Dio gusto ver ese equipo. A varias semanas de terminado el Mundial de Trump, que el presidente de la FIFA Gianni Infantino le regaló envuelto y con su moño, recién empieza a bajar la espuma de lo que nos genera a los argentos (como dice la canción “soy argento de la cuna…”) participar de estos campeonatos de futbol, donde nos paramos en pie de igualdad contra aquellos que el resto del cuatrienio nos machacan por periféricos y poco afines al orden.
Esta Selección de Messi y Scaloni alcanzó su pico de rendimiento en la semifinal con Inglaterra, donde desplegó la energía disponible, el talento acumulado y el sentimiento gritado a voz pelada, como pudimos ver durante el canto de himno, cargando sobre sus espaldas el peso de la historia.
De esa historia futbolera que Maradona nos legó, pero también de las guerras que supimos conseguir, o no tanto. Si contamos las dos invasiones inglesas a Buenos Aires, la Guerra del Paraná que libró Rosas en la década de 1840 y Las Malvinas, son cuatro encontronazos que tuvimos con los británicos. Y si bien lo del Mundial se trató de futbol, la carga simbólica del partido se pudo palpar a los 7.500 kilómetros que separan a Córdoba de Atlanta, donde se jugó la semifinal.
¿Quién no entró en éxtasis cuando vio elevarse a Lautaro Martínez entre los dos ursos de 1,90 metros cada uno, para clavarle un frentazo a la red, conectando el pase de Messi por derecha? Homero no hubiera escrito mejor este guion épico. Pero mejor aún fue la frutilla del postre, cuando los jugadores argentinos, contrariando a la lamentable ministra de Seguridad Alejandra Monteoliva, salieron a batir una bandera de Malvinas pintarrajeada por unos hinchas que se negaron a obedecer el infame protocolo acordado entre el gobierno argentino, Estados Unidos y la FIFA.
Los hinchas pasaron el trapo por los controles de seguridad, dispuestos, entre otras cosas, para evitar el paso del “mapita” de las islas (Monteoliva dixit), pero hacía falta que los futbolistas pusieran en foco de las cámaras del mundo entero el reclamo de soberanía, poniendo el pecho a las balas y demostrando la hidalguía de quien viene de las entrañas del pueblo argentino, de los barrios arrabaleros, de la vida en riesgo y el sueño en alto.
Si bien la secuencia muestra en primer plano a Giovani Lo Celso, a Nicolás Otamendi, a Licha Martínez, Messi aparece inmediatamente al costado, saltando y cantando junto al resto del plantel “un minuto de silencio…”, generando una repercusión sin precedentes.
No se trató solo de que el equipo argentino lo pasó por arriba su par inglés, a fin de cuentas, a nosotros nos tocaría sufrir el mismo trato en la final, sino que la bandera puso el tema Malvinas por un rato al tope de la agenda de discusión pública mundial, a la luz del efecto posterior, campaña de redes antiargentina incluida.
Esos tipos que ganan fortunas en los mejores equipos de Europa, y sobre todo de Inglaterra, pusieron en riesgo mucho de lo que ganaron en sus carreras, ante posibles sanciones, venganzas veladas o agresiones concretas. Por algo se supo que Licha Martínez y Alexis Mac Allister reforzaron la seguridad de sus casas en Manchester y Liverpool.
Y lo hicieron porque “no le podíamos fallar a la gente”, dijo Licha en un arrebato de emoción. Déjenme poner del lado de estos millonarios, a distancias siderales de nuestra calidad de vida, pero dispuestos a jugar cuando se trata de interpretar el papel que exige la historia. A otros los escuchamos defenestrando nuestro país, mientras se van a vivir a Uruguay para no pagar impuestos que banquen nuestras escuelas y hospitales. La Selección no, la Selección puso lo que había que poner y completó un cuadro inolvidable.
Después vino España, pero ¿a quién le importa?