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En busca del lenguaje perdido
Por | Fotografía: Diego Cabrera
Foto: Secuencia de Retazos de la Memoria, la producción más reciente de Tobal, filmada en la Amazonia colombiana.
El cineasta Juan Pablo Tobal recorre América Latina registrando la agonía de las lenguas originarias y el choque entre la lógica occidental y la cosmovisión ancestral. De la preservación de dialectos en la Antártida y la Amazonía al impacto de rituales inéditos de sanación, su filmografía propone una reflexión urgente sobre la memoria colectiva y el respeto por la naturaleza.
Publicada el en Entrevistas

En el mundo existen más de 6.000 lenguas nativas, pero la inmensa mayoría de esa vasta diversidad cultural se encuentra bajo la custodia de un número muy reducido de comunidades que sostienen, con esfuerzo y en silencio, el legado de sus antepasados.

Las estadísticas globales de organismos internacionales como la Unesco señalan una realidad cotidiana y dramática: cada dos semanas, en algún rincón del planeta, un idioma se deja de hablar definitivamente.

La envergadura de la desaparición de una lengua no implica únicamente la extinción de un sistema de signos, de una gramática o de un vocabulario, sino que representa la clausura irreversible de una forma particular de habitar, pensar, sentir y nombrar la tierra.

“Cuando una lengua se apaga, se apaga una manera de mirar el mundo”, sostiene el realizador audiovisual cordobés Juan Pablo Tobal, citando una de las premisas fundamentales del historiador y antropólogo mexicano Miguel León Portilla.

Sucede que a menudo no interpretamos lo que significan los idiomas para otras culturas ni la conexión intrínseca que guardan con la naturaleza. En el entorno natural, por ejemplo, ciertas etnias poseen decenas de términos específicos para nombrar los matices del blanco o los estados de la vegetación porque responden de manera directa al contexto geográfico en el que habitan. Y al perderse la lengua, no solo se pierden palabras: se apagan cantos, relatos orales, tradiciones milenarias y un corpus de conocimientos sobre el ecosistema que la cultura occidental no puede reemplazar ni recuperar.

La selva colombiana, el conflicto armado y los últimos hablantes. El vínculo de Tobal con el lenguaje cinematográfico y el género documental le viene de familia. Creció y se formó al abrigo de la productora de su padre, Pepe Tobal, un nombre pionero en la producción de televisión y documentalismo en Córdoba. Sin embargo, a medida que consolidó su propia mirada, la trayectoria del realizador se fue orientando hacia una antropología visual comprometida con las minorías continentales, los derechos humanos y la memoria social de los pueblos arrasados por la violencia.

En el año 2010, mientras realizaba un posgrado de formación audiovisual en Colombia gracias a una beca otorgada por Ibermedia, Tobal tomó contacto con informes de la Unesco que hablan sobre la vitalidad de las lenguas amenazadas a escala global. El impacto de aquellos datos desencadenó una búsqueda que lo llevó a internarse en la selva colombiana para encarar el rodaje de “La última palabra” (2016), una obra que se enfocaría en la vida de Sixto Muñoz, el último integrante y hablante de la etnia tinigua.

Pero lo que originalmente se proyectó como una investigación etnográfica sobre la memoria lingüística de un pueblo diezmado por las masacres terminó siendo absorbido por la propia dinámica política del territorio.

En efecto, durante el trabajo de campo, el equipo de filmación quedó retenido por el ejército en la zona de La Macarena, un espacio militarizado donde semanas antes se habían descubierto fosas comunes vinculadas al conflicto armado y donde las patrullas del ejército y la presencia guerrillera marcaban el ritmo de la vida cotidiana.

“No hay forma de dimensionar lo que significa estar en el medio de un conflicto armado hasta que te toca experimentarlo en carne propia. Nos encontramos con que la misma violencia histórica que acorraló y eliminó a la comunidad de Sixto era la que condicionaba nuestro trabajo con las cámaras”, rememora el director sobre la tensión constante de aquel rodaje.

Y profundiza: “En casi todos los territorios que visitamos, los idiomas dominantes -el español, el inglés o el portugués- se impusieron mediante procesos sumamente violentos de evangelización, internados obligatorios donde a los niños indígenas se les prohibía terminantemente hablar en su lengua materna, y una estigmatización constante del pensamiento originario”.

Resistencia, discriminación y la voz de las nuevas generaciones. Aquella primera experiencia con la historia de la etnia tinigua funcionó como la semilla de un proyecto de mayor escala: “Guardianes de la lengua”, una serie documental producida para Canal Encuentro y actualmente alojada en plataformas digitales como YouTube.

La producción fue pionera en abordar, desde un enfoque puramente regional e itinerante, la crisis de las lenguas en peligro dentro del continente sudamericano, ya que el rodaje implicó un despliegue operativo por geografías extremas y distantes entre sí. En Puerto Williams, en la isla Navarino -un enclave chileno situado al sur de Ushuaia, en las puertas de la Antártida-, el equipo registró los testimonios de la abuela Cristina Calderón y sus hermanos, considerados los últimos hablantes y conservadores fluidos del idioma yagán.

