La cancelación de la escritora argentina Ariana Harwicz en un festival literario de Granada por negar el genocidio en Gaza sacudió al mundo cultural en ambos lados del Atlántico y obligó a artistas e intelectuales a tomar postura pública sobre el tema. La autora habló de “censura”, “antisemitismo” y muchos opinaron que “se debe separar la obra de las opiniones del artista”. Sin embargo, cada vez son más las voces que avalan la cancelación y que piden no usar la cultura para permitir discursos reaccionarios pretendiendo que es un campo neutral fuera de la sociedad o de la política. Aquí la crónica de un escándalo de proporciones inesperadas que sacó a la luz un denso río hasta ahora subterráneo.
El detonante se produjo el pasado 18 de septiembre, cuando Ariana Harwicz publicó un mensaje en X: “Me desprogramaron a último momento. Cedieron a la presión de militantes. Cedieron al terror. Yo quería ir igual, aunque hicieran una manifestación, dijeron que sería peligroso. Será un festival sin disidencia. Qué pena por los estudiantes”. El mensaje sacudió las redes, primero en el ámbito literario y luego se extendió a la cultura en general. ¿Qué había sucedido? ¿Quién es Ariana Harwicz? ¿Por qué la desprogramaron? ¿Hubo censura?
Harwicz debía participar de la mesa llamada, curiosamente, «Oponerse al mundo», del Festival Cultur-Alh, en una plaza pública en el centro de Granada, España, invitada por Ana Gallego Cuiñas y Patricia Escalona, académicas admiradoras de Harwicz y organizadoras del festival. Pero tres días antes del inicio del evento, la escritora argentina fue desprogramada con el argumento de que «no podían garantizar su seguridad» en una plaza pública y que la conversación literaria sería “muy improbable”. Harwicz estalló: en una entrevista radial con El Observador expresó que “contaban con el miedo y con la sumisión. Se suponía que yo iba a reaccionar igual que cuando me hicieron lo mismo en la Feria del Libro de Madrid: callándome, quejándome un poco y dejándolo pasar”.
Una lengua que muerde
Harwicz nació en Buenos Aires en 1977 y vive desde hace dos décadas en un pueblo del centro de Francia. No es prolífica, pero su obra es contundente: es autora de las novelas «Matate, amor», «Precoz, La débil mental» y «Perder el juicio». Fue finalista del Man Booker International en 2018 y una película de Lynne Ramsay con Jennifer Lawrence, estrenada en Cannes, se basa en su primera novela. Un crítico dijo de ella que escribe «en una lengua que muerde».
No es una autora que necesite un festival como el de Granada para existir. Se expresa y no esquiva la confrontación política. En 2024, rechazó el boicot cultural contra instituciones israelíes y cuestionó las sanciones contra artistas rusos tras la invasión de Ucrania.
Respecto a la situación en Gaza, publicó en X un tuit en el que critica duramente a los colectivos pro palestina que denuncian el genocidio de Israel: “Les angustia terriblemente que no haya genocidio. Lo desean, desean que haya genocidio para confirmar su odio a Israel”, escribió. En una entrevista con El Observador, fue aún más lejos: “Los que están en la élite cultural, los que dirigen festivales, los que dan las becas, los que dan los subsidios, los que enseñan en las universidades, todos saben lo que hay que decir, lo que no se puede decir. Hoy lo que no se puede decir es estar del lado de Israel o no estar claramente del otro lado. Ahí estás cancelado”.
Su desvinculación del festival se produjo luego que la Red Universitaria por Palestina de Granada (RUxP), integrada por estudiantes y docentes, solicitara mediante una carta a la organización del festival que reconsiderara la participación de Harwicz “por sus posicionamientos públicos sobre Israel, Palestina y el boicot cultural”. Según expresan, Harwicz “no fue excluida por ser judía, sino por sostener públicamente una posición que consideran contraria a los derechos humanos”.
Pero Harwicz no piensa así: “Me echaron por judía”, dijo y agregó: “No admito la extorsión lingüística de que me cancelaron por Gaza. Esos son caballos de Troya, palabritas mágicas que se usan hoy como en otros siglos. Primero el lenguaje y después matar o discriminar”.
