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#50AñosDelGolpeCívicoMilitar
Mi amigo “el Torito” y el profe Vaca Narvaja
Foto: Raúl Argentino Toranzo con la foto de su hermano Arnaldo Higinio, fusilado en agosto de 1976 junto a Miguel Hugo Vaca Narvaja y Gustavo Adolfo De Breuil.
Crónicas de medio siglo: del golpe del ´76 a los juicios de lesa humanidad.
Publicada el en Crónicas

A finales del año pasado, un viejo y querido amigo me invitó a una audiencia en los Tribunales del Parque. Allí se dictarían sentencias contra los verdugos que asesinaron a su hermano y a los dos jóvenes al instaurarse la dictadura militar de 1976. Era un caso antiguo y de larga data, muy doloroso e indignante, pues se trataba de una triple ejecución clandestina amparada en la llamada "ley de fuga". En resumen, asesinatos alevosos de tres presos militantes, esposados ​​y encadenados, ocurridos hace medio siglo, pero que jamás se olvidarán en la memoria de sus seres queridos ni en su clamor por justicia. 

Nos hicimos amigos de este chico, Raúl Argentino Toranzo, a principios de los 80, cuando acababa de regresar "de Canadá", como solía bromear, tras haber pasado la mayor parte del llamado Proceso de Reorganización Nacional en la cárcel fumar dentro de casa durante los años más bellos, mientras yo bailaba al ritmo de canciones de Donna Summer y los Bee Gees en El Molino de Carlos Paz.

La relación con Raúl surgió cuando me acerqué al mundo ajeno de los derechos humanos. Ajeno a mí, precisamente por mi anhelo de dejar atrás a "aquel chico de la bolera". "Torito" fue el tercer amigo que conocí a través de un cantante jujeño y un cruzdelejeño, ambos con hermanos en la lista de personas con el triste sobrenombre de "desaparecidos".   

"Torito" o "Toro", como lo llamaban, tenía un grupo de hermanos, todos de San Francisco del Chañar, todos militantes populares. Entre marchas y reuniones, "Torito" relataba su tiempo en diferentes cárceles. La tragedia de su hermano Arnaldo Higinio, de 20 años, del sonoro caso "Vaca Narvaja, De Breuil, Toranzo". Personalmente, me alegró ganarme la amistad y la confianza de un político recién liberado. Fue mi certificado íntimo de pertenencia a ese mundo militante de familia y amigos al que anhelaba pertenecer, conocer, escuchar, aprender.

Lejos de inspirar lástima o de aparentar ser un exconvicto, Torito era discreto, siempre entusiasta y dispuesto a recuperar el tiempo perdido. Físicamente, era bastante delgado, huesudo, de aproximadamente 1,77 metros de estatura, con rasgos mestizos, pómulos prominentes, perfil a lo Túpac Amaru y tez cobriza, como si descendiera de algún grupo étnico del Cerro Colorado.

Tenía el hábito de leer, adquirido desde la corrida de toros, y lo confirmé en un viaje relámpago que hicimos en grupo a Río de Janeiro. En las arenas de Copacabana, entre cientos de esculturas de las escuelas de samba, "Torito" leía "Ezeiza", un libro reciente sobre la masacre peronista escrito por Horacio Verbitsky. Creo que le sugerí que disfrutara de la belleza natural del entorno carioca, a lo que él respondió con una risa. 

Sin justicia

Regreso a aquella mañana de primavera de 2025 en Tribunales. Toranzo me esperaba junto al ascensor con su habitual buen rollo. Me dijo que estaba nervioso y sensibilizado por el resultado. Llevaba consigo la fotografía de su hermano Arnaldo y estaba acompañado por su esposa, su hermana Elda y su hermano Juan, su esposa y los tres amigos de entonces. En el vestíbulo había muchos viejos conocidos apiñados para entrar. Cuando insinuaron que el acceso podría estar restringido, se alzó una voz diciendo que, de ser así, habría un quilombo o algo por el estilo.    

