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#Malvinas
Vivir para contar, contar para vivir
Foto: José, el protagonista de esta historia, en la fila de soldados hechos prisioneros por los ingleses.
La intimidad de la guerra: una historia inspirada en la experiencia de un combatiente de Malvinas.
Publicada el en Crónicas

No era un día cualquiera. Había empezado recibiendo saludos y manifestaciones de cariño por doquier. Era una jornada distinta, se cumplían 40 años de la guerra y el veterano soldado lo vivía de manera especial, como cada 2 de abril, como cada día que vivió desde entonces. Los mensajes llegaban e iba respondiendo a los que podía, pero algo sucedería, que haría distinto aquel momento plagado de emociones y de recuerdos: actos heroicos y miserables, como la guerra misma.

-Hola José, te llamo de la Dirección Nacional del Instituto, Cristina Aguilar es mi nombre, queremos invitarte a un homenaje a los combatientes de Malvinas que trabajan en la institución. Se hace el jueves. Si estás de acuerdo, avisame y te envío los pasajes.

—Hola Cristina, buenas tardes, por supuesto, ahí estaré.

Al día siguiente comenzó a prepararse para viajar. Decidido, armó su mochila con algunas cosas, las necesarias para un par de días, las necesarias para una nueva aventura, las necesarias para afrontar un viaje inesperado, un viaje que tendría sorpresas.

—¡Taxi! Al aeropuerto, por favor.

Normalmente para ir a Tierra del Fuego desde Tucumán hay que pasar por Buenos Aires, no es fácil viajar desde el norte del país al sur, de interior a interior. País federal, si los hay. Al llegar a Aeroparque, tomó un cafecito, costumbre que trae de sus escalas viajeras, cuando con su grupo de trabajo llegaba hasta Haití para compartir saberes y haceres sobre agricultura. Siempre poniendo el cuerpo, en ese caso junto al sufrido pueblo haitiano.

—Pasajeros del vuelo 1507 con destino a Ushuaia, por favor abordar en Puerta 4.

Cuando el avión comenzó a carretear, él estaba ansioso pero muy cansado, así que, pasados unos diez minutos, ya relajado, recordó:

—Hijo, ¿ya sabés los resultados del sorteo para la colimba?

—Sí, viejo. Me tocó un número alto 990, voy a la Marina, seguro—. Don José Moisés, viejo peronista y maquinista del Ferrocarril Mitre, lo escuchó y pensó:

—Uh, justo ahora con la dictadura, qué jodido.

Pero se recompuso.

—Bueno, hijo, va a andar todo bien, será una linda experiencia de vida. Podemos viajar a visitarte o vos venir a Tucumán.

Finalmente, no se incorporó a la Marina en el año 81, porque decidió pedir una prórroga para terminar la escuela secundaria que otorgaba el título de perito agrónomo. Ese año, matizaba sus días de estudiante con cursos de alemán y hasta se daba tiempo para acompañar a su padre a conducir las locomotoras del ferrocarril. Había aprendido a manejar un tren antes que un auto, por eso tuvo intenciones de trabajar como ferroviario, solo que entonces, la historia le quitó esa oportunidad. Los domingos, después de comer el asadito familiar, iba a la cancha a ver a Central Norte, aunque a su corazón futbolero lo tuviera en Independiente de Avellaneda, que en esa época contaba con los legendarios Bochini y Bertoni.

Y llegó el día de partir. Habían ido a despedirlo su papá y su mamá Elsa, pensando simplemente que su hijo iba a hacer el servicio militar, como cualquier joven de la época. Lo que no sabían era que dos meses más tarde estaría peleando una guerra contra una de las fuerzas armadas más poderosas del mundo, que intentarían recuperar las islas que alguna vez robaron a la Argentina.

La estación de trenes del ferrocarril Mitre de San Miguel de Tucumán era un caos: llena de militares, conscriptos que partían a distintos destinos para hacer la colimba, órdenes, contraórdenes, incertidumbres propias de algo mal organizado. Por eso, las viandas de comida que el ejército había previsto para el largo viaje se echaron a perder. ¿Nadie había pensado que en esa época en aquella ciudad del norte argentino harían 40 grados de temperatura? Como todas las familias les habían llevado comida para el viaje, igual pudieron arreglárselas. No había tristeza, había mezcla de sensaciones como el saber que iban a extrañar, pero también el orgullo de poder servir a la patria y tener la experiencia de salir de la provincia hacia otros horizontes. Una gran mayoría en ese viaje conocería el mar por primera vez. Tren militar en marcha, muchos brazos en alto, abrazos al viento, allá iban los soldados sin saber que estaban marchando a su cita con la historia.