Golpe institucional
El escándalo estalló cuando las directoras del festival decidieron “desinvitarla” de manera unilateral, sin consultar con el gobierno de la Universidad. Ante el revuelo, la institución se desmarcó de las organizadoras alegando que “la Universidad de Granada no comparte dicha decisión porque una universidad pública debe ser un espacio abierto al pensamiento crítico, al contraste de ideas y a la expresión de posiciones plurales, también cuando estas resultan discrepantes o controvertidas”.
Para unos, la universidad se negaba a avalar un acto de censura; para otros, era una operación de prensa, ya que “transfería el costo de la decisión a dos mujeres que dirigen un festival”.
El escándalo no paró de crecer. Numerosas organizaciones condenaron la cancelación y llamaron a las instituciones responsables a explicar públicamente las circunstancias y criterios de la decisión. Al mismo tiempo, pero desde la vereda opuesta, un grupo de escritoras -entre las que estaban Rita Segato, Lina Meruane, Gabriela Wiener, María Fernanda Ampuero y Brenda Navarro- apoyaron la cancelación y respaldaron a las directoras del festival. “La libertad de expresión tiene límites, tipificados por la ley”, afirmaron y acusaron a Harwicz de negar el genocidio en Gaza, injuriar a quienes lo denuncian y avalar el exterminio de los palestinos. Para sostener sus acusaciones citaron entrevistas y artículos de Harwicz. El comunicado fijó la postura de un sector del mundo literario latinoamericano y expuso una fractura que hasta entonces era subterránea.
Harwicz respondió con dolor y con rabia: “Los que menos me apoyaron fueron los de la cultura”. Lo dijo en Infobae y lo repitió en cada entrevista. “A casi todos los conozco personalmente. Conviví con todos en residencias, festivales, pertenecemos a las mismas casas editoriales”. Y añadió: “Es muy doloroso que nadie se haya pronunciado”.
El día del festival -en el que Harwicz debía haber estado en Granada-, el diario ABC publicó una carta firmada por más de 350 personalidades de la cultura de Iberoamérica y España que la apoyaron. La iniciativa fue del director de Cultura de ABC, Jesús García Calero, y de la escritora argentina Cecilia Szperling. Entre los firmantes estaban Fernando Savater, Margo Glantz, Piedad Bonnett, Óscar Tusquets, Andrés Trapiello, Cayetana Álvarez de Toledo, María Negroni, Santiago Roncagliolo, Karina Sainz Borgo, Pola Oloixarac, Carolina Sanín, Zoé Valdés, Fernando Iwasaki, Santiago Kovadloff, Manuel Valls, Ana María Shua, Jordi Soler, Rodrigo Rey Rosa, Edgardo Dobry, Rafael Gumucio, Diego Fonseca y Saúl Sosnowski. También el ex ministro de Cultura Pablo Avelluto, el ex director del Teatro Colón Jorge Telerman, la diputada Sabrina Ajmechet y la actriz Gabriela Acher.
“Ningún escritor debería ser excluido de un encuentro cultural por sus posiciones públicas. Defender la libertad de expresión solo para quienes piensan como nosotros no es defenderla: es sustituir la confrontación libre de ideas por la selección ideológica”, expresaba el comunicado y añadía: “La respuesta democrática a una opinión, por controvertida que sea, es el diálogo, la pregunta, la discusión pública, nunca la expulsión del programa”.
El texto también cuestionaba la tergiversación de las palabras de Harwicz: “La discrepancia política, por profunda que sea, no justifica la tergiversación, la descalificación personal ni la estigmatización”. Y cerraba con una consigna: “Sin libertad para disentir no hay pensamiento. Sin pluralismo no hay cultura”.
El mismo día, otra noticia sacudió al festival. John Banville, el escritor irlandés, premio Princesa de Asturias, una de las cabezas de cartel de Cultur-Alh, anunció que cancelaba su participación. Su gesto fue leído como un pronunciamiento sin palabras a favor de Harwicz.
Fue entonces cuando la onda expansiva llegó a la embajada argentina en España.
