Florencia Wehbe nació en Río Cuarto, tiene 37 años y una relación con el cine “de toda la vida”, cuyo reciente capítulo fue el rodaje de su tercer largometraje como directora. Su nuevo filme se llama “Yo creo”, está ambientado en Holmberg, localidad del sur cordobés, y cuenta la historia de María Belén Ochoa, quien en 2010 se convirtió en la primera mujer trans de Argentina en adoptar hijos con los que no tenía vínculo familiar.
“Se trata de un personaje muy particular. Una persona con un discurso muy conservador, muy creyente y con una conexión con la Virgen de la Rosa Mística, que es un poco la intermediaria de los milagros del pueblo”, cuenta. “Es el primer documental que dirijo y la experiencia fue hermosa, pero re difícil. No tener el control sobre la historia hace que todo sea más improvisado y, bueno, no soy tan grosa como para poder improvisar tanto”, agrega.
“La verdad es que es una responsabilidad enorme, porque estás contando la vida de un ser que existe y tenés que poner tu impronta realizadora, pero sin traicionar el pensamiento y la forma de vivir y de ser de la persona de la que estás hablando”, señala sobre las diferencias con “Mañana tal vez” (2020) y “Paula” (2022), sus producciones de ficción. “Espero que podamos estrenar el año que viene”, se entusiasma.
Un desafío mucho más sencillo resulta para Flor contar la historia de un personaje central de la película de su propia vida, su padre Osvaldo. “Para mí siempre es un honor y un placer hablar del gordito”, refiere sobre el reconocido periodista y relator deportivo, cuyo fallecimiento, el 13 de agosto de 2020, dejó un vacío imposible de llenar, mucho más allá del “equipo” que completaban Gladys, su esposa, y Camila, su hija mayor.
“De él te voy a decir todas cosas maravillosas”, marca la cancha. Y arranca por la influencia que “El Turco” tuvo en su vocación: “De muy chiquita empecé a escribir, y eso fue incentivado por mi viejo. Fue él quien me acercó a ese universo, no sé si el del cine específicamente, pero sí el de entender el mundo a través de la ficción. A mi papá le encantaba leernos cuentos y los interpretaba. El chabón actuaba los personajes, nos hacía las voces… Y también jugábamos a armar colecciones de libros. Una vez viajó a una Copa América o a un Mundial, no sé, y nos trajo una video casetera y nos enseñó a usarla. Yo era tan chiquita que todavía no sabía bien los colores y me confundía entre el verde y el azul, que eran el play y el stop”.
“Mi viejo y mi mamá también influyeron mucho por el apoyo que recibí de ellos”, añade. “De chica quería ser veterinaria y hasta cuarto año del secundario pensaba ser bióloga, y de repente, a fines de 2006, les dije ‘quiero estudiar cine’. En ese momento, mi papá estaba descubriendo Google y entonces empezó a buscar información para contarme cosas que podía hacer si estudiaba cine, como filmar publicidades o fiestas de cumpleaños. Es como que iba tratando de acomodarme, aunque en realidad se trataba más de un ejercicio de autoconvencimiento”, puntualiza.
“Siempre lo vi como un ejemplo, por lo apasionado que era y por el sacrificio que hacía”, afirma Florencia sobre Osvaldo, a quien recuerda como un padre presente, a pesar de los vaivenes que implica el ejercicio del periodismo deportivo. “En la semana él estaba mucho. Iba a los actos del cole, por ejemplo, porque mi mamá era docente en otro colegio y no podía acompañarnos. Las monjas siempre lo querían sentar en primera fila, porque era el famoso, pero él no quería. Y si había algún evento familiar, avisaba con tiempo para que le dejaran relatar el partido que se jugaba más tarde, estaba con nosotros y después se iba con el bolso a la terminal.
- ¿Eso te hizo odiar un poco el periodismo?
- Para nada. Es una actividad que me encanta y que me parece increíble. De hecho, tuve que hacer el ejercicio de entrevistar mucho por el documental. Tuve un solo episodio de trauma, con el Mundial de Estados Unidos ‘94. Yo era muy chiquita y me dijeron “tu papá se va a ir un mes de viaje”. Cuando se marchó, quedé llorando desconsolada detrás de la puerta, después de haberlo tironeado de la ropa y decirle “por favor, no te vayas”. Me enojé mucho por eso y, cuando me habló por teléfono le dije “no me acuerdo de tu cara”. ¡Pobre hombre! Imaginate que una piba de cuatro años te largue esa. No sabés la cantidad de regalos que me trajo cuando volvió.