—¡Atención! — gritó el teniente de corbeta a cargo del grupo. —Ustedes están acá para aprender a servir a la patria. Se van a formar como soldados al servicio de su país, están en la infantería de Marina. ¡Acá nadie jode, carajo!

Día difícil aquel 31 de enero de 1982. Estaban muy cansados del largo peregrinaje en tren, con varias escalas desde Tucumán: Rosario, luego Pergamino hasta una intersección de vías cercana a Luján, después a Merlo, hasta ahí en el ferrocarril Sarmiento. Luego en el Roca, pasando Temperley hasta llegar al Parque Pereyra Iraola.

José tenía presente lo que estaba pasando en el marco de la dictadura, pero más que temor, se habían encendido sus propias alertas y se dijo:

—Bueno, habrá que aprender a ser soldado y a estar atento.

El lugar que estaba cerca de La Plata, en el parque Pereyra Iraola, era el Centro de Instrucción y Formación de la Infantería de Marina, llamado en la jerga de los soldados el infierno verde. Ese parque había sido una estancia familiar hasta que el primer gobierno de Perón la expropió para convertirla en un pulmón verde de gran diversidad de flora y fauna, que impediría la fusión del Gran Buenos Aires con la ciudad de La Plata.

*****

La instrucción que recibían era completa e intensa. Mixturaba el tradicional y exigente orden cerrado (cualquier colimba al que le hubiera tocado no lo olvidaría jamás) con varias materias básicas: manejo de armas, táctica militar, higiene, desplazamiento en el terreno, etc. Después se especializarían en armamentos complejos como el manejo de ametralladoras pesadas como las F.A.P., M.A.G., lanzacohetes y también en enfermería. Al finalizar la instrucción, se asignaron distintos destinos: a José le correspondería la Fuerza de Apoyo Anfibio Batallón Antiaéreo con sede en Puerto Belgrano, cercano a la ciudad de Bahía Blanca. Así que armó su bolso marinero nuevamente, se lo echó al hombro y partió en tren hacia lo que suponía iba a ser el lugar donde terminaría el servicio militar.

Los primeros días parecían normales, hasta que, a fines de marzo, la preparación se hizo más severa, sobre todo el llamado orden cerrado: lo relativo a aprender a recibir o a dar órdenes si fuese necesario, ya que la disciplina se convierte en el mayor reaseguro en el combate; como así también se aceleró la instrucción en el manejo de armas para la defensa antiaérea.

Esos días fueron raros, algo estaba sucediendo. Una tensión diferente a la habitual se percibía en el aire y en cada actividad que les tocaba.

—José, me parece que algo está pasando—, el capitán de navío Hernández pasó muy nervioso.

—¿Qué será?

—Mirá Héctor, tenés razón sin lugar a dudas. Pude ver varias reuniones en el casino de oficiales, algo pasa, estemos atentos.

Héctor también era tucumano, de Famaillá, buen compañero, generoso, solidario, el cumpa ideal que podía mirar en espejo, digamos más claro, quien le podía cuidar la espalda y viceversa.

José, al que a veces le decían Tucumano o Pancho por su segundo nombre, a pesar de su juventud siempre tuvo un alto instinto de supervivencia, lo cual lo hacía ser prevenido y buen lector de la realidad. Esto sería clave en los días venideros.

*****

El teniente de corbeta reunió a todos los conscriptos en el patio central junto al mástil, lo que generó ansiedad por saber qué anunciaría.

—¡Formación! Hemos recuperado las islas Malvinas en una operación conjunta de nuestras Fuerzas Armadas, hemos reducido al personal inglés que custodiaba las islas, nuestra bandera victoriosa vuelve a flamear ahí, así que Puerto Stanley se llama ahora Puerto Rivero. ¡Viva la patria! -gritó de un tirón, casi sin respirar.

—¡Viva! — respondieron al unísono los soldados. Sintieron que se estaba recuperando la patria.

En la familia de José se conservaban libros escolares de la época de Perón y Evita, y cada uno de ellos decía: ¡las Malvinas y la Antártida son argentinas! Consignas que los gobiernos posteriores al golpe a Perón hicieron desaparecer, aunque la batalla cultural por la recuperación de Malvinas hubiera empezado mucho antes. Dicen que para muchos niños su primer amor suele ser la primera maestra, cuando escuchó el enérgico discurso del teniente, una imagen se hizo fuerte en su mente: la de la señorita Malvina, su maestra recibiéndolo en el jardín de infantes cuando José tenía cinco años: vueltas de la vida, del destino.

