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#TonosYToneles
Una trinchera para amucharse contra el espanto
Por | Fotografía: Diego Cabrera
Foto: Tito Acevedo, creador y alma mater de una de las peñas más emblemáticas de la historia de Córdoba: Tonos y Toneles.
A 50 años de la apertura de Tonos y Toneles, un evento en el Teatro Comedia recuperó el espíritu de una peña que fue refugio y resistencia durante la dictadura. Entre anécdotas de inspectores armados, empanadas para perros campeones y el crecimiento de artistas fundamentales, Tito Acevedo reconstruye la memoria de un boliche que, más que una efeméride, fue un modo de amucharse contra el espanto.
Publicada el en Entrevistas

El miércoles 15 de abril, el Teatro Comedia abrió un portal a otra década. Afuera, unas doscientas personas masticaban la bronca de no haber podido entrar porque la sala estaba desbordada. Adentro, el aire se espesaba con una mística que solo la distancia del tiempo permite decodificar. ¿El motivo? Se celebraban los cincuenta años de Tonos y Toneles, una peña que -asentada en la avenida Santa Fe 450- fundó Tito Acevedo el 17 de abril de 1976, apenas diez días después de que los militares bajaran la persiana democrática para ingresar en el período más oscuro de Argentina.

Eran los años 70 en Córdoba cuando Acevedo, un bonaerense que había dejado la carrera de Medicina en Rosario para escapar de la persecución política, se encontró revocando paredes en una casa modesta de calicanto en el barrio Alberdi, a la vera del río Suquía.

Pero aquello no fue una decisión romántica, ni una estrategia de marketing: “Hacía tres meses que habíamos alquilado el local, le debíamos plata a todo el mundo, tiramos paredes, revocamos nosotros y ya no teníamos más guita ni para subsistir. Había que abrir o abrir. No era una cuestión de mera valentía; no teníamos otra posibilidad de llevar la comida a casa si no abríamos el bar”, rememora.

El fantasma de Santa Fe 450. Hoy, donde funcionaba la peña, hay un bar peruano. Michelle, su dueña, recibe visitas silenciosas que parecen buscar un rastro en el aire. “Ella me contaba que de vez en cuando entra gente, recorre el lugar, mira y sonríe por lo bajo, así, sin decir nada. Y se va dando las gracias”. Es el peso de una marca profunda en la vida cultural de la ciudad; un sitio donde, como explica Acevedo, “naturalmente se amuchó ahí toda la izquierda, los peronistas y los radicales; no eran los radicales de ahora, claro, tampoco eran el Che Guevara, pero bueno, era otra cosa. No había una grieta, todos estábamos en la misma”.

El nombre Tonos y Toneles se instaló en la cabeza de Acevedo por un boliche de Rosario que se llamaba Corchos y Corcheas. Pero en Córdoba, el tono fue distinto. “Yo soy un superviviente de la buena noche. La noche donde a lo mejor con el correr de las horas nos doblaba el vino y ahí entraba el delirio de la poesía, de la política, era hermoso”.

En efecto, en esa mesa, la resistencia no se declamaba; se ejercía compartiendo empanadas y litros de un vino que Acevedo califica hoy de “terrible”.

El miedo y los Servicios. En aquel refugio, el miedo convivía con la bohemia. En los ochenta dos hombres de los Servicios se instalaron como punto fijo en el boliche. “Vienen y me dicen: 'mirá, nosotros somos de los Servicios, nos han destinado a que todas las noches vengamos a este bar a controlar que no haya desmanes, nada más a eso'. Así que llegaban y se sentaban en un rincón todas las noches y ya al final hasta charlaban con nosotros”, recuerda Acevedo.

Pero, además, la dictadura ejercía su control a través de la burocracia municipal. Inspectores como Fernández y Tizón —a quienes Acevedo identifica hoy como servicios de la D2— buscaban cualquier excusa para la clausura. “En un boliche siempre te faltaba algo. Si vos ves un ambiente limpio y me decís ‘esa mosca o esa arañita’, aunque no estuviera, había una excusa para cerrarte el lugar”.

