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#50AñosDelGolpeCívicoMilitar
El fútbol puede ser opio o despertador de los pueblos"
Foto: Ariel Scher reflexiona sobre la relativa autonomía del fútbol respecto de los gobiernos autoritarios.
El periodista y escritor Ariel Scher analiza "la jugada" de la última dictadura cívico militar en un contexto marcado por el Mundial ’78 y la Guerra de Malvinas.
Publicada el en Entrevistas

“Igual que otras cuestiones, para la dictadura el deporte era una cosa de vida o muerte. Sobre todo, de muerte”.

(“Deporte Nacional: dos siglos de historia”, de Ariel Scher,

Guillermo Blanco y Jorge Búsico, Emecé, 2010).

 

Periodista, escritor, docente, militante de derechos humanos e hincha confeso y orgulloso de Racing Club. Jugador de todas esas canchas, Ariel Scher se destaca por ser un agudo observador de la realidad y un riguroso analista del fenómeno del deporte, al que concibe como un hecho cultural y político. En este caso, con el foco puesto en los 50 años del último golpe de Estado y en la dictadura que usurpó el gobierno entre 1976 y 1983, y que en perspectiva redefine como ‘militar, eclesiástica y empresarial’. 

- ¿Cuál fue el impacto de la última dictadura en el deporte argentino?

- Para la dictadura que arrancó el 24 de marzo de 1976 el deporte en el general, y el fútbol en particular, fueron espacios de captura de atención y también de toma de decisiones que trataron de ser estratégicas. La muestra más elocuente es el comunicado número 23, que se emitió el mismo día del golpe: prohibían todo y seguían prohibiendo, con la pantalla en blanco y negro, el escudo nacional y las marchas militares, y de repente autorizan la “propalación” del partido que Argentina jugó contra Polonia en el marco de una gira europea, y que ganó 2-1 en Chorzów. Desde el comienzo de aquel nefasto capítulo de la historia de nuestro país el deporte fue percibido como un espacio de singularidad. Y enseguida se ratificó la sede del Mundial ’78, aún sin una comprensión teórica que explicara del todo el porqué. Está claro que hubo un intento de apropiación del hecho deportivo. En ese sentido, podríamos decir que la última dictadura conservó y hasta potenció la tradición argentina de tratar de hacer jugar al deporte a favor del poder y del gobierno. No obstante, que el más salvaje régimen que gobernó la Argentina en el Siglo XX dejara 30.000 desaparecidos, no implica que el juego que se jugó haya tenido la lógica de los genocidas.

- ¿Cómo se explica eso?

- Puntualmente el fútbol tiene la particularidad de funcionar como una zona de autonomía, y los clubes siguieron jugando los torneos y eligiendo a sus autoridades a través de elecciones en forma normal, más allá de que figuras encumbradísimas del poder hayan buscado extender sus espacios de influencia personal y política a través del deporte, como sucedió con el genocida Carlos Suárez Mason, que se convirtió en el hombre fuerte de Argentinos Juniors. Esa voluntad de expansión personal tenía la misma lógica general de apropiación o uso del deporte que se reflejó con claridad en los dos discursos más referenciales del dictador Videla durante el Mundial ‘78. El primero fue en la ceremonia inaugural, el 1 de junio, cuando estrena la palabra “paz”, siguiendo la estrategia sugerida por una consultora estadounidense. Y el otro fue al final del campeonato, el 25 de junio, cuando habla del éxito de la Argentina y baja línea respecto a que el triunfo del seleccionado argentino da señales de hacia dónde se tiene que ir como país. Todo esto sucedía en medio de un escenario comunicacional de alto control, con compañeros despedidos, exiliados y desaparecidos en los medios, donde el mensaje fluía sin cuestionamientos de ningún orden.

- También hubo federaciones intervenidas y otras intromisiones, como el apriete que sufrió José Luis Clerc para jugar una serie de Copa Davis o la amenaza al “Pato” Fillol para que renovara su contrato con River. Y hasta se habla de que el plan de recuperación de las Islas Malvinas se precipitó porque el descontento popular presagiaba que “la cosa no iba a aguantar” hasta el inicio del Mundial de España ’82.