El embajador Wenceslao Bunge Saravia advirtió al rector de la Universidad de Granada, Pedro Mercado Pacheco, que la cancelación de Harwicz “por razón de sus posiciones públicas” constituía “un antecedente de especial gravedad que no puede naturalizarse” y solicitaba que “se arbitren los mecanismos necesarios que desagravien a la autora argentina y se restablezcan las garantías de no discriminación, de modo que este tipo de situaciones inaceptables no vuelvan a repetirse”. La embajada argentina defendía a Harwicz sin entrar en el fondo del debate sobre Gaza o el boicot cultural.
Otro comunicado, con más de 500 firmas que avalaba la cancelación de Harwicz, volvió a calentar el debate. Titulado “Posicionamiento colectivo por Palestina: el fuera de los espacios literarios”, fue impulsado por la escritora mexicana Dahlia de la Cerda y difundido a través de la plataforma Substack. Entre las firmantes estaban Lucrecia Martel, Cristina Rivera Garza, Camila Sosa Villada, Alejandro Zambra, Paul B. Preciado, Mónica Ojeda, Nona Fernández y Rodrigo Sorogoyen. El documento tenía un dato por demás significativo: adhería Patricia Escalona, una de las programadoras del festival que había invitado a Harwicz.
El eje del texto distinguía entre censura y protesta: “organizar un boicot pacífico no es censurar”, expresaron, y añadieron que las instituciones culturales “establecen límites éticos todo el tiempo”. Para justificarlo, trazaron una analogía: “No aceptaríamos que la negación del Holocausto fuera presentada simplemente como ‘otra opinión’ en nombre de la pluralidad. No vemos por qué tendríamos que aplicar un estándar ético distinto cuando hablamos del sufrimiento del pueblo palestino”.
El documento respaldó a la Red Universitaria por Palestina de Granada y a “quienes ejercen la protesta pacífica y la organización colectiva para exigir que las instituciones culturales y académicas respondan por las decisiones políticas que toman desde sus programaciones”.
Los firmantes “se resisten a que el debate quede reducido a un conflicto identitario y a que cualquier defensa a favor del pueblo palestino sea convertida automáticamente en antisemitismo”. Aclararon que “las personas judías no constituyen un bloque político homogéneo y no responsabilizamos colectivamente a ninguna de ellas por las acciones del Estado de Israel” y añadieron: “Criticar el sionismo no equivale a atacar a las personas judías ni a todas las israelíes. Combatir el antisemitismo y oponerse al sionismo tampoco son posiciones mutuamente excluyentes”.
El comunicado no se limitaba al caso Harwicz. Pedía a “editoriales, festivales, ferias del libro, universidades, residencias, premios, fundaciones, instituciones culturales y demás agentes de la industria literaria que revisen sus vínculos institucionales con el Estado de Israel y con instituciones implicadas en la violencia contra el pueblo palestino”. También reclamaba que “no se castigue” profesionalmente a escritores o académicos por sus posicionamientos públicos.
El texto respaldaba a Rita Segato y a las escritoras que habían avalado el retiro de la invitación.
Al cierre de esta edición seguían las repercusiones. El escritor Sergio Olguin, en un artículo publicado en Página 12 titulado “Hablemos de censura”, sostuvo que desprogramarla del festival fue, en el mejor de los casos, un papelón de los organizadores. Y en el peor escenario, un caso preocupante de censura, porque abrió la puerta a que se repita en otros ámbitos”. Para él, ante casos así, es mejor no concurrir, pero no pedir la cancelación de un autor con el que no se concuerda. Olguin cita otros casos de cancelaciones, incluso por motivos opuestos a los de Harwicz, como el caso de los directores de cine israelíes Son Yuval Abraham y Rachel Szor, responsables del documental “Naza”, basado en el testimonio de 24 militares israelíes que cuentas las atrocidades cometidas en Gaza. El ministro cultura de Israel Miki Zohar acusó a los directores de traición y exigió que se les retirara la ciudadanía.
También Martín Caparros, que abrirá la próxima edición de la Feria del Libro de Buenos Aires, se pronunció en X: “Los defensores de la cancelación de Harwicz lo lograron: convirtieron a una sionista pro-violencia en una pobre víctima de la censura. Con enemigos así, ¿quién necesita amigos?”