Adolfo Aristarain, fallecido el pasado 25 de abril a los 82 años, dedicó su vida entera a contar historias. Pero no cualquier tipo de historias: él contaba aquellas donde un tipo común —un empleado de fábrica, un maestro rural, un jubilado— se enfrenta a un sistema que lo aplasta. Y lo hacía sin estridencias, sin panfletos, incluso desafiando a la censura impuesta por la dictadura, con la elegancia de quien aprendió el oficio en las interminables funciones de cine de barrio y, más tarde, mirando de cerca a los maestros europeos con los que trabajó.
Cuando la Academia de Cine de España le entregó la Medalla de Oro por su trayectoria en 2024, Adolfo Aristarain pronunció una frase que hoy suena como un testamento anticipado: "El cine que uno hace es lo que uno es". Y tenía razón. Su cine es el de un artista que aprendió el oficio desde abajo y que nunca se traicionó.
Cine en la oscuridad
Aristarain nació en Buenos Aires el 19 de octubre de 1943. De muy chico llevaba una botellita de café con leche y un sandwich y se metia a los cines de la zona como el 25 de Mayo, el 9 de Julio y el Grand Bourg. Prefería las de acción, del oeste y las cómicas. No iba los miércoles porque daban "las de amor” y se aburria. Tampoco le gustaban las películas argentinas. "Me las bancaba, ni me acuerdo de los títulos, pero parecían teatro filmado, antiguas, obsoletas en lenguaje, eran un plomo", recordaría años después. De adolescente leía a Borges, Arlt, Salinger, Pound, Prévert y Whitman, escribía poco y odiaba el colegio (al punto de no terminarlo). Fue profe de inglés y vendió helados, libros y jabones. La vida bohemia lo fue ganando. Su mundo era la Avenida Corrientes. Un día fue a la filmación de “Dar la cara” (1961) de José A. Martínez Suárez y tuvo su primera experiencia como extra.
A los 19 años armó una empresa de pinturas llamada "Pintorex" con dos amigos: Guido Ravenna y Antonio Dal Masetto. Salían con escaleras al hombro y gorritos de papel a pintar casas. Casi veinte años después, Ravenna le daría su apellido a un personaje de Últimos días de la víctima (Julio de Grazia) y Dal Masetto se convertiría en un novelista consagrado.

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A mediados de los sesenta, Aristarain juntó sus cosas y se fue a España a probar suerte. Trabajó como meritorio, asistente y director de segunda unidad en varias películas. Trabajó en “Digan lo que digan”, protagonizada por Rafael y dirigida por Mario Camus, a quien consideraba su "amigo y maestro". Cuando empezaba a abrirse paso, sitió cierta decepción por el rumbo que tomaba el cine español y decidió volver a Argentina. Era marzo de 1974 y trabajó de asistente en películas como La Mary (Daniel Tinayre) Los gauchos judíos y No toquen a la nena (Juan José Jusid) donde conoció actores que serían fundamentales en su carrera: Julio De Grazia, Julio Chávez y una jovencísima Cecilia Roth.
A esa altura Aristarain ya tenía un guion bajo el brazo: La parte del león. La historia de esa película podría ser un film en sí mismo: en plena dictadura, convenció a tres abogados para que invirtieran ochenta mil dólares -un film estándar costaba doscientos mil- y el Ente de Calificación Cinematográfica de la dictadura le prohibió filmar uniformados, escenas con droga, desnudos, y delincuentes simpáticos. Tenía que hacer "un policial sin policías".
Julio De Grazia interpretó a Bruno Di Toro, un fracasado que encuentra una bolsa con dinero robado. La escena en la que, sentado frente a los fajos de billetes, dice extasiado: "Dios mío, ¡cuánta guita!", se convertiría en una de las más recordadas del cine argentino. Pero el estreno, en octubre de 1978, fue un fracaso: a pesar de las excelentes críticas, el público no acompañó y fue retirada de las salas. Pero ya se hablaba de Aristarain.
Tiempo de revancha
A pesar del fracaso, Aristarain dirigió La playa del amor y La discoteca del amor (ambas de 1980, con Cacho Castaña, Mónica Gonzaga y Ricardo Darín). Eran filmes comerciales y los críticos se le fueron encima, pero Aristarain logró su objetivo: generar plafón para hacer Tiempo de revancha, su obra maestra, filmada en 1981, en plena dictadura militar.
En Tiempo de revancha Federico Luppi interpreta a Pedro Bengoa, un trabajador que simula un accidente laboral y se declara mudo para extorsionar a una empresa multinacional —la Tulsaco, nombre recurrente en su obra— que viola las leyes de seguridad. Además de mostrar la corrupción empresarial y su complicidad con el poder, la imagen de un Ford Falcon sin patente arrojando un cuerpo es de una potencia difícil de olvidar.

