A las tres y media de la mañana, cuando Coronel Moldes todavía está sumergido en silencio y oscuridad, Gerardo Caletti ya está despierto. La mayoría de las casas permanecen herméticamente cerradas, las ventanas blindadas contra el frío, y las calles de tierra y asfalto todavía no conocen el más mínimo movimiento del día.
A las cuatro en punto, el metal de la llave gira en la cerradura. Gerardo entra en la panadería y pone en marcha la producción. Enciende los quemadores de los hornos. El rugido inicial del gas rompe el silencio absoluto del pueblo. Mientras el metal de las grandes estructuras empieza a crujir, dilatándose por el calor que lentamente empieza a vencer el frío de la madrugada, Gerardo se coloca el delantal blanco, se lava las manos con meticulosidad y prepara los insumos. No hay margen para el error: prepara el pan, las facturas y todo lo que después ocupará las góndolas. Trabaja solo durante varias horas, acompañado únicamente por el zumbido rítmico e hipnótico de las máquinas y esa temperatura reconfortante que emana de las bocas de cocción.
A simple vista, ante los ojos de un proveedor despistado o de un vecino madrugador, Gerardo parece uno más de los tantos panaderos que sostienen una rutina silenciosa y sacrificada mientras los demás duermen. Un hombre de movimientos pausados pero eficientes, concentrado en la noble tarea de amasar y hornear. Pero detrás de esas manos que hunden sus dedos en la masa hay una historia atravesada por la militancia política, la cárcel, los tormentos y la dictadura cívico militar. Una historia que comenzó mucho antes de que los hornos y las bolsas de cincuenta kilos de harina ocuparan un lugar central en su vida, y que, inevitablemente, regresa a su mente en cada una de estas vigilias solitarias.
El oficio del panadero es pura precisión física y química. Mientras acomoda una bandeja metálica, pesa los bloques de grasa, mide los litros de agua templada o vigila la cocción exacta de una tanda de facturas que empieza a dorarse, los recuerdos aparecen con nitidez y precisión cronológica. De madrugada, la mente de Gerardo se convierte en un archivo casi fotográfico que registra fechas, nombres de pila y apellidos de sus compañeros de celda. Puede reconstruir lo ocurrido hace más de cincuenta años con una claridad asombrosa. Por eso resulta casi una paradoja que le cueste precisar con la misma exactitud los hitos de su historia familiar. Las fechas de los aniversarios o los detalles cotidianos del romance parecen desdibujarse bajo el peso de los grandes acontecimientos históricos. No recuerda con claridad cómo conoció a su mujer ni las fechas en que nacieron sus hijos.

Su esposa Mirta, compañera incondicional, acude al rescate de esa cronología íntima cuando el sol ya ha salido, aportando la certeza y el orden que a él se le escapan entre los dedos: "Nos conocimos en una confitería bailable en el año 82. Yo estaba con amigas, él con amigos. Gerardo había salido de la cárcel en el año 80; yo lo conocí dos años después y traté de no recordarle lo que había pasado, siempre pensando en formar familia y pensando en un futuro para ambos". El amor fue un ejercicio de protección, tender un manto de piedad y futuro sobre las llagas abiertas del pasado.
El eco metálico del horror
El estrépito de una pesada bandeja metálica que choca accidentalmente contra la mesada blanca rompe la calma de la madrugada. Ese ruido seco y agudo evoca en una fracción de segundo la incertidumbre y la violencia extrema de los traslados clandestinos durante su cautiverio. El eco del crujir de las rejas, las órdenes a oscuras, el horror de viajar con los ojos vendados, las capuchas asfixiantes y las manos atadas fuertemente con alambre de fardo.
Gerardo cierra los ojos apoyando sus manos enharinadas sobre la mesada y vuelve a verse a sí mismo a los veintiséis años, atrapado en la boca del lobo. El recuerdo lo traslada a un simulacro de ejecución en pleno vuelo, dentro de la panza ruidosa de un avión Hércules de la Fuerza Aérea, junto a decenas de presos políticos hacinados. Los militares, buscando quebrar la última resistencia humana que les quedaba, abrían las compuertas traseras en pleno vuelo, dejando entrar el viento gélido de las alturas y anunciando a los gritos que serían arrojados al vacío en los llamados "vuelos de la muerte".