—Bueno, soldados. Tenemos una tarea específica que nos ha encomendado el Estado Mayor Conjunto, vamos a establecer la defensa antiaérea de Puerto Rivero, en Malvinas, por si al enemigo inglés le da por enviar tropas. ¡A prepararse! llegó el momento de demostrar lo que somos capaces de hacer, en estos dos meses de instrucción ya adquirieron las destrezas necesarias para el combate, pueden enviar una carta a su familia antes de salir. ¡La patria nos necesita y ahí estaremos!

En el batallón antiaéreo estaban conmovidos, había ganas, miedos, nerviosismo, se preguntaban qué escribirles a los viejos. José pensó: ¿sabrán algo ya? Bueno, veamos qué sale, consciente de que lo principal era tranquilizarlos y suavizar la gravedad de la noticia.

“Queridos viejos: Nos acaban de avisar que debemos prepararnos para un nuevo destino: Malvinas. Quiero que sepan que estoy bien, aprendí muchas cosas en este tiempo y me siento con ganas de recuperar nuestra tierra. Sepan que los recuerdo siempre, que los quiero y que estaré bien. ¿Se acuerdan de mi maestra de jardín? Mándenle un abrazo fuerte a mi hermana por su cumpleaños. Los quiero, José.”

***** 

Desde Puerto Belgrano volaron en varios Hércules hasta Puerto Rivero en Malvinas el día 9 de abril de 1982. El grupo tuvo asignada la defensa antiaérea del precario aeropuerto. La misión fue clara: “Los ingleses no debían tomarlo, ni destruirlo”. El aeropuerto tenía pocas instalaciones, solamente dos galpones semiabandonados que eran de la época de la Primera Guerra Mundial. Apenas llegaron, los recibió el clima impiadoso de las islas: frío intenso y viento potente. Aunque los infantes de marina contaban con buen equipo para el frío, éste no era adecuado para la humedad que llegaba desde el océano, ni para la llovizna intermitente que mojaba las botas de cuero y, cuando se helaban, impedían la circulación de la sangre causando amputación en casos extremos.

Sin tiempo para familiarizarse con la nueva geografía, comenzaron a armar la defensa. Lo primero fue cavar las trincheras y los pozos de zorro.

—Pasame la pala así empiezo a cavar mi pozo.

José lo miró de reojo, estaba tapado de barro en su futuro refugio para el combate.

—Ya te la paso, hermano. Ahora termino, este suelo es más duro de lo que pensábamos.

Los pozos de zorro eran huecos angostos y verticales, casi del ancho del cuerpo de uno o dos soldados, cubiertos por ramas para impedir que las esquirlas y las balas ingresaran allí. Tenían la altura de un hombre y un escalón para trepar cuando era necesario disparar y defender la posición.

La lógica de las instrucciones que los soldados habían incorporado en su formación sufría ajustes y desajustes: se había pasado de la simulación a poner el cuerpo en el combate. Debían trabajar permanentemente en hacer eficiente aquello que no funcionaba y de a ratos había que rebuscárselas haciendo alguna tucumaneada, como diría José, para conseguir cosas que faltaban. Estas argucias también los ayudaron a sobrellevar un poco mejor el hambre y el frío. Como cuando encontraron en uno de los galpones del aeropuerto una olla y una plancha de ropa en desuso. Con habilidad sacaron de la plancha la resistencia y la convirtieron en un calentador, y así pudieron preparar “ranchadas” mientras la comida empezaba a escasear.

*****

La tensión era cada vez mayor, se sabía que había intentos de negociar con los ingleses. Pero el clima emocional era de expectación, porque los oficiales les advertían que estuvieran preparados para el combate. Y fue así que el primero de mayo, sorpresivamente, un bombardero Vulcan, que había despegado de la Isla Ascensión, arrojó las primeras once bombas inglesas, dejando el saldo de más de

doce muertos -entre ellos el cordobés “Coquito” Romero, del Batallón Antiaéreo- y muchos heridos. El Vulcan era un avión que volaba a gran altura, lo que hizo que la defensa antiaérea no lo pudiera impactar.

