¿Qué hacíamos la madrugada del 5 de agosto de 2020? En nuestras casas nos amparábamos del gélido invierno mientras escuchábamos silbar el viento que azotaba la ciudad. Con algún barbijo colgado cerca de la puerta. Esa madrugada, Mónica Ordoñez, de 34 años, rondaba por última vez el predio de El Andino. Se defendía y luchaba por su vida. Respiraba y gritaba, sin ser escuchada. Fue asesinada a ladrillazos en la báscula del tren. Su cuerpo fue hallado la mañana siguiente por una mujer que paseaba sus perros en cercanías del lugar. A seis años del femicidio, la causa judicial ni siquiera tiene un fiscal a cargo (Fernando Moine está de licencia médica desde 2025).
El mapa que trazó Mónica Ordoñez el día anterior a su asesinato comienza en una comisaría, donde se presentó para pedir que su padre dejara de ser su tutor legal. Él administraba su dinero y le compraba la medicación para tratar su esquizofrenia. Más tarde, Mónica discutió con su pareja, con quién convivía en una pensión. Le entregó las llaves y se marchó. Ya de madrugada, las cámaras de seguridad la captaron en una farmacia céntrica comprando un test de embarazo. De allí fue caminando al Andino y entró a una báscula abandonada del tren. A partir de entonces nadie sabe qué pasó. La única certeza es que le quitaron la vida.
La familia y los amigos de Mónica no la olvidan. Piensan en ese día, una y otra vez, intentando reconstruir sus últimos momentos. Y claman justicia. Soledad Ordoñez se muestra escéptica con la Justicia. En su local de productos de costura, decorado por máquinas de coser de distintos tamaños, agujas, dedales y carreteles de colores. Están acomodados simétricamente y siguen las distintas tonalidades sin saltarse ni una sola, como si cada uno representara alguna de las tantas hipótesis en danza: el padre, los hombres que merodeaban el Andino, un conocido, un ex novio, un desconocido. Son tantos los “quizás pasó tal cosa” que desorientan a quien busca coser punto por punto la historia del crimen impune de su hermana.

Las dudas salen del expediente y se filtran en recuerdos y conversaciones. Dianela Tenreyro, cantante y amiga de Mónica, desconfía del padre, del novio, del ex novio, del hermanastro y hasta de una mujer presa que se adjudicó la autoría del crimen.
María Belén Urquiza, la abogada de la querellante Soledad Ordóñez, pone las cartas sobre la mesa, las acomoda y mira desde todos los ángulos posibles, pero parecen cartas de distintos mazos. La carta más fuerte es el rastro de ADN extraído debajo de las uñas de Mónica, pero no coincide con ninguno de los sospechosos.
El ADN es la pieza principal de una causa sin fiscal. Hay un abismo entre la familia, los amigos de Mónica y la Justicia. Con lágrimas en los ojos, Soledad le apunta al fiscal Fernando Moine, el primer investigador que tuvo la causa. “No tiene la descripción de lo que pasó esa noche, no sabe qué pasó ahí adentro. Entonces, ¿cómo podés investigar algo si no tenés la primera hipótesis? No tiene la punta del ovillo. Pero está lo más importante: mi hermana les dejó servido, con todo lo que le costó, la genética del asesino. Se quedó con los pelos de él en su mano, se quedó con piel de él debajo de las uñas. Se defendió, pero ni siquiera eso alcanza”, lamenta.
Recuerda que Moine le dijo que no era la única causa que tenía y que debía investigar a todas por igual. “Para el Poder Judicial sólo son causas, no personas”, se queja Soledad. Y asegura que el fiscal, hoy ausente, no preservó la escena del crimen, avaló imprecisiones en el expediente se revelaron datos de la vida privada y sexual de Mónica que nada tenían que ver con el femicidio.
¿Causa abierta?
El secretario de la Fiscalía de Tercer Turno, Esteban Rosales, explica que la causa sigue abierta y asegura que la investigación continúa: “Por parte de la Justicia se trabaja intensamente para esclarecer el caso”, recalca. Pero como Moine lleva más de un año de licencia, hay una rotación entre los fiscales que quedaron tras la destitución de Javier Di Santo y Daniel Miralles.
Ajena a la burocracia judicial, Soledad insiste en que la única manera de cerrar el caso es con el homicida preso: “Que no sienta más la libertad, la luz del sol. No que viva como si nada al lado nuestro. Porque a veces yo también me pongo a pensar, es el primo de alguien, un hermano. Me ha pasado de salir a la calle y pensar “¿Será este?” “Este no, es este”. Tengo la desesperación de empezar a preguntarme quién es todo el tiempo”.
Con un dejo de resignación, Dianela advierte que “la causa va a caducar en algún momento porque Mónica representa a una piba de clase baja a la que realmente la sociedad le dio vuelta la cara. Ella es una de las miles de mujeres. No veo ahora algo inmediato, para nada, pero sé que en algún momento lo vamos a saber”. La vio por última vez dos meses antes de que la asesinaran, en la Plaza Roca. Recuerda que vestía una campera negra con capucha, pero cuando quiso saludarla, ya se había marchado. No se parecía a su amiga, “estaba rara, como perdida”.