Gerardo, por un descuido de los guardias ,tenía su venda caída debajo de la nariz y pudo ver los contornos de la tripulación y el abismo que asomaba tras el metal abierto. Recuerda, con el vello de los brazos erizado por el frío que sintió, la conversación susurrada, espalda con espalda, con el compañero al que llamaron los oficiales:
—¿Qué vas a hacer, negro? — preguntó Gerardo con un hilo de voz.
—En algún lado nos iremos a encontrar, compañero —respondió su compañero de vuelo, con una dignidad que los verdugos jamás pudieron comprender.
En esa oportunidad nadie fue arrojado al vacío; todo formaba parte de un sistema de tortura psicológica fríamente diseñado por los manuales de inteligencia militar para quebrarlos espiritualmente "las veinticuatro horas del día". "Recuerdo que después de un rato, mi compañero me dijo al oído que seguía ahí, que no lo habían tirado, no lo podía creer. En la oscuridad de la bodega se escuchaban gritos desgarradores, como si realmente estuvieran tirandoa alguien". Gerardo suspira profundo, abre los ojos y contempla la masa pacífica que espera el corte. El Hércules ya no está, pero el temblor en las manos demora unos minutos en ceder.
Harina, azufre y bautismo
Frente a los hornos, el calor espeso y con olor a levadura tostada, Gerardo evoca el extremo opuesto y feliz de su vida: los veranos calurosos de su infancia en el interior profundo. Su línea de vida comenzó el 8 de abril de 1950, en el mismo Coronel Moldes donde hoy amasa. Hijo de un empleado ferroviario y de una ama de casa, pasó sus años de infancia siguiendo los destinos y traslados laborales de su padre a lo largo de las vías del tren.
Cuando tenía cuatro años, la familia se trasladó a una pequeña localidad de la provincia de San Luis, un paraje inhóspito donde las casas de ladrillo visto se levantaban en medio del monte. Los veranos puntanos eran insoportables y obligaban a su madre a tomar precauciones de supervivencia que hoy, vistas desde la comodidad de la modernidad, parecen leyendas de otro tiempo: abrir de par en par las puertas y ventanas durante el día para aliviar el agobio sofocante del calor, pero antes de irse a dormir debían rodear la vivienda con una línea gruesa de azufre en polvo para evitar que las víboras del monte entraran a las habitaciones durante la noche.

El zumbido constante, grave y mecánico de los hornos se mimetiza en su cabeza con los ecos lejanos de aquel monte de San Luis. Gerardo evoca el sonido rítmico de un chivo con campana que todas las mañanas recorría las calles de tierra del pueblo como un despertador natural para los trabajadores del riel. Y recuerda, sobre todo, el día fundacional que marcó su primer e indestructible acercamiento al ideal peronista: un compañero ferroviario de su padre lo levantó en brazos en medio de la multitud que se agolpaba en la estación para ver pasar el tren presidencial en el que viajaba Juan Domingo Perón, en una de sus últimas recorridas oficiales por las provincias antes del sangriento golpe militar de septiembre de 1955. Gerardo era un tierno niño de cuatro años cuando estiró sus manos al cielo y alcanzó a atajar una pelota de fútbol de cuero, arrojada desde las ventanillas del convoy en movimiento. “Ese fue mi bautismo peronista”, dice hoy, entre risas nostálgicas.
El impulso infantil de la pelota atajada en la estación se transformaría en una militancia activa y consciente tiempo después, tras una la adolescencia vivida en el conurbano bonaerense, donde la familia Caletti se instaló en un loteo ubicado entre José C. Paz y San Miguel. En aquel barrio en formación, el ruido incesante de los colectivos y las fábricas reemplazó al silencio místico del monte puntano.
El jovencito y desarraigado Gerardo mataba la nostalgia de su Coronel Moldes natal compartiendo las tardes con los amigos de la cuadra, las carreras de bicicletas y los picados de fútbol en los campitos. Apasionado hincha de Independiente de Avellaneda, su amor por el fútbol lo llevó a viajar en el tren San Martín a cualquier cancha de la Capital Federal junto a sus primos: así conoció las tribunas de Vélez Sarsfield, Huracán, Atlanta y Argentinos Juniors.
