La represión no empezó el 24 de marzo de 1976. El Nunca Más se plantea como afirmación, pero hoy en día se acompaña por signos de interrogación ¿Realmente es posible encontrar resguardo, lógica e inspiración detrás de un horror que persigue a miles de argentinos? Para Daniel Olartecoechea, caminar en contra del tránsito y usar ropa discreta no es una precaución, sino una costumbre.
A los 9 años, Daniel Mario Olartecoechea —nombrado Daniel por su padre y Mario por un tío— tuvo el primer acercamiento a la represión, cuando su padre fue detenido en Holmberg y forzado a realizar el servicio militar, tras ser cesanteado del Banco Italia por motivos políticos. Lo que el padre de Daniel no sabía era que quince años después, una decisión aparentemente trivial le salvaría la vida: aquella noche decidió ver el segundo tiempo de un partido en su habitación y no en la sala. Minutos después, una bomba colocada por la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina) explotó en el lugar donde normalmente se encontraba. Lanzada en penumbras, el abogado no duda que aquel corte de luz no fue casual.
Olartecoechea no podía imaginar entonces que, 52 años después de culminar sus estudios de Derecho en épocas agitadas en la Universidad Nacional de Córdoba, sería el abogado querellante de uno de los juicios de lesa humanidad más importantes de la provincia: la “Causa Gutiérrez”.
- ¿Cómo fue ir a estudiar Derecho a Córdoba en 1969?
- De golpe cuatro tipos que llegamos de Río Cuarto y apenas conocíamos Córdoba entramos a una asamblea estudiantil. Así fue nuestro ingreso: de entrada, a una asamblea.
En aquel momento, Rogelio Nores Martínez, rector de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), condicionó a los estudiantes con un examen de ingreso a la carrera de Derecho. Olartecoechea, que iba a cursar por primera vez, se encontró en situación de lucha. Que, para su fortuna y la de al menos otros cien estudiantes, terminó en victoria. “Eso fue de entrada, como para espabilarnos un poco. Y a los tres meses fue el Cordobazo”, subraya.

Durante el primer año de la carrera no se sumó a ninguna agrupación, aunque dice llevar la militancia desde la infancia, cuando en una clase un profesor de religión preguntó quiénes eran peronistas y él, junto a otro compañero, levantó la mano. En Córdoba tuvo asistencia perfecta a las manifestaciones y seguía con admiración a dos de los líderes sindicales del Cordobazo: Atilio López y Agustín Tosco.
Terminó siendo seducido por la agrupación Línea de Acción Popular (LAP), formada por ex guerrilleros que habían actuado en Tucumán en los años ´60 y seguían las ideas de Ernesto “Che” Guevara.
Olartecoechea culminaría sus estudios un año antes de lo previsto: “Queríamos terminar Escribanía, que era una materia más en aquella época, pero nos dedicamos a las peñas, a chupar vino y a cantar”, recuerda. En esas peñas germinaba un despertar político que los marcaría a todos. La madrugada del 22 de agosto de 1972, las Fuerzas Armadas fusilaron a los militantes de distintas organizaciones político militares que no lograron tomar en avión tras fugarse del penal de Rawson. Ese día, cerca de setecientos estudiantes tomaron la Facultad de Arquitectura. Intervino la policía provincial -pese a que por jurisdicción le correspondía a la federal- y detuvo a todos los estudiantes, entre ellos Olartecoechea. Fueron subidos a un ómnibus “a patadones” y llevados a la comisaría frente a la Plaza de San Martín, en pleno centro de la ciudad. “Nos sacan fotos, nos hacen “tocar el piano” (NR: les toman las huellas dactilares) y nos toman todos los datos personales. Ahí quedamos registrados. Estuvimos dos o tres días, no hubo tortura, no hubo nada”, recuerda Olartecoechea.
El joven abogado continuó sus estudios y la agrupación donde militaba se disolvió. Tras la elección que consagró presidente al peronista Héctor Cámpora y el regreso al país de Juan Domingo Perón, Olartecoechea se sumó al entusiasmo desatado por la “primavera camporista”: la ley de amnistía permitió la liberación de los presos políticos y la juventud pensó que las transformaciones sociales por las que luchaban por fin podrían concretarse.
Pero la alegría duró poco.
—No hubo una represión generalizada hasta el Navarrazo. A partir de ese momento la cosa cambió radicalmente. Nada de hacer asambleas, dar la cara y hablar en público. Córdoba se tranformó en un infierno-, recuerda Olartecoechea.
No imaginaba la dimensión del infierno en ciernes.
“La Gestapo cordobesa”
La vuelta a Río Cuarto fue rutinaria. Trabajos simples de un recién recibido. Entre ellos, ir a la comisaría, donde pronto dejaría de usar traje para estar del otro lado de las rejas. Mientras una de sus “relaciones intermitentes" lo seducía para integrarse al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), los Falcon verde estaban a la vuelta de la esquina. El 10 de agosto de 1974 el ERP intentó copar la Fábrica Militar de Villa María. Dos días después, su nombre apareció en una lista publicada por el diario Córdoba entre los supuestos participantes del hecho. Figuraba como "David" Olartecoechea e integraba el grupo de apoyo logístico del operativo. Hoy piensa que la información habría surgido de los registros confeccionados durante la detención masiva de estudiantes en 1972.