- Sí. En el caso del Mundial ’82 hay divisiones respecto a su probable incidencia en la toma de Malvinas, y también se habló de un chárter dispuesto por los militares para un grupo de barrabravas que iría a España con el objetivo de reprimir cualquier manifestación de los exiliados políticos, y que esa misión fue abortada por el inicio del conflicto del Atlántico Sur. Más allá de esas cuestiones puntuales, lo que resulta imponente es la confluencia de acontecimientos que se producen camino al Mundial ’82. Eso de que Argentina debutara ante Bélgica casi en el final de la guerra y mientras se producía la primera visita de un Papa a la Argentina, con ese contraste entre el verano español y el frío de las islas. De todos modos, a esa sincronía no se le puede dar una interpretación lineal. A veces el fútbol puede ser pensado y ejecutado como un moderno opio de los pueblos, y en otras ocasiones funciona como un relativo despertador. No olvidemos aquella “revancha” Argentina-Holanda de 1979 en Suiza, donde muchísimos vimos por primera vez un cartel con la leyenda “Videla asesino”. Aquella fue una construcción potente a nivel comunicacional y le generó un bolonqui enorme a la TV, pero no logró despabilar a la sociedad.

- ¿Qué otras cosas te quedaron “picando” de aquellos tiempos?

- Más allá del intento de apropiación o uso del deporte, me impresiona más como fenómeno la dimensión que tomó la corrupción administrativa. En el caso del Mundial, el EAM (Ente Autárquico Mundial ’78) nunca presentó su balance, y a estas alturas sinceramente ya no creo que lo vaya a hacer. Ese organismo estuvo a cargo de Carlos Lacoste, el vicealmirante que amenazó a Fillol, que tuvo un fugaz paso como presidente de la Nación entre (Roberto) Viola y (Leopoldo) Galtieri, y que llegó a vicepresidente de la FIFA por su fluidísimo vínculo con Joao Havelange, un gran amigo de las dictaduras sudamericanas de entonces y, sobre todo, del Plan Cóndor.

- ¿Cuál es tu análisis sobre el rol del periodismo en aquellos años?

- Podríamos decir que la dictadura fue bastante pionera en hacer algo que hoy hacen hasta los particulares con sus comercios, que fue contratar a una agencia de comunicación, la estadounidense Burson-Marsteller, con el objetivo de “limpiar” su imagen ante el mundo. El modelo económico elegido fue un camino para instalar un tipo de sociedad preestablecido, con un desplazamiento de capital gigantesco hacia pocas manos, la destrucción de la industria, un gran endeudamiento y una enorme injerencia del Fondo Monetario Internacional. ¿Te suena? Para esa concepción, el rol de la prensa es absolutamente determinante. Más allá de haber contado con el guiño del comunicador futbolero más importante de aquellos años, que fue José María Muñoz, hubo empresas de medios que jugaron muy fuerte a favor de la dictadura, ya sea porque más o menos coincidían ideológicamente, o porque eran beneficiarios de sus políticas económicas. Esta alianza con las empresas periodísticas más grandes marca un contraste entre la industria de la comunicación y la actividad de los trabajadores de prensa, que tenían una limitadísima posibilidad de manifestarse en contra de las políticas del gobierno, más allá de las objeciones de conciencia.

- Así y todo, tuvimos un Dante Panzeri; la revista “Goles” publicó una entrevista con el Premio Nobel de la Paz Adolfo Pérez Esquivel… Hubo voces que contrastaron con el discurso dominante, con las editoriales apologéticas de “El Gráfico” en el Mundial ’78 o cuando se resolvió el boicot a los Juegos Olímpicos de Moscú 1980, que frustró a una gran camada de deportistas argentinos, incluida una selección de fútbol integrada casi en su totalidad por jugadores cordobeses.

- ¡Un equipazo! Pero volviendo al tema del periodismo, lo cierto es que no había mucho margen para la resistencia. Muchas veces se alude a la última dictadura como militar, cívica y eclesiástica, pero ahí yo haría una salvedad con el segundo término, ya que no toda la ciudadanía apoyó el golpe. Más adecuado me parece decir “militar, eclesiástica y empresarial”, ya que los grandes grupos capitalistas fueron socios o beneficiarios de ese gobierno.

Jugar de memoria

En su análisis, Scher rescata al deporte como lugar de identidad cultural y reconoce su estrecho contacto con lo político. “Albert Camus, el célebre filósofo y novelista francés, decía que la patria es la selección nacional de fútbol”, refiere. “Para entender lo que vino después hay que remitirse al científico social Jean Maynaud, quien en su libro “El deporte y la política: análisis social de unas relaciones ocultas”, acuña una idea clave que él mismo busca desarmar: el apoliticismo deportivo, apunta. “A partir de fines del Siglo XIX, la lógica del deporte instaló discursos y prácticas por las que el vínculo con la política ensucia y el desvínculo conserva limpieza, esa idea de que una cosa no tiene que ver con la otra. Desde ese concepto es más fácil instalar una serie de cuestiones en la sociedad”, puntualiza.

