No necesita presentación entre quienes hacen periodismo de investigación en la Argentina, pero conviene igual repasar el currículum de sus obsesiones: los servicios de inteligencia, las fuerzas de seguridad, el crimen organizado, los personajes que se mueven a media luz en el Estado. Cuatro décadas metido en esos territorios dejan marca.
Se le nota en la forma de hablar: directa, sin vueltas, mezcla de ironía cordial y desconfianza profesional después de haber visto pasar demasiadas mentiras oficiales por delante. A esta altura de su vida, Ricardo Ragendorfer también se da el lujo de elegir qué quiere contar: ya no tanto el dato duro, dice él mismo, sino el color, “porque en el color está la metáfora”.
“De Revista El Sur, Ricardo”, fue la presentación, cuando lo abordamos al finalizar la presentación de un libro en el espacio Caras y Caretas, en pleno centro porteño. No fue parte de la estrategia para conseguir esta entrevista. Pero resultó quizás para él la mejor carta de presentación. “Patán”, como lo bautizaron alguna vez y para siempre a Ragendorfer, tenía absolutamente presente que 15 años atrás publicamos en este medio una entrevista con Jorge Rafael Videla hecha en la cárcel de Bouwer. Ragendorfer se sincera y hasta admite que sintió “un ramalazo de envidia” cuando leyó esa entrevista. Buena parte de su vida se la ha pasado entrevistando a ex represores. “Y nunca logré que me recibiera Videla”, comenta.

Luego agrega un detalle que dice más de su oficio que cualquier currículum: “Prefiero entrevistar más a los represores que a las víctimas -dice- porque en la intimidad del represor está la banalidad del mal en carne viva”.
Ragendorfer escribe hoy en el diario Tiempo Argentino, en la revista Acción y en la revista Zoom. Durante toda su vida escribió sobre terrorismo de Estado, las operaciones de la Side, el boxeo y el delito, sobre los pliegues del poder que nunca llegan al resumen de las pantallas. De allí que probablemente esté entre los pocos periodistas argentinos que todavía sabe distinguir las zonas grises del poder. La charla que le siguió a esa presentación da testimonio de ello, con una recorrida por el tecno-feudalismo, la carrera de Patricia Bullrich, el negocio político y mediático de la inseguridad, el episodio de la bandera de Malvinas en el Mundial, las operetas de los servicios de inteligencia, los límites reales de la inteligencia artificial y, sobre el final, algunas de las historias que atesora de sus años entrevistando represores.
Un Estado manicomio
—Si tuviera que definir la etapa actual del país, ¿cree que es más de lo mismo con la evolución de los tiempos o hay algo que la diferencia de todas las anteriores?
—Pienso que esto es una pesadilla distópica. En los años que llevo de vida, y con la conciencia bastante notable que tengo de esos años, podría decir que hemos sido gobernados muchas veces por personas indeseables. Pero todas esas personas, todos esos gobiernos mal avenidos, tienen una diferencia con este: la etapa actual no solamente debería leerse desde la política, sino también desde la sociología psiquiátrica. En el futuro, cuando los historiadores se ocupen de esta etapa, tal vez la denominen como la del “Estado manicomio".
—¿Le parece que cabe el término “sociopatía", como si fuera una sociedad que enfermó?
—Un poco sí, aunque los sociópatas generalmente son las personas que desde tiempos inmemoriales están en el poder en determinadas circunstancias. Me viene a la memoria una entrevista que Enrique Symns le hace al Indio Solari en la revista Cerdos y Peces, a fines de los 80 o principios de los 90. La encontré justo cuando murió el Indio, cuando yo estaba tratando de escribir algo sobre él. El título de esa nota era “Los psicópatas serán los hombres del siglo XXI". Es una afirmación visionaria, porque en ese momento el Indio no conocía la existencia de seres como Donald Trump o Javier Milei. Ésta es una sociedad gobernada por psicópatas, votados por millones de personas por motivos que habría que desentrañar. Todos los análisis que se hacen al respecto me parecen insatisfactorios, pero el hecho de que la oleada de gobiernos de derecha no exista solo en América Latina, sino también en América del Norte y en Europa, indica que algo raro está pasando.
