visitantes y los familiares van a poder escribir consignas, intervenciones o dibujos", agrega Ruiz.
Dibujar para curar. Gustavo Ruiz no es ajeno al dolor que retrata. Su compañera, Mariela, es hija de desaparecidos que pasaron por La Perla. Incluso su propia infancia en La Plata está marcada por el vacío: "Yo tenía dos años cuando se llevaron a los padres de mi mejor amigo de al lado de mi casa. No recuerdo nada del hecho en sí, pero lo que recuerdo desde que tengo conciencia, es que yo sabía un secreto que no le podía contar a mi mejor amigo, que era que sus padres estaban desaparecidos. Él quedó al cuidado de los abuelos, en la misma casa. Y yo toda la vida supe algo que mi amigo no podía saber. Hasta que un primo le contó que los padres estaban desaparecidos. Él tenía 12 años y yo 15. Mi amigo decidió aislarse de todo su entorno y lo perdí para siempre. Ese es el duelo que jamás pude resolver y es una de las consecuencias directas para mí, personales, del Golpe", rememora.

Y fue precisamente esa sensibilidad la que lo llevó a especializarse en el retrato social, desde las víctimas de Cromañón hasta este universo de La Perla. “La obra más importante que hice hasta ahora fueron los retratos de las 194 víctimas de Cromañón. Esa muestra tuvo 15 exposiciones en 13 ciudades en un año y medio, y en 2024 cuando estaba aún en exposición, ya empecé a trabajar con este proyecto de Plaza de Banderas”.
Para esta obra, Ruiz utilizó una técnica de pincel y tinta, evitando el lápiz, sobre telas blancas y celestes. "Lo único que sé hacer es dibujar. Yo no sé manejar un colectivo, ni revocar una pared. Así que este proyecto es un poco poner lo mejor de mí, poner una destreza que tengo para construir memoria. Creo que poniendo eso de mí, es una forma también de curar el dolor", reflexiona.
En diálogo con revista El Sur, el artista cuenta que también ha retratado a personajes como De la Rúa, Maradona y hasta a Juan Román Riquelme pero lo que lo ha ido formando como artista han sido los retratos más conectados con el contenido social, como un mural de Santiago Maldonado o pequeñas acuarelas de las Madres de Plaza de Mayo. “El arte popular tiene la cualidad de dar herramientas para reelaborar y resignificar traumas colectivos. Y por ahí es por donde me muevo”, explica.
La memoria como acto de rebeldía. En un contexto político nacional complejo, donde los discursos oficiales a veces intentan relativizar lo inalterable, Ruiz sostiene que la sociedad tiene anticuerpos: "Hay cuestiones que son exclusivamente discursivas y amenazantes por parte del gobierno nacional y enseguida la gente se moviliza, la sociedad se activa y se moviliza". Y destaca que la "Plaza de banderas" no busca la permanencia en un museo, sino la inmanencia en el corazón de quienes asistan.
Al terminar la jornada, el artista liberará los derechos de las obras y entregará un código QR para que cualquiera pueda descargar los 400 retratos.
Así, el próximo 24 de marzo, en La Perla, los rostros de quienes fueron arrebatados volverán a mirar al sol, impulsados por el mismo viento que alguna vez calló, pero que ahora ayuda a gritar.
El dibujo como pulso

Para Gustavo Ruiz, el acto de retratar no es una reproducción mecánica, sino un ejercicio de interpretación y respeto. A diferencia del dibujo académico tradicional que suele empezar con el grafito, él elige una técnica más definitiva. No utiliza lápiz para realizar bocetos previos y trabaja directamente con pincel y tinta sobre la tela, una decisión que implica una seguridad absoluta en el trazo, donde cada marca es irreversible, similar a la memoria misma.
Además, aunque el archivo histórico de los desaparecidos es mayoritariamente monocromático, Ruiz decidió usar colores arbitrarios para devolverles la vitalidad. En lugar de sombras negras, utiliza azules, verdes o rojos, buscando que la imagen sea pregnante y no sombría.
Sus obras son realizadas sobre tela de bandera de aproximadamente 80x70 cm, tensadas en bastidores de madera para permitir que el dibujo se mantenga recto mientras observa las fotografías originales en una pantalla.
Por último, el formato no es casual ya que replica la pancarta de denuncia que las Madres de Plaza de Mayo popularizaron en 1977, transformando una foto de documento en un símbolo universal de lucha.
Los barriletes

Si las banderas representan la identidad recuperada del suelo, los barriletes son el motor que permite la catarsis colectiva. Su significado en esta obra es multifacético: los 50 barriletes (uno por cada año transcurrido desde el Golpe de Estado) son transparentes y miden 1x1 metro. Su transparencia busca sumar "aire" y ligereza a la obra, evitando que la instalación resulte estática o pesada.
Los barriletes también hablan de una construcción colectiva y no de la obra solitaria del artista; fueron fabricados por estudiantes de Malagueño, familiares y hasta un grupo de Boy Scouts. "Yo viajé en octubre pasado a dictar una clínica a familiares y a estudiantes secundarios para la construcción de los barriletes. Estábamos comenzando cuando pasó un grupo de Boy Scout. Y se quedaron haciendo los barriletes. La conmoción para mí fue que el padre de Mariela, mi compañera, era del grupo de 18 Boy Scout desaparecidos".
Hay, en esta puesta, una suerte de ritual de desentierro también. La acción de "desclavar" la bandera de la tierra para engancharla al hilo del barrilete y elevarla funciona como una metáfora del trabajo de las abuelas y madres: sacar la verdad de la oscuridad y ponerla a la vista de todos.
Drive a los retratos de los desaparecidos: https://drive.google.com/drive/folders/1_PoMGTL8NBPqq6OCszCTXZhDsAJ0U_MC