Pingüinos, sifones de soda y platos caseros y abundantes son la marca registrada del espacio que otrora funcionó como el club social, cultural y deportivo de los obreros de Industrias Mecánicas del Estado (IME). Fundado por Carlos Roberto Schwab, el lugar reunía a los trabajadores de la fábrica agremiados en ATE (Asociación Trabajadores del Estado) y en sus orígenes abría solo de noche; allí se podía jugar al billar, a las cartas o al sapo mientras se consumían empanadas, sándwiches y vino.
La IME (antes IAME, Industrias Aeronáuticas y Mecánicas del Estado), cuya planta principal estaba asentada en Córdoba y fabricó vehículos emblemáticos como el Rastrojero y las motocicletas Puma, fue creada en 1967 bajo la gestión de Juan Carlos Onganía.
En su etapa de mayor auge llegó a producir unos 13.500 Rastrojeros diésel; sin embargo, esa historia productiva se interrumpió en 1980, cuando la última dictadura militar dispuso el cierre definitivo de la fábrica, una medida que dejó en la calle a más de tres mil trabajadores directos y paralizó la fabricación nacional de utilitarios accesibles.
Aunque en la actualidad una extensión del club funciona en el Dique Los Molinos, un último bastión aún resiste en pleno barrio Alberdi: el Comedor IME (Caseros 1210).

A pesar del paso del tiempo, la fachada conserva restos de una obra pictórica en la que asoman los icónicos Rastrojeros y el logo de la empresa. En el interior, las paredes reflejan la pasión por Belgrano a través de camisetas dedicadas y el recuerdo en fotos del histórico ascenso que envió a River a la B.
De la mesa familiar al salón popular. La historia operativa del comedor cambió de rumbo en octubre de 1983, cuando la familia Martínez tomó la concesión del lugar. “Mi papá tenía experiencia en manejo de bares; estamos hablando de una época más de clubes sociales, que por ese entonces pululaban y que hoy casi no se ven”, rememora Dante Martínez, mozo desde hace 25 años e hijo del primer concesionario.
El inmueble sigue perteneciendo al club, aunque el perfil del socio original mutó con los años, debido a que quedan muy pocos ex trabajadores vivos de la fábrica.
Pero no todo era esplendor en aquella época. En sus comienzos, el negocio familiar no resultaba del todo rentable, ya que la fisonomía del barrio Alberdi era distinta a la actual, dominada por la barranca de la Quinta Santa Ana y sin la presencia de grandes centros comerciales. Los hermanos acudían a ayudar a su padre mientras el menú se limitaba únicamente a los sándwiches.

La transformación gastronómica ocurrió hacia 1988, con el inicio de la construcción del Nuevocentro Shopping. Los trabajadores de la obra en construcción empezaron a salir al mediodía a buscar almuerzo y el espacio debió improvisar tablones para recibirlos. Con la incorporación de la madre y la tía de Dante en la cocina, aparecieron los guisos, el puchero, la sopa y el arroz con pollo, y el lugar adquirió así una dinámica de comedor popular con perfil obrero. Al concluir esa obra, la fama de la comida casera ya se había expandido entre los empleados del centro comercial y los vecinos.
Tras la enfermedad del padre de Dante, en 2002, la gestión pasó entre los hermanos hasta quedar a cargo de Cristian Martínez, quien consolidó el formato actual, caracterizado por porciones abundantes y precios accesibles. “Hay muchas familias que vienen de otras provincias a vacacionar y vienen al comedor, porque acá comen cinco personas con tres platos”, señala Dante sobre la dinámica de un local que abre de lunes a lunes, al mediodía y a la noche, descansando únicamente los domingos por la noche.
Identidad barrial y sentido de pertenencia. El comedor IME funciona también como un punto de encuentro para la comunidad de Alberdi. Martínez, quien además fue presidente del centro vecinal del barrio y trabajador de la emblemática Cervecería Córdoba, reconoce el impacto que tuvo el cierre de esa industria en la zona y cómo el Club Atlético Belgrano pasó a ocupar un rol central como activador social y económico.

La vinculación con el club de fútbol atraviesa la cotidianeidad del salón. “Yo tengo un grito de guerra ahí adentro, para distender a la gente cuando estamos muy complicados: ¡vamos Belgrano! Y la gente se ríe”, relata Martínez. La institución deportiva reconoció esa fidelidad regalándoles una camiseta conmemorativa cuando el comedor cumplió cuatro décadas de actividad.
Por las mesas de Caseros al 1210 es habitual ver pasar personalidades de la cultura y el deporte, entre los que se pueden nombrar a la cantante española Vanesa Martín, el humorista Flaco Pailos, el productor José Palazzo y el ex futbolista Luis Fabián Artime.
Y a pesar de los cambios tecnológicos y sociales, la conservación de elementos históricos como la fachada con el Rastrojero dibujado responde a una decisión deliberada de sus trabajadores para preservar la esencia del espacio.
El Rastrojero que volvió del futuro
El cierre definitivo de Industrias Mecánicas del Estado (IME) durante la última dictadura militar en la década del 80 dejó un tendal de talleres apagados y trayectos vitales truncados.
Aquella interrupción planificada borró del horizonte productivo una forma de concebir el trabajo ligado al desarrollo nacional, aunque la vibración de esos motores permaneció intacta en el universo afectivo de las familias obreras.
En efecto, ese sedimento de chapa y herencia impulsó el “Proyecto IME”, una propuesta de ficción histórica ideada por el artista visual Gustavo Piñero en 2018 y que se expone actualmente en Marchiaro Galería (Belgrano 609), que decide no resignarse a la nostalgia ni al inventario del pasado.
La iniciativa contrapone la clausura con una alteración temporal radical: imagina que la planta cordobesa reabre sus portones en los años por venir, impulsada por la organización autogestionada de sus propios operarios. En ese escenario especulativo, las líneas de montaje vuelven a ensamblar tecnología local orientada a resolver las urgencias cotidianas del territorio.
El motor de esa reaparición es el icónico rastrojero, un vehículo profundamente ligado a las identidades populares. Pero aquí, el utilitario adopta la facultad de mutar en una figura robótica capaz de intervenir tanto en el surco agrícola como en la traza urbana.
Así, la transformación modifica la naturaleza del automóvil, que abandona la categoría de simple bien de uso para asumir la densidad de un personaje con agencia propia, una herramienta colectiva que conecta la labor física con las posibilidades del presente.
El ensamble de este artefacto proyecta una continuidad política desarticulada por las políticas de desmantelamiento económico. En la estructura móvil del rastrojero coexisten la memoria técnica del trabajador, la intervención del Estado y la potencia de la cultura popular.