Esa voz portaba la fotografía de otra víctima del caso, Miguel Hugo Vaca Narvaja (h). Este apellido me recordaba a mi primer año en el Colegio Nacional de Montserrat (1974). Un Vaca Narvaja había sido mi profesor de Educación Democrática, de quien guardaba un recuerdo fugaz pero grato. Otro Vaca Narvaja era profesor de Historia en el mismo colegio. Al entrar en la sala, la primera persona que vi fue un hombre de 70 años, alto, muy moreno, con calvicie avanzada, encorvado y que evitaba alzar la vista. Era uno de los dos acusados; el otro apareció por zoom. Familiares y amigos directos de las víctimas tomaron sus posiciones al frente.

Una escena de tal cercanía física entre verdugos y víctimas me conmovió profundamente. Y si pensaba en la absurdidad de que alguien se abalanzara sobre el asesino, ahí estaba yo, resignado. El ambiente general estaba influenciado por la reciente victoria de Javier Milei en las elecciones legislativas. El final no fue nada feliz. Murmullos de ira y gestos de indignación porque, a pesar de recibir duras condenas, los verdugos no irían a prisión. En esos momentos vi al hijo, el que había alzado la voz al entrar, romper a llorar como un niño. Un hijo mucho mayor que su padre cuando fue fusilado (35). Fue en este contexto de tristeza y amargura que me reencontré con mi maestra Monse. Y pude saludar personalmente a Hernán, que físicamente no se parece mucho a su padre. También comprobé que el dolor por ausencias vitales no vence, no proscribe, se instala en nosotros.

Recordé que hace varios años escribí una breve introducción al libro " La última estación " (2012), que el propio Hernán estaba preparando en memoria de ... Le comenté por correo electrónico que "Huguito" era un tipo guapo, que solía llevar el pelo liso y mojado, y cuando no, un pequeño mechón le caía sobre la frente. Joven, sin formalismos, de sonrisa fácil y muy didáctico para explicar su tema. Fui uno de los primeros en llegar al frente. Lo hice con el libro en la mano, para leer un número donde se mencionaba a un presidente norteamericano, Franklin Delano Roosevelt. Hice gala de que leía despacio y con buena fonética, lo cual él confirmó con una sonrisa franca.     

Me parece que HVN capturó la química que tenía con su personaje y, en particular, con él, como comunicador afable. Transmitía una autoridad serena, razón por la cual me gustó desde el principio, ya que rompía con la solemnidad característica de Montserrat. Su fotografía en la portada del libro "es el Vaca Narvaja" muy parecida a la que yo conocía. El libro es un significativo y literario homenaje a la memoria de un hombre traicioneramente impedido de desarrollar y culminar su ciclo vital. Contiene siete historias de su inspiración recuperada y evocaciones emotivas de quienes lo amaban y lo extrañaban. Suena exagerado, pero aquella mañana en Tribunales pude cerrar el círculo.

La impotencia de su hijo, por la ausencia de justicia plena, me reafirmó que aquel buen hombre de dos apellidos era mi profesor de Montserrat. Seguramente en más de una ocasión lo confundí con Fernando, uno de sus doce hermanos, de cierto parecido físico y relevante desempeño en la cúpula de Montoneros. Solo han pasado 51 años... También consta en mi expediente que aquel profesor no llegó a fin de año y tuvo que ser reemplazado por otro. Quizás las urgencias políticas del momento alejaron a HVN de la docencia.

El navarro

Al indagar en la historia, leí que el profesor Vaca Narvaja ocupó el cargo de Procurador del Tesoro en el gobierno constitucional de Ricardo Obregón Cano durante el año 73. Gobierno que llevaba nueve meses en el poder y que, antes del inicio de las clases, fue derrocado en un acto de terror sin precedentes denominado "Navarrazo" (27/02/74). Un contra-Cordobazo, perpetrado por un jefe de policía de aspecto siniestro apellidado Navarro.

En tales situaciones dramáticas, "Huguito" inició un proceso de insubordinación al cerebro principal, pero la suerte estaba echada. Tras días turbulentos, en 8M 74, Obregón y Atilio López abandonaron el Gobierno y Córdoba retomó la serie de intervenciones iniciadas en el ciclo final de la dictadura anterior.   