—Los datos los sacaron en el '72. Tiraron de aquella lista. ¿De dónde me iban a sacar? Ese apellido no existe en Córdoba-, insiste.
Desconcertado por la aparición de su nombre en la investigación, se presentó en la comisaría para pedir explicaciones. La respuesta fue inesperada:
—Te tenés que quedar, Daniel. Lo siento mucho. Yo le aviso a tu viejo, no te preocupes-, le informaron.
Todavía recuerda el impacto de aquella situación.
—Imagínense la cara de los detenidos. El día anterior yo había estado ahí como abogado.
Esa misma tarde fue trasladado a Córdoba. Lo acompañó Eduardo “Lalo” Mugnaini, hijo del intendente. Fue trasladado a la D2 de Córdoba, hoy sitio recuperado donde funciona el Archivo Provincial de la Memoria. Lo llevaron “dos monos de 1,90 como en las películas, con los pies colgando”, recuerda. Fue obligado a quedarse parado durante ocho horas mientras los policías que pasaban por el lugar repetían siempre las mismas frases: " Sos carne para los leones”, “Te vamos a hacer bosta hijo de puta", “Te vamos a hacer recagar, no salís vivo de acá.”

-Eso era a cada rato, empecé a pensar, ¿dónde estoy? ¿Qué es esto? - recuerda Daniel. No sabía que estaba en el Departamento de Informaciones de Córdoba (D2), uno de los tantos centros clandestinos donde funcionaba “la Gestapo cordobesa”.
Cuando sus piernas ya no respondieron, fue arrastrado a un patio, atado y con una venda en los ojos. No era el único, a su lado estaba el “Turquito”, y también “un cordobés muy pintón”, que alcanzó a divisar a pesar de la venda. Hablar, ver, comer, hidratarse, ir al baño, no eran derechos para nadie. “No éramos nadie, éramos un número, te anulaban como persona”, recuerda Olartecoechea. Sin imaginar el calvario que vivía, su padre le había llevado hasta un colchón, pero los detenidos apenas si podían sentarse en el piso y rogar que los gritos de los torturados no los volvieran locos.
Un día, la venda se deslizó un poco y Olartecoechea vio un color morado intenso. Era el cuerpo de un hombre que tenía la camisa desgarrada y la cara hinchada. Suplicaba que le dieran agua. A pesar de tener las manos atadas, intentó buscar agua.
- ¿Estás loco? -, lo frenó otro compañero detenido.
Ahí se dio cuenta de su error: los policías de la D2 lo podrían haber acribillado en el acto. Había que obedecer, guardar silencio y esperar. Los torturadores se divertían con el sufrimiento ajeno. Les hacían bromas pesadas. Después de horas sentados, cuando les permitían ir al baño, el “boxeador” -como le decían al guardia encargado de llevarlos- se divertía empujándolos para que se tropezaran en las escaleras del patio.
Olartecoechea no era el único detenido de Río Cuarto. Un día logró distinguir a un abogado de la ciudad. Eran entre 20 y 30 personas conviviendo en el patio del centro de detención, sin techo. Las campanadas de la Iglesia Catedral y la luz del sol eran las únicas referencias temporales.
- ¿Qué hacía cuando estaba en silencio? ¿Qué se le pasaba por la cabeza? ¿Cómo mantenía la calma?
- Hablábamos entre nosotros cuando podíamos. Pensaba en los partidos de tenis que había ganado, me gustaba recuperarlos… El método era no pensar en lo que estábamos viviendo, sino salir de ahí con mi mente, que era la única que tenía libre. Los ojos no los tenía, los oídos tampoco. Los sentidos prácticamente habían desaparecido en esa situación. Pero esto no -señala su cabeza-, tenía la posibilidad de volar.