—¿Quién cree que hoy tiene más capacidad de condicionar la política: la inteligencia, la Justicia, los medios o las plataformas digitales?
—Es una constelación de factores. El poder físico es detentado por los sectores que pertenecen a la economía concentrada y a ciertos sectores de la derecha política, lo cual no se diferencia demasiado de épocas anteriores. Pero el nuevo rumbo que tomaron los medios de comunicación a través de su renovación tecnológica, junto con la aparición de las redes sociales, hace que de alguna manera vivamos bajo la dictadura de los algoritmos. La población humana está a merced de ese enemigo invisible que, para colmo, en los últimos tiempos dio una vuelta de tuerca con la inteligencia artificial. Es una nueva concepción del control de la razón. La profusión de las redes sociales hace que la gente se informe más usando Twitter que leyendo el diario.

—Usted siempre ha trabajado sobre las zonas grises del Estado. ¿Dónde están hoy esas zonas grises?
—Todos ocultan cosas, y a lo largo de la historia siempre lo hicieron. Pero el poder ahora está siendo copado por el llamado tecno-feudalismo. Es un término inquietante porque no se lo comprende muy bien. Hay que develar todavía su dinámica, y quiénes son las personas físicas que manejan eso.
Tiempo de control
—La derecha parece haber encontrado un lugar de comodidad en el discurso de las fuerzas de seguridad, de la mano dura. ¿Ese discurso se convirtió en un recurso político permanente?
—Sí. La inseguridad, o mejor dicho la violencia urbana, es una cosa que vende. Y vende porque hay toda una construcción mediática que produce eso. Si transmito por televisión, durante dos horas, una y otra vez, la cámara oculta del afano de una motocicleta cuyo dueño acaba de ser baleado, los espectadores van a empezar a sentir que la vereda de su casa está tapizada de cadáveres. Esos hechos realmente ocurrieron, pero no indican una diferencia abismal de nuestra sociedad con respecto a otras. En Argentina el índice de homicidios es de 4 a 4,5 cada 100.000 habitantes.
—Sigue siendo el más bajo del continente…
—Sí, es el más bajo del continente. Y de ese total, solo un 30 o 35% son cometidos en el marco de delitos contra la propiedad. El resto, el 70%, son homicidios intrafamiliares. Son homicidios cometidos por la llamada “parte sana" de la población.
—¿Hay un componente de show en la comunicación y la gestión de la inseguridad?
—Es todo un combo en el cual no solamente se intoxica a la opinión pública con inseguridad, sino que se lo toman tan a pecho que se disfrazan de policías.
—¿Qué lectura se puede hacer del episodio de la bandera de Malvinas en el Mundial, que se lo intentó impedir desde el Ministerio de Seguridad?
—Haber hecho eso en el país más vigilado del planeta fue una proeza, y una mojada de oreja a las autoridades, en principio a la ministra Monteoliva, que días antes se había jactado de haber acordado con el FBI, la FIFA y el Departamento de Seguridad de Estados Unidos que no se podía entrar con banderas. Incluso aportó una lista de 34 mil hinchas argentinos con prohibición de ingreso a las canchas por estar sujetos al derecho de admisión. Se pegó un tiro en el pie, y no es el primero que se pega. La actitud de los jugadores fue absolutamente disruptiva, y fue fruto no de una operación, sino de una casualidad: unos pibes en un hotel de Atlanta pintaron una sábana, la tiraron, un jugador la levantó y la desplegó.
—¿Qué le pasó al gobierno para no leer el sentir popular ahí?
—Se les escapó la tortuga, como decía Maradona. El problema de Malvinas ya de por sí es muy complejo, porque tiene que ver con la supervivencia de un enclave colonial en un país capitalista dependiente, no del colonialismo sino del imperialismo. Una cosa es quiénes declararon la guerra, es decir Galtieri, y otra quiénes la perdieron: los colimbas, los veteranos, que es lo único reivindicable. Lo cierto es que Galtieri fue a las islas porque pensó que eso lo iba a perpetuar en el poder, y lejos de eso aceleró la caída de la dictadura. Pero para ser sincero, hoy el destino de las Malvinas no me preocupa demasiado. Lo que me preocupa es el FMI, no las Malvinas.
