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#CausaDiSanto/Gutiérrez
Una de cal y otra de arena
Foto: El testigo David Andenmatten (derecha) fue la primera víctima en declarar en la causa Di Santo.
El tribunal rechazó la recusación de uno de los represores y el juicio sigue. También autorizó a los imputados a seguir el proceso por vía remota, pese a la cerrada oposición de las querellas. Declararon el abogado de la Comisión Municipal de la Memoria, Daniel Olartecoechea y David Andenmatten, que relataron el calvario que vivieron antes del golpe del 24 de marzo de 1976.
Publicada el en Crónicas

La segunda audiencia del juicio por delitos de lesa humanidad en Río Cuarto comienza con una de cal y una de arena: el Tribunal Oral Federal número 1 de Córdoba (TOF1) rechaza "in limine" la recusación planteada por uno de los acusados; pero, por otro lado, concede a los imputados que abandonen la sala para seguir las instancias del juicio por vía remota.

Son las primeras decisiones comunicadas este martes 27 en la megacausa Di Santo, en la que también declaran dos testigos: el abogado querellante Daniel Olartecoechea, requerido por la Fiscalía para que reseñe el panorama político y social de la época en Río Cuarto; y David Andenmatten, la primera víctima que declara en el juicio.

En la sala sólo quedan dos de los 20 represores acusados. El diez por ciento. El resto aparece de a reatos, con las iniciales o los nombres cambiados (CCIM2BBOX, yamid, EGB, Samsung SM-A16SM y “maite” Pérez), en los minúsculos cuadraditos que conviven en los monitores que cuelgan de las paredes laterales del recinto.

Ex presos, funcionarios del área de Derechos Humanos de la Municipalidad de Río Cuarto, organismos de DDHH, integrantes del equipo profesional de asistencia a las víctimas y un puñado de periodistas siguen atentamente las cuatro horas que dura esta segunda audiencia.

En su declaración, Olartecoechea recuerda el Navarrazo, el golpe que llevó adelante el jefe de policía del gobernador Ricardo Obregón Cano en febrero de 1974. Considera que ese hecho fue bisagra en la historia de la provincia y de Río Cuarto, aunque en el sur el golpe no logró consumarse. "Yo estaba en Córdoba, recuerdo las bombas, los autos a toda velocidad, la tensión, fue espantoso", revive el abogado ante el tribunal.

Su padre era funcionario del intendente Julio Humberto Mugnaini y le comentó lo sucedido en aquellos días, cuando un grupo de civiles procedentes de Córdoba, con apoyatura de otros de Río Cuarto, intentaron derrocar al intendente, pero encontraron una fuerte resistencia desde el interior del Palacio de Mójica.

"Estuvieron dos días enfrente de la Municipalidad, por la calle General Paz. No hubo disparos de arma de fuego, pero fue dramático", dice Olartecoechea que le contó su padre, quien también se atrincheró en la histórica defensa de la democracia en la ciudad. "Mugnaini había sido elegido con más del 60 por ciento de los votos", recuerda Olartecoechea ante la inocua mirada de los dos imputados que quedan en la sala.

La triple A

Aunque su caso no está incluido en la causa Di Santo/Gutiérrez, Olartecoechea fue detenido, torturado y amenazado en aquellos años, hasta que se exilió en España, el primero de mayo de 1975. La Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) voló la casa de sus padres y le dejó una nota advirtiéndole que si no abandonaba el país en cinco días lo matarían. Aquel horror, cuenta, vuelve en forma recurrente en pesadillas: “En medio de la noche empiezo a golpear, defendiéndome", cuenta, emocionado.

Recuerda que mucho antes del golpe del 24 de marzo de 1976 la Triple A se paseaba con total impunidad por las calles de Río Cuarto secuestrando, colocando bombas y amedrentando a la población. Y precisa el nombre de algunos de sus más connotados integrantes: Aidé López -hoy radicada en Alaska- y colocó junto a su marido la bomba en la casa de sus padres, sobre calle Mitre, entre Buenos Aires y Colón, pleno centro de la ciudad; Rafael Cobos; Gorosito Olmos; Mario Garzón; Garcilazo de la Vega (sic); Prámparo y Carranza.

El abogado refiere también una conversación reciente con Alberto “Toto” Levi, víctima en esta causa, quien le comentó que su represor fue Roberto González Fossat, el abogado de rostro prominente que, con permiso del tribunal, traga saliva cuando escucha su nombre desde la comodidad de su hogar.

"Hace mucho que esperaba este juicio. Queremos justicia, no venganza. Que se haga justicia", cierra su declaración el abogado de la Comisión Municipal de la Memoria de Río Cuarto.