Después de esto llegó la orden fue hacer una cortina de fuego de baja altura para evitar ser atacados por los poderosos Sea-Harriers. José llegó a ver a uno de ellos a veinte metros sobre su cabeza, mientras corría de una posición a otra. Fue suerte que el piloto, por alguna razón, no disparara. Tal vez se quedó sin munición. ¿Quién sabe?

Al día siguiente, 2 de mayo, se supo que dos torpedos lanzados desde un submarino nuclear británico habían hundido el crucero General Belgrano, dejando centenares de muertos y heridos. El Belgrano no era un barco más, era una nave muy bien pertrechada, con poderosos cañones de 400 milímetros. Al impacto de los soldados caídos se sumó la certeza de que cualquier negociación ya era inviable y sólo restaba combatir hasta el final.

*****

El frío los obligó a trasladarse al edificio de una escuela que estaba cerca del aeropuerto y al lado de una iglesia anglicana, donde todos pudieran, de a ratos, estar bajo techo. La escuela era de madera, forrada en chapa, al igual que el techo. Era sencilla y fría, pero en las condiciones en que los soldados se encontraban, fue un refugio casi lujoso. Ya no era prepararse para la guerra, era la guerra misma con sus miserias: ver compañeros heridos, algunos muertos, el cansancio que empezaba a moler los cuerpos, la locura que se hacía presente en muchos casos y la satisfacción cuando lograban impactar en un blanco enemigo. También hubo tiempo para compartir alguna charla, escribir una nota, enviar y recibir correspondencia y despedir a los caídos.

La estrategia militar de las Fuerzas Armadas Británicas, que tenían una capacidad de fuego casi ilimitada, fue lanzar ataques intermitentes de día y de noche para destruir la moral combatiente de las fuerzas argentinas. Entre la medianoche y las tres de la mañana, los ingleses cañoneaban desde el mar. Llegaron a lanzar por noche cerca de quinientos cañonazos, que se escuchaban desde la posición de José como el rasguido de una tela al romperse. Cuando daban en blancos humanos empezaban los gritos, las corridas de los camilleros y de las ambulancias. Los soldados quedaban paralizados por unos segundos y luego seguían, porque el combate no daba tregua.

Sucedió que, en un acto brillante y creativo, los argentinos armaron un híbrido extraño, desmontando de un barco una unidad de lanzamiento de misiles Exocet. La ubicaron sobre un camión, mientras estudiaban los movimientos de la flota inglesa. Durante veinte días montaron y desmontaron el lanzamisiles para evitar que fuera detectado por los radares y los aviones británicos.

*****

A principios de junio los ingleses profundizaron los ataques. Mientras esto sucedía, el Papa Juan Pablo II daba una misa por la paz en Buenos Aires, en una paradoja entre la vida y la muerte. Fue entonces que se combatió día y noche en todos los frentes: los combates eran encarnizados. Las fuerzas inglesas llegaron a tirar 12.000 toneladas de bombas y aun así la defensa antiaérea pudo conservar la pista del aeropuerto operativa hasta el final. El batallón antiaéreo cumplió su misión. La fuerza argentina realizó acciones heroicas para detener al enemigo, hasta llegar a la lucha cuerpo a cuerpo. El 12 de junio, el radar ubicado en el camión del lanzamisiles detectó un buque al que se podía dar alcance con un margen de acción de pocos minutos. La oportunidad no fue desperdiciada: uno de los misiles lanzados impactó en el destructor inglés Glamorgan, sacándolo de combate. Fue una experiencia inédita en el mundo dado que ese misil nunca había sido lanzado desde tierra.

—Señores pasajeros: les habla el comandante para decirles que en veinte minutos estaremos aterrizando en la ciudad de Ushuaia, Tierra del Fuego, que nos espera con cielo despejado y una temperatura de 10 grados. Gracias por elegir Aerolíneas Argentinas.

El vuelo transcurrió entre sueños y recuerdos. Antes del descenso, aceptó el chocolate que le ofrecieron. Bajó del avión solo con su mochila, un abrigo que había llevado con una insignia de Malvinas en el corazón y la gorra de partisano que usa habitualmente. Estaba emocionado por el homenaje, por haber sido invitado y, sobre todo, por tener otra oportunidad de defender la causa Malvinas, lucha que nunca abandonó. Pero esta historia tenía una sorpresa que, a cuarenta años de la guerra, ya no esperaba. Tuvo un rato para darse un baño, responder algunos mensajes, correos de laburo y militancia. Cuando llegó la hora, salió para el lugar donde se realizaría el homenaje.