- Tu viejo logró algo que no mucha gente logra: ser profeta en su tierra.
- Era un enamorado de Río Cuarto y quedarse a vivir allí fue una decisión que él tomó y de la cual no se movió nunca, jamás. No hubo guita que comprara ese amor, y eso que le ofrecieron el oro y el moro. Mi mamá le decía “Osvaldo, nos vayamos”, y él le respondía “no, yo quiero que mis hijas crezcan acá”. Víctor Hugo Morales, con quien somos muy amigos y nos queremos mucho, siempre dice que él nunca lo pudo entender, porque a mi viejo lo tentaron con cosas que a pocas personas les ofrecían.

- ¿Qué significó para vos su participación en “Mochila de plomo”?
- Esa fue idea de Darío Mascambroni, mi pareja y director de esa película, y la verdad es que al principio no estaba muy de acuerdo, porque mi papá era un divino para el resto, pero tenía un carácter jodido y a la que hinchaba era a mí. Por ahí venía el vestuarista y le ofrecía un abrigo y él lo rechazaba, y al toque me decía “gordita, tengo frío, ¿no me traes una manta?” Hacía esas boludeces, pero la verdad es que la pasó re bien y se divirtió mucho haciendo de Pancho, el bufetero de un club. Después, el estreno en Río Cuarto fue un festín. Lo acompañaron sus mejores amigos del colegio y estuvieron todos sentados comiendo pochoclo, una cosa muy cómica.
- Si tuvieras que armar un guion para definir a tu viejo, ¿qué dirías?
- Que para mí fue un gran compañero, un gran amigo. Muy gruñón, sobre todo en los últimos años, cuando ya estaba más grande, pero también muy cariñoso. Lo que más le envidio, y lo que traigo todo el tiempo al presente y me ayuda un montón a tomar decisiones, es que era inquebrantable. Tenía unos valores tremendos y una gran fidelidad con quienes quería y valoraba; no sé si conozco mucha gente así. Para mí eso es como un faro.
- ¿Qué es lo que más se extraña?
- El gordito era muy rompe bolas, una persona que te escribía todo el tiempo, o te llamaba, para ver cómo estabas o si necesitabas algo; eso se extraña mucho. También echo de menos que era muy compañero mío en el vuelo artístico, a diferencia de mi mamá, que siempre fue más pragmática. Serían algo así como el yin y el yang, porque también está bueno que alguien te baje un poquito a tierra. Pero sí, esa es la pata que se me fue. También era un tipo de pocas palabras y eso me era muy útil a la hora de tomar decisiones. Yo lo llamaba y le decía “gordo, no sé qué hacer” y con tres frases me ayudaba a solucionar el problema. Sigue ocurriendo ahora, porque mi viejo, de algún modo, siempre se me aparece.

- ¿Cómo es eso?
- Es raro, pero pasa. Él tiene la capacidad de manifestarse en momentos en los que yo necesito que esté, cuando por ahí me siento triste o medio perdida. En esos días en que uno dice, “pucha, qué lindo sería si llegara a entrar y pudiera preguntarle algo”. En esas circunstancias siempre aparece, de alguna forma. Es algo increíble. Me pasa eso con él, mucho.
- ¿Te llevaba a la cancha o a los partidos que jugaba con los abogados?
- Sí. Con mi mamá y mi hermana hemos ido bastante al Estadio Kempes. Algunos findes, era medio un plan: viajábamos los cuatro a Córdoba, las mujeres nos quedábamos en un shopping o dando vueltas por algún museo y de ahí íbamos a la cancha para ver los segundos tiempos, esperar que el viejo terminara de laburar y volvernos todos juntos a Río Cuarto. Al club nos sabía llevar a algunos entrenamientos y allí lo hemos visto jugar y salir campeón un montón de veces con su equipo de fútbol, y también cagarse a piñas mucho. Ponía la traba, se peleaba; era terrible adentro de la cancha.
- ¿Qué te cambió la partida de Osvaldo?
- Un montón. A todas nos cambió mucho, porque fue una baja en el equipo. Aunque lo teníamos re dominado, era la figura masculina de la familia. En mi caso, lo que más me atravesó fue no poder compartir con él mi historia como directora. Nunca vio una película mía, ya que murió en agosto y yo estrené “Mañana tal vez” en septiembre. Aquello fue en pandemia, o sea que sus amigos de Buenos Aires no pudieron viajar a Río Cuarto para despedirlo. Dos años después, cuando fue el estreno de “Paula” en el Bafici, se encendieron las luces cuando terminó la proyección y me encontré con Víctor Hugo y todo su equipo en la sala, y eso fue increíble. Son personas hermosas, igual que Gustavo Gutiérrez, de esas que quedan para siempre.
