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Las dueñas de la esquina
Foto: Mujeres en acción: la solidaridad en el comedor comunitario de AMMAR en barrio Alberdi.
Un comedor impulsado por trabajadoras sexuales funciona en una esquina del barrio Alberdi, en Río Cuarto. Allí, quienes durante años fueron señaladas, estigmatizadas y perseguidas, cocinan cada semana para alimentar a sus vecinos, agobiados por el hambre.
Publicada el en Crónicas

Son las diez de la mañana, el sol brilla fuerte y alto. La dirección en Google Maps indica el lugar, pero no se ven señales del comedor. Una señora junta las hojas que el otoño deja caer, mientras charla con otra vecina. Se ven conocedoras del barrio, el ritual de barrer la vereda regala unas cuantas conversaciones. “El comedor de la Lolo es allá, en la esquina. Esa casita blanca”, señala. La casa de la esquina, que es fácilmente pasada por alto, no tiene ningún cartel, ni nada que indique lo que hay adentro. La puerta está abierta de par en par. Se escuchan voces fuertes. Hay una mesa grande en el centro y cuatro mujeres sentadas alrededor. En la punta está Lorena, “Lolo”, una de las anfitrionas. Travesti, ex trabajadora sexual y una de las impulsoras del espacio, lleva la voz cantante entre papeles, listas y cuentas. La casa blanca de la esquina también es, en parte, resultado de su propia historia.

En esta zona del barrio Alberdi, que no ocupa más de diez manzanas, hay nueve merenderos. El de la historia que se está por narrar es uno de ellos. Pero no es igual al resto: es el comedor que sostienen las trabajadoras sexuales. Ellas, que noche a noche salen a trabajar. Ellas, que muchas veces tienen que mentirle a sus familias para no exponerlas. Ellas, perseguidas por la policía, o coimeadas, o capturadas. Ellas, que arriesgan su vida, también la entregan a los otros con un plato de comida.

El comedor surgió de la Asociación de Mujeres Meretrices de Argentina (AMMAR), sindicato creado en 1994 para defender los derechos de las trabajadoras sexuales y denunciar los abusos institucionales. En barrio Alberdi la organización tomó una forma concreta: un comedor nacido como respuesta a las necesidades que las propias trabajadoras sexuales veían a diario en el territorio. Allí donde faltaba un plato de comida, una mano tendida o un espacio de contención, decidieron organizarse para sostener a otros, aun en medio de sus propias dificultades. “Este es un lugar donde nosotras nos sentimos tan bien. Cocinar hoy día, siendo trabajadoras sexuales, yo que siempre fui discriminada. Me siento orgullosa de ver que esa persona que me discriminó se lleva un plato de comida hecho por nuestras manos. Me siento tan bien por eso, me siento satisfecha. Nunca agaché la cabeza y no la voy a agachar nunca”, dice Noemí, “Peti”, otra de las mujeres a cargo del comedor.

Desde temprano empieza el movimiento. Las familias llegan de a poco, con una bolsita de tela en la mano y la esperanza de llevar algo para compartir en casa. La ayuda cambia según el día, la necesidad es siempre la misma. Los lunes, miércoles y viernes, unas pocas tiras de pan esperan sobre la mesa. Nunca alcanzan para todos. A veces hay que partirlas a la mitad para que nadie se vaya con las manos vacías. Los últimos en llegar suelen recibir menos. La familia de Lorena abre más de una vez su propia bolsa para compartir el pan de su casa. Los martes y jueves, una leche chocolatada servida en botellas de plástico es refugio contra el frío de la mañana. No siempre fue así. Hubo un tiempo en que el comedor podía repartir pan y leche todos los días. Hoy los recursos escasean porque la mercadería llega una vez al mes y casi nunca alcanza.

