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#VivianaMacchiarola
Una voz de esperanza contra el olvido y el silencio
Foto: La autora con Viviana Macchiarola durante la defensa de sus tesis doctoral en la UNRC.
Profesora universitaria, militante política, mujer íntegra e intelectual crítica, Viviana Macchiarola es sinónimo de testimonio y compromiso.
Publicada el en Crónicas

Viviana habla despacio. No porque dude, sino porque hay recuerdos que pesan más que las palabras. La primera vez que la escuché fue en 2019, cuando empecé mi doctorado en Ciencias Sociales en la Universidad Nacional de Río Cuarto. Yo llegaba con preguntas académicas, con bibliografía subrayada, con la ansiedad de quien cree que investigar consiste solamente en producir conocimiento. Ella, en cambio, me enseñó otra cosa: que pensar también puede ser una forma de comprometerse con el mundo.

Fue mi codirectora de tesis, pero nunca ocupó únicamente ese lugar. Con el tiempo entendí que trabajar con Viviana implicaba entrar en contacto con una memoria viva, con una historia que todavía respira debajo de las baldosas de esta ciudad.

A veces, mientras conversábamos sobre educación, territorio o desigualdad, aparecían fragmentos de su pasado como quien abre apenas una puerta. Entonces yo imaginaba a aquella joven que, en el último año del colegio Cristo Rey, salió a hacer catequesis en los barrios populares junto a una monja y al padre Sorín, integrante del Movimiento de Sacerdotes para el Tercer Mundo. Ella cuenta que allí hizo “click”. La palabra parece pequeña para explicar lo que vino después. Descubrió la pobreza de cerca, la injusticia, la distancia obscena entre unos y otros. Y ya no pudo mirar hacia otro lado.

En 1973 ingresó a Ciencias de la Educación en la UNRC y comenzó a militar en la Agrupación Universitaria del Peronismo de Base. No hablaba de heroicidades ni de épicas grandilocuentes. Hablaba de organización, de discusión política, de la necesidad de construir un país más justo. Su militancia encontró rápidamente un lugar concreto en el CREAR, la Campaña de Reactivación Educativa del Adulto para la Reconstrucción. Allí alfabetizaban adultos bajo las ideas de Paulo Freire: enseñar a leer palabras, sí, pero también enseñar a leer el mundo.

Cuando ella relata aquellos años, hay algo que siempre me conmueve. No recuerda solamente aulas improvisadas o cuadernos gastados. Recuerda vecinos organizándose para conseguir transporte público, barrios formando vecinales, personas descubriendo que podían reclamar derechos. La alfabetización era también una forma de dignidad.

Golpe y después

Después vino el miedo.

Las amenazas de la Triple A. La intervención de la universidad. El cierre del plan de alfabetización. La persecución. Y finalmente la cárcel.

En marzo de 1977 la detuvieron en su casa. Antes había quemado libros de Marx, Freire y otros autores prohibidos porque poseerlos podía costar la vida. Cada vez que pienso en esa escena —los libros ardiendo para sobrevivir— siento que hay una metáfora brutal de la dictadura argentina: destruir el pensamiento para disciplinar los cuerpos.

Viviana estuvo presa durante dos años. Compartió una celda mínima con otras once mujeres. Sufrió torturas, interrogatorios absurdos, humillaciones. Cuenta el horror con una serenidad que desarma. Nunca hay espectáculo en su relato. Tal vez porque el verdadero espanto no necesita exageraciones.

Escucharla modifica algo adentro mío.

Porque mientras ella habla, una comprende que la dictadura no es un capítulo cerrado en los manuales escolares. Tiene rostro, tiene voz, tiene consecuencias que todavía atraviesan nuestra democracia. Y también entiende que hubo personas comunes que eligieron comprometerse aun sabiendo los riesgos.

Cada vez que voy a la Casa de la Memoria de Río Cuarto, busco su rostro entre las fotografías. Allí está, en el Archivo Oral de la Memoria, compartiendo espacio con otros ex presos políticos y también con quienes fueron desaparecidos, asesinados o perseguidos por sostener las mismas convicciones. Hay algo profundamente movilizador en verla y escucharla allí y, al mismo tiempo, encontrarla después caminando por la calle, o por la universidad, conversando con estudiantes, pensando proyectos, insistiendo todavía en que la educación puede transformar conciencias.

Quizás eso sea lo más extraordinario de Viviana: en ella conviven el dolor y la esperanza sin cancelarse mutuamente.

La libertad

Después de recuperar la libertad en 1979, cargó durante años con el estigma de “haber estado presa”. Las puertas se cerraban. Las instituciones callaban. El miedo seguía gobernando incluso fuera de la cárcel. Recién con la vuelta de la democracia pudo regresar plenamente a la universidad. Y aun así eligió volver a apostar por lo colectivo. Impulsó las Prácticas Sociocomunitarias en la universidad, para que los estudiantes salieran del aula y conocieran las desigualdades concretas del territorio. Como si todavía continuara, de otro modo, aquel camino truncado de los años setenta. Como si siguiera creyendo —a pesar de todo— que la educación puede acercarnos a una sociedad más justa.

A veces pienso que mi encuentro con Viviana también produjo un “click” en mí.

Una transformación lenta y persistente… con un profundo afecto que lo atraviesa.

Su historia me volvió más consciente de mis privilegios y más incómoda frente a las injusticias cotidianas. Me enseñó que la empatía no alcanza si no se convierte en acción. Que investigar no puede ser solamente acumular teorías, es preguntarse para quién y para qué producimos conocimiento. Que la memoria no es un ejercicio nostálgico, es una responsabilidad política y ética.

En tiempos donde algunos discursos relativizan el terrorismo de Estado o intentan reinstalar la teoría de los dos demonios, escuchar a Viviana es también una forma de resistencia. Su testimonio incomoda porque humaniza la historia. Porque recuerda que quienes militaron por alfabetización, igualdad y organización barrial fueron perseguidos por un Estado que quiso disciplinar cualquier intento de transformación social.

Y, sin embargo, pese al horror vivido, ella sigue hablando de educación. Sigue apostando al encuentro con otros. Sigue creyendo en la construcción colectiva.

No sé si ella lo sabrá, pero su presencia me inspira profundamente. Y aunque nunca estuve dentro de sus elecciones ni de sus afectos, algo de su manera de mirar la historia fue quedándose en mí, en lo profundo de mi corazón.

Porque Viviana no habita el pasado: lo vuelve pregunta, desafío y responsabilidad. Su historia continúa actuando sobre el presente, interpelándonos, exigiendo compromiso y obligándonos a pensar qué hacemos hoy frente a las desigualdades que aún persisten.

Yo llegué a ella buscando una co-directora de tesis.

Encontré, en cambio, una manera distinta y más humana de habitar el mundo.

Quizás por eso, cuando pienso en todo lo que me dejó su encuentro, las palabras que regresan son estas:

Cuando Viviana habla la memoria sostiene su voz.

Yo la escucho.

Y mientras ella recuerda, algo en mí aprende.

No supe habitar sus afectos, ni ocupar un lugar en su mirada.

Pero hay personas que transforman una vida sin necesidad de elegirnos.

Ella me enseñó que la memoria está viva, que la justicia se construye, que la educación es una forma de cuidado y ternura.

Y aunque no lo sepa,

cada vez que intento comprender el mundo con un poco más de humanidad,

encuentro su voz caminando dentro de la mía.

Romina Soledad Bada
- Poeta e historiadora -