"Mis películas tenían un objetivo claro: atacar al capitalismo, que es un sistema que considero salvaje", diría Aristarain años después. Esta vez, además de la buena crítica, el público respondió: veintidós semanas en cartel y más de un millón de espectadores.
En 1982 llegó Últimos días de la víctima, adaptación de la novela de José Pablo Feinmann. Luppi interpreta a Raúl Mendizábal, un asesino a sueldo que sus jefes consideran "de otra época" y deciden eliminar. Es la película más dura de Aristarain, la que tiene menos diálogos, la que más se acerca al cine negro clásico. Pero se estrenó seis días después de la toma de Malvinas y fue otro fracaso de taquilla.
Más allá de la disímil recepción en Argentina, ambas películas cosecharon diez galardones en los festivales de Montreal, Huelva, Biarritz, La Habana, Cartagena, Chicago y Roma. "Un premio cada 24 horas", titulaban los diarios.
El Oscar que no fue
Tras un largo interregno filmó la serie de Pepe Carvalho para TVE, que terminó en conflicto con Vázquez Montalbán, el autor de la novela —que lo asesinó simbólicamente en una de sus novelas— y proyectos frustrados con Richard Gere y Michael Caine. Estuvo cinco años sin filmar hasta que dirigió Un lugar en el mundo (1992), la recordada historia de un maestro rural, una monja tercermundista y una cooperativa en San Luis. Federico Luppi interpreta a Mario Dominicci, Cecilia Roth a su mujer y José Sacristán a Hans, un geólogo español escéptico. La monja tercermundista es Leonor Benedetto. "Ya que no pudimos ganar la guerra, al menos quiero ganar una batalla", le dice Mario a Hans. Es el corazón de la película y el resumen de la vida de Aristarain.
La película ganó la Concha de Oro en San Sebastián y el Goya a la Mejor Película Extranjera de Habla Hispana.

El Instituto de Cine, con el voto de las asociaciones, eligió El Lado oscuro del Corazón, de Eliseo Subiela, para representar a la Argentina en los Oscars, pero Un lugar en el mundo fue postulada por Uruguay. Al final fue descalificada porque la explicación de los productores y del propio Aristarain -que su esposa Kathy Saavedra, uruguaya, es coguionista y vestuarista del film- no convenció a nadie. Fue una de las mayores frustraciones de Aristarain.
Reconocimiento tardío
Después vinieron La Ley de la Frontera (1995), Martín (Hache) (1997), un éxito sobre el exilio y la relación padre-hijo; Lugares comunes (2002), que le valió el Goya al Mejor Guion Adaptado; y Roma (2004), su último largometraje, una carta de amor a la memoria y al oficio de narrar.
En 2024 Aristarain se convirtió en el primer argentino en recibir la Medalla de Oro de la Academia de Cine de España.
Deja once películas y una lección inmensa: se puede hacer cine popular sin renunciar a la propia voz. Se puede atacar al poder sin caer en la caricatura. Se puede filmar con oficio, con amor al género, con respeto al espectador.
Aristarain, ese "vasco cabezadura" que según el personaje de Arturo Maly en Tiempo de revancha "no puede cambiar la historia", demostró que sí se puede. No toda la historia, quizá. Una batalla, al menos. Y eso, en tiempos de rendición fácil, no es poco.