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Marcos Aguinis
El profeta del odio
Foto: Marcos Aguinis, de escritor progresista a defensor de la dictadura militar.
El recuerdo de una anécdota que ilustra el profundo sentido humanista del "exégeta del cambio".
Publicada el en Reflexiones

Sergei Lourié nació en los primeros años del siglo XX en San Petersburgo o Petrogrado, en el seno de una familia de buena posición, que prefirió emigrar a Alemania antes que la revolución reemplazara el nombre de la ciudad por el de  Leningrado.

En Berlín Sergei estudió en una escuela de muy buen nivel y aprendió alemán e inglés, manteniendo, lógicamente la lengua materna. El hecho de que su hermana Anna, que estudió con él, llegara años más tarde a convertirse en locutora de la BBC en Londres, es un indicador de la calidad de la enseñanza recibida.

De su vida en Berlín en la década de 1920, Sergei recordaba que “la ciudad estaba toda vestida de rojo, sólo que en algunos barrios las banderas llevaban la svástica y en otros la hoz y el martillo”. Y en las zonas intermedias el rojo era directamente el de la sangre que quedaba de  cada enfrentamiento.

Con el tiempo Sergei aprendió a hablar danés, a partir de las similitudes y transparencias con el alemán. Más adelante aprendería francés “leyendo el diario”, y español, valiéndose también de la proximidades, en este caso entre nuestra lengua y la de Balzac.

Lo cierto es que por alguna vía, Sergei consiguió zafar de esa Europa peligrosa y cruzar el Atlántico, imaginemos que antes de 1939, radicándose por un tiempo en Paraguay. Cuando me contó este detalle le dije:

-No me diga que también habla guaraní.

-No –me respondió–: no lo hablo, pero lo entiendo.

Conocí a Sergei en Río Cuarto, en 1970. Entonces yo estaba en cuarto año de la secundaria, a punto de llevarme Inglés y quería prepararme para zafar de esa materia. El padre de mi amigo Alfredo Alonso estaba entonces estudiando alemán porque decía (¿bromeaba?) que si en nuestro país la cosa derivara hacia alguna forma de socialismo podría conseguir un empleo como ascensorista en Alemania.

Así fue como, conocí a Herr Lourié (como llamaba Alfredo, el padre de Alfredo, a su profesor de alemán).

Sergio –como él se presentaba- era casi la perfecta encarnación de un personaje de Dostoievski. Delgado, extremadamente sencillo, respetuoso, distante y cordial, miraba al mundo desde sus ojos azul-grisáceos, casi alegres y vestía muy pobremente. Solía usar un sobretodo grisáceo hasta bien entrado el mes de noviembre, y siempre tenía el aspecto de una persona limpia, aunque no tan prolija. Los cigarros Caburito eran su lujo y también la lectura de algún libro que alguien le prestaba. Vivía en la calle 25 de Mayo, en un cuarto que, desde lejos, olía fuertemente a gallinero y que intuyo que estaba casi vacío. No sé si tendría alguna silla. Ese hombre, testigo singular de momentos extraordinarios de la historia del mundo, que había leído todos los clásicos de la literatura europea en su lengua original, era, además, un excelente profesor. Gracias a él, no sólo pude aprobar con holgura la materia de la secundaria, sino que adquirí una plataforma que hoy me posibilita un acceso al inglés bastante cómodo y eficaz.

Teniendo en cuenta todo lo dicho, resulta casi obvio señalar que el precio de la hora de clase (a domicilio, en todos los casos) era, para todos sus alumnos, extremadamente bajo; incluso para alguien con recursos casi inexistentes, como yo. Se pagaba diariamente, al término de cada clase.

Un día vino muy preocupado, agobiado por algo. Y no pudo empezar la clase hasta que se desahogó. Todavía hoy me conmueve lo que habrá estado sintiendo ese hombre para necesitar confiárselo a un chico de 17 años, con todas las distancias que eso podía suponer.

Ocurría que, además de Alfredo, el padre de Alfredo, Sergei tenía otro alumno de alemán. Ese otro alumno era médico. Neurocirujano, con un prestigio aparentemente superior a su real capacidad, según referencias que circulan en el implacable mundo del rumor riocuartero. Lo cierto es que ese otro alumno de alemán le debía a Sergei más de tres semanas de clases: una suma importante para el profesor e irrisoria para el deudor, que no se hallaba escaso de recursos precisamente, puesto que, además de sus ingresos profesionales había recibido una suma importante de dinero como parte del  Premio Planeta por una novela oportunista y mediocre, muy hábilmente concebida en torno al accionar de los curas del tercer mundo, la “opción por los pobres”, las luchas contra la pobreza, coqueteos con ideas socialistas y referencias a la guerrilla (el Che había sido asesinado hacía sólo tres años).

Lo cierto es que Sergei se dirigió al consultorio del alumno deudor, médico y rico. Allí, el deudor, médico, rico y escritor de una novela “progresista”, ejerció su progresismo indicándole, a través de su secretaria, que volviera la semana próxima.  

Ese señor –Marcos Aguinis–, que en un momento pretendió ser “intérprete” de lo que somos o deberíamos ser los argentinos, que humilló en algo cotidiano a una persona de la talla humana de Sergei Lourié (y de todos los hombres como él, maestros, generosos y dignos); ese señor no sólo elogió a la última dictadura y sus consecuencias, sino que además se permite insultar desde su tremenda menesterosidad moral a dos de las mujeres más abnegadas y valientes que ha dado nuestra patria a lo largo de su historia, insultando por extensión a las víctimas de la dictadura.

Ese señor propone que cambiemos la dignidad y una conducta moral sostenida a lo largo de décadas por un paquete de consignas fundadas en el odio, en el resentimiento y la conciencia plena de la propia mediocridad. Ese señor, ciertamente, merece nuestro silencio.

Hugo Pérez Navarro
- Filósofo -