A comienzos de los años sesenta, cuando su padre accedió a una jubilación anticipada, los Caletti decidieron pegar la vuelta a Coronel Moldes. Gerardo terminó la escuela secundaria y atravesó la juventud en una Argentina cada vez más convulsionada, polarizada y cercada por las dictaduras de turno. Hacia fines de la década del sesenta, bajo el impacto del Cordobazo y los movimientos de liberación en toda América Latina, empezaron a multiplicarse las organizaciones juveniles de base y las acaloradas discusiones políticas en los cafés y las esquinas.
Gerardo tenía dieciocho años cuando decidió incorporarse a la Juventud Peronista (JP). “Lo principal de la Juventud Peronista de aquella época, lo que nos movía las tripas, era tratar de que la justicia social se hiciera realidad de una vez por todas en este país. Luchar con el cuerpo por una patria más justa, más equitativa, donde los hijos de los trabajadores tuvieran los mismos derechos”, explica. Detrás de esa definición ideológica latía una convicción gestada en el hogar: “Uno veía tanto sufrimiento en las familias trabajadoras del pueblo, como había sido el caso de mi propio viejo”, explica Gerardo.
De la universidad al calabozo
La madrugada exige ritmo. Gerardo toma una bandeja, la saca del horno y la reemplaza por otra. Mientras corta con una hoja metálica los bollos individuales de masa, evoca sus años dorados como estudiante universitario en la ciudad de Río Cuarto. Allí, en 1973, plena primavera democrática, comenzó a cursar Ingeniería Industrial. Obtuvo una beca de estudio completa otorgada por la flamante Universidad Nacional de Río Cuarto, que le garantizaba alojamiento en los albergues, acceso al comedor estudiantil y a los materiales y libros necesarios para las materias técnicas.
Pero era la política universitaria y barrial la que llenaba sus días y sus noches. El compromiso era total. Participó de la masiva movilización del 20 de junio de 1973 para recibir a Perón en Ezeiza, formando parte de una delegación que viajó amontonada en camiones desde el sur de Córdoba para confluir en esa concentración multitudinaria, que reunió a millones de almas que llegaron desde los rincones más recónditos del país.
También estuvo presente en la histórica Plaza de Mayo el 1 de mayo de 1974, aquella fatídica jornada en la que una parte mayoritaria de la juventud peronista decidió retirar sus banderas y abandonar la plaza después de que Perón los calificara de “imberbes” y "estúpidos". “Nos fuimos de esa plaza con bronca y profundamente angustiados”, recuerda Gerardo mientras acomoda los vigilantes y las medialunas crudas sobre las latas engrasadas.

Tras la muerte de Perón, la situación política se deterioró de manera acelerada bajo la persecución paraestatal de la Triple A (Alianza Anticomunista Argentina). Las universidades se convirtieron en cotos de caza. En 1975, un violento allanamiento ilegal de las fuerzas de seguridad en la pensión estudiantil donde residía en Río Cuarto lo obligó a tomar la decisión de abandonar los libros de ingeniería, armar un bolso rápido y regresar a la aparente seguridad de Moldes. Pero el horror no sabía de fronteras internas. El golpe de Estado del 24 de marzo de 1976 cambió su destino y el de su generación. La fatídica madrugada del 1 de mayo de ese mismo año, mientras los trabajadores celebraban su día bajo el terror del Estado de sitio, grupos de tareas desembarcaron en Coronel Moldes con listas de militantes locales. Gerardo no estaba en su casa, pero al regresar, al amanecer, encontró un panorama desolador: habían destrozado su hogar y humillado a su madre, insultada y encañonada. El cerco se había cerrado.
Viajó de urgencia a Río Cuarto para buscar información sobre un amigo secuestrado. En la plaza, frente al Palacio Municipal, una patrulla militar lo emboscó y lo detuvo. Tenía veintiséis años y toda la vida por delante, pero un abismo negro se abría bajo sus pies. Fue alojado en las celdas de aislamiento de la Alcaidía de la Jefatura de Policía, sufrió golpes cotidianos y privación de agua. Fue trasladado a la Penitenciaría de barrio San Martín, en la ciudad de Córdoba. Sobrevivió compartiendo pabellones abarrotados. Recuerda particularmente, con un estremecimiento que no logra apagar el calor de los hornos modernos, una noche de invierno helada en la que un detenido político, desesperado por el frío calador, intentó improvisar un pequeño fuego. La respuesta fue una violenta requisa.