- Uno de tus últimos libros se llama “Todo mientras Diego”, y lo traigo a colación porque en este momento resulta imposible no pensar en la necesidad de un Maradona para gambetear ese apoliticismo deportivo.

- Es difícil salir de esa lógica. El apoliticismo es un manto que impregna a todos los actores del deporte y que termina condicionando la manifestación. Además, la política es un lugar difícil para meterse si no lo dominamos. Sobre todo, en un contexto como el actual, donde el desprecio y la sospecha son una frazada que lo tapa todo, tanto en el frío como en el calor.

- De todos modos, fue el mismo deporte el que produjo las primeras manifestaciones públicas y masivas en contra de la dictadura.

- Al ser un campo de muchas autonomías, el deporte a veces espeja lo que pasa en el mundo, y otras veces no. En ese sentido es un ámbito donde, en términos políticos y sociales, siempre cabe la posibilidad de habilitar señales en contrario. Pasó con los hinchas de Nueva Chicago en 1981, cuando cantaron la marcha peronista en un partido y terminaron presos. Y también en el Luna Park en 1982, cuando una gran selección argentina de vóley celebró la obtención del bronce mundialista, mientras en las tribunas la gente cantaba “se va a acabar, se va a acabar, la dictadura militar”.

- ¿Cuál fue la reacción del deporte argentino con respecto a la dictadura, una vez consumado el retorno de la democracia?

- La democracia se restableció en 1983 y hubo que esperar hasta 1996 para que los clubes empezaran a echar a los jerarcas de la dictadura, como pasó en River con Videla, Massera y Agosti, que eran socios honorarios, y también en Argentinos Juniors, con Suárez Mason. Eso marca que hubo alguna dificultad, ya sea porque los dirigentes no querían quilombo o porque tenían miedo. La gente empezó a enterarse de que hubo deportistas desaparecidos recién a fines del siglo pasado. En 1998 conocí y publiqué la historia del atleta Miguel Sánchez, y luego salieron a luz un montón de otros casos, a partir del trabajo enorme que hizo Gustavo Veiga en el libro “Deportes, desaparecidos y dictadura”. Y la primera restitución de la condición de socios y socias a hinchas detenidos y desaparecidos, que la hizo Banfield, data de 2019. Mientras tanto, diferentes cuerpos técnicos de la Selección Argentina de fútbol y figuras del deporte fueron adhiriendo a las campañas de Abuelas de Plaza de Mayo y el reclamo de restitución de los nietos. Pero fue en los últimos tiempos cuando el deporte empezó a dar señales más políticas para que la sociedad pudiera responder a la pregunta sobre qué fue aquello que pasó entre 1976 y 1983. Y más allá del muy buen laburo que empezaron a hacer muchos clubes, rescato la creación de la Coordinadora de Derechos Humanos del Fútbol Argentino, que es una organización independiente de socios e hinchas de todo el país.

- Si se reeditara y actualizara ‘”Deporte Nacional: dos siglos de historia”, el libro que escribiste junto a Guillermo Blanco y Jorge Búsico, ¿qué diría el capítulo referido a estos tiempos que venimos transitando?

- Es un capítulo en curso y que marca un tiempo de la historia en la que asistimos a la manifestación más decidida, acelerada y brutal de trastocar formas de existir que son históricas en la sociedad argentina. En el deporte, esa ofensiva contra ciertas tradiciones se manifiesta en la alta competición, en los clubes y también en los espacios de recreación y contención social, donde se intenta plasmar una lógica a tono con el tipo de sociedad que se busca construir desde el poder económico y con las formas como se ejerce la política. En este contexto, y más allá de todos los señalamientos que puedan hacerse sobre la AFA, resulta llamativo que el fútbol se enfrente al gobierno nacional con mucha más fuerza que otros sectores. El fútbol, con su singularidad, hoy se ha puesto al frente de la lucha contra esta avanzada hiper privatista y contra una política anunciada, expresada y ejecutada en beneficio de muy pocos y en desmedro de los derechos de la gran mayoría.

- ¿Cuál es tu reflexión al cumplirse medio siglo del golpe del ’76?

- Lo que me gustaría destacar es que cuando levantamos las banderas de Memoria, Verdad y Justicia, no estamos haciendo foco sólo en el pasado, y tampoco en el presente, sino que básicamente estamos hablando de futuro.

Hugo Caric
- Periodista -