Con el cordobés pintón y el “Turquito” se contaban anécdotas en los momentos de calma. “Al cordobés le encantaba la joda, le gustaba salir a bailar, tener muchas novias, pasarla bien y chuparse unos buenos tragos. Ese era su día. Nos lo decía así. Era un contraste muy grande para mí”, recuerda Olartecoechea. Era raro: un día lo dejaron salir, pero al día siguiente volvió a ser detenido. El “Turquito” era mecánico. Lo detuvieron junto con su jefe, apodado “el viejo”, sin ninguna explicación.
Olartecoechea todavía conserva una foto de “Turquito”, pero no se acuerda su nombre ni el de ninguno de los que lo acompañaron esos días en el centro clandestino. Un día los subieron a un ómnibus y se esfumaron. Nunca supo más de ellos. Se quedó solo con un arquitecto. Fueron llevados a una celda, en la comisaría. Los guardias estaban uniformados. Quienes intervenían en los interrogatorios y las torturas, vestían de civil. Aún antes de que le quitaran la venda, se percató que no estaba lidiando con policías, sino con militares. Escuchó: “No, mi capitán”, de boca de uno de ellos.
En la celda le ofrecieron que su familia lavase su ropa. En sus medias sucias enviaba “mensajitos” a su familia para hacerles saber que estaba bien, que tal vez pronto saldría y lo peor ya había pasado. Le daban comida y lo dejaban ir al baño. Ya no estaba vendado, conversaba con el arquitecto y unos brasileros muy alegres, que habían sido detenidos por posesión de cannabis. No sabía que los policías dudaron qué hacer con él. Hoy está convencido de que puede contar su historia porque el intendente llamaba todos los días para preguntar cómo estaba.
Fue liberado antes de las fiestas de fin de año. Hoy cuenta, entre risas, que exigió un certificado donde constatara que había sido detenido sin causa. Quería limpiar su reputación.
- ¿Cuál fue la reacción del oficial?
- Le dije que iba a salir en todos los canales de televisión, que iba a salir en todos los diarios, que iba a presentar la denuncia en el juzgado federal, que iba a armar un escándalo si no me daban un certificado que dijera que yo no había participado de lo que se me había acusado…la cara que puso el oficial fue de novela-, evoca Olartecoechea.

Pero el oficial le dio el certificado. “Lo tienen las chicas ahí en el archivo. Se los di y se reían. ¿Pero qué se te cruzó a vos por la cabeza? ¿Cómo vas a pedir un certificado de un lugar como este?, me decían”, recuerda.
El muro de Berlín
Al salir de la D2, Olartecoechea veía todo con otros ojos. Lo primero que vio fue el muro de la comisaría, en el Pasaje Santa Catalina.
- ¿Cómo fue cuando salió?
- Iba mirando los muros y decía: "Pensar que acá todo el mundo está normal, ha sido un día lindo de diciembre, la gente camina por la Plaza San Martín o por la calle o por las peatonales y aquí dentro hay otro mundo completamente distinto…nada que ver una cosa con la otra.”
En el D2 los torturadores vestían de civil y tenían una Ithaca (escopeta) colgando. “Me acuerdo que pensaba: "El tipo cuando vuelve a la casa debe tener hijos, debe tener a su compañera. ¿Qué hacen? ¿Cómo compatibilizan esta historia que viven acá con eso que es otra cosa? ¿Cómo será su relación familiar?, ¿Cómo hacen?, Todavía hoy no me lo explico “, reflexiona Olartecoechea.
Salió del D2 con lo puesto y una previsible paranoia. Tenía miedo de ir a la casa de su hermana, pero era el único lugar posible: no había ómnibus, ni tenía dinero. Caminó por un lugar poco transitado y se topó con un hombre sospechoso. “Tiene una pinta de cana este”, pensó. Hasta que una chica salió y lo besó. Entonces se dio cuenta que el hombre estaba esperando a su pareja, no a él.