En el altiplano boliviano, la producción se trasladó hasta Santa María de Chipaya para convivir con el pueblo Uru, una comunidad ancestral que conserva sus viviendas de barro y su indumentaria tradicional en un territorio árido que parece haberse detenido en el tiempo. Y en las profundidades de la Amazonía el equipo navegó días enteros para internarse en comunidades sin energía eléctrica, donde el uso de tecnologías como las cámaras o los drones resultaba un acontecimiento totalmente inédito.

A través de estos relatos, la serie dejó al descubierto de qué manera el racismo sistémico y la discriminación social llevaron a que padres y abuelos dejaran de enseñar sus lenguas nativas a sus hijos, en un doloroso intento por protegerlos del maltrato y facilitar su integración en las ciudades. No obstante, Tobal destaca una transformación contemporánea decisiva que está cambiando el rumbo de esta historia: “Hoy asistimos a un proceso de revitalización sumamente interesante encabezado por los jóvenes. Chicos, mujeres y artistas que no padecieron directamente el trauma de los internados o la prohibición física están buscando reencontrarse con sus raíces. No tienen esos miedos heredados y comprenden que en la lengua reside la matriz de su identidad. Por eso utilizan la música, el arte y el cine como vehículos para revalorizar la palabra de sus ancestros y proyectarla con orgullo hacia el mundo”.

Cosmovisión ancestral: la obligación de pedir permiso a la tierra. La exploración sobre la frontera entre la cultura occidental y los saberes indígenas volvió a plasmarse en “Retazos de la memoria”, la producción documental más reciente del realizador cordobés. Filmada en el Resguardo Indígena El Itilla, una zona de transición selvática en la Amazonía colombiana lindante con el majestuoso Parque Nacional Natural Serranía de Chiribiquete, la película sigue el viaje del artista e investigador visual Jeisson Castillo, quien llega a la comunidad para coordinar un taller de artes plásticas con los niños del lugar.

El curso del documental da un vuelco cuando Castillo decide ingresar a un “salado” -un espacio geográfico considerado sagrado por las etnias locales porque allí habitan las fuerzas tutelares del bosque y los animales- para realizar intervenciones pictóricas sin haber solicitado el permiso ceremonial de los sabedores tradicionales. Tras este hecho, el artista comienza a sufrir un progresivo deterioro físico marcado por fiebres y síntomas que la medicina científica no lograba diagnosticar.

Frente al empeoramiento del protagonista, el líder espiritual de la comunidad, Gory Londoño, encabeza el ritual tradicional del Dabucurí, una ceremonia ancestral de purificación y sanación destinada a restaurar el equilibrio alterado entre el individuo y las entidades de la selva.

El proceso requiere jornadas de dietas alimentarias estrictas, el consumo ritual de plantas tradicionales como el mambe -hoja de coca tostada y molida- para mantener la vigilia, y la ejecución de las flautas sagradas de Yuruparí, un instrumento ceremonial que forma parte de la dimensión más íntima de los pueblos amazónicos y que raras veces se exhibe ante la mirada del hombre blanco.

“En la sociedad urbana y occidental estamos acostumbrados a circular por la naturaleza como si fuéramos dueños de todo, sin pedir permiso ni considerar la carga sagrada de los lugares que visitamos. Pero para las comunidades indígenas, el territorio está vivo y exige pactos de respeto. Cuando esas normas no escritas se transgreden, el entorno reacciona y esa ruptura de la armonía se manifiesta de forma concreta en el cuerpo”, reflexiona Tobal.

Pero el impacto de la selva no solo afectó al protagonista de la obra. Pocas semanas después de concluir el rodaje y regresar a Argentina, el propio Tobal comenzó con un cuadro febril severo que, tras múltiples estudios en el Hospital Rawson de Córdoba, fue diagnosticado como un tipo de paludismo crónico provocado por un parásito alojado en el hígado. La enfermedad le demandó afrontar cuatro internaciones hospitalarias y atravesar tratamientos sumamente agresivos a lo largo de dos años.

A pesar de los riesgos operativos y los costos de salud que han marcado sus proyectos en territorio colombiano, Tobal reafirma su compromiso de regresar a las comunidades donde trabajó. El itinerario de exhibición de “Retazos de la memoria” incluye proyecciones en las salas del circuito Incaa de Unquillo, una temporada central en el Cineclub Municipal Hugo del Carril de Córdoba -del 20 al 26 de agosto- y un viaje hacia las profundidades de la selva para devolver la película al territorio que le dio origen.

“El cine documental tiene sentido cuando funciona como un espacio de intercambio de conocimientos que cuestiona nuestras certezas y se devuelve a la comunidad. Cada vez que un idioma se silencia o un pueblo es desplazado de su territorio, la humanidad pierde una biblioteca entera de sabiduría sobre cómo habitar este planeta con respeto y equilibrio”, concluye el cineasta.

Guillermina Delupi
- Periodista -