“No me sueltes la mano, aún estoy aquí. La historia que te contaron de mí, no es nada así. Entre líneas me han juzgado y no me defendí”, reza parte de la canción que Dianela escribió para tras leer en el expediente cómo fueron sus últimas horas de vida. Soledad aportó algunas frases a la canción: “Inventé un mundo mágico donde nada duele, donde cada día invento mi propia historia. Nadie sabe a dónde voy. Creen que loca estoy, llena de vida y magia soy”, escribió. Llora, le tiemblan las manos y las sujeta con fuerza, apretándolas contra su falda. Exhala con fuerza y agrega: “Mi hermana fue mi hermana y mi hija. Era una persona muy dulce. Buena amiga, buena hermana. Ella era muy frágil, pero esa noche se defendió de una manera increíble”.
Dianela sonríe cuando recuerda cómo conoció a Mónica: “Yo tenía entre 15 y 16 años, bailaba y cantaba en una banda de reggae de la ciudad y Mónica venía a vernos con sus hermanas. Eran fanáticas de la banda, nos acompañaban, viajaban con nosotros, nos hacían banderas, eran una genias”. Mira hacia un costado, como buscando otro recuerdo, suspira y define a Mónica como “una chica feliz, tímida e inocente. No tenía maldad. Por eso para mí algo ahí pasó, porque la apagaron”.
Los femicidios pueden ser vistos como estadísticas, números, lugares y nombres. Pero detrás de eso hay personas. Tenreyro recuerda que Mónica “era muy hermosa, una morocha preciosa, se reía mucho”. Dianela cree que fue sorprendida por alguien conocido: “Ella luchó hasta el final, dejó todas las pistas. Yo sé que ella luchó para decir “acá está el culpable”. Pero desde la Justicia nadie hace nada”. Soledad vuelve una y otra vez a la escena del crimen, no porque crea que encontrará con vida a su hermana, sino porque no pierde la esperanza de que el asesino regrese: “Para mí siempre vuelven al lugar donde lo hicieron, donde mataron a la persona. Siempre voy y estoy atenta a ver si veo a alguien extraño”.
Rompecabezas
“A Mónica lamentablemente la mataron millones de veces, de millones de formas”, dice la abogada Urquiza en alusión al sinnúmero de hipótesis que sobrevuelan el crimen. El boca en boca, las charlas a la espera del colectivo, entre vecinos, en la fila de la verdulería, todos parecen saber qué pasó en esa báscula de tren de El Andino la madrugada del cinco de agosto de 2020.
Mónica tenía debajo de sus uñas restos de piel, sangre y pelo canoso. De esos materiales se extrajo el ADN que llegó al expediente un año y medio después del crimen. La muestra se comparó con la de todos los sospechosos y no hubo ninguna coincidencia. La prueba genética está, pero carece de una hipótesis que amplíe la pesquisa hacia nuevos sospechosos. El caso sigue impune y posiblemente el femicida sigue en la ciudad.
Urquiza admite que la causa es compleja y muchos de los sospechosos son difíciles de rastrear. El secretario Rosales coincide e insiste en que la causa sigue activa. La abogada destaca el valor probatorio de las cámaras de seguridad cercanas al lugar del hecho, que muestran a dos sujetos masculinos. Cruzaron el predio del Andino en un horario posterior al que la autopsia indicó como hora de muerte. Eran tiempos de pandemia y regía la cuarentena obligatoria. La prohibición de circular reduce la posibilidad de que hubiera testigos. El guardia que estaba en la estación del Andino no escuchó ningún ruido fuera de lo normal, pero no estaba cerca de la báscula.