Espías, operetas y el mito de la eficacia
—Hoy cualquier ciudadano con un teléfono puede filmar, publicar, viralizar. ¿Eso democratiza el control, si cabe el término, que antes monopolizaban los servicios de inteligencia?
—El hecho de que cualquiera pueda filmar cualquier cosa significa que lo máximo que antes podían hacer los servicios de inteligencia —pinchar un teléfono, poner un micrófono, filmar a hurtadillas— ahora los servicios pueden hacer muchas cosas más. No se sabe muy bien lo que hacen. No se sabe para quién espían, ni si espían para sus mandantes o espían a sus mandantes. Son Estados dentro del Estado, lugares ingobernables. Pero si ves quiénes forman parte de los servicios de inteligencia, te das cuenta de que son los mismos tipos que estuvieron durante el gobierno de Alberto, los mismos que estuvieron con Macri. Las renovaciones se dan por razones biológicas: los tipos envejecen y son reemplazados por otros.
De pronto la entrevista deriva hacia uno de los grandes bluffs de la inteligencia argentina, cuando el grupo “Estados Unidos”, de Stiuso, disputaba espacio con el llamado “Sala Patria”, integrado por Patricio Finnen —hoy preso por delitos de lesa humanidad— y un tal Bruzzone. Éstos últimos, buscando ocupar el centro de la escena, deciden, en palabras de Patán, “fabricar una operación para ganarse el aplauso del mundo: contrataron en la Triple Frontera a un informante paraguayo para que fuera a la embajada de Estados Unidos en Asunción a avisar que habría un atentado contra Bill Clinton”, ya ex presidente, que por esos años recorría América Latina dando conferencias. Sala Patria lanzó la misma información en Buenos Aires, “como si la hubiera producido ella misma. El objetivo era que los aplaudieran de pie”. Los norteamericanos, “que no son ningunos boludos”, dice Ragendorfer, “apretaron al informante, que confesó que le habían pagado para inventar todo. A los responsables los echaron a la mierda”. “Son más o menos así nuestros hombres”, resume Ragendorfer.
—Después de tantas décadas investigando el poder argentino, ¿qué historia considera que todavía falta por contar?
—No te podría decir puntualmente. Hay muchas historias, y las historias hay que develarlas. En cualquier momento te podés encontrar con una. Uno de los mayores problemas que tengo, escribiendo tres o cuatro notas por semana en medios distintos, es decidir sobre qué mierda voy a escribir. Y de pronto me subo a un taxi y el taxista me ofrece una historia. Una vez, hablando de inseguridad, el taxista se dio vuelta y me dijo: “Yo estuve en la banda de la Bestia Romero”. La Bestia era un boxeador que llegó a pelear por el título mundial, y perdió. Todo el mundo decía que había vuelto a robar porque Tito Lectoure no le había pagado esa pelea. Le pregunté al taxista, y el tipo me dijo: “No. Lectoure le pagó el caché, y con esa guita compramos las armas”.

Hay otras escenas que Ragendorfer guarda por el color, más que por la información en sí, “porque en el color está la metáfora”. Recuerda que solía visitar a Enrique Gorriarán Merlo en la cárcel de Devoto, donde vivía aislado en una celda que parecía un monoambiente, lleno de libros, música y posters. Uno de esos posters era de una obra unipersonal llamada Santucho, interpretada por un amigo suyo, Daniel Rito. Cuando Ragendorfer preguntó por ese tema, Gorriarán le respondió que la obra era excelente, que la había visto. “¿Cómo que la has visto?”, le preguntó. El ex cabecilla del ERP contó que el propio Rito había ido hasta la cárcel a representarla para él. “Imaginate esa escena, una obra unipersonal, con su actor desplegándola para Gorriarán, como único espectador. Más surrealista no se me ocurre”.