Gerardo atesora en la memoria el ejemplo de dignidad de un viejo médico, militante comunista, respetado por todos en el pabellón, conocido como “el doctor Tato”. Un día, ante las provocaciones de un joven y sádico guardia que se burlaba de los prisioneros, lo miró fijamente a los ojos y pronunció una frase cortante, que Gerardo repite como un mantra de resistencia: “Tengo frío, pero frío en el alma”.
El penal de La Plata
Tras sobrevivir a las torturas, los simulacros en los aviones Hércules y el régimen de aislamiento, fue confinado en la Unidad Penal 9 de La Plata. Allí permaneció durante interminables años en celdas estrechas que habían sido diseñadas para albergar a un solo interno en las que convivían dos o tres hombres las veinticuatro horas del día. “Dormíamos hacinados en unas colchonetas finitas que se pasaban de humedad, hacíamos nuestras necesidades en unos baldes de plástico y los tirábamos por la ventana enrejada hacia el patio; era insoportable vivir en esas condiciones, absolutamente denigrante para la condición humana”, recuerda.
En el patio, un rectángulo gris rodeado de altos muros con alambre de púas, caminaban en círculos para no chocarse durante la hora diaria de recreo regulado. Alli Gerardo conoció a militantes obreros, sindicalistas e intelectuales de todos los puntos cardinales del país y escuchó de primera mano historias de vida verdaderamente devastadoras, que le partieron el alma: “Conocí en el penal a un compañero tucumano, los militares habían ejecutado a su mujer y a sus dos hijitos pequeños en su casa, frente a sus propios ojos, antes de trasladarlo. Ese muchacho terminó sufriendo un profundo deterioro psicológico dentro de la cárcel”.
Las visitas de familiares estaban restringidas, pero su padre hacía todos los meses el trayecto en tren y colectivo, desde el sur de Córdoba hasta la ciudad de La Plata, un viaje costoso los flacos bolsillos de un jubilado ferroviario. En esas largas esperas en la terminal de Retiro y la antesala del penal, el viejo Caletti entabló una entrañable amistad con otro padre que transitaba su misma pesadilla: un comodoro retirado de la Fuerza Aérea Argentina cuyo hijo también se encontraba bajo arresto por motivos políticos. Ese militar retirado, haciendo valer algunas antiguas credenciales y contactos que aún conservaba, acompañaba al padre de Gerardo en los trámites y lo ayudaba a sortear elmaltrato burocrático en cada ingreso al penal. “Lo que han sufrido mis viejos es impresionante, pobrecitos”, dice Gerardo con la voz quebrada.
Desde las profundidades de ese encierro gris, incomunicados del revuelo exterior, los presos políticos debieron digerir una de las mayores paradojas de la historia argentina: a través de unos potentes parlantes instalados en los pasillos del penal, se vieron obligados a escuchar las transmisiones radiales de los partidos de la Selección Argentina de fútbol durante el Mundial de 1978. Tras los muros, la gente festejaba. “Fue un Mundial espantoso y muy triste para todos nosotros”, recuerda Gerardo.
Libertad indocumentada
La libertad llegó de manera abrupta, inesperada y extraña, como había sido la detención, años atrás. Un día 1980, los guardias le ordenaron armar su petate y lo liberaron sin un solo billete n los bolsillos para pagar un pasaje de regreso. “Nos hacían firmar de prepo unos papeles donde nosotros confirmábamos y declarábamos bajo juramento que éramos terroristas peligrosos y que el Estado nos había tratado bien; si te plantabas y te negabas a poner la firma, los oficiales se sonreían y te mandaban de vuelta a pudrirte a las celdas de castigo por tiempo indeterminado”, recuerda Gerardo.