—Buen día, José. Soy Cristina, me comuniqué con vos por los pasajes, Mucho gusto, ¿cómo estuvo el viaje?

—Todo muy bien, un buen vuelo. Muchas gracias.

Durante el viaje José había visto su propia vida en retrospectiva y sentía la convicción de estar donde debía. Ya en el salón del homenaje, vio que había una gran bandera argentina con las Malvinas en el centro. Llegaban autoridades y algunos veteranos. En ese instante recordó a los ausentes, a quienes cayeron en combate y a quienes, aun habiendo sobrevivido, no pudieron aguantar el destrato recibido al volver de las islas. Los militares argentinos los habían escondido y luego, cuando llegó la democracia, no habían recibido más que un mínimo discurso de ocasión. Ningún acompañamiento desde el Estado y una mirada social que los ninguneaba. La derrota del combate se hizo carne en sus vidas personales.

Su primera sorpresa fue cuando le pidieron que dijese unas palabras. Entonces se acercó al micrófono y, por unos segundos, recordó los sonidos ensordecedores de la guerra: “Antes que nada, pido un minuto de silencio en respeto a nuestros compañeros que perdieron la vida en la guerra por recuperar Malvinas y lo hago extensivo para quienes, aun sobreviviendo a ella, hoy no están aquí. Nada bueno sucede en una guerra, se pasa hambre, frío, pero es la causa Malvinas la que hoy todavía nos reúne y la que todos nosotros desde distintos lugares seguiremos defendiendo.”

José siempre pensó que la guerra de Malvinas era un hecho trascendente dentro de un conflicto mayor que se había iniciado en 1833, cuando Inglaterra usurpó las islas. Entender la guerra como una parte de la causa Malvinas, una gran lucha que comenzó mucho antes, llena de actos heroicos, tales como el liderado por el gaucho Antonio Rivero en el momento de la usurpación; después la toma simbólica, en la década de 1960, de las islas por militantes peronistas; o la patriada de Miguel Fitzgerald que llegó para plantar la bandera argentina.

José cerró su discurso con una evocación: “Recuerdo aquel día cuando arrojaron bombas de racimo y uno de nosotros cargó en sus hombros a un compañero caído por cinco kilómetros para dejarlo en enfermería y a nuestros cocineros, que durante los ataques seguían al lado de las ollas cocinando lo poco que había para que tuviéramos un plato caliente. Allí dejamos todo, todo, todo...”

Conmovido, recibió interminables abrazos. Volvió al hotel. Su vuelo de regreso era al otro día. Cuando se disponía a bajar a cenar, apareció en su celular la última gran sorpresa del viaje: una foto del momento en que fueron tomados prisioneros por las fuerzas inglesas. Se reconoció en la fila de soldados, con su uniforme que daba cuenta del combate y una gorra de lana como casco. Un soldado inglés con su arma los custodiaba. Algunas fotos se fueron conociendo con los años, pero en esta estaba él. Detrás de la imagen en blanco y negro, llegaron mensajes: “Esa noche llovía, no había agua, calmamos la sed con el jugo de un dulce de pera. Nos llevaron al puerto y ahí fue dónde José habló con el inglés”.

Con la rendición, ya como prisioneros, fueron obligados a presenciar uno de los hechos más dolorosos: ver arriar la bandera argentina.

En el cuartel de los Royal Marines, José fue quien pudo traducir para el resto de los soldados algunas indicaciones de los ingleses. En ese momento fue interrogado por un oficial de inteligencia que sospechaba que podría ser un oficial simulando ser soldado. Le había sorprendido que hablara varios idiomas, ya que José había mezclado palabras en inglés y alemán. Después de un par de días de cautiverio fueron trasladados por el buque Almirante Irízar, a Ushuaia, desde donde serían llevados a Puerto Belgrano. No fue suficiente haber combatido en una guerra, José y sus compañeros tuvieron que continuar el servicio militar durante diez meses.

*****

Cuando finalmente José pudo regresar a su hogar, se reencontró con su familia y sus amigos. Empezó a trabajar en el Ferrocarril Mitre, comenzó la universidad e integró el grupo fundador del primer Centro de Veteranos de Malvinas. En la política encontraría un lugar para seguir dando la pelea por Malvinas y otras causas justas. Hoy en día, aquel viejo soldado, veterano de la guerra y de la vida, recorre el país con la bandera en alto, dándole sentido a haber sobrevivido.

Había que vivir para contar y contar para vivir.

Gustavo Coria
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