También recuerda una entrevista a Albano Harguindeguy, ministro del Interior durante la dictadura. Cuando secuestraron a Roberto Quieto, hubo una reunión secreta entre Harguindeguy y Roberto Perdía, de la conducción de Montoneros, que buscaba negociar. Se encontraron en un Puerto Madero entonces abandonado, cada uno armado y en su propio auto; Perdía subió al auto de Harguindeguy y recorrieron la zona a dos kilómetros por hora. Años después, Ragendorfer le preguntó a Harguindeguy por ese encuentro, y su versión coincidió milimétricamente con la que le había contado Perdía. Cuando se lo contó a Perdía, éste le reveló un desenlace inesperado que tuvo en 2006. “En un ascensor de Tribunales, Perdía se cruzó cara a cara con Harguindeguy, que iba en silla de ruedas. Se miraron a los ojos veinte segundos que parecieron eternos, y cada uno siguió su camino”.
Represores y víctimas
—¿Qué cree que van a entender de esta Argentina los que lean sus libros dentro de veinte años?
—Los libros envejecen; algunos a la semana. A mí lo que me interesa son las historias, y las historias impactan ahora como hace veinte años. Operación Masacre, de Rodolfo Walsh, es absolutamente atrapante. La orquesta roja, de Gilles Perrault, la leí hace cincuenta años, en mi adolescencia, y hace poco me tocó escribir el prólogo de una nueva edición: la volví a leer y sigue siendo fantástica. Después hay libros que te fascinaron de pibe y ahora son una basura. Exactamente lo mismo pasa con la ficción.
—¿Cuáles han sido sus mejores entrevistas?
-Me interesa mucho la época de la dictadura, y me interesan mucho los represores, no por la época en sí. Soy uno de los periodistas que más represores ha entrevistado. Confieso que sentí un ramalazo de envidia al enterarme de que ustedes habían entrevistado a Videla, porque yo nunca pude. A mí me interesa más entrevistar a represores que a víctimas. Cuando entrevisto a una víctima que sobrevivió, necesariamente me pongo en su lugar. Pero cuando es un represor, tengo ante mí nada más ni nada menos que la banalidad del mal. Y me pasa que cuando leo o veo alguna entrevista a un represor que no hice yo, generalmente los entrevistadores caen en el error de entrar a discutir con él. Es un error: hay que dejar que hable, hay que darle soga, porque cuando le das soga se ahorcan solos. Una vez hice una serie de entrevistas a mujeres de represores. Entrevisté a la mujer de Pedro Giachino, el capitán de corbeta muerto en Malvinas que, de haber sobrevivido, hoy estaría preso por delitos de lesa humanidad. No le pregunté si le parecía ético que su marido hubiera golpeado a mujeres embarazadas. Ella habló de por qué se habían enamorado, de que él iba a la iglesia. Y me contó que una vez Giachino volvió del trabajo —en el centro clandestino de la Base Naval de Mar del Plata, aunque eso ella no lo dijo— blanco, desencajado, llorando a los gritos: “No me preguntes por qué lloro, Mamita”. Se habían mandado ese día una salvajada tan extrema que no se la bancaba ni él. Ésa es la intimidad del represor. Ésas son las historias que he disfrutado contar.
—¿Qué considera que se modificó definitivamente a partir de la inteligencia artificial en el periodismo, y qué nunca va a poder reemplazar?
—No sé lo que va a pasar con eso, nadie sabe. La lectura de los archivos va a seguir siendo importante, porque hay ciertas cosas que no puede resolver la inteligencia artificial. Solo puede resolver cosas que estén publicadas y que sean públicas. Yo la uso para no googlear, porque me lleva menos tiempo: le pregunto en qué minuto España le metió el gol a Holanda y me lo dice en dos segundos. Pero le preguntás ciertas cosas que no están en archivos públicos y no saben un carajo. La inteligencia artificial aumenta geométricamente a medida que se usa. Es imposible saber hasta dónde puede llegar a dominar a sus usuarios, pero eso va a pasar por la impericia de los usuarios, no por las facultades de la inteligencia artificial. Por ahora, la inteligencia artificial es un Google más veloz, simplemente eso.