Para el círculo íntimo de Mónica, los sospechosos son varios, pero un nombre se repite en todos los relatos: Teobaldo Ordóñez, padre de la víctima. Soledad lo describe como un hombre violento, que habría cometido abusos intrafamiliares, pese a lo cual la Justicia le otorgó la tutela de su hija. Era el encargado de cobrar su pensión y comprarle los medicamentos. “Le dieron a él la custodia de mi hermana, cuando estaba asentado que era un abusador “, insiste. “Lo denuncié por abuso sexual”, recuerda, pero igual compartían las reuniones en tribunales porque también lo admitieron como querellante. Soledad acusa a Moine por no haberlo imputado, ni cotejado su ADN. Ya no podrá hacerlo: Teobaldo falleció seis meses después del homicidio de su hija.
Tenreyro levanta el tono de voz, su cuerpo toma una postura más rígida y golpea la mesa con sus puños cuando menciona al padre de Mónica: “Él era el que se hacía cargo de ella, era su tutor. La violencia que sufría, el abuso sistemático, porque la abusó toda la vida. Estuvo amenazada por el padre toda la vida”, sentencia. “No la dejaba hablar con las hermanas, por eso no había forma de encontrarla. Él la tuvo años domesticada, dopada”, amplía.
Sospechosos
Urquiza también sospecha del padre fallecido. “Nosotros como querellantes tenemos una versión del crimen distinta a la del fiscal, pero lamentablemente no tenemos una fundamentación jurídica para pedir el ADN del papá de Mónica”, explica. Moine imputó a dos indigentes que vivían en El Andino, de apellido Funes y Grassano. En el predio donde vivían se encontró ropa con sangre, pero no coincidía con el ADN extraído del ladrillo y las uñas de Mónica. Estuvieron presos un tiempo, pero fueron liberados por falta de pruebas. Siguen imputados, pero libres.
Para Soledad, su detención fue consecuencia de la gran convocatoria de la marcha “Ni Una Menos” aquel día: “Estaban todas las mujeres en el Andino, era casi una rebelión. Ese día o los encontraban o no sé lo que pasaba. Pero no se iban a mover de ahí”.
Otro de los investigados fue el novio de Mónica, Gabriel Gonzáles, que se quitó la vida hace algunos meses. Estuvo detenido, pero fue liberado por falta de pruebas. Su ADN tampoco coincide con el del asesino y hay testigos que lo ubican en otro lugar cuando se cometió el crimen. “Tenían una relación tóxica en la que Mónica no podía poner los límites necesarios”, admite Urquiza. Pero eso no lo convierte en el asesino. La hermana de Mónica coincide.

Dianela sospecha de otro ex novio de Mónica, al que ella había denunciado meses antes del crimen por violencia de género. Fue investigado, pero no fue imputado. “Se lo llamó como testigo, se le allanó la casa y como no encontraron ninguna prueba concluyente, se terminó”, agrega la abogada.
Con tantas posibilidades y sospechosos, la causa es cada día más compleja. La abogada destaca que las personas con las que Mónica convivía en la pensión no tienen celulares, ni una dirección de vivienda fija para poder localizarlos.
- ¿Siente que la dificultad de este caso es la situación de calle de la gente involucrada?
- Sí, esa es mi percepción. porque no había una influencia política, no había alguien que tuviera conocimiento público. Mónica ahora es famosa, pero eso pasó después de que falleció.
La fiscalía en la mira
Con el paso de los años, arrecian los cuestionamientos al fiscal Moine. “Me ha tocado hablar con él y ser atacada inmediatamente. Decía que yo tenía que ir a hablar con él y no con los medios. Pero vos hablas con él y no podés dialogar, no te escucha y te quiere ningunear porque tiene estudios. Que ponga estos estudios en práctica porque pareciera que no los tiene”, dice Soledad, indignada.

Su abogada es más cauta: “He visto y estudiado la causa millones de veces y no se ha hecho algo ilegal o que no correspondiera. Sí, quizás no fue lo suficientemente eficaz para poder obtener la verdad”, admite Urquiza. Y recuerda que las declaraciones de algunos testigos citados no fueron válidas, ya que estaban “consumidos por el alcohol”.
Pasaron 2.191 días desde el miércoles 5 de agosto del 2020. Seis años que potencian hipótesis y especulaciones de familiares y amigos de la víctima, mientras el Poder Judicial de Río Cuarto no logra ponerle nombre y apellido al ADN que Mónica les entregó como único y dramático legado.
Por el momento, para Soledad, la memoria es el único tipo de justicia que puede obtener. Mónica es recordada. Su cara, sus ojos y su nombre están presentes en cada marcha desde aquel gélido día de invierno.
Si estás atravesando una situación de violencia de género, o conocés a alguien que la esté viviendo, no estás sola. Llamá a la Línea 144. Es confidencial, gratuita y nacional.