- ¿Qué te dice la gente de tu viejo?
- La gente lo recuerda con mucho cariño, y eso es lo más lindo de todo. Siempre supe que era conocido, porque íbamos a algún lugar y todo el mundo se quería sacar una foto con él o le pedía un autógrafo, pero no tenía conciencia de la influencia que mi papá tenía en otras personas. Cuando falleció, pasaron cosas muy locas: hubo homenajes en todos lados, gente de otros países llamaba a casa para contarnos anécdotas, o de repente nos enteramos que en Colombia tenía muchos fans por un gol que relató. Ahí la cosa tomó otra dimensión, fue como decir “¡ah, mirá!, el tipo era un montón”. Lo que pasa es que, para mí, Osvaldo siempre fue mi papá, con el que nos re puteábamos, nos cagábamos de risa o llorábamos; él no tenía ínfulas en la vida cotidiana. Para mí, la mayor virtud que tuvo, y que se la envidio y sueño algún día llegar a ser como él, es que le llegaba a todo el mundo. Al tipo millonario que estaba en el palco más caro de la cancha de un Mundial, y al laburante que escuchaba los partidos mientras revocaba una pared. Y eso fue la foto de su funeral. Había políticos, abogados, algunas figuritas un poco oscuras y personajes súper top, y de repente cayó todo el sindicato de los canillitas y le tiraron rosas al cajón. Ese era el papi, ¿entendés? Un chabón que emocionaba a todos, que les llegaba a todos.
El cine como acto de rebelión

“Una aventura linda, compleja, sufrida”. Con esas palabras, Florencia Wehbe define lo que representa la actividad del cine independiente, donde empezó a incursionar hace algunos años a partir de la creación de la productora “Bombilla Cine”. “Ya no la tengo, Milei la destruyó”, acota. “Hacer cine siempre fue dificilísimo, pero en los tiempos que corren, y particularmente en Argentina con este gobierno cuasi-fascista, se ha vuelto directamente una epopeya”, destaca. “Hoy tenemos un gobierno nacional que vapulea todo lo que tenga que ver con la cultura y con el arte, y que promulga la ignorancia y el individualismo, con un discurso absolutamente contrario a lo que cualquier expresión artística con buenas intenciones procura lograr, que es la memoria, lo colectivo, la empatía, el acercar mundos para que sean visibilizados y logren ser posibles”, enfatiza.
Al respecto, señala: “Con la última peli nos pasó algo muy loco, porque arrancamos pensándola como algo distinto, en el sentido de que queríamos contar una historia trans con un final feliz, que no revictimizara al personaje, pero en el transcurso del rodaje se empezaron a perder derechos, y de repente se convirtió en una respuesta rebelde a discursos que volvieron de la ultratumba y que aparecieron de nuevo con una naturalidad increíble”.
“Se ha vuelto carísimo filmar y el Inca cada vez da menos apoyo. Antes existían más posibilidades y una vez que ingresabas al sistema, había una rueda que podías empezar a hacer girar para pensarte un futuro como director o directora de cine. Hoy termina siendo una aventura de quienes pueden dejar un sábado o un domingo libre para salir a filmar”, señala. Y agrega: “A mí me pasa que hace dos años estoy trabajando en una empresa que hace producción gráfica para grandes eventos, y eso me ha consumido la mitad del tiempo que antes tenía para escribir, armar proyectos, presentar carpetas o gestionar becas, y la frustración es enorme. Decís ‘la puta madre, invertí todo mi tiempo, todo mi dinero y toda mi mente para llegar adonde llegué, para que un día venga un loco desquiciado a declararnos enemigos públicos´. Esto nos hace tomar conciencia del poder que tiene el cine, porque si no fuera así, el chabón no nos hubiese tomado tan de punto. Claramente, hay algo ahí que al guaso le da mucho miedo”.
“Nunca voy a dejar de levantar la voz y mientras más le duela a la derecha, más lo voy a hacer. El tema es que cada vez somos menos los que podemos seguir poniéndonos en primera fila, gritando, puteando y militando. El resto tiene que salir a buscar laburo para comer, que es lo que me está pasando. Tengo un compañero de vida que hace lo mismo que yo, y que nos bancamos y apoyamos, pero no todo el mundo cuenta con eso”, concluye.