Su hermana lo recibió con alegría y lágrimas. Volvió a Río Cuarto y les contó a sus amigos, en un bar, parte de lo que había vivido. Algunos no le creyeron, otros no sabían cómo reaccionar. Se dio cuenta de que hablar no era una opción si quería seguir vivo.
En abril de 1975 la Triple A puso una bomba en la casa de su padre, cortaron la luz y le hicieron saber que tenía una semana para abandonar el país o sería ejecutado. Olartecoechea viajó a España, donde estaba radicado su hermano. Vivieron juntos un tiempo, bajo la dictadura de Francisco Franco, haciendo lo que pudieran para costearse la vida.
- ¿Cómo hacía con los papeles?
- Estaba completamente ilegal en Barcelona. Cada tres meses salía: me iba a Andorra o a Francia, volvía a entrar y me ponían el sello. Tenía tres meses como turista con ese sello. Hasta que llegó un momento que ni eso. Estuve como… un año y medio, dos años completamente ilegal. Si me agarraban me deportaban
Disfrutaba del cine. Un día viajó a Francia con unos amigos para ver una película de Marlon Brando que había sido censurada en España. Viajaban en una furgoneta Volkswagen. Las autoridades detuvieron a "Pardiñas", el conductor, que había sido expulsado de Francia durante el Mayo Francés. Finalmente, lo dejaron continuar.
Una de las últimas veces que fue a sellar su pasaporte, un funcionario de Migraciones lo interrogó sobre su situación migratoria. Estuvo a punto de responderle de manera desafiante, pero optó por mantener la calma.
—Este es un acto de compasión, no otra cosa. Tome, váyase —le dijo el funcionario mientras estampaba el sello en su pasaporte.
Olartecoechea intentaba regularizar su situación y reconstruir su vida en el exilio. "No era un número tampoco, pero no era nadie", recuerda. Comenzó a trabajar como abogado y logró acomodarse y alquilar un departamento. Conoció a la futura madre de sus hijas y se mudaron juntos. Española, a veces no comprendía lo que él había vivido. Se preocupaban cuando su esposo se despertaba a la noche “a los patadones”. Soñaba que algo sin forma lo atacaba.

Comenzó terapia y cuando sus hijas tuvieron edad de entender les contó porque se levantaba golpeando el aire. Comenzó a escribir un libro, que tituló “El cuarto río”. Quiso escribirlo en primera persona, pero no pudo. Gracias al consejo de un amigo pudo terminarlo en tercera persona. Así, a través de “Javier", su alter ego, pudo contar su historia, con alguna cuota de ficción. La primera parte del libro recuerda su detención; la segunda, su exilio en España. “El exilio te parte, pero Argentina siempre estaba en casa”, asegura. El libro fue publicado en una edición de autor limitada. Dice que en Argentina él es el único que tiene una copia.
En 2013, Daniel Olartecoechea decidió poner fin a sus 39 años de exilio. Sus hijas ya eran grandes y se quedaron en España. A través de un ex preso político, se vinculó al movimiento de Derechos Humanos en Río Cuarto. Al poco tiempo fue nombrado presidente de la Asociación de Ex Presos Políticos del Sur de Córdoba y empezó a participar en la Comisión Municipal de la Memoria.
En 2015 tomó conocimiento del exhaustivo requerimiento fiscal de más de quinientas páginas elaborado por la fiscal federal de Córdoba Graciela López de Filoñuk, que documentaba los crímenes de lesa humanidad ocurridos en Río Cuarto y la región durante la dictadura cívico militar. Hoy describe ese documento como "un trabajo de hormiga, impresionante".
Designado abogado querellante en representación del Estado municipal -hecho inédito en el país-, impulsó la reforma de la ordenanza de creación de la Comisión Municipal de la Memoria para ser aceptado en la Justicia Federal, donde estableció una buena relación con Mirta Rubín, secretaria de Derechos Humanos del Juzgado Federal N° 1.

Las demoras provocadas por la pandemia y los recursos judiciales interpuestos por los abogados de los represores demoraron la causa por años, pero la Comisión Municipal de la Memoria logró en ese tiempo incorporar a la causa otros casos emblemáticos como los de Ernesto Silber y Gladys Comba.
- ¿Qué lo motiva a seguir contando su historia y metiéndose en estos hechos después de tantos años?
- El Nunca Más es fundamental. La fórmula que tenemos es ir y explicar las cosas que nos pasaron para que no vuelvan a pasar, para que no les pasen a ustedes.
Para Daniel Olartecoechea la memoria, la verdad y la justicia son pilares indisolubles que deben materializarse en sentencias.
- Está probado que estas cosas pasaron, la Justicia debe emitir una sentencia y el Nunca Más asegurarnos de que no vuelvan a pasar. Porque uno se queda con un trauma que, vuelvo a repetir, es para toda la vida.