En la charla con la revista El Sur, Acevedo también relata que una vez Fernández lo llevó al patio, se abrió el saco y le mostró que estaba calzado: “Yo no tenía miedo adentro, yo tenía miedo cuando me iba solo a mi casa y tenía parados los patrulleros ahí”, rememora.

De empanadas y perros campeones. Por el escenario de Tonos y Toneles pasaron todos, desde Lito Nebbia, María Rosa Yorio y Alfredo Ábalos hasta Víctor Heredia y Juan Carlos Baglietto. Y entre el público, en más de una oportunidad se lo vio a Piero Astori, a quien Acevedo no recuerda haber visto jamás tomar vino de damajuana en vaso de plástico. Pero ahí estaba.

Iban también los que entonces eran promesas: el Dúo Coplanacu, que “se subían al escenario y cantaban como cualquier santiagueño bien nacido”, o el Negro Álvarez.     

“El Negro vivía a la vuelta y no tenía laburo; y sus perros estaban cagados de hambre. Entonces un día viene y me dice: 'chico, te tengo que pedir un favor, ¿podés guardar todas esas empanadas rotas que tenés, para darles de comer a los perros?'”. La anécdota es que uno de esos perros, que se llamaba Gepetto, salió campeón argentino de Bóxer y ganó concursos en España y Francia. Entonces, un amigo del humorista sentenció el absurdo: “Cómo te debe estar odiando Gepetto ahora que descubre que hay comida de verdad para perros; ¡comía empanadas nomás!”.

En los intervalos de aquel escenario, el Negro vio que sus cuentos “picaban” y fue entonces que los recitales del Dúo Argentino pasaron a ser menos canciones y más humor.

La mística del escenario. Acevedo recuerda las noches mágicas con el Cuchi Leguizamón o Hamlet Lima Quintana, y los lunes de jazz. Pero también el dolor. Una madrugada se llevaron a todos a la Jefatura, incluido el Lagarto Guizardi y un concertista. “Un cana le sacó la guitarra, la abrió y se puso a hacer monadas arriba de la mesa. Cuando levanto la vista, veo que al guitarrista se le cae una lágrima; era la impotencia de no poder hacer nada. Nos hicieron pasar toda la noche en el patio, cagados de frío; y tipo 11 de la mañana, cuando se empezaba a sentir el calorcito, nos metieron a todos dentro de la celda, y a la una de la tarde nos largaron. Cosas así pasaban”.

En 1982, Acevedo abrió La Nueva Trova. El nombre era un desafío: todavía estaban los militares, pero el aire olía a retirada. Allí recibió a Juan Carlos Baglietto y Silvina Garré. “Pararon en casa, Silvina durmiendo en mi cama matrimonial, porque así era entonces. Vinieron para hacer un fin de semana, e hicimos viernes, sábado, domingo, lunes, martes, miércoles, jueves, viernes y sábado. No sabés cómo se llenaba”.

Después vendrían otros boliches, como Santa Cecilia, en la entrada de la Villa El Pocito, donde un robo de instrumentos terminó con Acevedo metido en un laberinto con una pistola en la cabeza. “Me hice pis del miedo. Le digo al pibe: '¿cómo salgo de acá?'. 'Seguí aquella luz', me dijo. 'Por favor, no me vayas a pegar un tiro por la espalda', le pedí. Como si fuese peor. Entonces me fui”.

Hoy, radicado en Carlos Paz y al frente de su nuevo bar de culto, “Santo Diablo”, Acevedo sigue editando sus propios libros de forma artesanal (tiene seis, entre los que se cuentan “Bares” y “Tonos y Toneles”), “imprimiendo la tapa y comprando la abrochadora propia”.

Pero la memoria de Tonos y Toneles permanece recordándonos que, aunque el presente sea un “cachivache liberal”, como dice Acevedo, hubo un tiempo en que la palabra y el encuentro fueron la única trinchera posible.

Guillermina Delupi
- Periodista -