Sábado por medio hacen una olla popular. Este sábado otoñal, los vecinos forman fila bajo la lluvia para buscar su porción. Sobre la calle, sentados en el tapial de la esquina, apoyados sobre sus bicicletas, esperan el guiso de lentejas. Una niña ataviada con piloto rosa y gorro de orejas de conejo juega con otra mientras aguardan. El olorcito a salsa inunda el ambiente.

Mujeres

En la casa de Magdalena terminaron de cortar las papas y zanahorias, el arroz está listo y las albóndigas se cocinan en su salsa. Todo en marcha para el guiso del día. Afuera llovizna y el frío endurece los dedos. Tocan la puerta, ahora cerrada por el mal clima. “Todavía no está listo, que vengan cerca de las doce”, responden las mujeres. Igual les reciben el tupper con el nombre de cada familia y los anotan en una lista, para asegurarles la porción.

Mientras revuelven la olla y ceban mates, cuentan su historia. No hacen falta preguntas, basta una anécdota, una frase suelta, para que la memoria surga nítida, espontánea. Noemí habla despacio, sin bajar la mirada. Tiene la voz firme de quien contó su historia muchas veces pero siempre encuentra algo nuevo para decir. Se casó a los 18 años con el padre de sus primeros hijos. Fue un matrimonio atravesado por la violencia. “Me golpeó los 365 días del año”, precisa. Cuando quedó embarazada, se lo dijo a su padre. Durmió en un basural hasta que su pareja la llevó a vivir con él. Fueron siete años de golpes, internaciones y silencios. En ese tiempo, dice, no había leyes que protegieran a las mujeres, como ahora, y muchas veces, cuando denunciaba, la enviaban de nuevo a su casa, porque su pareja “pedía otra oportunidad”. Cuando logró separarse, quedó sola con tres hijos, sin trabajo, sin ingresos y la promesa de una cuota alimentaria que nunca llegó. Una amiga le habló del trabajo sexual. Empezó viajando a pueblos cercanos, para trabajar de noche y volver de madrugada. El primer dinero ganado no era para ella ni para sus hijos, sino para la policía: había que pagar coima para mostrarse en la ruta sin ser detenida. Había noches peores: persecuciones, patrulleros, amenazas, abusos y el miedo constante. “Íbamos por dinero, porque había hijos esperando un plato de comida”, dice. “Era eso o ver a mis hijos pasar hambre”, insiste.

Las demás asienten mientras escuchan. Algunas aportan otros recuerdos: noches escondiéndose en pueblos vecinos, correr de la policía, hijos enviados a otras escuelas para evitar cargadas. Llevaban el estigma más allá del trabajo. En el barrio, el colegio, el almacén. Miradas, palabras. “Yo soy hija de una puta. Una orgullosa hija de puta”, dice Lorena, entre risas, rompiendo la densidad del relato. Su madre sostuvo a la familia ejerciendo el trabajo sexual. Nunca faltó un plato de comida en la mesa.

Ese “hija de puta” que a muchas las enorgullece, a Patricia le preocupaba. No quería que su hijo menor supiera su pasado, no quería que nadie lo juzgara ni lo tratara como si fuese menos. La charla transcurre entre mates y facturas y el frío se disipa con el calor de los quemadores que cocinan el guiso. Como si lo hubiéramos invocado, de pronto se abre la puerta y entra su hijo. Cambiamos el tema de conversación. Hablamos de la escuela, de sus notas, de su conducta. Le sirven un mate cocido caliente mientras su madre revuelve la olla. El guiso está llegando a su punto justo.

No todas lo viven igual. Peti sintió durante años el peso de las miradas ajenas. “Hola, Noemí”, la saludaban. “Pero cuando te das vuelta, dicen: la puta”. Igual no se arrepiente: “Lo hice por mis hijos. Jamás me voy a arrepentir”, asegura.