La charla se cerró como se cierran estas cosas entre gente del oficio: con la promesa de mandarle a Ragendorfer la vieja entrevista con Videla, para que la vuelva a leer. Afuera seguía Caras y Caretas con su ruido de redacción, y Ragendorfer volvía a lo suyo: tres o cuatro notas por semana, el problema eterno de decidir sobre qué mierda escribir, y la certeza tranquila de que la próxima historia va a aparecer donde menos se la espera. Tal vez en un taxi.
El Indio la vio 30 años antes
A los pocos días de la muerte de Carlos “Indio” Solari, Ragendorfer se puso a escribir sobre él y encontró una entrevista que el líder de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota le había dado a Enrique Symns en la revista Cerdos y Peces, a fines de los años 80 o principios de los 90. El título de esa nota, dice Ragendorfer, era “Los psicópatas serán los hombres del siglo XXI”.
“En ese momento, el Indio no podía conocer la existencia de figuras como Donald Trump o Javier Milei. Y sin embargo —para Ragendorfer—, esa frase describe con precisión el fenómeno político que hoy atraviesa buena parte de Occidente: gobiernos de derecha votados masivamente, en América Latina, en América del Norte y en Europa, por una sociedad que —en sus palabras— tal vez haya que empezar a leer no solo desde la política sino desde la sociología psiquiátrica”.
Es la misma idea que atraviesa toda la entrevista: la de un poder que ya no se explica únicamente con las herramientas clásicas del análisis político. Para Ragendorfer, entender esta etapa argentina exige mirar también el tecno-feudalismo que reordena el poder real, los algoritmos que moldean el sentido común y esa “dictadura” invisible bajo la que, según él, vive hoy la población humana entera.
Ragendorfer no lo cuenta como una curiosidad de archivo, sino como una alarma. Si la sociedad que gobiernan esos “psicópatas” fue votada por millones de personas, el problema no se agota en la biografía de cada dirigente: queda pendiente una pregunta más incómoda sobre qué le pasó a esa sociedad para llegar hasta ahí. El Indio Solari, sin saberlo, puso hace treinta años el título a un diagnóstico que Ragendorfer todavía está terminando de escribir.
Bullrich, una vida entera persiguiendo el poder
Ragendorfer no habla de Patricia Bullrich por intuición ni por el diario del día: la investigó a fondo y le dedicó un libro entero, en el que reconstruyó su itinerario político desde la militancia setentista hasta la ultraderecha actual. Ese trabajo de años es el que sostiene, cada vez que se le pregunta por ella, una definición que no varía.
Consultado sobre si existió alguna vez una Bullrich distinta de la que gobierna hoy la seguridad, fue tajante: “Más allá de si una persona es buena o mala, hay que mirar dónde está, cómo se mueve y con qué objetivos”. Bullrich, dice, “hizo del ejercicio de la transfuguez un estilo de vida”. Podría pensarse que se trata de alguien de ideas cambiantes, y no sería un caso único: “No es infrecuente que alguien que alguna vez tuvo ideas de izquierda termine en la ultraderecha más abyecta. Mussolini, por ejemplo, empezó siendo socialista”. Pero lo de ella, sostiene Ragendorfer, es otra cosa —y así lo dejó escrito en su libro—: “una sucesión escalonada de lealtades o deslealtades, siempre junto al ganador de turno”. No es una persona cambiante, aclara. Tiene, en todo caso, “un único ideal, y ese ideal es la acumulación de poder”.
La objeción parece obvia: si hay una constante detrás de tantos viajes ideológicos, ¿no sería más justo decir que no es ella la que cambia, sino el poder al que persigue? Ragendorfer coincide sin matices: “Exactamente. Todos los lugares donde la van aceptando son lugares que, cuando se va, se le cierran”. Pasó, enumera, “por todos los lugares de la izquierda, la centroizquierda, la centroderecha, y solo le queda la ultraderecha”. El recorrido, en su lectura, no admite otra interpretación: no quedan casilleros disponibles a la izquierda de donde está hoy.