El regreso a la vida cotidiana en los ámbitos familiares y sociales de Coronel Moldes fue un proceso lento, doloroso y complejo. Sin embargo, haciendo gala de una resiliencia inquebrantable, Gerardo logró readaptarse al tejido social de su comunidad. Impulsado por sus profundas convicciones de juventud, volvió a militar en las filas del PJ, consolidó su noviazgo y se casó con Mirta, el faro de su reconstrucción humana, con quien formó un hogar sólido y trajo al mundo cuatro hijos.

Ese nido familiar funcionó como una fortaleza indestructible contra los fantasmas del pasado y un pilar fundamental para la vida diaria. "Nuestra familia fue el verdadero espacio colectivo de sanación; la panadería fue algo totalmente imprevisto, que apareció décadas después y que, con el correr de los años, se transformó también en el sostén económico familiar", cuenta Mirta con una lucidez que desarma cualquier intento de romantizar el sufrimiento.
Ese pasado familiar complejo, denso y cargado de heridas profundas que Gerardo evoca silenciosamente todas las madrugadas junto al calor de los hornos fue asimilado en la intimidad del hogar con entereza y respeto por las nuevas generaciones. "En casa nunca tuvimos miedo y fue un proceso sumamente natural el momento exacto en que mis hijos escucharon, de la propia boca de su padre, todo lo que le había tocado vivir y sufrir en los años de la dictadura; lo tomaron desde chicos con muchísimo respeto y entendieron rápidamente que no era un tema de conversación ligera. Eso sí, nos mantenemos firmes recordando y marchando en cada aniversario del 24 de marzo, para que no se repita", explica Mirta con orgullo materno.
La panadería como espacio de vida apareció en el horizonte de Gerardo mucho tiempo después del fin de la dictadura. Se embarcó en un emprendimiento comercial en sociedad con otros conocidos, pero el proyecto terminó en un rotundo fracaso. Sin embargo, le dejó inoculado en la sangre el amor por las técnicas y los secretos del oficio de panadero. El olor a levadura fermentada y el desafío físico de doblegar la masa se convirtieron en su mejor terapia ocupacional.
Muchos años más tarde, en 2014, falleció su madre, la mujer que resistió el allanamiento del 76. Los hermanos Caletti heredaron la casa natal y, de común acuerdo, la pusieron en venta. Con el apoyo de su esposa y la fuerza de trabajo de sus hijos, ya jóvenes, Gerardo invirtió hasta el último centavo en abrir una panadería familiar. En agosto de 2015, tras meses de acondicionar el local, comprar las máquinas y poner a punto el gran horno rotativo, pusieron en marcha el proyecto comercial. Contra todos los pronósticos, fue un éxito rotundo, sostenido en la calidad del pan y la calidez de la atención.
La madrugada vencida
El reloj de pared marca que el tiempo vuela. Cerca de las seis de la mañana, el ritmo de trabajo en la panadería cambia de velocidad. Los panes han levado lo suficiente y las facturas brillan con el almíbar recién agregado con pincel. Gerardo termina su te de boldo, ya frío, camina hacia la habitación y despierta suavemente a Mirta para que comience a acomodar la mercadería fresca en los estantes de madera del mostrador, prepare las heladeras con los lácteos y deje todo listo para la inminente apertura del local al público.
Cuando las persianas se enrollan y la reja se abre de par en par, a las siete y media de la mañana, el negocio ya está en pleno funcionamiento mientras Coronel Moldes recién comienza a desperezarse bajo los primeros rayos del sol.
Desde afuera, la escena parece sencilla. Un panadero trabajando antes de que salga el sol. Pero detrás de cada movimiento está el hijo de ferroviario que recorrió el país siguiendo las vías del tren, el joven que creyó en la militancia política como herramienta de transformación social, el preso político que sobrevivió a la dictadura, el hombre que salió de la cárcel sin documentos, sin dinero y con años perdidos tras los muros. Ese hombre encontró en el trabajo cotidiano una manera de reconstruirse.
Cuando las puertas de la panadería se abren y los primeros clientes entran a comprar el pan para el desayuno, Gerardo lleva varias horas trabajando. La harina cubre sus manos y el calor de los hornos llena el ambiente. Son las mismas manos que alguna vez estuvieron atadas con alambre, las mismas que hoy, casi medio siglo después, siguen amasando la madrugada.