El orgullo no aparece desde la romantización del sufrimiento, sino desde la mera supervivencia. Ninguna habla del trabajo sexual como algo fácil o deseable. Hablan del hambre, de la falta de opciones, de la necesidad de sostener una familia. Frases como “Esto es un trabajo digno”, “A vos te puede doler la espalda por trabajar escribiendo, eso no es digno” o “¿Quién dice que trabajar ocho horas y dejar a tus hijos con una niñera es digno?”, resuenan a lo largo de la charla. Dicen que no volverían a las calles porque ahora es peligrosa y las condiciones más complejas. En ese escenario aparece AMMAR, la organización que defiende el trabajo sexual y reclama su reconocimiento laboral, acceso a derechos y condiciones más seguras para quienes lo ejercen. Sostienen que la prostitución es una elección y no necesariamente una situación de explotación. Diferencian el trabajo sexual autónomo de las redes de trata.

“Así como hay maestras, periodistas, doctoras, nosotras somos trabajadoras sexuales”, insiste Lorena. Tal vez por eso el comedor tiene otro peso. Para Noemí, cocinar ahí es una forma de reparación, una manera de devolver algo al barrio y resignificar una historia marcada por la exclusión. “Hoy mucha gente que habló mal de mí viene a buscar el plato de comida que prepara una ex prostituta”, dice con una mezcla de ironía y orgullo. “Y me siento bien. Me siento orgullosa de eso”, agrega. Durante la pandemia, mientras muchos dejaban de salir por miedo, ella siguió cocinando. Se ponía dos o tres barbijos y seguía yendo al comedor. “Yo sabía que a la gente le hacía falta”, recuerda.

En la mesa nadie dramatiza demasiado. Hablan mientras prueban la salsa, revisan el fuego o preguntan cuántos tuppers llegaron. Las historias más duras conviven con los chistes, los mates y la rutina de cocinar para otros. Putas, prostitutas, gatas, meretrices, mujeres de la calle. Nombres impuestos desde el prejuicio. Entre ellas, eligen llamarse compañeras. Mujeres que sostuvieron familias, criaron hijos, enfrentaron violencia y encontraron, en una casa blanca de una esquina de barrio Alberdi, un lugar donde no necesitan esconderse.

Afuera, la lluvia golpea despacio el techo de chapa. Adentro, el vapor del guiso empaña las ventanas y el olor a salsa se mezcla con el mate recién cebado. Rocío recibe un mensaje de Lorena, que pide ayuda en la cocina porque algunas compañeras faltaron. Llega cansada por una noche larga de trabajo, pero pone su mejor empeño en cortar verduras. A media mañana sostiene su cabeza con los codos sobre la mesa mientras entrecierra sus ojos escuchando a las demás. La dueña de la casa le ofrece recostarse en una habitación. Acepta sin dudarlo. Tiene otra historia, otra edad, otro recorrido. Pero también tiene algo en común: el trabajo sexual, para muchas, no empieza cuando pisan la calle, sino mucho antes, en las historias familiares, en las ausencias y en las formas de sobrevivir. Su mamá fue trabajadora sexual, militó en AMMAR y era amiga de “Lolo” y de varias de las mujeres del espacio. Rocío creció viéndolas. Creció entre esas mujeres, que conocen de memoria los códigos de la calle, las urgencias y los silencios. Detuvieron a su madre cuando ella tenía 17 años. Anduvo sin rumbo y dos años después empezó a ejercer el trabajo sexual. Sus hijos eran muy chicos. Dejó la calle cuando su madre recuperó la libertad y pudo ayudarla. “Ella no quería que yo trabajara”, recuerda. Volvió a encontrarse con Lorena y la organización apareció otra vez, primero ayudando a su madre y después cerca suyo. Surgieron nuevas dificultades: otra detención de su mamá, un arresto domiciliario compartido, otra vez la incertidumbre. Y otra vez, también, el acompañamiento de las mujeres del comedor. Rocío volvió al trabajo sexual y forma parte activa de la organización. Para ella el comedor es una verdadera red de cuidado. Enumera de memoria todo lo que allí organizan: Día del Niño, Navidad, Reyes, inicio de clases, kits escolares, regalos, leche, pan. Cuando recuerda cuando no había comida para ella ni para sus hijos, ver llegar al comedor a otros chicos por un regalo o un plato de comida caliente le toca el corazón. “Es algo muy lindo”, dice, y en esa frase transforma el dolor propio en ayuda para otros. La casa blanca es entonces, además de un comedor, un lugar administrado por mujeres que conocieron la intemperie y lo eligieron para convertirlo en un refugio.