Como buen hijo de un padre político [1] y de su época, "Huguito" vivió con fervor . Fue abogado, defensor de presos políticos y representante del Partido Peronista Auténtico (PPA); ejerció el periodismo y la abogacía en la entonces joven LW1 Radio Universidad. Por cierto, me sorprendió saber que en 1962, a los 20 años, cubrió la Conferencia de la OEA en Punta del Este. Allí se decidió expulsar a la joven Cuba revolucionaria de Fidel Castro y el Che. Precisamente "Huguito" asistió al discurso del líder y al final tenía las manos rojas de tanto aplauso.

También observo que Hugo (h) era un hombre polifacético, una figura capaz de brillar en las grandes historias. Me tienta compararlo con un Deodoro Roca, el faro de la Reforma del 18, por su actuación jurídica en causas justas, su posicionamiento del lado de los desposeídos y su escritura para enaltecer la profesión. Y, sobre todo, por su entrega y entrega en el campo de batalla ideológico. No es difícil imaginar qué camisa vestía "Huguito" políticamente, además de su "viejo y glorioso Belgrano".

Córdoba, tan de los 70 

El reencuentro en Tribunales me hizo viajar en el tiempo. Volé sobre Córdoba en el 74, cuando empecé el bachillerato. Mi radio de acción era Montserrat y alrededores, entre Caseros y Duarte Quirós; Vélez Sarsfield y Obispo Trejo. Los campanarios y muros de la Córdoba jesuita retumbaban con la velocidad del tráfico, el humo, las bocinas, las protestas, los gritos, las bombas, los aerosoles. He grabado eslóganes escritos con "Perón vuelve" (PV); "Lucha y regresa"; "Osinde asesino"; "Libertad para Tosco...".

Una Córdoba vibrante, intensa y caótica. Repleta de coches nacidos en el corazón automovilístico de su amplia periferia. Una ciudad repleta de médicos y conductores. Una ciudad con taxis negros de techo amarillo y grupos de coches de distintos colores que pasaban "hasta las manos" sin parar en hora punta. (¿Cómo se dice Córdoba colectiva en alemán?: "Suben-estrujen-bajen").

El centro era centro, todo se hacía en aquel conglomerado de coloniales manzanas divididas en cuatro porciones por la avenida General Paz / Vélez Sarsfield. Desde el río al Boulevard San Juan, desde la Cañada a la Maipú. Ahí convergía el mundillo social, el tumulto político, las corridas,  los tiros, tiros en la calle, tiros y besos en los cines, la gente en bares confiterías y vidrieras. Las galerías comerciales eran los shoppings de entonces; “la peatonal”, un revolucionario invento cordobés para caminar sin tráfico hostil.

La banda de sonido era una mezcla de luna cautiva y lunita de Alberdi del Chango Rodríguez y el ritmo de cuarteto estallado en el baile con Carlitos Pueblo Rolán y “suena la sirena” y una Mona jovencito cantando “que te come el lobizón”. Los kioscos estaban abarrotados de diarios y revistas de todo tipo. Un buen día arribaron varias pilas de una revista desconocida llamada “Hortensia”; era cordobesa y venía a ponerle risa a aquella Córdoba enfrentada.  El cine Gran Rex anunciaba una película que parecía ir a tono: “Ciudad violenta”, con Charles Bronson. 

La Córdoba anterior y posterior al Cordobazo y “Vivorazo” tenía dos mártires “blanqueados”, sin monumentos ni murales: Santiago Pampillón, asesinado en Colón y Tucumán (1966) y Máximo Mena, caído en bulevar San Juan y Arturo M. Bas (1969). Ambos representaban una síntesis de aquella Córdoba universitaria y fabril.  Ambos empleados de la IKA, que marchaban encolumnados contra las políticas de Onganía.  El primero era mendocino y estudiaba Ingeniería.  El segundo era vecino de barrio la France, matricero y delegado de planta ante el Smata, afiliado a la UCR. Tenía 26 años y la bala que lo derribó abrió paso al Cordobazo. “Ante el hecho consumado  –escribió Elpidio Torres, líder de los mecánicos- se produjo la inmediata reacción de los trabajadores contra los cosacos del régimen, que optaron por huir como verdaderos cobardes hasta La Cañada y Belgrano".