La chica que cantaba en la celda

Con paso ágil, David Andenmatten, de 72 años, desciende las escalinatas de la sala para llegar hasta la silla de los testigos, a dos metros del tribunal presidido por Carolina Prado.

Vestido de chomba celeste, jean azul y anteojos con marcos anaranjados, se dispone a relatar sus vivencias en cautiverio con los mayores detalles que pueda rescatar cincuenta años después.

Oriundo de la ciudad de Córdoba, fue a estudiar Veterinaria a la Universidad Nacional de Río Cuarto, militó en la Agrupación Universitaria de Base y viajó a Buenos Aires a pedir por un rector designado por la democracia. Cuando el clima se tornó irrespirable, decidió regresar a Córdoba, donde lo detuvieron el 27 de mayo de 1976, en la fábrica de baterías donde trabajaba.

Su voz grave retumba entre las maderas del recinto: "Querían que le dijera que yo era del PRT, decían que era el nexo entre Río Cuarto y Córdoba. Pero yo no era", cuenta. Estuvo un día en el D2 y luego lo llevaron a la Jefatura de la Policía de Río Cuarto donde lo tuvieron 71 días incomunicado, solo, en una celda de 2 por 1,5 metros. "A la noche me encapuchaban y me torturaban para que le dijera nombres. Me hacían sonar el arma, como si gatillaran", recuerda. La macabra rutina se repitió al menos durante tres noches.

"Había más celdas. A veces escuchaba a una chica que cantaba. Después supe que era Silvia Di Cola, de la Juventud peronista", dice y la sala enmudece, como esperando escuchar esa voz que evoca el testigo.

Andermatten dice que compartió cautiverio con Eduardo Massa y Santiago Castro, que comía lo que le llevaba una tía, que tenía un termo azul y de vez en cuando lo dejaban ir al baño. Eran los únicos momentos en que rompía el aislamiento del encierro solitario en la celda. El 6 de agosto de 1976 fue trasladado a la cárcel de Río Cuarto, donde compartió el encierro con Arnaldo Ambroggi, Juan Muzzolón, Bravo, los hermanos Giuliani, Juan Marchoni y Juancito Uturburu.

A los golpes

Detrás de Andenmatten, en una butaca de la primera fila, Héctor Valenzuela, miembro del equipo de asistencia a las víctimas, sigue atentamente el estado emocional del testigo, que continúa su relato: el 25 de noviembre de 1976 lo trasladaron al pabellón 10 de la UP 1, en Córdoba, donde compartió celda con Braulio López, de los Olimareños. Allí supo de los fusilamientos en el patio, las torturas. Pensó que lo matarían en cualquier momento.

Respira profundo, hace una pausa, y rememora las veces que lo arrastraban por el pasillo mientras lo pateaban e insultaban. Los guardias no podían entender cómo hacían para jugar al dominó con jabones o al ajedrez, filtrado por los presos comunes. Les rompían los colchones para despojarlos de esos elementos lúdicos. Le preguntaron si había impreso volantes en una iglesia. Como no le parecía una acusación grave, les dijo que sí. Le preguntaron si era pareja de Berta Perassi y lo negó, para protegerla. Recuerda a otros compañeros de prisión: Carlos Gutiérrez, Montivero y Bibiana Machiarola. Se formó un tribunal de Guerra para condenar a Gutiérrez y Machiarola, con él y Alberto Pinto oficiando de testigos.

“El 27 de octubre de 1978 nos sacararon a noventa o cien detenidos en camiones y nos llevaron a La Plata, maltrataron a Alberto Pinto, quien sufría de epilepsia. Al llegar a La Plata, nos recibieron dos hileras de guardias y nos golpearon. A Pipa Ortiz le reventaron la vejiga y a Alberto Pinto lo golpearon tanto que murió a los pocos días en la enfermería. Eso fue muy duro para nosotros", recuerda. Otra vez el silencio inunda la sala. El micrófono capta el suspiro del testigo y lo expande mientras abre la botella de agua para servirse en un vaso y digerir el crudo recuerdo de la muerte.

El 27 de julio de 1979 le dijeron que podía quedar en libertad vigilada, pero no les creyó y no se quiso ir. Aunque luego reflexionó y aceptó. Lo convocaron del Batallón de Holmberg para hacer el servicio militar. Entonces decidió gestionar su salida del país. Se fue a Brasil y luego a Suiza, donde hoy está radicado.

"Pienso todo el día en esto. Hace cincuenta años y todavía sueño. Sentí alivio el día que murió el "Gato" Gómez, que es la única persona que reconocí de los torturadores. Sentí alivio porque tenía miedo de que fuera a matarme a Suiza", admite Andenmatten.

La segunda audiencia del histórico juicio que se realiza en Córdoba baja el telón.

Javier Lucero
- Periodista -