El comedor como refugio

Vanesa está atenta a todo y nunca para. O casi nunca. La inesperada muerte de Sandrita, otra de las mujeres del espacio, fue la excepción. “Fue lo que más nos marcó como organización. Sandrita falleció un viernes y ese sábado teníamos que dar la comida”, recuerda. Por primera vez, el comedor cerró. Ese sábado no cocinaron. El golpe fue demasiado fuerte. Pero el duelo duró poco. “El sábado siguiente, entre lágrimas, tuvimos que salir adelante”, dice. Había familias esperando un plato de comida y, aun atravesadas por el dolor, volvieron a encender las ollas.

“Lo que hace AMMAR por cada persona que necesita un platito de comida es enorme”, asegura Vanesa. Y suma al comedor la experiencia de la farmacia comunitaria, donde vecinos y vecinas acercaban medicamentos para quienes no podían comprarlos. “Eso fue algo muy hermoso, porque la gente venía a ayudar, daba los remedios que necesitaban otras personas”, dice. Otro proyecto que la marcó fue el de apoyo escolar, especialmente el trabajo con personas adultas. “Lo que más me emocionó fue poder darle apoyo escolar a mamás y adultos que no sabían leer ni escribir”, dice.

Para Vanesa, el valor de la organización está en los pequeños gestos que transforman vidas: un plato de comida para una familia, una copa de leche para un niño, una mano extendida en medio de la necesidad. “Saber que gracias a AMMAR alguien pudo sentarse a comer un poquito mejor en su casa es lo mejor del mundo”, asegura. “Lo mejor es saber que podemos ayudar y estar para todos”, agrega.

Cocinar hoy, construir mañana

En medio del trabajo comunitario, las mujeres también piensan en el futuro. ¿Qué pasará cuando ya no puedan ejercer el trabajo sexual? ¿Cómo harán para sostenerse económicamente? De esas inquietudes nació la última propuesta: hacer budines y salir a venderlos. No fue sencillo. No se trataba solamente de vender, sino de enfrentar el peso del estigma. Acostumbradas a ser vistas desde una identidad ligada a la noche -maquilladas, producidas, con ropa de trabajo-, salieron de día, vestidas con jogging y zapatillas, ofreciendo budines. El desafío fue aprender a habitar otro lugar frente a la mirada social y empezar a imaginarse desde otra posibilidad laboral. Más que vender budines, se trataba de construir herramientas para el futuro y animarse a ser vistas de otra manera.

La olla está lista. Cada una conoce de memoria el movimiento de las otras. Arriba de la mesa esperan los tuppers, marcados con nombres, prolijamente acomodados, para que nadie se quede sin su porción. En el piso hay un fuentón repleto de naranjas. Sobre la mesa, bolsas de pan listas para repartir. Una sirve el arroz, otra reparte la salsa, otra alcanza las naranjas, otra revisa la lista. Afuera siguen llegando vecinos. El movimiento es, por momentos, frenético. Hasta que llega la calma y en el comedor afloran, por primera vez, el desorden y el cansancio.

Hoy la comida alcanzó para todos, incluso para ellas (no siempre es así). Cada semana se repite el ritual: la puerta siempre abierta, vecinos que entran y salen con viandas. Y es que en la casa blanca de una esquina del Alberdi no solo se cocina comida, también se cocina dignidad. Porque aun cuando el mundo las juzgó y las marginó, ellas supieron construir un refugio. Y en tiempos en que tantas puertas se cierran, decidieron dejar la suya abierta.

Malena Cravero, Valentina Díaz y Florencia Salgado
- Estudiantes de periodismo -