En el Nacional de 1974, una orquesta albiazul sonaba muy bien y arrastraba multitudes. Recuerdo que estuve prendido a la radio cuando fue a jugar contra River a Buenos Aires acompañado por una multitud que sorprendió a los propios porteños.  Entre la muchedumbre tallarín estaba Atilio López, ya echado del gobierno provincial como vicegobernador y vuelto a su puesto de la UTA. Sin embargo, su sanguinario enemigo -las Tres A- se la había jurado. Y al día siguiente del partido lo perforaron de 100 balazos. Y Córdoba fue una lágrima tras otra. Al año siguiente moría Tosco, enfermo y en la clandestinidad, como había vivido en los últimos años y la Córdoba laburante se fue quedando huérfana de sus mejores luchadores.  

Ya en segundo y tercer año, algunos de nosotros de Montserrat esperábamos el timbre de la 1:15 p. m. en un banco de la Plazoleta del Fundador, el 27 de abril, frente a la concurrida pastelería El Ruedo. Allí charlábamos y veíamos pasar a nuestras vecinas, las chicas del colegio Santa Teresa. A un lado teníamos a Jerónimo Luis, un poco más allá a Dios y más allá a San Martín. ¿Cómo íbamos a imaginar que a cien pasos de nuestro banco estaba la oscura zona de inteligencia del Cabildo, ¡que era la sede de la Policía! ¿Cómo íbamos a imaginar que el macabro "D2" estaba trabajando en ese pasaje, el pasaje a la muerte, a la tortura, al exterminio humano? Un presagio aterrador y sangriento de lo que estaba a punto de estallar.

Legado

Ahora que lo pienso, mi amigo "Torito" podría haberse sumado a la lista de desaparecidos o asesinados. Por suerte, pudo regresar y rehacer su vida, estableciéndose en San Luis, donde echó raíces tras trabajar en las industrias promovidas por la familia Rodríguez Saá a mediados de los 80. Cuando contraje matrimonio, tuve el honor de ser su testigo en la ceremonia civil y, con el paso de los años, llegaron los hijos: dos niñas y un niño. 

Fiel a su estilo, montó una librería y, ya de mayor, decidió estudiar Historia. Fue admitido como profesor y llegó a ser director de un colegio. De alguna manera, veinte años después, siguió los pasos de Arnaldo Higinio, quien se había incorporado como catedrático de Historia en la Universidad Nacional de Córdoba. Así lo cuenta su hermana Elda en una página web llamada "Nosotras en libertad", donde lo recuerda en un relato titulado " Mi hermano ".  

Como diría "Huguito" Vaca Narvaja, como diría el poeta Hamlet, "en el hijo puedes volver, vivo". Volvió por tres. En Hernán, periodista, escritor y profesor; en Miguel Hugo, abogado y juez federal; y en Carolina, actriz que, entre tantas obras interpretadas, en una —titulada "Desde el desván, historia de un exilio"— recreó la odisea de su numerosa familia en su exilio a México. Aquella bendita huida, primero en tren, luego en avión, a la que su padre no pudo llegar.

Arnaldo Higinio tenía 20 años. Miguel Hugo, 35. Fueron víctimas de las garras de Luciano Benjamín Menéndez. Me aferro a dos recuerdos: el del hermano de mi amigo "Torito" y el de mi profesor de Educación Democrática. Pude ser amigo de ambos, como de un hermano, como de un hijo. 

[1] Miguel Hugo Vaca Narvaja (p). Padre prolífico de doce hijos, abogado, político y profesor universitario. Fue profesor de Historia en El Monserrat y solo lo vi al inicio de su curso. Fue secuestrado de su casa antes del golpe de Estado de 1976 y tuvo una muerte horrible y espantosa. 

Horacio López das Eiras
- Cronista -